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Pedro Jesús Jiménez Martín Universidad Politécnica de Madrid Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF) Departamento de Ciencias Sociales de la Actividad Física, del Deporte y del Ocio

Zaō Gongen

Zaō Gongen (蔵王権現) simboliza una de las deidades más importantes en el culto religioso japonés asociado a las prácticas ascéticas de montaña, además de representar la deidad más importante dentro de la tradición religiosa del shūgendō (修験道).

Los orígenes del culto a esta figura hay que ubicarlos en la región de Yoshino (吉野), próxima a Nara y, más en particular, con la cima de la montaña Kinpusen (金峯山), que actualmente es conocida como Ōminesan Sanjōgatake (大峰山 山上ヶ岳), una elevación de 1719 metros que forma parte de las rutas de peregrinación más importantes de este país.

Según el Konjaku Monogatari Shū (今昔物語集), redactado a finales del periodo Heian, esta deidad fue introducida en Japón por En no Gyōja (役行者), el legendario fundador del shūgendō, cuando tuvo una visión de Zaō Gongen mientras hacía sus prácticas ascéticas en esa montaña y rezaba por la aparición de una deidad que ayudase a salvar a los seres vivientes.

Sea o no cierta esta historia, lo que sí es verdad es que el culto a esta deidad fue tan importante que, desde principios del periodo Heian, la montaña Kinpusen se convirtió en un lugar de peregrinación al que acudían personas de todo el país, incluidos aristócratas y miembros de la familia imperial, que se postraban ante ella después de realizar 100 días de prácticas de purificación, y a finales de este mismo periodo y en ese mismo lugar, también nacieron dos importantes grupos de practicantes del shūgendō: el Honzan-gata (本山方) ligado a la escuela budista esotérica Tendai y el Tōzan-gata (當山方) ligado a la escuela budista esotérica Shingon.

ZAŌ GONGEN COMO MANIFESTACIÓN DE DEIDADES BUDISTAS

El primer documento disponible que ayuda a confirmar la fecha de culto más temprana a esta deidad es el Honchō Hokke Kenki (法華経験記). En él se cuenta que el maestro budista Tenjō (轉乗) hizo un retiro en verano de 90 días en Kinpusen en presencia del gran bodhisattva Zaō, con el fin de poder recitar el Sutra del Loto de memoria. Como este monje falleció en el año 849, se presupone que este culto efectivamente ya existía como mínimo desde principios del periodo Heian.

Es importante señalar que tanto en este documento, como en la biografía del monje Shōbō (聖宝, 832-909), fundador del templo Daigo (醍醐寺), del Tonan-in en Todaiji (東大寺東南院) y de un hall de culto en Kinpusen, Zaō Gongen aparece identificado como un bodhisattva, si bien y en particular, en el segundo documento se presenta más específicamente como un bodhisattva esóterico de la familia vajra (diamante). Algo que coincide, por cierto, con la información que aparece en la biografía del monje Yichu, descrita en el Yichu Liutie (義楚六帖), redactado entre los años 951-960, y que además confirma que en China ya conocían el culto al bodhisattva vajra Zaō de Kinpusen y sus poderes milagrosos.

En un inicio Zaō Gongen fue asociado a tres importantes figuras budistas: el buda del futuro Maitreya, el buda histórico Sakyamuni, y la bodhisattva de la compasión Avalokitesvara.

Parece ser que, en un primer momento, esta deidad fue asociada con Maitreya e identificada sólo bajo el nombre de Zaō, y que fue después, al ligarse a Sakyamuni, cuando recibió el nombre de Gongen, un término que se utilizaba para referirse a las manifestaciones de las deidades budistas.

La asociación con Maitreya aparece en varios documentos. En el Yichu Liutie, por ejemplo, se dijo que Zaō era una manifestación de Maitreya igual que la deidad de la sabiduría Mañjusri se había expresado en el monte Wutai (五台山), pero en documentos posteriores se cita más bien que el Kinpusen era el Cielo de Tusita que estaba esperando la llegada de Maitreya y que Zaō era su protector.

La apreciación de esta deidad como manifestación del buda histórico Sakyamuni, aparece registrada en el año 941 en un relato dentro del Dōken Shōniin Meidoki (道賢上人冥途記). En este se dice que el monje Dōken perdió su conciencia mientras realizaba sus prácticas meditativas en Kinpusen y que se le apareció esta deidad presentándose a sí misma como una manifestación de Sakyamuni.

Aunque se considera que, en estos tiempos, Zaō Gongen también fue introducido en el Reino del Mandala Matriz (Taizōkai, 胎蔵界曼荼羅) del budismo esotérico dentro de la mansión de Akasagharba, lo cierto es que esto corresponde a una referencia tardía del año 1337, que aparece en la obra Kinpusen Himitsuden (金峯山秘密傳), y por tanto, sólo se tomó prestado el nombre de esa deidad ya que la que aparece en el mandala posee 21 cabezas y 108 brazos.

En cuanto a la asociación con Avalokitesvara parece que esta surgió en el periodo Kamakura al elaborarse la noción del “Zaō Gongen de los tres marcos temporales”, es decir, del pasado como manifestación de Sakyamuni, del presente como manifestación de Avalokitesvara y del futuro como manifestación de Maitreya, de modo que en un mismo cuerpo se aglutinaban los méritos de todos ellos.

Sin embargo, en este mismo periodo también surgió una nueva versión en la que se quitó peso a estas creencias. En ella se decía que cuando En no Gyōya abrió la montaña Kinpusen como zona de prácticas ascéticas y estaba rezando por obtener ayuda para terminar con la corrupción de su mundo, primero apareció Sakyamuni pero que este le rechazó aludiendo a que la tierra japonesa no estaba preparada para soportar su aparición y que este no podía responder a seres tan vigorosos y contundentes. Después apareció Avalokitesvara y también lo rechazó esgrimiendo que su compasión era insuficiente para actuar en un país donde había gente malvada. Por último, también rechazó a Maitreya al considerar que era otra expresión del buda. El asceta finalmente rogó que apareciese un exterminador de demonios y en ese momento apareció de una roca Zaō Gongen.

Según el Kinpusen Himitsuden, el lugar específico de la aparición de Zaō Gongen fue el Pico de la Espada (Tsurugigamine, 剱が峰), un espacio que actualmente se ubica a 40 metros al sur de la cima de la montaña, en la colina Izutusgaoka (井筒丘) y en un punto que se conoce como Yūyutsuiwa (涌出岩).

Pese a esta documentación, lo cierto es que se puede suponer que el verdadero origen de esta deidad estuvo en verdad en los cultos religiosos locales de la zona de los periodos AsukaNara, y en particular, en la tradición del culto a los espíritus sagrados (kami).

Actualmente se sabe que desde principios del periodo Nara las deidades religiosas folklóricas locales fueron “asimiladas” a la nomenclatura budista.

En el culto de montaña, se consideraba que el espíritu enfadado y vengativo de los fallecidos podía esconderse en las montañas por lo que las gentes locales realizaban rituales y construían santuarios para aplacarlos y purificarlos, y con ello, convertirlos en espíritus protectores e incluso recibir sus poderes.

Antes de finalizar este apartado añadir que respecto a la montaña de Kinpusen esta apareció desde los primeros tiempos como un lugar que albergaba oro y los metales preciosos (como aparece en los ideogramas de su nombre) y que Zaō era el guardián de este tesoro.

Además, desde el periodo Heian, circularon diferentes leyendas en las que se contaba que esta montaña había llegado volando desde China como un trozo que se escindió del monte Wutai, e incluso de la propia India. De hecho, la tradición el shūgendō asoció después a Zaō Gongen con la séptima generación descendiente de la diosa del sol Amateratsu y del gran sabio de oro de la ciudad Benarés.

En el año 2004, Kinpusen fue catalogado por la UNESCO como Patrimonio Mundial de la Humanidad, dentro del proyecto “Lugares sagrados y rutas de peregrinaje en la cadena montañosa de Kii”.

ZAŌ GONGEN EN LA ICONOGRAFÍA

En las primeras referencias a esta deidad se la presenta como una figura terrorífica de color azul y negro (símbolo de los exterminadores de demonios), erguida en pie, con una cabeza que viste una diadema con un vajra de tres puntas y el pelo elevado en forma de fuego, tres ojos y dos brazos.

Sin embargo, en el periodo Kamakura se normalizó que además de lo anterior de la boca le sobresalían los colmillos, que una mano porta un vajra de tres puntas y otro realiza el mudra de la espada a la altura de su cadera, y que una pierna se apoya sobre un pedestal de piedra y la otra está elevada en el aire con la rodilla flexionada.

El mudra de la espada (tōken-in) es muy importante en la tradición taoísta y era utilizado con fines de exorcismo y subyugación de los demonios y espíritus. La aparición de este gesto en esta deidad es importante, porque En no Gyōya, la supuesta persona que introdujo a Zaō Gongen en Japón, se asocia con la tradición taoísta y se abre así una importante línea de investigación en las relaciones entre el taoísmo y los orígenes del shūgendō.

Referencias Bibliográficas

Blair, H. (2011). Zaō Gongen From Mountain Icon to National Treasure, Monumenta Nipponica, 66(1), 1-47.

Suzuki S. y Blair H. (2009). The Development of Suijaku Stories about Zaō Gongen, Cahiers d’Extrême-Asie, 18, 141-168.

About Pedro Jesús Jiménez Martín

Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

El Zhouyi de Mawangdui

Las tumbas de Mawangdui fueron excavadas entre 1972 y 1974 y se ubican en la ciudad de Changsha (Provincia de Hunan). Estas tumbas pertenecen a gente de la nobleza, y en particular, a Li Cong y su familia (mujer e hijo) según se ha podido determinar gracias a tres sellos con su nombre que se encontraron en la tumba nº 2.

En estas tumbas se localizaron un total de 30 manuscritos y 45 textos, entre los que se incluyen además de mapas, dibujos y diagramas, una de las primeras versiones existentes del Lao Zi y de los hexagramas del I Ching, conocido en esa época como Zhou Yi.

El I Ching de Mawangdui está compuesto por dos piezas de seda, ambas de 48 cm de ancho. La primera pieza es de unos 85 cm y contiene el texto clásico que se identifica hoy en día con el nombre de Zhouyi (hexagramas y sentencias) escrito en 93 columnas con entre 64 y 81 ideogramas, después aparece un comentario de la obra en 36 columnas con 72 ideogramas. En total, esta pieza contiene así unos 2600 ideogramas (Shaughnessy, 1994).

La segunda pieza de seda contiene 180 columnas de texto divididas en 5 comentarios: el Xici (Apéndice de Sentencias), el Yi zhi yi (Propiedades de los cambios), Yao (Esencialidades), Mu He y Zhao Li, el nombre de dos personajes y aparece como preguntas al maestro (Shaughnessy, 1994).

Las diferencias más importantes de este documento con el actual son: (Shaughnessy, 1994).

  • Si el símbolo yang se dibuja con una línea continua igual que se hace hoy en día, el símbolo del yin no se representa con una línea quebrada, sino bajo este formato ┘└
  • En el ritual de adivinación el documento advierte de no preguntar múltiples veces sobre un mismo tema, mientras que en el actual se dice que si las dos o tres primeras respuestas no son claras no continuar.
  • De los 64 hexagramas que componen el I Ching, en el de Mawangdui 33 hexagramas tienen un nombre diferente la que tenemos hoy en día. Por ejemplo, el hexagrama 2 de la Tierra (Kun) aparece nombrado con el ideograma que significa río.
  • La secuencia de los hexagramas es completamente diferente a la actual. Si en la actual no hay una secuencia lógica, en este documento están distribuidos en base a su trigrama superior que siempre es fijo, y una secuencia repetitiva en el hexagrama inferior, en el que se empieza siempre con el trigrama duplicado.
Nota: El número de arriba e ideograma de arriba corresponde a la secuencia del I Ching en el Zhouyi de Mawangdui, el número y el ideograma de abajo corresponde a la posición que ocupa el hexagrama en el I Ching actual.

Referencias Bibliográficas

Shaughnessy E.L. (1994). A First Reading of the Mawnagdui Yijing Manuscript, Early China, 19, 47-73.

Shaughnessy E.L. (1997). I Ching: The Classic of Changes, The First English Translation of the Newly Discovered Second-Century B.C. Mawangdui Texts. New York: Ballantine.

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Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

Teoría del Yin-Yang

“El Yin y el Yang son la vía del Cielo y la Tierra, los grandes esquemas de todas las cosas, los padres del cambio, el origen y el principio del nacimiento y la destrucción, el palacio de los dioses” (Suwen)

Según Joseph Needham (1986), el compilador de la monumental obra Ciencia y Civilización China, existe poca información sobre el origen de la Teoría de Yin-Yang, ya que ni siquiera se menciona en los fragmentos encontrados del Tsou Yen, un texto asociado a la Escuela del Yin-Yang a la que tradicionalmente se le ha atribuido esta teoría.

Por otro lado, cuando investigamos sobre qué es el yin y el yang en la literatura encontramos que existen multitud de clasificaciones de atributos asociadas a estas dos polaridades.

YangYin
LuzOscuridad
CieloTierra
DíaNoche
LuminosoOscuro
MasculinoFemenino
ActividadDescanso
MovimientoReposo
DestruirConservar
ProcreaHacer Crecer
AsciendeDesciende
AgitadoTranquilo
CrecimientoNutrición
DestruirCrear Reservas
Tiempo soleado y calorTiempo frío y cubierto
Cielo despejadoCielo lluvioso
ExteriorInterior
ImpalpableCompacto
EspacioTiempo
InfinitoFinito
No medibleMedible
Mente-EmocionesCuerpo
EmisorReceptor
FuegoAgua

La pregunta natural que surge es: ¿cuál es el fundamento o criterio que se utiliza para clasificar estos atributos como yin o como yang? Para responder a este interrogante y entender la lógica de estas clasificaciones, es esencial identificar los referentes que utilizan los diferentes autores.

HOMBRE Y MUJER EN LA ANTIGUA CHINA

Marcel Granet (1959), uno de los sinólogos franceses más importantes en el estudio de la cultura china, consideró que el origen de los atributos relacionados con el yin-yang hay que buscarlos en la realidad social que se vivía en la antigua china.

Tras analizar los primeros textos chinos en los que aparecen por primera vez estos conceptos (El Ts´ien Han Chu, calendario astronómico del siglo III a.C.; el Hi ts´e, apéndice adivinatorio del I Ching datado en los siglos IV-III a.C.; y el Che King, compilación poética de comienzos del siglo V), este investigador observó que los términos yin y yang en ningún momento eran presentados como substancias, fuerzas o principios, sino más bien como “emblemas culturales” con una gran fuerza expresiva, capaces de evocar multitud de contrastes.

Este descubrimiento llevó a Granet a identificar el origen de los atributos asociados a estas dos polaridades, más que en la especulación filosófica, en las diferentes funciones, rituales y roles otorgados a hombres y mujeres en la antigua sociedad china.

En aquellos tiempos, cada sexo tenía claramente definidas sus funciones, así como las tareas, tiempos y lugares donde debían realizarse. Por ejemplo, las mujeres trabajaban dentro del hogar “en la oscuridad, dominando lo interno”, mientras que los hombres trabajaban al sol en el exterior.

Pero el contexto de referencia más importante lo identificó en las ceremonias de cortejo que se desarrollaban entre los jóvenes en primavera. Granet encontró aquí el sentido a frases tradicionales como “el yang llama y el yin responde”, a la noción de alternancia más que de oposición entre el yin y el yang y a la asociación de las dos polaridades con la parte de umbría y soleada de una montaña.

En el ritual, los jóvenes se cortejaban a través del canto y la danza de modo que los “muchachos llamaban y las muchachas respondían”, y todo ocurría ocupando los varones el lado soleado del valle y las mujeres el lado umbrío.

Granet también identificó en el Shi Jing otros atributos asociados a estas dos polaridades: el yin aparece relacionado con el tiempo frío y cubierto y el cielo lluvioso y se aplica a lo interior y lo femenino, a lo que está dentro y es oscuro, como las cámaras subterráneas donde se conservaba el hielo en verano, y el yang con el sol, el calor, los meses de primavera y verano, y el porte varonil de un danzarín en acción.

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

En la tradición china el yin se asocia con la Tierra y el yang con el Cielo. Esta asociación es clave porque es  la que define las características del yin y del yang en lo manifestado. Jean Marie Lavier (1974) lo explica de la siguiente manera:

Una persona observando a su alrededor concluiría que la Tierra corresponde a algo sólido, contraído, concreto, palpable, material y medible, pero también a algo estable e inmóvil, mientras que el Cielo corresponde a algo sutil (no se puede coger), expandido, inestable y en cambio constante (el clima y las nubes), y sin límites.

Sin embargo, hay que advertir que sería un error asociar la “pasividad” de la Tierra con algo muerto. La Tierra también tiene su frecuencia de movimiento, de transformación, pero más lenta, basta con observar la vida que hay debajo del suelo.

Cuando el hombre transfiere estos referentes a sí mismo descubre que en él también existen propiedades similares al Cielo y la Tierra. El pensamiento, la intención, el deseo y las emociones, como realidades no tangibles, móviles y cambiantes, serían afines al Cielo, mientras que el cuerpo y los órganos, medible, materiales, manifestados serían afines a la Tierra.

Ampliando esta simbología desde el referente la vida agrícola, continúa diciendo que la Tierra sería femenina en cuando a que da el alimento y en ella surgen los seres, pero también que es receptiva, porque sus ciclos dependen de lo que ocurre en el Cielo, y que tiene que ver con la espacialidad, dado que los campos que pueden medirse.

El Cielo, por su lado, se asociaría a lo masculino y lo activo, ya que dicta con sus cambios lo que ocurre en la Tierra, pero también con el tiempo, por el movimiento continuo en el que está envuelto, si bien desde la calidad, es decir, lo que aparece momento a momento, más que como cantidad, el transcurso de minutos o segundos.

LUZ Y OSCURIDAD

Como se ha indicado anteriormente, el yin y el yang han sido definidos como la parte de umbría y soleada de un valle, es decir, bajo el concepto lumínico.

La tercera polaridad básica que podemos observar en nuestro entorno es la luz-oscuridad, algo que viene definido a nivel celeste por el día y la noche, un principio que es la base que define la vida en el planeta y sus ciclos circardianos.

Bajo este referente, el día se asocia con el yang porque es cuando se desarrolla la actividad, mientras que la noche se asocia al yin porque es el momento del recogimiento y el descanso.

A nivel astronómico, la máxima expresión de esta dualidad aparece reflejada en los solsticios de verano e invierno, los días con más y con menos luz del año y el momento en el que el sol llega a su punto más alto y bajo sobre la eclíptica.

Estos marcadores astronómicos son claves porque también ayudan a conectar fácilmente las nociones del yin y del yang con el frío y el calor. El solsticio de invierno corresponde así al frío, al predominio de la oscuridad por unas horas de sol reducidas, y el solsticio de verano al calor y el predominio de la luz con un mayor número de horas de sol en el día.

YIN-YANG EN EL CUERPO

Desde un punto de vista corporal, una morfología yang corresponde a un cuerpo contraído y por tanto robusto, mientras que una morfología yin corresponde a un cuerpo expandido y gordito.

Dentro de la fisiología energética china, los órganos (zhang): corazón, riñón, pulmón, bazo e hígado, son clasificados yin, mientras que las vísceras (fu): intestino delgado, vejiga, intestino grueso, estómago y vesícula biliar son clasificadas como yang.

La razón hay que buscarla en que los primeros son estructuras compactas (Tierra) que trabajan principalmente la sangre mientras que las segundas son estructuras expandidas (bolsas huecas) caracterizadas por una gran movilidad (Cielo).

Los órganos a su vez han sido identificados como tesoros, ya que son los que nutren la sangre y las funciones vitales, mientras que las vísceras son identificadas como el taller, porque es el lugar por donde se crean y circulan líquidos y materia.

Anatómicamente, también se establece que el plano frontal corporal es yin y el plano dorsal es yang (en la parte posterior están los músculos extensores que trabajan constantemente para permitirnos nuestra posición vertical contra la gravedad); el tronco inferior del cuerpo es yin y el tronco superior yang (más cerca o más lejos de la tierra); y la parte interna es yin y la parte externa es yang (recogidas hacia el cuerpo o expuestas al exterior).

La ubicación de los meridianos energéticos en estas zonas anatómicas define su calidad energética yin-yang:

Los meridianos del riñón, bazo e hígado están situados en el lado interno (yin) de las piernas (yin), mientras que los meridianos del pulmón, corazón y maestro de corazón están ubicados en la parte interna (yin) de los brazos (yang).

Los meridianos del intestino grueso, intestino delgado y triple recalentador están ubicados en la parte externa (yang) de los brazos (yang), mientras que los del estómago, vesícula biliar y vejiga están ubicados en el lado externo (yang) de las piernas (yin).

Esto supone que el riñón, bazo e hígado son los órganos que nutren el yin (sangre) mientras que el pulmón, corazón y maestro de corazón son los órganos que dinamizan el yin (sangre), y que el intestino grueso, el intestino delgado y el triple recalentador son los órganos que movilizan el yang mientras que el estómago, vesícula biliar y vejiga son los que nutren el yang.

YIN Y YANG EN EL MOVIMIENTO

Una de las actividades físicas orientales que establece el yin-yang como fundamento de su práctica es el Tai Chi. De hecho, la progresión en este arte tiene su base en la vivencia corporal y el uso de ambas polaridades.

Se puede decir que, la práctica del Tai Chi en su dimensión de salud, corresponde a una danza circular continua de alternancia constante entre el yin y el yang, donde las acciones que no requieren esfuerzo o se producen de maneral natural por relajación son yin (las acciones articulares de rotación interna, flexión y adducción, los movimientos de retroceder, cerrar, tragar, absorber, desviar y descender) y las que requieren esfuerzo e implican la activación muscular son yang (las acciones articulares de rotación externa, extensión y abducción, los movimientos de avanzar, abrir, atacar, expulsar, repeler, ascender).

En la práctica, el profesor enseña al alumno a ubicar y armonizar de forma correcta el yin-yang dentro de su cuerpo y su biomecánica cinética. En el movimiento cada acción, cada giro, cada cambio… tiene un sabor yin o yang.

La progresión de aprendizaje del practicante empieza con la relajación o el “gran yin”. La interpretación y sensación del yin y del yang se basa en la comparación. Para poder sentir mejor el cambio entre tensión y relajación, y para fomentar la salud, es mejor comenzar con el yin. Esto significa hacer la forma completamente relajado y terminar con una frecuencia cardiaca similar al estado de reposo.

Cuando esto se consigue se evoluciona a una segunda fase en la que se empieza a sentir el yin y el yang como globalidad a través de la tensión y la relajación. En esta etapa el practicante aprende a subir la fuerza desde el talón hasta la mano y a quitarla relajadamente, a investigar qué acciones demandan el yang y cuáles el yin.

En la última fase el practicante aprende a identificar de manera puntual en cada acción que articulaciones son yang y cuáles son yin, que partes de las acciones articulares son yang y requieren trabajo y cuales son yin y se dan por simple relajación.

Por último, señalar que, en la ejecución de la forma, el mental corresponde al yin, con una mente relajada puesta en la sensación corporal, mientras que el cuerpo es el yang expresando el movimiento.

TAIJITU. SIMBOLO DEL YIN-YANG

Lo primero que hay que destacar es que la representación gráfica del yin-yang, conocida en China con el nombre de “Taijitu”, es una creación del siglo XIV.

Sin embargo, Louis (2003) y Wang (2012) han identificado las raíces de este símbolo en los primeros diagramas cosmológicos y numerológicos que se elaboraron en la dinastía Song, y más en particular, en:

– Las representaciones numerológicas que hizo Liu Mu (1011-1064) del Cielo Anterior (Hetu) y del Cielo Posterior (Luoshu), en las que presentó a los números que los componen mediante puntos blancos y negros para diferenciar su carácter yin o yang.

– El diseño gráfico con trigramas que hizo Shao Yang (1011-1077) para representar el Cielo Anterior, en el que dispuso los ocho trigramas en círculo e introdujo una línea de separación entre ellos que serviría de inspiración para crear la línea central que divide el símbolo actual el yin y el yang.

– El diagrama del Taiji que enfrenta círculos blancos y negros, elaborado por Zhou Dunyi (1017-1073) y que tuvo su inspiración en el Diagrama del Wuji creado por Chen Tuan.

Tras estos esquemas, el primer prototipo de dibujo del yin-yang publicado que se parece al actual aparece en la obra “Esencia de los Seis Libros” (Liushu Benyi) redactado por Zhao Huiqian (1351-1395) en la dinastía Qing y con el nombre “Diagrama del río de la espontaneidad del Cielo y la Tierra” (Tiandi Ziran Hetu). Este dibujo tiene el matiz de que los puntos centrales que aparecen en el yin y el yang tienen forma de esquirlas blanca y negra.

La forma y el nombre definitivo que tiene hoy en día este símbolo aparece en la Enciclopedia de Símbolos Antiguos (Tushu Bian), compilada por Zhang Huang (1527-1608) y publicada en el año 1613.

LEYES DEL YIN-YANG

Yin y Yang no son polaridades fijas, están sometidas a un dinamismo de complementariedad (macho/hembra), alternancia (día-noche) y transformación (El yin en su punto máximo se transforma en yang y viceversa).

Las leyes fundamentales que rigen el yin-yang son:

  • La unión del yin y del yang es creativa y genera vida. La unión del hombre y la mujer da el fruto de un niño, la unión del Cielo y la Tierra da la vida en el planeta.
  • Todo se puede clasificar dentro del yin y del yang. El día se puede diferenciar en el día (yang) y la noche (yin), las especies se pueden diferenciar en machos (yang) y hembras (yin), etc.
  • El yin atrae al yang y viceversa. Los opuestos se atraen y en esa atracción son capaces de generar nuevas cosas. La unión del Cielo y la Tierra genera la vida en el planeta, la unión del hombre y la mujer es capaz de generar una vida.
  • Fuerzas similares se repelen, el yin rechaza al yin y el yang rechaza al yang, los fenómenos similares se separan y así se evita una acumulación excesiva de tendencias y fuerzas similares. No hay una melodía con el mismo sonido, no se puede respirar sólo inspirando exclusivamente.
  • No hay nada puramente yin o yang. Dentro del yin siempre hay algo de yang y dentro del yang siempre hay algo de yin. Si el Cielo es una estructura expandida (yang), existe dentro del mismo una acción energética contraria (yin) que tiende a evitar su expansión infinita (la fuerza de la gravedad), del mismo modo, que si la Tierra es una estructura contraía (yin) existe dentro de ella una acción energética contraria (yang) que tiene a evitar su contracción infinita (la fuerza centrípeta de la rotación terrestre).
  • Cuando el Yin llega a su máximo se transforma hacia el Yang y viceversa. Cuando se llega al solsticio de invierno (máximo de yin) se cambia el ciclo para dirigirse hasta el solsticio de verano (máximo de yang) y viceversa. A nivel filosófico se considera que todo tiene su momento de auge y de decadencia.
  • yin y yang coinciden en el espacio y se alternan en el tiempo. La mano derecha convive con la mano izquierda, el hombre y la mujer, arriba y abajo, etc.; mientras que las dos polaridades se alternan: al día le sigue la noche, al nacimiento la muerte, al verano el invierno, etc.
  • yin y yang deben fluir constantemente para mantener el equilibrio. Día y noche se suceden, las estaciones continúan sus ciclos. Si se estanca el yin o el yang aparece la patología.

Referencias Bibliográficas

Granet, M. (1959). El Pensamiento Chino, México: Hispano-Americana.

Lavier, J.A. (1974). Medicina china, medicina total. Barcelona: Acervo.

Louis, R. (2003). The Genesis of an Icon: the “Taiji” Diagram´s Early History, Harvard Journal of Asian Studies, 61(1), 145-196.

Maspero, H. (2000). El taoísmo y las religiones chinas. Madrid: Trotta.

Needham, J. (1986). Science and Civilization in China, Vol. 6, Parte 6, England: Cambridge University.

Sanz, T. (Traduc). (2003). Su Wen. Huang Di Nei Jing, So Ouenn, 1ª Parte, Madrid: Dilema.

Wang, R.R. (2012). Yin Yang. The Way of Heaven and Earth in Chinese Thought and Culture, New York: Cambridge University.

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About Pedro Jesús Jiménez Martín

Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

Conceptos de base: Energética China

Toda persona que se quiera embarcar en las prácticas corporales tradicionales chinas debe conocer antes o después las bases teóricas que las fundamentan si quiere comprender mejor el sentido y finalidad de lo que practica.

En este apartado se van a describir los principios y fundamentos que caracterizan la visión natural y energética china. Unas ideas y conceptos que se fraguaron desde las primeras dinastías chinas y que alcanzaron su máximo esplendor en el periodo de los Reinos Combatientes (453-222 a.C.) y la dinastía Han (206 a.C.-220 d.C.) desde el ámbito de la filosofía, la religión y la medicina fundamentalmente.

Sea o no cierta esta interpretación, lo cierto es que este conocimiento debe apreciarse como la herencia cultural de una nación con más de 4000 años de antigüedad, capaz de fundamentar su cultura, su arte, su filosofía, su medicina y sus prácticas corporales y, por tanto, con un gran valor con derecho para toda la humanidad.

En este apartado se van a abordar las nociones del yin-yang, los cinco agentes (wuxing), las teorías correlacionales, la noción de meridianos energéticos (jing), las calidades climáticas, etc. Elementos que explican-abordan la realidad desde unos referentes distintos a los que ha adoptado la cultura occidental, si bien es verdad, que se pueden encontrar nexos comunes.

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Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

El Zhouyi de Fuyang

Este I Ching fue encontrado en el yacimiento de Shuanggudui en Fuyang (Anhui), en el año 1977, en la tumba de Xiahou Zao que murió en el año 165 a.C. (Shaughnessy, 2001).

Hay que saber que esta tumba fue asaltada por ladrones en la dinastía Han Occidental, y que si bien estos no mostraron interés por los textos que había en su interior, su actuación hizo que quedasen dañados y desordenados. Además, el deterioro aumentó con las propias excavaciones que se realizaron en el año 1977 debido a que se efectuaron bajo la lluvia y con material inadecuado (Shaughnessy, 2001).

El I Ching que se encontró estaba escrito sobre varillas de bambú y su mal estado (habían quedado pegadas-fusionadas) hizo que se tardarse más de dos años en recuperarlo en la Agencia de Reliquias Culturales de Pekín y más de 20 años para ver su primera publicación (Shaughnessy, 2001).

Aunque los restos estaban tan fragmentados que impedían reconstruir completamente el texto de un simple hexagrama, y mucho menos su secuencia, se considera que su estructura empieza con la imagen del hexagrama en la parte alta de la varilla de bambú, luego el nombre, después la sentencia del hexagrama, y seguidamente, la sentencia de adivinación para el mismo. A continuación, venían las sentencias de cada línea con su sentencia de adivinación (cada línea separada por un punto negro) (Shaughnessy, 2001).

En total se rescataron 752 fragmentos con 3.119 caracteres, capaces de reconstruir 170 o más sentencias con relación a 52 hexagramas, y aunque el texto que contiene es en sí es muy parecido al que podemos acceder hoy en día, sin embargo, lo que caracteriza claramente a este documento es el gran protagonismo que tienen las sentencias y augurios de adivinación (Shaughnessy, 2001).

Si 1.110 caracteres tienen que ver con Zhou Yi que conocemos, incluidas 5 imágenes de hexagramas, los otros 2.009 caracteres pertenecen a sentencias de adivinación breves con relación a temáticas como: la enfermedad, la residencia personal, el matrimonio, el embarazo, el nacimiento, criminales, cárceles, tránsfugos, acciones militares, servir al señor, montar una oficina, realizar algún servicio, viajar, cazar y pescar, y pronósticos sobre el tiempo (Shaughnessy, 2001).

Respecto a los hexagramas hay 8 que aparecen con nombres diferentes a los que conocemos hoy en día:

Hexagrama 3. Zhun 肫, Obstrucción (Zhun 屯, la dificultad inicial)
Hexagrama 17. Sui 隋, Seguimiento (Sui 隨, el seguimiento)
Hexagrama 19. Lin 林, Bosque (Lin 臨, el acercamiento)
Hexagrama 21. Shi Zha 筮閘, Morder y masticar (Shi Ke 噬嗑, la mordedura tajante)
Hexagrama 23. Pu 僕 Golpear, pelear (Bo 剝, la desintegración)
Hexagrama 25.WuWang无亡, Nada tonto (WuWang 无妄, la inocencia, lo inesperado)
Hexagrama 33. Chuan椽, Rayo, lechón (Dun 遯, la retirada)
Hexagrama 46. Deng 登, Ascenso (Sheng 升el empuje hacia arriba)

Gracias a esta Zhouyi de Fuyang ha ganado peso la idea de que el contenido del I Ching que conocemos hoy se originó a raíz de sentencias breves de adivinación. Frases que se construyeron en base a imágenes como analogías o metáforas, texto narrativo o descriptivo y palabras de pronóstico del tipo favorable, desfavorable, suerte, peligro, etc. (Shaughnessy, 2001).

Por último, añadir que los descubrimientos de Mawangdui y Fuyang confirman también que el I Ching que conocemos actualmente habría estado en circulación en China desde el año 300 a.C., momento en el que hay registrado que Du Yu (222-284) afirmó que un I Ching que se había encontrado en el año 279 en la tumba del Rey Xiang´ai de Wei (r. 318-284 a.C.) era igual al que él ya conocía (Shaughnessy, 2001).

Referencias Bibliográficas

Shaughnessy E.L. (2001). The Fuyang Zhou Yi and the Making of a Divination Manual, Asia Major, 14(1), 7-18

Shaughnessy E.L. (1997). I Ching: The Classic of Changes, The First English Translation of the Newly Discovered Second-Century B.C. Mawangdui Texts. New York: Ballantine.

About Pedro Jesús Jiménez Martín

Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

Entrada del I Ching en Occidente

Uno de los aspectos que a veces no cubrimos en el estudio del I Ching es investigar sobre cómo se introdujo esta obra en Occidente. Sobre todo, para valorar si esto ha influido en nuestra visión y acercamiento a esta obra.

Según la bibliografía, el primer contacto de Occidente con el I Ching tuvo lugar a través de los misioneros jesuitas que viajaron a China en el siglo XVII. Este dato es muy importante porque sabemos que los misioneros fueron allí movidos por un objetivo: convertir al cristianismo al pueblo chino,

Matteo Ricci (1552-1610), el primer jesuita que llegó a la capital china, descubrió que esta nación tenía una historia muy antigua y una moral muy desarrollada, algo que le hizo pensar que este país debía de haber recibido algún tipo de “revelación divina” en el pasado, análoga a la que había recibido la tradición judeocristiana.

Con esta visión, Ricci había aportado un buen argumento para facilitar la conversión al cristianismo del pueblo chino: los chinos eran hermanos espirituales “perdidos” y ambos compartían una misma teología.

La estrategia que idearon los misioneros jesuitas para atraer el interés de la élite china hacia el cristianismo fue doble: por un lado, reinterpretar los textos clásicos chinos para hacer creer que el mensaje cristiano ya estaba en sus obras, y por otro, mostrar el conocimiento matemático, astronómico y científico occidental.

En un inicio, los misioneros que llegaron a China se desentendieron del I Ching por considerarlo una obra de carácter supersticioso. Por eso, y como veremos después, la primera traducción completa de ese libro al latín no llegó a Europa hasta el año 1723, es decir, 100 años después de que los jesuitas hubiesen llegado al país.

Aun así, aquella obra quedó en olvido en la Biblioteca Real de Paris, hasta que, en el año 1830, fue de nuevo reeditada por el orientalista alemán Julius Mohl (1800-1875) en dos volúmenes, si bien, es verdad, que tampoco alcanzó mucha popularidad en aquel momento.

El salto del I Ching a su fama púbica mundial en el mundo occidental vendría con la traducción del misionero alemán Richard Wilhem (1873-1930) en el año 1924, pero, sobre todo, con la traducción de su obra al inglés en 1950 por Cary F. Baynes (1883-1977), alumna del famoso psicólogo analista Carl Gustav Jung (1875-1961).

PRIMEROS MISIONEROS QUE CONTACTARON CON EL I CHING

Según Collani (2007), el primer jesuita que aportó una referencia escrita con relación al I Ching fue Nicolas Trigault(1577-1628) y lo hizo en su obra Pentabiblion Sinense editada en 1626, actualmente considerada perdida. La mención fue simplemente el nombrarla como una obra más dentro de los cinco textos clásicos chinos.

Trigault llegó a Nanjing en el año 1611, pero se trasladó después a Hangzhou acompañando a Li Zhizao (1565-1630), una persona nativa convertida al cristianismo por Matteo Ricci, al funeral de su padre. Allí permaneció hasta el día de su fallecimiento en el año 1628.

La siguiente referencia, un poco más extensa al I Ching, hay que buscarla en el jesuita portugués Álvaro de Semedo (1585-1658) que llegó a Nanjing en el año 1613. En el capítulo 10 de su obra Relaçao da pragaçao da fé no reyno da China e outros adjacentes, publicada en 1641, citó la obra como uno de los cinco textos clásicos chinos “creados por Confucio” y bajo el nombre de “Yekim”.

Semedo describió el I Ching como una obra de filosofía natural que trata sobre la generación y destrucción de las cosas y sobre el destino, además de ser utilizada como guía para la conducta moral y el buen gobierno.

17 años después, el misionero italiano Martino Martini (1614-1661), aportó al público europeo una descripción un poco más extensa y positiva del I Ching en su obra Sinicae Historìae Decas Prima (1658), e hizo llegar a Europa el primer diagrama con los 64 hexagramas del I Ching.

Martini expuso en su documento ciertos parecidos del I Ching con las ideas pitagóricas (si bien reconoce que la obra es anterior a estos), además de mencionar también sus usos polivalentes tanto para la adivinación, como para la administración política del Estado o una guía de principios morales para la conducta. También hizo una crítica a que se utilizaba excesivamente para la adivinación preguntándose si los chinos han olvidado su significado.

La siguiente referencia, también en latín, aparece en la obra del misionero belga Philippe Couplet (1623-1692) Confucius Sinarum Philosophus, sive scientia Sinensis, editada en Paris en el año 1687.

Esta obra fue el fruto de la colaboración en Guangzhou, entre 1665 y 1671, de 22 jesuitas, 4 dominicos y 1 franciscano, dirigidos por Couplet, saliendo después coeditada con los nombres del siciliano Prospero Intorcetta (1625-1696), el belga Francois de Rougemont (1624-1676) y el austriaco Christian Herdtrich (1624-1684).

Hay que decir que, en su texto, aunque se indicaba el mal uso que habían realizado de ella taoístas y ateos, también se ensalzaba positivamente los valores morales que pregonaba la obra, y en particular, se enfatizó la traducción del hexagrama 15, “la modestia” (Qian), por la facilidad de asimilar sus contenidos a las ideas cristianas.

Un año más tarde, el misionero jesuita portugués Gabriel de Magalhães (1610-1677) también incluyó una alabanza positiva a los valores morales que pregonaba el I Ching, en su obra Nouvelle Relation de la Chine, Contenant la Description des Particularitez les plus Considérables de ce Grand Empire, editada en Paris en 1688. Sin embargo, también la presentó como una obra misteriosa y como un libro que no podía entender ninguna persona, especialmente los extranjeros.

Otro jesuita que también hay que mencionar aquí es Claude de Visdelou (1656-1737), uno de los seis misioneros católicos que envió a China, en 1687, el rey Luis XIV de Francia, en respuesta a la petición de la Compañía de Jesús de recibir monjes expertos en el conocimiento científico, junto a Joaquim Bouvet.

Su trabajo, y en particular, la traducción que efectuó del hexagrama 15 del I Ching, se publicó en 1770 como suplemento a la traducción del clásico chino Shujing que hizo Antoine Gaubil (1689-1759).  Se considera que fue él el que introdujo por primera vez la palabra trigrama y hexagrama.

JAOQUIM BOUVET (1656-1730)

Este jesuita representa la figura del primer misionero que dedicó una parte importante de su vida al estudio del I Ching. El misionero francés llegó a Pekín en el año 1688 y permaneció allí hasta el día de su fallecimiento, es decir, 42 años.

Lo importante de su biografía con respecto al Libro de las Mutaciones es que, tan sólo 2 años después de su llegada a China, entró al servicio del emperador Kangxi (1662-1722) para instruirle en álgebra y geometría occidental. Según los registros, ambos estaban tan fascinados con el I Ching que se dice que llegaron a conversar sobre la obra todos los días que se veían.

El interés de Bouvet por el I Ching residía en que, creía haber descubierto en él, la “revelación divina” que había intuido Ricci y el enlace perdido entre el pueblo chino y el cristianismo europeo.

Hay que decir que este jesuita formó parte del movimiento “Figurista” europeo, una corriente que adoptó un acercamiento a la Biblia en base a tres puntos esenciales: la revelación del significado oculto del Antiguo Testamento, la defensa de la existencia de una “Teología Antigua” en la que figuras religiosas paganas habían recibido “revelaciones divinas” y la tradición mística judía de la Cábala.

Respecto al I Ching, él y los seguidores de esta corriente llegaron a afirmar que esta obra no era de origen chino, sino un trabajo “profético” que pertenecía a la tradición judeocristiana, y efectuaron también una lectura simbólica de los trigramas y hexagramas, en la que se establecía una equivalencia de estos con la Biblia y en la que se equiparaban los antiguos soberanos chinos con figuras del Antiguo Testamento e incluso con la Santísima Trinidad, y con relatos y revelaciones bíblicas.

Los estudios sobre el I Ching de Bouvet debieron comenzar en torno a los años 1690, pero su familiarización con la obra y los comentarios chinos a la misma, aún con la ayuda que recibió del académico chino convertido al cristianismo Lu Ruohan, le debió llevar un buen número de años.

Su pasión por el I Ching fue tan grande que Bouvet llegó a redactar un importante numeró de textos en chino: Estudio sobre los Cambios (Yixue waipian); Examen sobre los Cambios (Yikao); Ensayo Original sobre una introducción a los Cambios (Yiyin yuangao); Llave sobre los Cambios (Yiyao); Una investigación sobre el significado original del Zhouyi (Zhouyi yuanzhi tan); Esquema de una discusión general sobre el Yijing (Yijing zonglun gao); Breve discusión sobre el Taiji (Taiji lueshuo); o Una exploración sobre cómo los números de la secuencia del cielo anterior surgieron del esquema de la Superioridad del Cielo y la Subordinación de la Tierra (Shi Xiantian weibian shizhong zhi shu you tianzun dibei tu er sheng).

Aunque se intuye que las ideas de Bouvet llegaron a ejercer su influencia entre algunos intelectuales chinos, sobre todo por las numerosas obras redactadas en chino que se han descubierto ligadas al mensaje Figurista (Lai y Wu, 2019), lo cierto es que todos estos trabajos no llegaron a divulgarse públicamente en Europa. La razón hay que buscar en que el movimiento Figurista fue penalizado por Roma e incluso por los mismos jesuitas.

En el año 1711, Bouvet, saltándose la orden que había recibido de sus superiores de enseñar exclusivamente física y matemáticas al emperador chino, decidió mostrarle sus ideas respecto al I Ching enviándole los dibujos, diagramas y textos en chino que había elaborado.

El emperador Kangxi, interesado por estos trabajos, le animó a participar activamente en la compilación del I Ching que realizó su Gran Secretario Li Guangdi (1642-1718) bajo el nombre Compendio equilibrado del libro de los cambios (Zhouyi Zhezhong), en el año 1715. Una obra que, como veremos después, se convirtió en referencia para las traducciones que realizarían posteriormente otros jesuitas.

Sin embargo, su relación se torcería poco después. El emperador frustrado ante los lentos progresos de Bouvet, y alegando que había cometido el error de no haber tenido en cuenta los trabajos relevantes sobre la obra publicados en chino, pasó a criticar sus ideas. Algo que también hicieron otros intelectuales de la corte imperial.

Además, y en paralelo, en abril del año 1716, una delegación jesuita hostil al Figurismo y al I Ching, advirtió al emperador chino de que las ideas de Bouvet no sólo eran excéntricas sino también peligrosas. Con esto, Bouvet terminó por perder el “favor” imperial.

Sin embargo, hay que decir que el interés de Bouvet por el I Ching continuó hasta su fallecimiento, sobre todo, porque estaba convencido de que en él podría descubrir la profecía apocalíptica del Libro de las Revelaciones que presagiaba la segunda llegada de Cristo.

GOTTFRIED WILHELM LEIBNIZ (1646-1716)

Aunque los trabajos de Bouvet no llegaron a divulgarse públicamente en Europa, lo cierto es que, una de las personas con las que mantuvo correspondencia para compartir su interés por el I Ching, fue con el filósofo y matemático alemán Gottfried Wilhelm Leibniz.

Leibniz fue, además de un brillante matemático y diplomático en la corte de Hanover, una persona muy religiosa que quería la unificación entre protestantes y católicos, y algo más importante, que quería demostrar la existencia de un “lenguaje universal” anterior incluso al Diluvio Universal, capaz de ordenar todo el conocimiento de su época.

Su persona en el mundo religioso llegó a tener tal relevancia que, aunque era luterano, Roma le ofreció quedar al cargo de la biblioteca del Vaticano, algo reservado a los cardenales y que este finalmente rechazó.

En su época, el pensamiento matemático estaba muy interesado en la relación entre los números y las formas geométricas, y habían resurgido las teorías místicas neopitagóricas y neoplatónicas.

El pensamiento metafísico de Leibniz estuvo influenciado por dos importantes figuras: el franciscano catalán Ramón Llull (1232-1316) y el alemán Nicolás de Cusa (1401-1464).

El primero defendió la idea de la existencia de un lenguaje universal capaz de unificar el Islam, el Judaísmo y el Cristianismo. Llull, influido por la Cábala hebrea, consideraba que todo lo que existía en el Universo estaba relacionado con Dios, y decía que esto se hacía evidente cuando se examinaba cómo estaba estructurada la Creación.

En cuanto a Nicolás de Cusa, este fue un pensador metafísico que defendió que el infinito y la unidad eran lo mismo, deduciendo de ello, que Dios era el infinito, pero también, la unidad de la que había salido el infinito (algo que representó como un círculo y el punto central).

Leibniz consideró que si la naturaleza era matemática el acto de la creación había sido un proceso matemático, y algo también importante, que Dios podría ser entendido a través de las matemáticas.

Si Dios era un gran matemático, la pregunta a resolver era con qué base había creado este el Universo. Si algunos filósofos y matemáticos habían investigado en esta línea con bases entre 2 y 12 (por ejemplo, el matemático Erhard Weigel (1625-1699) con quién Leibniz había estudiado, había propuesto la base 4 al considerar que todo en el Universo estaba formado por los 4 elementos de la tradición occidental), para Leibniz la base utilizada fue la 2, es decir, el sistema binario, porque para él la creación había partido de la nada, del 0, y luego había surgido Dios, el 1. El resto de la creación simplemente era la combinación de 1 y 0.

En cuanto al acercamiento de Leibiniz a la sapiencia china, esta surgió de su propia curiosidad intelectual por conocer una nueva cultura que estaba abriendo sus puertas a Occidente. Muestra de ello es que en el año 1668 llegó a publicar un trabajo en el que explicaba cómo era el hacer médico chino.

Parece ser que Leibniz llegó a ponerse en contacto con Andreas Muller (1630-1694) que había publicado la obra Clavis Sínica sobre la lengua china, para preguntarle algunas dudas que quería resolver sobre esta temática, si bien pronto tuvo la suerte de poder entrar en contacto directo con los misioneros que residían en China.

En 1689, en una visita que realizó a Roma, conoció al jesuita Claudio Fillipo Grimaldi (1638-1712) que había residido durante 17 años en China. El lazo de unión entre ambos fueron las matemáticas, ya que Grimaldi era el presidente del tribunal de matemáticas en China.

Fácilmente se estableció una correspondencia escrita entre ambos lo suficientemente extensa como para que Leibniz pudiese publicar en el año 1697 la obra Novissima Sinina, en el que divulgaba los nuevos conocimientos que llegaban sobre ese país.

Joaquim Bouvet leyó esta obra durante su estancia en París por un permiso y rápidamente decidió escribir a Leibniz tras regresar a China, para aportarle más información novedosa sobre China.

La amistad con Leibniz le venía muy bien ya que, hay que recordar, que Bouvet tenía un gran interés personal en demostrar la relación entre la numerología y los diagramas del I Ching con los sistemas pitagóricos, neoplatónicos y la Cábala.

Leibniz estuvo encantado de contar con un nuevo contacto en China y rápidamente empezó a intercambiar cartas con él. En ellas, Leibniz comunicó a Bouvet que la única forma de demostrar el emperador chino la unidad de ideas era a través de los números y la aritmética, algo que además estaba a su favor ya que sabía que el emperador chino era un gran admirador de las matemáticas y la aritmética.

Bouvet ganó la confianza suficiente como para compartir con Leibniz sus ideas figuristas y su creencia de que el I Ching correspondía a una revelación divina, así como para sugerirle que consultase el diagrama de los hexagramas que se había publicado en París, en 1687, en la obra Confucius Sinarum Philosophus de Philippe Couplet. Leibniz se mostró interesado en las ideas de Bouvet y compartió también sus ideas religiosas sobre los números y su teoría del sistema binario.

En el año 1702, Leibniz quiso dar a conocer sus avances en el sistema binario a la comunidad científica, y para ello decidió ponerse en contacto con el secretario de la Real Academia de las Ciencias, Bernard de Bovier de Fontenelle (1657-1757).

Al año siguiente, se publicó el documento Explicación de la aritmética binaria en el que se mostraba como ejemplo de aplicación de su teoría, la capacidad del sistema binario para desvelar el sentido de los hexagramas de sabiduría china que contenía el I Ching.

Leibniz incluso llego a decir que los chinos habían perdido el significado de los hexagramas y que ahora Occidente les volvía a desvelar su significado. La razón de esta afirmación debe ser analizada en su época. En el periodo Qing los intelectuales chinos seguían realizando comentarios de la obra para intentar seguir clarificando su contenido. Ejemplo de ello lo encontramos en el propio Li Guangdi que como hemos indicado antes compiló la obra Zhouyi zhezhong para el emperador Kangxi, Dentro de ella recopilaba más de 200 comentarios pre-Qing a la obra (18 de la dinastía Han, 5 de las Seis Dinastías, 11 Tang, 98 Song, 22 Yuan y 61 Ming).

No obstante, Leibniz reconoció que la persona que en verdad había sido capaz de ver la relación entre su teoría y el I Ching no fue otro que el propio Joaquim Bouvet. Es más, Leibniz se unió al figurismo y apoyó con sus teorías la estrategia de conversión de los chinos al cristianismo de los jesuitas. Leibniz falleció en 1716 sin llegar a conocer nunca en persona a Bouvet.

Se puede afirmar que las ideas de Leibniz en su época sólo llegaron a convertirse en algo curioso. Fue más adelante, con el descubrimiento del circuito eléctrico por parte de Claude Shannon (1916-2011), cuando la noción del sistema binario se tornó en una teoría sumamente importante, ya que la corriente eléctrica quedaba resumida en la noción de encendido o apagado.

De hecho, esta teoría es la que nos ha permitido desarrollar la tecnología actual de nuestros teléfonos móviles, ordenadores, etc., si bien es verdad que no hay ninguna documentación de que muestre Shannon se inspirase en I Ching o que lo conociese.

Por otro lado, también hay que puntualizar que desde muy antiguo las líneas de Ios hexagramas del I Ching no eran interpretadas simplemente como líneas continuas o quebradas, también como líneas fijas o mutables. Esto significa que, en verdad, se utilizaban cuatro números para diferenciar las propiedades de cada línea (los números 6,7,8 y 9), lo que supone que, en realidad, los hexagramas eran trabajados en base 10 y no en base 2.

PRIMERAS TRADUCCIONES DEL I CHING EN LENGUA EUROPEA

La primera traducción completa del I Ching al latín fue elaborada por tres misioneros franceses del sur de Francia (Lyon) hostiles a los trabajos de Shao Yong y de su compatriota Bouvet y sus seguidores: Jean-Baptiste Regis (1663–1738), Pierre-Vincent de Tartre (1669–1724), y Joseph Marie Anne de Moyriac de Mailla (1669–1748).

La traducción arrancó en el año 1707, fue completada en el año 1723 y se basó en el Zhouyi Zhezhong. la obra que había mandado compilar el emperador Kangxi (Smith, 2012). La obra tuvo intención de mostrar una traducción alejada del Figurismo, con un formato moderno y un enfoque de análisis crítico histórico de su contenido. En ella, negaron que los clásicos chinos contuviesen ninguna verdad asociada a la fe cristiana.

En cuanto a Regís se puede añadir que Bouvet había colaborado con él en los trabajos cartográficos que habían desarrollado los jesuitas, y que si bien le había hablado de sus teorías, no había logrado convencerle.

Tartre, por otro lado, fue además de una de las personas más críticas con el Figurismo y con toda interpretación simbólica del I Ching, uno de los monjes que encabezaron las acciones contra Bouvet en Roma y con el emperador Kangxi para censurar sus trabajos.

Mailla, sin embargo, fue una persona que colaboró ochos años con Bouvet en sus investigaciones en torno al I Ching pero con una perspectiva de historiador más que simbolista, y aunque respetó el trabajo de Bouvet, prefirió alejarse de él quizás porque sabía que el Figurismo podía ser utilizado contra los intereses misioneros franceses en China.

Su obra quedó relegada al olvido durante 10 años en Paris, hasta que el joven sinólogo alemán Julius Mohl (1800–1876) publicó varias partes de la misma en el año 1830, bajo el título Y-King antiquissimus Sinarum liber quem ex latina interpretatione P. Regis aliorumque ex Soc Jesu P.P. edidit Julius Mohl .

Mohl había viajado desde Stuttgart a París para estudiar lenguas orientales. Su profesor, Jean-Abel Rémusat, responsable también de catalogar los libros chinos en la Biblioteca Real, mostró a Mohl los tesoros que contenía, entre ellos, los escritos recibidos por los misioneros franceses en Pekín.

Molh se puso en contacto con el editor Johann Georg von Cotta (1796-1863) residente en Stuttgart, para hablarle de la importancia de traducir y publicar esas obras que habían sido escritas solo en francés, porque los cinco clásicos chinos eran las fuentes más importantes desde las que se podía investigar la historia antigua de China. Este aceptó y Molh se embarcó en la traducción primero del Shijing (Libro de las canciones) y después del I Ching del que consideraba que contenía la filosofía naturalista china.

En el siglo XIX, el número de traducciones editadas por otros misioneros que también habían residido en China aumentó notablemente. Así, aparecieron las obras: Traducción del Yi-King de Confucio (1876) de Thomas McClatchie; Cursus Litteraturae Sinicae neo-missionariis accomodatus (volumen 3) (1879-82) de Angelo Zottoli; El Yi King (1882) de James Legge; El Tscheou Yi (1885-1893) de Paul-Louis-Felix Philastre;  y Le Yih-king: texte primitif retabli, traduit et commente (1889) de Charles de Harlez, algunas de las cuales, por cierto, deben inscribirse dentro de una corriente de investigación en Occidente de los “misterios orientales”, afines a la teosofía.

Respecto a Thomas McClatchie (1814-1885) hay que indicar que este defendió en su obra la idea de que el I Ching había sido llevado a China por uno de los hijos de Noé tras el Diluvio, y que en vez de considerar que el pueblo chino había tenido una “revelación divina”, consideró que la obra era parte de una superstición pagana.

McClatchie publicó además dos artículos en la revista China Review titulados “The Symbols of the Yih-King” y “Phallic Worship” en los que asoció los hexagramas Cielo y Tierra con los órganos sexuales masculino y femenino (porque de su unión surge todo en el universo), una idea que después sería ridiculizada por James Legge pero que hoy en día, con los datos que se tienen respecto a cómo era el texto en la dinastía Zhou Occidental, tiene cierto sentido.

Respecto a James Legge (1815-1897), conocido como el gran traductor de los clásicos confucionistas y como la persona que trabajó con Max Müller en la Universidad de Oxford para publicar Los Libros Sagrados de Oriente (1879-1910), subrayar que fue la primera persona en hacer una traducción literal del I Ching al inglés.

Aunque Legge había ya traducido los cuatro textos clásicos chinos antes de traducir el I Ching, reconoció que esta obra fue la que le generó más complicaciones. De hecho, tardó 20 años en terminarla.

Legge inició la traducción en el año 1855 cuando estaba en Hong Kong, con la ayuda del académico chino Wang Tao (1828-1897), pero en 1870, tras haber terminado de traducirla, tuvo la mala suerte de que el libro se le cayó en un río mientras estaba de ruta por Europa. Aunque lo recuperó, parte de este quedó ilegible, y por tanto, tuvo que volver a emprender una nueva traducción.

Sin embargo, Legge, estaba en otro momento de su vida. Tras haber servido 31 años en la Sociedad Misionera de Londres, en 1876 se había convertido en profesor de chino en la Universidad de Oxford. Si antes, como misionero, había realizado traducciones con el objetivo de acercar los clásicos chinos al cristianismo, ahora su reto era traducir la lengua china bajo el prisma de los estudios comparados.

Legge publicó su nueva traducción en el año 1886, con el orgullo de haberla realizado sin la ayuda de personas nativas. De hecho, consideró que su traducción era un trabajo único y que constituía un nuevo modelo de trabajo para la traducción occidental. En vez de traducir palabra por palabra el texto, como se había hecho hasta el momento, buscó el significado en agrupaciones de ideogramas y añadió frases y palabras en paréntesis para hacerlo más legible.

Además, separó el texto de los comentarios siguiendo el formato que había realizado Li Guangdi en su obra Zhouyi Zhezhong. Con esto no sólo quedó un texto más corto, también ayudó a identificar mejor el contenido original de la obra de la dinastía Zhou.

Aunque Legge no fue un gran seguidor del I Ching y en su traducción, excesivamente literal, la presentó al mundo como un libro complejo y barroco, lo cierto es que no contaminó su traducción con ideas cristianas, y algo muy importante, transformó la obra de un manual de adivinación en documento histórico. Legge defendió la idea de que los 10 primeros hexagramas representaban la descripción de la etapa inicial de la conquista del poder por parte de los monarcas Zhou sobre los Shang.

RICHARD WILHELM (1873-1930)

De todas las traducciones realizadas por los misioneros que residieron en China, la que mayor reconocimiento mundial ha conseguido sin duda alguna, es la que realizó el misionero protestante alemán Richard Wilhelm en 1924, bajo el título de I Ging, Das Buch der Wandlungen.

La obra fue redactada con la ayuda de un funcionario Qing de alto rango llamado Lao Nai-hsuan (1843–1921), a partir de una estrecha colaboración que se estableció entre ambos, entre 1913 y 1920, es decir, durante la estancia de Wilhelm en la ciudad Qingdao.

Se dice que, durante su permanencia en China, su interés por la cultura local fue tan grande que no llegó a tener tiempo para convertir a ningún chino al cristianismo (Mechthild, 2010).

Según palabras del propio Wilhelm el proceso de traducción fue muy riguroso. Él tomaba notas en alemán de los comentarios que le hacía Lao Nai-Hsuan sobre el significado del I Ching, y después, lo que escribía lo volvía a traducir de nuevo al chino para que su mentor verificase que lo que había escrito era el sentido correcto. Una vez confirmado, Wilhem mejoraba el estilo y la redacción de lo escrito en alemán.

Lao Nai-Hsuan fue presentado como un “gran maestro” que inmerso en la auténtica tradición del I Ching quiso transmitir su legado a Wilhelm, algo que hizo ganar prestigio y autoridad al misionero alemán bajo la imagen de haber tenido la suerte de poder convertirse en un discípulo “iniciado” en los conocimientos psicológicos y espirituales del I Ching. Sin embargo, es interesante anotar que después Wilhelm no puso a su mentor como coautor en la obra.

La traducción que realizó Wilhelm tuvo como referente la misma compilación que utilizó James Legge para hacer la suya, es decir, el Zhouyi Zhenzhong redactado en el año 1715 por Li Guangdi, a petición del emperador Kangxi. Sin embargo, la orientación de Wilhelm fue totalmente distinta. Se considera que si la obra de Legge mostró lo que decía el I Ching la traducción de Wilhelm reveló su significado.

Aunque la traducción de Wilhelm ha recibido algunas críticas por parte los expertos sinólogos modernos, principalmente, porque introdujo referentes cristianos que no estaban en ella y porque la obra se aleja en cierto modo del contenido original de la misma como texto, también es verdad que se considera que fue la primera traducción que acercó al pensamiento occidental todo el contenido moral que contiene el I Ching, sin ser reinterpretado a través de las creencias cristianas.

Wilhelm trató de “domesticar” la obra introduciendo, por un lado, ideas expresadas por figuras de la talla de Kant o Goethe o haciendo referencias a la Biblia para ilustrar el significado de algunos contenidos de la obra, y por otro, transmitiendo que el I Ching es un legado de la humanidad que comparte el conocimiento de todas las culturas y que Occidente tenía muchas cosas que aprender de China.

Sin embargo, también quiso desmitificar cierta mística de la obra ofreciendo explicaciones racionales sobre determinados aspectos espirituales que contiene el I Ching, para que fuesen más accesibles a la mente occidental.

La fama de su traducción llegó, en verdad, en 1950, cuando esta fue traducida al inglés por Cary F. Baynes, una alumna del famoso psicólogo analítico Carl Gustav Jung.

CARL GUSTAV JUNG (1875-1961)

Carl G. Jung fue un gran admirador de Richard Wilhelm, ya que, según sus propias palabras, este marcó su pensamiento y su vida más allá del propio Sigmund Freud. En particular, parece ser que las traducciones del I Ching y el Secreto de la Flor de Oro de Wilhelm fueron los que crearon un punto de inflexión en sus trabajos.

Su amistad comenzó a principios de los años 20, cuando Wilhelm regresó definitivamente a Europa, a raíz de una conferencia que se impartió en Darmstadt (Alemania), y continuó hasta la muerte del sinólogo en 1930.

Tras una de las conferencias que Wilhelm impartió en Zürich en 1924, Jung le pidió permiso para que su alumna Cary F. Baynes pudiese traducir su obra al inglés (americano). La obra tardaría después en traducirse 20 años.

Baynes, graduada en medicina por la Universidad John Hopkins, había ayudado a Jung a traducir su obra El Libro Rojo. Parece ser que esta compró los derechos de traducción al inglés de la obra de Wilhelm por sólo 100 dólares. En 1965 ya se habían vendido medio millón de ejemplares gracias al movimiento de la contracultura norteamericano que lo adoptó como libro de culto. Hoy en día la obra está traducida en más de 40 lenguas.

El mérito de esta traducción se puede decir que estuvo en su capacidad para hacer accesible la obra a todo tipo de público interesado independientemente de haber estudiado o no chino.

Con Jung, el I Ching pasó a convertirse en Occidente en una herramienta clave para conectar con el inconsciente de la persona; en un camino para el desarrollo interno personal y para conocer mejor el propio carácter, las motivaciones internas y las actitudes adoptadas frente a las distintas situaciones; y en una obra que desvelaba la más pura sabiduría china. Por último, añadir que parece ser que el I Ching también fue clave para la elaboración del concepto de sincronicidad en la obra de Jung.

Referencias Bibliográficas

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About Pedro Jesús Jiménez Martín

Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

I Ching y Shintoísmo

Aunque no se conozca mucho, el I Ching ha jugado un importante papel dentro del desarrollo del sintoísmo japonés. De hecho, se podría decir que esta obra es uno de los libros que más ha influido en esta tradición religiosa junto al Kojiki y el Nihon Shoki.

Aunque en el Japón antiguo existieron tanto cultos animistas y templos dedicados a ello, como rituales de veneración a los ancestros familiares y las deidades locales que hoy en día se asocian al sintoísmo, lo cierto es que, esta religión, como tal, no fue reconocida como culto independiente y autóctono japonés hasta el periodo Tokugawa. Antes de esta época, las tradiciones que se ligan al sintoísmo fueron en verdad prácticas ligadas al onmyōdō, al budismo, a las creencias folklóricas autóctonas y al confucionismo.

Si nos retrotraemos a relación del proto-sintoísmo de los periodos Nara y Heian con el I Ching, esta debería rastrearse a través de la familia Kamo, uno de los linajes protagonistas en la Oficina del Yin-Yang (Onmyōryō) que tuvo como referencia a esta obra en sus funciones adivinatorias, astrológicas, médicas y militares.

Otro referente importante a analizar son las obras “Crónicas de los Tiempos Antiguos” (Kojiki, 712) o “Crónicas de Japón” (Nihon Shoki, 720) (libros de referencia en la tradición sintoísta), en dónde se pueden rastrear ideas procedentes del I Ching.

Durante el medievo japonés, diferentes académicos, como Kitabatake Chikafusa (1293-1354), lchijō Kanera (1402-1481) y Yoshida Kanetomo (1435-1511), utilizaron conceptos del I Ching para desarrollar el pensamiento sintoísta.

El primero, escribió la obra “Crónica del descenso directo de dioses y soberanos” (Jimmō Shōtōki). Una obra que, apoyándose en el I Ching y en dos comentarios al mismo, “Explicación del diagrama de la Realidad Suprema” (T’ai- chi-t’u shuo) y “Explicación General del I Ching” (I t´ung shu), intentó explicar el origen de las primeras divinidades sintoístas.

lchijō Kanera, por su lado, utilizó el I Ching para defender en su obra “Comentario sobre el Nihon Shoki” (Nihon Shoki Sanso) la unidad del sintoísmo, confucionismo y budismo, mientras que Yoshida Kanetomo, fundador de la escuela sintoísta Yoshida y persona ligada al linaje familiar Urabe (protagonistas en las prácticas exorcistas en la Oficina de Adivinación desde el periodo Heian), se sirvió del I Ching para explicar qué significa el concepto de dioses y revelar qué hubo antes de la creación del Universo. Yoshida escribió además la obra “Rituales de adivinación con el I Ching” (Shūeki Zeigi)

El cenit de la influencia del I Ching sobre el sintoísmo tuvo lugar en el periodo Tokugawa (1603-1868). En la primera parte de este periodo, los académicos neo-confucionistas se apoyaron en el sintoísmo para restar poder al budismo, y los monjes sintoístas se acercaron al neo-confucionismo para enriquecer sus ideas. Ambos actores encontraron en el I Ching un recurso clave en sus objetivos.

Hayashi Razan (1583-1657) fue uno de los primeros académicos que utilizó el hexagrama Kuan (la contemplación) del I Ching, para justificar la unidad entre el confucionismo y el sintoísmo. Para él, el sintoísmo estaba contenido dentro del confucionismo porque sus preceptos seguían las enseñanzas del I Ching, y este era uno de los cinco textos clásicos del confucionismo.

Este académico, entre otras cosas, también: defendió que el I Ching y el Nihon Shoki eran dos libros clave que ayudaban a desvelar los misterios del sintoísmo; identificó a las deidades sintoístas Kuni-tototachi-no-mikoto, Izanagi e Izanami con el t’ai chi (el principio supremo), el yin y el yang, el Cielo y la Tierra respectivamente; y comparó a las cinco deidades principales del sintoísmo con los 5 Agentes (wu-hsing).

Yamazaki Ansai (1618-1682), académico neo-confucionista y fundador de la escuela sintoísta Suika, siguió este mismo discurso y llegó a afirmar que el Nihon Shoki era el I Ching japonés.

Además, este personaje apoyándose en las ideas de Ranzan: afirmó que la genealogía de los dioses sintoístas era paralela al I Ching (primero surgieron los dioses del Cielo y la Tierra, luego los dioses de los cinco elementos agua, fuego, tierra, metal y madera, después los dioses del yin y del yang, etc.); determinó que el objetivo del confucionismo y el sintoísmo era cultivar el carácter moral de la persona y que la purificación del cuerpo era el camino de la ética sintoísta; y defendió que el sintoísmo era una religión superior al resto de creencias.

Kumazawa Banzan (1619-1691), desarrolló la noción del shinto “del Cielo y la Tierra” (Tenchi no Shintō) afín al I Ching del Cielo y la Tierra, y asoció ambas dimensiones con las virtudes de la justicia y la benevolencia. Además, comparó los tres tesoros sintoístas (espejo, espada y joya) con las tres líneas que forman los trigramas y destacó la importancia del número 8 en ambas tradiciones.

Yamaga Sōkō (1622-1685), se mostró contrario como Banzan, a la forma en que se estaba desarrollando el sintoísmo en su época, sobre todo por que seguía albergando prácticas mágicas y chamánicas, pero adoptó una posición más neutral al afirmar que el sintoísmo era una fórmula más en el camino de los sabios que podía encontrarse en cualquier nación.

Por último, Ogyū Sorai (1666-1728), siguió este mismo discurso y sugirió además que debía utilizarse el I Ching como referente para hacer política.

Si nos trasladamos al contexto de los monjes sintoístas, los personajes que más destacaron en esta época, por su interés hacia el I Ching, fueron Watarai Nobuyoshi (1615-1690) y Kikkawa Koretari (1616-1694).

Si en estas personas se pueden identificar la mayor parte de las ideas expuestas por los académicos neo-confucionistas, también es verdad que adoptaron posiciones particulares.

Watarai Nobuyoshi, fundador de la escuela Nuevo Sintoísmo Ise, defendió que el sintoísmo no procedía del I Ching aunque se pudiesen encontrar muchas referencias de esta obra en el Nihon Shoki. La evidencia para él estaba en que el sintoísmo había existido en Japón antes de que llegase el confucionismo.

En cuanto a Kikkawa Koretari, fundador de la escuela sintoísta Yoshida, defendió que todos los rituales de exorcismo, rezos y la virtud de la sinceridad (makoto) eran parte esencial del sintoísmo y no algo a eliminar.

Durante la mitad del periodo Tokugawa se produjo un distanciamiento entre los académicos neo-confucionistas y los monjes sintoístas. En verdad, desde la etapa anterior, no todos los académicos y monjes sintoístas estaban de acuerdo con la unidad de ambas tradiciones, y en este periodo, se escucharon sus voces.

Entre los académicos que lideraron esta crítica estuvo Muro Kyūsō (1658-1734). Este pensador desmintió algunas de las interpretaciones que se habían dado en la etapa anterior para justificar en los hexagramas del I Ching la doctrina sintoísta, además de puntualizar que en los textos sintoístas se trata poco la ética y más el misterio, y que el confucionismo tenía una dimensión universal y centrada en la política, mientras que el sintoísmo era algo local y religioso.

Otro intelectual que compartió esta visión fue Dazai Shundai (1680-1747). Aunque entendía la utilidad del sintoísmo como creencia, su visión era que los sabios no creían en él (Confucio nunca habló de los dioses), sino que fue una simple herramienta para educar a las personas primitivas.

En la última etapa de este periodo, el sintoísmo estuvo marcado por un discurso nacionalista elaborado desde las escuelas sintoístas Unden y Mito y la Escuela de Estudios Nacionales (Kokugaku), en el que se llegó a afirmar que el I Ching era en verdad un texto sintoísta y tenía un origen japonés.

Jiun Sonja (1718-1804), el fundador de la escuela Unden, era un monje de la tradición budista shingon que intentó fusionar el sintoísmo con las ideas budistas y confucionistas. Para este monje, el Shinto estaba en las raíces de la creación del I Ching porque Fu Shi, el creador de los hexagramas, los había descubierto, según la mitología, en un diagrama inspirado en el espejo, y el contenido del I Ching había surgido de un sistema adivinatorio existente en Japón en los tiempos de Izanami e Izanagi.

Respecto a la Escuela de los Estudios Nacionales, personajes como Mootori Norinaga (1730-1801) estuvieron alejados del I Ching. De hecho, para este pensador, el I Ching fue una creación china para engañar a la gente. Fue después, Hirata Atsutane (1776-1843) el que propagó el discurso nacionalista respecto al I Ching.

Hirata defendió que el I Ching había sido la creación de una deidad japonesa, y que después, fue modificado por Huang Di y Shen Nong, de los que afirmó que tenía un origen japonés. Además, criticó al rey Wen por modificar el orden de los hexagramas y al duque de Zhou, Confucio y sus discípulos, por distorsionado y convertirlo en un texto confucionista. Este monje también reordenó los hexagramas para decir que esa era la verdadera secuencia del antiguo I Ching.

Okuni Takamasa (1791-1871), alumno de Hirata, añadió más argumentos sobre los orígenes japoneses del I Ching, y dijo que sus hexagramas habían surgido de una lengua japonesa primigenia (shindai moji) que, en verdad, era el origen de todas las lenguas, y que la Teoría de los cinco agentes (wu-hsing) se podía rastrear en antiguos textos japoneses.

Aizawa Seishisai (1781-1863) de la escuela sintoísta Mito, criticó la postura de Mootori Norinaga y Hirata Atsutane y popularizó los orígenes japoneses del I Ching con su participación en la vida pública.

Para finalizar, simplemente añadir que, a finales de periodo Tokugawa, muchas de las “nuevas religiones” japonesas afiliadas al sintoísmo introdujeron el I Ching como oráculo en sus rituales.

Referencias Bibliográficas

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About Pedro Jesús Jiménez Martín

Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

I Ching en Japón

En este apartado se va a presentar un resumen de las investigaciones que ha realizado Ng Wai-Ming con relación a la presencia del I Ching en Japón. Aunque su trabajo es tan extenso que ha sido criticado por algunos revisores de padecer cierta “superficialidad”, así como de querer asociar erróneamente cualquier mención al yin-yang y la Teoría de los cinco agentes (wu hsing) en Japón con el I Ching, lo cierto es que, su trabajo, representa un importante punto de partida para animarse a profundizar en la importancia de esta obra dentro de la cultura japonesa.

El I Ching, conocido como Ekikyō en japonés, fue introducido en Japón desde Corea en el siglo VI. En un inicio, durante los periodos Nara (712-793) y Heian (794-1186), su uso como libro de sabiduría y adivinación quedó reservado a los funcionarios de la Oficina de Educación y la Oficina del Yin-Yang.  Fue más tarde, durante el periodo medieval japonés (1186-1603), cuando la obra se expandió entre la aristocracia, los monjes zen y la clase guerrera japonesa, y durante el periodo Tokugawa (1603-1868) cuando alcanzó su cenit de popularidad.

PERIODOS ASUKA, NARA Y HEIAN (552-1184)

Según la obra “Crónicas de Japón” (Nihon Soki), editada en el año 720, el I Ching fue introducido en Japón desde Corea en el siglo VI. En particular, Wai-Ming (1996) señala que en este documento se dice que los monjes coreanos Dan Yangmi y Wang Dolyang llegaron a Japón en los años 516 y 554 respectivamente, y que el primero trajo consigo los cinco clásicos chinos, mientras que el segundo es presentado directamente en la obra como experto en eI I Ching.

El I Ching es referenciado más tarde en el Código de 17 Artículos que elaboró el Príncipe Shotoku (574-622) en el periodo Asuka, y después, en el año 632, hay registros en los que se cita que el monje Min hizo una disertación sobre la obra a Nakatomi no Kamatari y otros cortesanos.

El estudio del I Ching fue institucionalizado en los periodos NaraHeian como texto clásico confucionista en la Oficina de Educación (Daigakuryō), donde se estudió en su dimensión ética y filosófica, y como obra de adivinación en la Oficina del Yin-Yang (Onmyōryō), donde se estudió como libro para la adivinación, la astrología, la medicina y el ritual a través de su simbología y numerología.

Los comentarios al I Ching de Cheng Hsian (127-200) y Wang Pi (226-249), y algunos comentarios elaborados en la dinastía Tang, fueron la principal referencia en el contexto más académico. Sin embargo, y aunque es evidente que hubo interés por esta obra, se puede considerar que, en esta época, el I Ching no fue un texto popular entre la élite educada como lo confirma el hecho de que no se han conservado comentarios a la misma.

Según la obra “Bibliografía de los libros chinos en mi país” (Honchō kenzaisho mokuroku) de Fujiwara no Sukeyo, la biblioteca estatal tenía 31 libros (177 rollos) sobre el I Ching a finales del siglo IX, que correspondían a comentarios de las dinastías Han y Tang, y que estaban clasificados bajo las temáticas de los cinco agentes (wu-hsing), medicina, matemáticas y calendario; y el bibliófilo Fujiwara no Michinori (1106-1159) tenía 9 obras (29 rollos) sobre el I Ching en su colección personal.

Existen datos que informan que el Emperador Uda (867-931) estudio el I Ching con Zen´en, un funcionario de la Oficina de Educación en el año 888, y que realizó lo que han sido considerados como los primeros comentarios a la obra por un japonés.

Fujiwara no Yorinaga (1120-1156), ministro de la izquierda (sadaijin) también lo estudió en el año 1143 bajo la dirección de Fujiwara no Michinori, un personaje conocido por el uso de los 64 hexagramas en el estudio de las matemáticas. Gracias a este ministro sabemos que esta obra en Japón, no se podía abordar si se tenía menos de 50 años.

Según los datos actuales disponibles, se puede afirmar que entre los años 539-1186, el I Ching quedó en manos de un limitado número de personas.

PERIODOS KAMAKURA, MUROMACHI Y MOMOYAMA (1186-1603)

Durante el periodo medieval japonés, la popularidad del I Ching se expandió entre la población intelectual japonesa. En esta época, penetraron en el país, las obras de importantes eruditos neo-confucionistas chinos del gobierno Song, como “Una explicación del diagrama del Tai Chi” (T’ai-chi- t’u shuo) de Chou Tun-i (1017-1073); “Comentario del I Ching” (I Chuan) de Ch’eng I (1033-1107); o “El significado original del I Ching” (Chou-i pen-i) y la “Introducción a los jóvenes al aprendizaje” (I-hsüeh ch’i-meng) de Chu Hsi (1130-1200).

Entre los protagonistas más importantes en el estudio del I Ching del periodo medieval japonés estuvieron los monasterios del budismo zen, la familia imperial y las familias aristocráticas y los señores de la guerra.

En esta época, los monjes zen se habían convertido en una fuerza intelectual muy importante, y estos no sólo mostraron un gran interés por estudiar el I Ching, también por realizar puntualizaciones, anotaciones y reimpresiones de algunos de los comentarios más importantes chinos sobre esta obra.

Los monjes zen utilizaron el I Ching para explicar parte de su doctrina espiritual y consideraron que esta obra podía servir como guía en el camino hacia la iluminación, de modo que la introdujeron en las etapas finales de su entrenamiento. De hecho, se establecieron linajes secretos ininterrumpidos de formación entre ellos.

Entre los monjes zen más importantes que se interesaron por el I Ching en el medievo japonés figuran Kōhō Kennichi (1241-1316), Issan Ichinnei (1247-1317) y Kokan Shiren (1278- 1346).

El primero lo utilizó, entre otras cosas, para dar respuestas al dilema zen sobre cuál es nuestra condición antes de nuestro nacimiento. En cuanto a los otros dos, hay que señalar que Kokan estudió el I Ching con: 1) Minamoto Arifusa, un personaje que había formado parte de una línea de transmisión de las enseñanzas de esta obra en su familia desde la figura de Kibi no Makibi (695-775); 2) Sugawara Arisuke, el instructor personal del I Ching del emperador Hanazono (1297-1348); 3) el monje zen Issan Ichinnei, con el que aprendió los comentarios simbólicos y numerológicos del I Ching del erudito de la dinastía Han, Yang Hsiung.

Kokan formó a su vez a dos destacados discípulos: Chūgan Engetsu (1300-1375) y Gidō Shūshin (1326-1389). El primero alcanzó un gran prestigio y fue afín a los comentarios del I Ching de Chu Hsi. El segundo tuvo un papel más activo en la popularización de la obra desde un punto de la adivinación y de recomendar que estuviese en la formación de los políticos.

Entre el público de Gidō Shūshin estuvo el Shogun Ashikaga Yoshimitsu (1358- 1408) y entre los alumnos más brillantes que formó destacan Kiyõ Hoshū, Daichin Shukõ, Shinka Gendai, Seito Myõrin o Tengan Bokuchū.

Kiyõ Hoshū (1363-1424), fue un fiel defensor de la idea de que esta obra era un mapa de carreteras privilegiado en la búsqueda de la iluminación. Para este erudito la clave estaba en los trigramas kan (el agua abismal), li (el fuego)y ken (la montaña).

El siguiente monje que hay que resaltar en el estudio del I Ching fue Unshō Ikkei (1386-1463). Este fue el hermano mayor del famoso académico de la corte y especialista en el I Ching, Ichijō Kanera (1402-1481) y su legado más importante fue el de popularizar el comentario al I Ching de Tung KaiChou-i Chuan-I”.

Su sucesor fue el discípulo Tōgen Zuisen (1403-1489), un monje que llegó a convertirse en el máximo referente en el domino del I Ching en su época gracias a la amplia formación que recibió, tanto por parte de otros eminentes monjes zen como Unshõ Ikkei, Shōchū Shōzui, Jikūn Tōren, Tengan Bokuchū, Zuikei Shūhō y Seitō Myōrin, como por parte de miembros de la familia aristocrática Kiyohara o la escuela Ashikaga.

Su obra más importante con relación al I Ching fue el Hyakunōbusuma, en la que imprimió en sus comentarios muchas ideas del budismo zen. Por ejemplo, explicó que en el estado mental ligado al T´ai Chi o Realidad Suprema no existen dualidades, ni buda o nirvana, porque es el estado anterior a la diferenciación de las cosas.

Tōgen reforzó el valor del I Ching en el contexto militar a la hora de predecir la estrategia y el resultado de los conflictos armados y popularizó esta obra como un libro de adivinación para la vida cotidiana.

Respecto a la familia imperial hay que señalar que sus miembros también tuvieron una importante formación en el I Ching durante el medievo japonés. Los emperadores japoneses de esta época recibieron formación en el I Ching y, en particular, tres de ellos: Hanazono (1297-1348), Godaigo (1288-1339)y Sūkōin (1334-1398), fueron grandes entusiastas de la misma.

El interés imperial por el I Ching facilitó que esta obra también formase parte de la vida cortesana, y que, en particular, cuatro familias aristocráticas: Sugawara, Kiyohara, Abe y Kamo se convirtiesen en importantes transmisores y formadores en el I Ching para la familia imperial, los monjes zen y los señores samurai.

Las familias Sugawara y Kiyohara fueron importantes referentes en la transmisión de la dimensión intelectual confucionista y política de esta obra. En la primera, Sugawara Arisuke enseñó el I Ching al emperador Hanazono, Sugawara Ariatsu al emperador Sūkōin y Sugawara Hidenaga al shogun Ashikaga Yoshimitsu. Por otro lado, Sugawara Ekinaga tuvo poder de influencia sobre el emperador Gohanazono (r. 1428-1464) y Sugawara Nagatsu (1502-1549) sobre el emperador Gonara (r. 1526-1557).

Respecto a la familia Kiyohara, la verdad fue que, aunque su linaje en el estudio del I Ching se remontaba a principios del periodo Heian, su posición estuvo eclipsada inicialmente por la familia Sugawara.

La primera persona que consiguió ubicar a esta familia en la esfera pública fue Kiyohara Naritada (1409-1467), y lo hizo porque transmitió sus enseñanzas del I Ching al emperador Hanazono y su obra influyó poderosamente en el monje zen Tōgen Zuisen. Su hijo Kiyohara Nobukata (1475-1550) también se convertiría en un importante erudito reconocido de la época.

Respecto a las familias Abe y Kamo, hay que destacar que estas tuvieron su protagonismo en la Oficina del Yin-Yang (Onmyōryō) y que fueron importantes referentes de transmisión en la dimensión más esotérica y adivinatoria del I Ching, al dar uso a esta obra como texto adivinatorio, astrológico, médico y militar.

La familia Abe fue famosa en el uso del I Ching en la predicción militar. Los guerreros Hōjō Yoshitoki (1163-1224) y Hōjō Masako (1157-1225) consultaron a miembros de esta familia en la guerra Jōkyū (1221) y el Shogun Ashikaga Yoshimitsu tuvo como consejero a Abe Ariyo en los asuntos bélicos.

Otros famosos aristócratas famosos que también se interesaron por el I Ching al margen de estas familias, y que contribuyeron a reforzar las ideas sintoístas, fueron Kitabatake Chikafusa (1293-1354), Ichijō Kanera, Yoshida Kanetomo (1435-1511) y Sanjõnishi Saneatsu y su hijo Sanjõnishi Sanetaka.

A mitad del medievo japonés, la Escuela Ashikaga adquirió el protagonismo en los estudios del I Ching. Esta escuela, con fuertes influencias del budismo esotérico Shingon, se desarrolló bajo dos perspectivas: la interpretación del libro con fuente de sabiduría y como recurso para la adivinación. En particular, su interés por la parte oracular del I Ching llevó a esta escuela a desarrollar hasta 14 métodos de adivinación.

La escuela Ashikaga asumió tanto los comentarios chinos antiguos como los modernos a la obra, y sus estudiantes ganaron gran prestigio sirviendo a los señores de la guerra (sengoku daimyō) como consejeros militares, chamanes, médicos, arquitectos y meteorólogos.

A su primer director Kaigen (f. 1469) le interesó mucho la parte más esotérica del I Ching y entre sus estudiantes más famosos estuvieron Ippaku Genshin y Hakushū Sõjõ, dos personas que otorgaron a esta institución su prestigio como especialista en I Ching.

El cenit de esta escuela llegó con su séptimo director Kyūka (d. 1578) que en su época llegó a tener más de 3000 alumnos, incluido Kishun Ryūki (1511-1574) que después enseñaría a Bunshi Genshō (1555-1615), uno de los expertos más famoso en I Ching a principios del Japón moderno.

Kyūka también enseñó el uso del I Ching a los daimyo Hōjō Ujiyasu (1515-1571) y su hijo Hōjō Ujimasa (1538-1590), y escribió una obra sobre I Ching adivinatorio llamada Jurijohenketsu.

Su alumno Kanshitsu Genkitsu se convirtió en el noveno director de la escuela. Este monje destacó por su capacidad a la hora de aplicar el I Ching al mundo de la estrategia y la predicción militar (gunbai shisō). En particular, se sabe que Kanshitsu tuvo una estrecha relación con Takeda Shingen (1521-1573) y Tokugawa Ieyasu (1542-1616).

Según los registros, Takeda Shingen fue un gran entusiasta del I Ching y parece ser que sólo quiso tener como consejeros a alumnos de esta escuela. Del mismo modo, hay registros de que Kanshitsu también colaboró con Tokugawa Ieyasu en la batalla de Sekigahara (1600) y que uso el Feng-shui (geomancia) para la construcción del castillo Hagi de Mōri Terumoto (1552-1625).

Según Wai-Ming (1996), se puede resumir la etapa medieval japonesa con relación al I Ching como: 1) un periodo en el que se utilizó esta obra como recurso para profundizar o enriquecer los creencias y conocimientos de monjes budistas, sintoístas y cortesanos; 2) una etapa de evolución desde los comentarios antiguos chinos de la obra a los modernos; 3) un momento de asimilación de la obra a la tradición japonesa a través de puntualizaciones a los comentarios chinos antiguos y modernos de la obra, y la redacción de comentarios y textos por japoneses; 4) un estadio en el que todavía no se estaba preparado para empezar a hacer aportaciones autóctonas en la interpretación y el uso de la obra; y 5) un momento en dónde el I Ching se popularizó desde las élites intelectuales a todas las clases sociales.

PERIODO TOKUGAWA (1603-1868)

Los estudios del I Ching alcanzaron su cenit en Japón durante este periodo. En particular, se puede resaltar que el periodo Tokugawa corresponde a un momento histórico en el que los intelectuales neo-confucionistas quitaron el protagonismo a los monjes zen en el estudio de esta obra.

El I Ching se convirtió en el texto confucionista de referencia entre los intelectuales neo-confucionistas Tokugawa. Según Wai-Ming (1996), en este periodo se llegaron a escribir 1085 textos con relación a esta obra (teniendo en cuenta todos los ámbitos; académico, religioso, médico, adivinatorio, numerológico, político, militar, científico, etc.), por más de 416 autores.

En la primera parte de este periodo (siglos XVII y XVIII), las tres escuelas confucionistas (Chu Hsi, Wang Yang-Ming y Kogaku) adquirieron un gran protagonismo.

En particular, fue la escuela confucionista de Chu shi, la que editó la mayor parte de las obras que se redactaron en esta época con relación al I Ching y la que formó un mayor número de académicos.

Entre las personas más significativas de esta escuela que hicieron importantes anotaciones a los comentarios chinos del I Ching e incluso que aportaron sus propias reflexiones, estuvieron: Bushi Genshō (1555-1620), Fujiwara Seika (1561-1619), Hiyashi Ranzan (1583-1657), Yamazaki Ansai (1618-1682) y Matsunaga Sunun (1618-1680).

Otros personajes relevantes fueron: Kaibara Ekken (1630-1714) y Muro Kyūsō (1658-1734). El primero estudió el I Ching con Yamazaki Ansai, y se dice que llegó a estar tan influenciado por la obra, que cambió su nombre a Ekken. Según Wai-Ming (1996), el I Ching no sólo produjo una gran influencia en sus ideas cosmológicas, éticas y médicas, también le animó a escribir una obra sobre el mismo (Ekigaku teiyō)que convirtió en libro de texto para sus discípulos.

En cuanto a Muro Kyūsō, sólo señalar que escribió varios textos sobre el I Ching, siendo el más importante el “Nuevo comentario sobre el I Ching” (Shueki shinso) en el que introdujo sus propios comentarios.

Respecto a la escuela Yang Wang-Ming, sólo indicar que su influencia fue más modesta y que entre sus académicos más destacados con relación al I Ching estuvieron Nakae Toju (1608-1648) y Kumazawa Banzan (1619-1691).

La escuela Kogaku, o de estudios antiguos, se caracterizó por rechazar los comentarios modernos que se habían realizado en China con respecto al I Ching; la vertiente adivinatoria de la misma; así como a muchas de las ideas que se habían “establecido” sobre la misma. Sin embargo, también es verdad que, dentro de esta escuela se editaron dos obras con relación a la dimensión adivinatoria del I Ching por parte de Ito Togai (1670-1736) y Dazai Shundai (1680-1747).

Entre los académicos más brillantes que se formaron en su seno y que tuvieron interés por el I Ching estuvieron Ito Jinsai (1627-1705), Yamaga Soko (1622-1685) y Ogyu Sōrai (1666-1728).

En paralelo a estas escuelas neo-confucionistas, los monjes zen y sintoístas, también continuaron acomodando sus doctrinas a las enseñanzas del I Ching, aunque habían perdido el protagonismo intelectual sobre ella.

Por ejemplo, la escuela budista Rinzai mantuvo un gran interés por la dimensión esotérica de la obra y estableció su centro de formación en la Escuela Ashikaga. Entre los monjes más importantes de esta escuela que se interesaron por el I Ching estuvieron Saisho Shotai (1533-1607) y Takuan Sōhō (1573-1645). La escuela Sōtō, por su parte, prefirió utilizar el I Ching para explicar las bases filosófico-espirituales de su doctrina.

Respecto al Shinto, las escuelas sintoístas Nuevo Ise, Yoshida y Suika, continuaron utilizando el I Ching para enriquecer sus ideas y para justificar la unidad entre sintoísmo y confucionismo.

Por ejemplo, Kikawa Koretari (1616-1694), fundador de la escuela Yoshida identificó a Kuni-tokotachi-no-mikoto con la noción de T´ai Chi, y a Izanagi e Izanami como los dioses del yin-yang. Yamazaki Ansai (1618-1682), fundador de la escuela sintoísta Suika, vio en el I Ching una fórmula para explicar la generalogía de los dioses y en el Nihon Shoki el I Ching japonés, justificando así la unidad entre sintoísmo y confucionismo.

Durante la mitad del periodo Tokugawa (siglos XVIII y XIX) las escuelas neo-confucionistas simplemente mantuvieron el discurso anterior, de modo que la escuela eclética (setsūha), la escuela de estudios nacionales (kokugaku) y la escuela oracular ganaron el protagonismo.

La escuela eclética se caracterizó por otorgar una gran importancia a los estudios filológicos e históricos con el fin de restaurar el significado antiguo del I Ching, además de por rechazar las ideas esotéricas ligadas a la obra.

Esta escuela tuvo tres sedes principales: Osaka, Edo y Kyoto. Entre las figuras más importantes en Osaka estuvieron Goi Ranshu (1696-1762) y sus discípulos Nakai Riken (1732-1817) y Nakai Chikuzan (1730-1804); en la escuela de Edo fueron Inoue Kinga (1732-1784), Ota Kinjo (1765-1825) y su alumno Kaiho Gyoson (1798-1866), una persona que destacó en sus esfuerzos por restaurar los métodos de adivinación antiguos y que plasmó en la obra “Adivinación con el I Ching en tiempos antiguos” (Shueki kosenshō); y en la escuela de Kyoto destacó Minakawa Kien.

La escuela de los estudios nacionales (kokugaku) obtuvo su protagonismo respecto al I Ching a finales del periodo Tokugawa, dado que en esta etapa, pensadores como Motoori Norinaga (1730-1801) fueron más bien críticos con la obra.

Por último, y con respecto a la escuela oracular anotar que esta estuvo constituida por lo que se podrían denominar “adivinos profesionales” (sayauchi), personajes que dispusieron de pequeñas academias en la ciudad donde prestaban sus servicios. Entre las figuras más conocidas de la época estuvieron Arai Hakuga (1725-1792), Mase Chushu (1754-1817) y Matsui Rashu (1751- 1822).

La última etapa del periodo Tokugawa se caracterizó por el declive en los estudios académicos sobre el I Ching, si bien hubo notables excepciones como la escuela Hirata, ligada al Kokugaku, y las escuelas sintoístas Mito y Unden. Estos bajo un discurso radicalmente nacionalista llegaron a afirmar que el I Ching era de origen japonés y que en verdad la obra era un texto sintoísta.

Hirata Atsutane (1776-1843), y sus alumnos Ikuta Yorozu (1801-1837) y Okuni Takamasa (1791-1871), no sólo defendieron este discurso, también criticaron al duque Wen e incluso a Confucio, por contaminar la obra.

La escuela Mito, caracterizada por defender el culto al emperador y disponer de un espíritu reformista, se sirvió del I Ching con fines políticos para alentar una oposición al gobierno Tokugawa y ensalzar y legitimar la figura del emperador.

Algunas de las figuras más desatacadas fueron Kusumoto Tanzan (1828-1883) Ogasawara Keisai (1828-1863), Yoshida Shoin (1830-1859) y Takasugi Shinsaku (1837-1867).

Por último, Jiun Sonja (1718-1804), el fundador de la escuela sintoísta Unden, defendió entre otras cosas, que el sintoísmo japonés había influido en la creación del I Ching porque Fu Shi, el creador de los hexagramas, los había descubierto según la mitología en un diagrama inspirado en el espejo, uno de los tesoros nacionales del sintoísmo.

Si en la primera etapa, los académicos neo-confucionistas utilizaron el I Ching para reforzar la figura del shogunato y sus políticas, en esta última etapa, la obra sirvió para lo contrario, fomentar la Reforma Meiji y restaurar el protagonismo de la familia imperial.

Desde un punto de vista político, simplemente añadir que, durante el periodo Tokugawa, el Shogun Tokugawa Ieyasu reconoció el valor de esta obra utilizando a dos monjes zen, Kanshitsu Genkitsu y Saishō Shōtai como consejeros. A ambos, además, se les encargó redactar la versión Fushimi del I Ching.

Pero el líder Tokugawa más entusiasta del I Ching fue Tsunayoshi (r. 1680-1709). Según los registros organizó en un periodo de 7 años 240 seminarios sobre el mismo. Tsunayoshi se sirvió del I Ching para aplicar su sabiduría a la política, pero también, para prevenir desastres naturales.

Además, fue durante su gobierno, cuando el emperador Reigen (r. 1663-1683), bajo el beneplácito de Tsunayoshi, reinstauró la antigua Oficina del Yin-Yang renombrándola bajo el nombre de Omyōdō.

Por último, apuntar que el Shogun Tokugawa Ienobu (r. 1709-1712) también recibió lecturas diarias del I Ching.

Referencias Bibliográficas

Wai-Ming, NG. (1997). Study and Uses of the I Ching in Tokugawa Japan, Sino-japanese Studies, 9(2), 24-44.

Wai-Ming, NG. (1998). The I Ching in Shinto Thought of Tokugawa Japan, Philosophy East & West, 48(4), 568-591.

Wai-Ming, NG. (1997). The History of I Ching in Medieval Japan, Journal of Asian History, 31(1), 25-46.

Wai-Ming, NG. (1996). The Hollyhock and the Hexagrams the I Ching in Tokugawa Thought and Culture, Doctoral Thesis, Department of East Asian Studies, USA: Princeton University.

About Pedro Jesús Jiménez Martín

Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

Psicología Somática. Stanley Keleman

Nacido en Brooklyn en 1931, su interés por la corporalidad surgió desde su formación inicial en el Instituto Quiropráctico de Nueva York (en el que se graduó en el año l954) y de sus reflexiones personales iniciales, sobre la relación entre los conflictos emocionales y las distorsiones de la postura corporal.

Su pensamiento pronto quedó marcado por las ideas y evoluciones de las teorías psicoanalíticas con relación al cuerpo de Sigmund Freud, Wilhelm Reich, Alfred Alder y Alexander Lowen (fue miembro del Instituto Alexander Lowen para el Análisis Bioenergético desde 1957 hasta 1970), así como por las ideas de Nina Bull sobre la dimensión emocional y neurológica del cuerpo.  

Su curiosidad le llevó a visitar a Europa, donde adquirió una interpretación más espiritual de la corporalidad. En Suiza estudió el Método Daisen con el doctor Dori Gutscher, y en Alemania, colaboró con el profesor Karlfried von Durckheim, transmisor de la cultura japonesa del “hara” en Occidente.

Tras su regreso a Estados Unidos en el año 1967, estuvo en el Instituto Esalen (California) donde recibió las influencias de la psicología humanista de Carl Rodgers, Fritz Perls, Virginia Satir y Alan Watts entre otros, además de entablar amistad y trabajar, con el experto en mitología universal, Joseph Campbell.

En el año 1971, creó el Centro de Estudios Energéticos en Berkeley (California) desde el que asentó y difundió sus métodos de trabajo, y en 1990, patentó su método de trabajo bajo el nombre de Psicología Somática o Psicología Formativa. Un sistema cuyo objetivo es mostrar a las personas un camino sobre cómo pueden participar en su propio proceso evolutivo personal a través de la corporalidad.

Antes de su fallecimiento en el año 2018 en Berkeley (California), Keleman también llegó a ser presidente honorario y director para la investigación de la Escuela de Zurich para la forma y el Movimiento, del Centro de Psicología Formativa de Brasil en Rio de Janeiro y del Instituto de Psicología Formativa en Solingen, Alemania.

BASES DE LA PSICOLOGÍA SOMÁTICA

La psicología somática es un método que introduce la dimensión corporal dentro de las teorías del desarrollo evolutivo, y que nos muestra cómo los bloqueos y los problemas que experimenta la persona a lo largo de su ciclo vital quedan inscritos en su estructura corporal.

Los desequilibrios corporales, las alteraciones en la pauta pulsátil del cuerpo, se deben rastrear en las situaciones de tensión que ha vivenciado la persona desde la infancia hasta la edad adulta, siendo importante investigar en cada etapa cómo fueron las relaciones socioafectivas con los padres, con la pareja, con los compañeros de trabajo, etc., porque en cada una de ellas se estableció un patrón corporal que se vuelve a activar siempre que aparecen amenazas similares posteriores en la vida de la persona.

El cuerpo se convierte así en un libro en el que se pueden leer todas las experiencias internas y externas que han moldeado a la persona y todos los desafíos y tensiones que han caracterizado su existencia.

Este método, aporta una fórmula pragmática de acercarse a la vida cotidiana proponiéndonos educar a las personas sobre cómo pueden usar su esfuerzo muscular, voluntaria y conscientemente, para transformar sus patrones emocionales y creencias, y poder establecer así un “yo adulto” sano en un mundo cambiante.

Para Keleman, el organismo consiste en un espacio que se ha estructurado-organizado en base a una serie de conductos o tubos interconectados, que generan bolsas, cavidades y membranas que comunican el exterior y el interior.

Todas estas estructuras, actúan además como bombas pulsátiles de expansión y contracción, alargamiento y acortamiento, a determinadas frecuencias y amplitudes gobernadas por el sistema nervioso y hormonal, con el objetivo de facilitar el flujo de fluidos, gases e iones, y con ello, asegurar los procesos de transporte, distribución, asimilación, eliminación, etc. del organismo. Algo básico, pero que permite la supervivencia del individuo.

Cada tubo está constituido por diferentes capas que le dan un tipo particular de motilidad o peristaltismo. Un modelo pulsante que gestiona la expansión y contracción y el alargamiento y el acortamiento en las estructuras anatómico-fisiológicas.

La respiración, el latido cardiaco son las expresiones más evidentes de esta pulsación, pero el sistema digestivo, el sistema musculoesquelético o el sistema nervioso funcionan igual. En su contracción y expansión, en su excitación y relajación, facilitan el transporte de líquidos y substancias, el movimiento, la transmisión del impulso nervioso y la segregación de hormonas.

Se puede añadir que, el modelo de Keleman, también aporta una explicación somática sobre la relación que existe entre el cuerpo y las dimensiones emocionales, psicológicas, sexuales y oníricas de la persona, rompiendo con la dualidad cuerpo-mente de la tradición occidental.

Entre las aportaciones más importantes de este investigador, no sólo figura el que haya sido capaz de establecer una clasificación de estructuras psicosomáticas que definen a las personas en base a las alteraciones de la pulsación vital de sus sistemas fisiológico-anatómicos, es decir, de la alteración de sus dinámicas de “expansión y contracción”, “excitación y relajación”, también nos ha aportado un método de trabajo para desorganizar esos patrones disfuncionales del cuerpo que impiden experimentar una vida plena a la persona.

Keleman, identifica las bases que producen las alteraciones en la estructura corporal, en las respuestas que adopta el organismo frente al estrés y la agresión. En este sentido, identifica dos fórmulas básicas de respuesta corporal: resistir o ceder. En el primero, el organismo se activa para luchar y el cuerpo se hace más rígido y sólido. En el segundo, el organismo se colapsa y el cuerpo se ablanda y se expande perdiendo tensión y forma.

En base a estas nociones, este investigador define cuatro patrones de alteración somática de la pulsación corporal:

a) Estructuras rígidas. Dominadas por la expansión muscular permanente en una actitud de lucha. La estructura corporal tiende a buscar la dirección ascendente y hacia atrás, con la contracción de los músculos extensores de la columna y la contracción de la pared abdominal, elevando el diafragma. La idea que hay detrás es que para hacer a los demás más pequeños uno se hace más grande.

En estas estructuras, el cuerpo adopta una pulsación espástica, intensa y corta (como en la colitis), y la actitud emocional es la del orgullo, la agresividad y el desafío, en búsqueda de autoafirmación y reconocimiento hacia uno mismo.

Según Keleman, esta estructura responde a personas obedientes y controladas, que de niños estuvieron en familias que le obligaron a luchar por lo que querían, les exigieron ser agresivos y castigaron cualquier muestra de sensibilidad o afectividad.

b) Estructuras densas. Dominadas por la contracción muscular permanente. La estructura corporal se acorta para hacerse más densa y protegerse mejor. La estructura corporal tiene a comprimirse y compactarse buscando una dirección descendente. El cuello se mete hacia dentro y la garganta queda cerrada, los músculos del glúteo contraídos, la capa superficial de los músculos vertebrales se hiper estira y los músculos flexores de la parte anterior del cuerpo se acortan. La idea es que “mostrándose más pequeño se protege mejor”.

En estos cuerpos la pulsación queda bloqueada y la actitud emocional es de terquedad e inmovilidad frente a la tensión, con una actitud desafiante que busca evitar la humillación. Según Keleman, esta estructura aparece en personas que tuvieron familias que impidieron toda muestra de independencia en el niño. Niños que vivieron promesas y traición, humillación y duda.

c) Estructuras infladas. Dominadas por la expansión permanente de las cavidades. Aquí, la estructura corporal está dominada por fuerzas expansivas hacia el exterior por lo que el cuerpo se hincha y se agranda. Los músculos se adelgazan, el abdomen se hincha y fuerza el área púbica hacia el exterior, a la vez que el tórax se estrecha, dando a la persona forma de pera. Toda la tensión queda en la superficie para alejarla de los conductos internos.

La pulsación es letárgica pero muy potente (como un aneurisma a punto de estallar) y la actitud emocional es de arrogancia, bajo la idea de “recházame para encontrar mis límites”, mostrando una personalidad muy invasiva y manipuladora. Su miedo real es derrumbarse. Según Keleman, esta estructura aparece en niños en que estuvieron en familias muy excitables y manipuladoras.

d) Estructuras colapsadas. Dominadas por la contracción permanente de las cavidades. La estructura corporal está debilitada, de modo que, los músculos, sin tensión, hacen que la presión se dirija hacia adentro y hacia abajo, y se produce el hundimiento del pecho y que el abdomen inferior se proyecte hacia el exterior. A estas personas les “falta estructura, espina dorsal”. Como todo se derrumba, los músculos del cuello están tensos para que no caiga la cabeza y la espalda muestra cifosis dorsal.

En estas morfologías la pulsación no puede actuar por falta de estructura interna y queda comprimida y desplomada sobre sí misma más que hacia el exterior. La postura emocional es de querer recibir apoyo, lo que hace que la persona sea muy condescendiente y dependiente de las necesidades de los demás para superar sus miedos.

Keleman asocia esta estructura a niños que tuvieron familias que les mostraron indiferencia emocional y que los subestimaron constantemente bajo el mensaje de que no llegarían a nada en la vida. En su interior hay un “total para qué” porque siempre le han negado.

Keleman advierte que ninguna estructura es mejor que otra, sino que simplemente son un reflejo de los éxitos y fracasos que ha tenido la persona a la hora de intentar adaptarse a las exigencias de la vida y de responder a su deseo personal de ser humano, tener el control y ser solidario.

Además, también advierte que estas estructuras suelen presentarse de forma combinada en las personas, y que, un buen terapeuta, es aquel que tiene la habilidad suficiente como para poder detectarlas.

MÉTODOS DE INTERVENCIÓN

La filosofía de este investigador engloba la noción de que, para afrontar nuestros problemas, bloqueos y miedos, para cambiar nuestra vida o para transformar nuestra mente y nuestras emociones desadaptativos, tenemos que cambiar nuestro cuerpo.

De hecho, Keleman defiende que el trabajo corporal es un camino muy útil en el proceso de transformación y evolución personal porque el cuerpo es más fácil de modelar que las emociones y los pensamientos.

Su método de trabajo aparece descrito en su obra Experiencia Somática bajo el nombre de “la práctica corporal en cinco pasos”. Un método que se basa en identificar, reproducir y exagerar-intensificar en el presente, el patrón corporal desadaptativo que adoptó la persona en su día para evitar el dolor, el sentimiento, la emoción, la experiencia negativa, etc. para reorganizarlo y generar un nuevo espacio interior capaz de generar un nuevo patrón somático que permita a la persona continuar con su desarrollo personal.

Paso 1.- Esta fase tiene como objetivo ayudar a la persona a que tome conciencia de qué imágenes, sensaciones, ideas, pensamientos vienen a su cabeza cuando recrea la situación de conflicto.

Responde a las preguntas ¿cómo planteo el problema en mi cabeza? ¿a quién culpo? ¿dónde pongo las causas del problema? ¿qué papeles desempeño en el conflicto?, etc.

Es una fase que conecta con la dimensión más exterior de la persona donde rige lo social y lo racional, es decir, la imagen, el rol o postura de proximidad o distancia que tenemos en nuestra relación con los demás.

Paso 2.- Esta fase tiene como objetivo identificar las pautas corporales musculares que acompañan a esas imágenes, sensaciones, emociones, pensamientos… (tensar el cuello, meter el abdomen, apretar la mandíbula, etc.).

Corresponde a la pregunta ¿cómo reacciona mi cuerpo ante la situación? y es una primera etapa en la que la persona empieza a tener perspectiva para separarse, disociarse y desorganizar su manera de afrontar el problema a través de la identificación de los automatismos somáticos que ha generado.

Aquí es útil, el somagrama, es decir, pedir a la persona que se dibuje mostrando cómo se siente por dentro.

Paso 3.- En esta fase tiene como objetivo desorganizar el patrón corporal desadaptativo para encontrar un nuevo patrón corporal más armónico a la situación.

Corresponde a la pregunta ¿cómo puedo abandonar mi patrón corporal desadaptativo? y utiliza como recurso la técnica del acordeón, una fórmula que consiste en exagerar la tensión, intensificar la contracción de la postura contraída, para después soltarla poco a poco (o poner tensión si es lo que falta), contrayendo-soltando alternativa y progresivamente, hasta finalizar con una sensación de liberación, de acabar con algo, de que se está dejando de hacer algo.

Un ejercicio de “contraste” que ayuda a sentir mejor la expansión, la liberación, la flexibilización, el estiramiento y que contribuye a introducir el placer de una nueva sensación. Este procedimiento se acompaña de la visualización de la situación para recrear los sentimientos y emociones puestos en juego, el estrés sentido, etc.

Con esta fase la persona encuentra nuevas pautas corporales y actitudinales que puede poner en juego a la hora de afrontar el conflicto, un nuevo corporal para abordar la situación respecto a que músculos debe soltar, qué debe dejar de pensar, etc.

Tanto este paso como el anterior guardan una estrecha relación con la necesidad de investigar cómo la persona se abre o se cierra a los demás o a sí misma desde nuestra dimensión anatómica y fisiológica interna. Si adopta una actitud cercana o de alejamiento, si tiende a mantener la conexión o retrocede o se retira de ella, sí prefiere ser obediente y pasiva o rebelde y desafiante.

Paso 4.- Esta etapa tiene como objetivo que la persona encuentre en su interior respuestas a cómo debe actuar para asentar en su conducta el nuevo patrón corporal encontrado.

Corresponde a la pregunta ¿qué ocurre cuando dejo de hacerlo? y aquí la persona se pregunta sobre cómo reaccionará su cuerpo ante la situación con lo nuevo que ha aprendido.

Es una etapa de silencio en el que espera a que el cuerpo le envíe algún mensaje en forma de imagen, recuerdo, sensación, pensamiento con relación a cómo debe empezar a actuar en la situación.

Aquí se investiga qué es lo que interrumpe (pensamientos, emociones, impulsividad, imágenes) la nueva sensación encontrada o qué ayuda a prolongar la nueva sensación. Sobre qué nos puede ayudar a acercarnos a la nueva forma de actuar, cómo me avisaré o contendré para no caer en la antigua pauta desadaptativa, qué referencia interior me podría ayudar, hasta que se fije con un hábito la nueva pauta aprendida.

Esta fase corresponde a una dimensión muy visceral y profunda en la persona en la que hay un “vacío”, un espacio de silencio-espera y no racionalidad. Es la parte “sagrada” interna que activa la sabiduría del cuerpo que nos debe guiar hacia la solución. En la siguiente fase si invertirá el camino hacia la superficie.

Paso 5.- Corresponde a la pregunta ¿cómo uso lo que he aprendido? ¿qué voy a hacer? ¿cómo me voy a avisar o contener para recordar el nuevo patrón armónico descubierto en la interacción social, en la situación de conflicto, hasta que se vaya estableciendo como un hábito?

El objetivo de este método es modificar las grabaciones somáticas disfuncionales que hemos realizado en nuestro cuerpo, para poder desplegar mejor nuestro potencial como persona.

Keleman propone un amplio rango de situaciones en las que se puede poner en práctica este método. Se puede investigar sobre nuestros patrones corporales con relación a los conflictos y disensiones que vivimos en nuestra vida cotidiana, relaciones familiares, profesionales o de pareja; a nuestra facilidad o dificultad para expresar o inhibir nuestros sentimientos; a cómo afrontamos los engaños, desprecios, insultos, traiciones e injusticias recibidas en la vida; a cómo es nuestro acercamiento a la dimensión espiritual, a la vida social, a las instituciones, a los demás o a uno mismo; e incluso a descifrar la pauta somática interna (acelerado, pasivo, débil, fuerte, inflexible…) y externa (amigable, rígido, frío, cercano, risueño, enfadado…) que nos define.

Referencias Bibliográficas

Keleman, S. (2012). Anatomía Emocional. La estructura de la Experiencia Somática, Bilbao: Desclée de Brouwer.

Keleman, S. (2012). Forming an Embodied Life: The Difference between Being Bodied and Forming an Embodied Life, International Body Psychotherapy Journal The Art and Science of Somatic Praxis, 11(1), 51-56.

Keleman, S. (2007). Biography, The USA Body Psychotherapy Journal, 6(1), 5.

Keleman, S. (2004). Experiencia Somática. Formación de un yo personal, Bilbao: Desclée de Brouwer.

About Pedro Jesús Jiménez Martín

Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.

Orígenes: Mudrā en la Tradición Esotérica

El mudrā experimentó un desarrollo sin precedentes con el florecimiento y la expansión de la tradición tántrica en el siglo VII en la India, en el siglo VIII en China y Tíbet y en el siglo IX en Japón.

Dentro de la tradición tántrica india, se puede afirmar que, aunque existen referencias sobre el uso de gestos con las manos desde el siglo IV, en verdad, el mudrā no maduró como sistema hasta los siglos VI y VII, apoyado principalmente por dos tradiciones diferenciadas: shivaistas y saktas.

Respecto a la primera, hay que indicar que, el shivaísmo tántrico no ortodoxo, tuvo un desarrolló paralelo a la tradición védica en la India en base a dos importantes interpretaciones: a) atimārga (vía externa o suprema), que acogió a las escuelas Pāsupata y Lākulīsa; y b) mantramārga (vía de los mantras), que albergó las escuelas Siddhanta y Kāpālika, interesadas particularmente en el desarrollo de poderes “sobrenaturales” (siddhis).

Dentro de los primeros textos tántricos de la tradición Mantramārga, Shiva fue adorado en sus formas de Sadāśiva o Bhairava y el mudrā era utilizado, junto al mantra, en complejas visualizaciones cuyo objetivo era convertirse en “sirviente” de la divinidad tras la muerte, alcanzar la liberación para estar al lado de Shiva, o bien, cómo fórmula de “posesión” para encarnar a la divinidad.

En la obra Niśvāsatattvasaṃhitā (siglos IV-VI) de la escuela Siddhānta, el mudrā es presentado como un mediador entre el mantra de la divinidad y el cuerpo del practicante, y sirve para favorecer una especie de “posesión” que ayuda a encarnar a la divinidad.

En este documento se mencionan al menos 10 mudrās, y entre ellos, destaca particularmente el ksurikāmudrā ̣ o kartarimudrā (cuchillo), un gesto de manos que se aconseja realizar al fallecer para abandonar voluntariamente el cuerpo y unirse a Shiva.

Sin embargo, en el Svacchandatantra (siglos IV-VI), un texto devocional dedicado a Bhaivara en el que aparecen hasta 20 mudrās, estos son presentados ya dentro de un contexto de transmisión por iniciación y aparecen dotados de un nuevo sentido: el mudrā como medio para alcanzar estados mentales particulares y para adquirir cualidades o poderes asociados a la deidad adorada.

En cuanto a la escuela Kāpālika, representada por personajes oscuros que adornaban su cuerpo con huesos humanos y cuya vida estuvo ligada a la vida en los cementerios y crematorios, matizar que el mudrā fue utilizado en rituales de magia negra y con el fin de adquirir ciertos poderes sobrenaturales. En particular, los textos mencionan el uso de cinco y seis mudrās transmitidos a través de un ritual de iniciación por parte de un gurú.

En la tradición tántrica sakta, asociada al culto a la yogini y al ritual Vidyāpītha, los mudrās adquirieron un gran protagonismo. En la obra Brahmayāmala se llegan a enumerar hasta 50 mudrās, y en el Jayadrathayāmala, hasta 270.

En ambos documentos el mudrā se utiliza tanto para representar objetos que portan las deidades tántricas (caracola, disco, flor, etc.), como para experimentar estados de “posesión-comunión” con deidades femeninas (yoginis y dakinis).

Si cambiamos el marco de referencia para mirar a la tradición tántrica desarrollada en Cachemira en los siglos X-XI, encontramos que dentro de la Escuela Trika, que englobó las tres ramas: Kaula, Trika y Krama, la última cita el mudrā como un medio específico para alcanzar diferentes estados de conciencia internos, desligándose por completo del trabajo con el mudrā hacia el mundo exterior.

En esta tradición se habla del mudrā como una fórmula para desarrollar prácticas mágico-esotéricas como “salirse del cuerpo”, “entrar dentro del cuerpo de otro ser” o alcanzar la “comunión con la conciencia absoluta”, y se presenta al mismo como en un estado de conciencia y no sólo como en un gesto de manos como ocurría en el resto de las tradiciones.

En la escuela Krama se nombra en especial, una secuencia estable de cinco mudrās: karaṅkinīmudrā, krodhinīmudrā, khecarīmudrā, lelihanāmudrā y bhairavīmudrā, que se asocian con la totalidad del universo, los chakras, los cinco siddhas y los estados de conciencia asociados a ellos, y se enaltece un mudrā en particular, el vismayamudrā o dhāmamudrā o kramamudrā, por representar para esta escuela el estado de conciencia más elevado.

Entre las figuras más importantes que desarrollaron los primeros textos tántricos de la escuela Krama destaca Abhinavagupta (975-1025). Para este pensador el mudrā guarda cierta simbología sexual y es un gesto capaz de provocar estados alterados de conciencia, síntomas ligados al despertar del Kuṇḍalinī yestados de posesión.

Dentro de la tradición budista tántrica se considera que los primeros sutras en los que apareció la descripción del uso ritual de gestos con las manos fueron el Murimandarajukyo (siglo VI), en el que se nombran 16 mudrās, y el Daranjikko (siglo VII), en dónde se mencionan más de 300.

Sin embargo, dentro de esta misma tradición, tambiénse considera que el término mudrā como tal, no comenzó a aparecer en los textos esotéricos hasta la dinastía Pala (siglos VIII-XII), momento en el que, además, empezó a ampliarse poco a poco su número y complejidad.

En particular, se considera que fue en el Guhyasamāja Tantra (siglo VIII), donde se empezó a utilizar plenamente la palabra mudrā para indicar las posiciones de las manos de las deidades tántricas budistas a visualizar, y dónde se comenzaron a asociar los mudrās clásicos de la iconografía budista de tocar el suelo (bhumisparsa), ofrecimiento (varada), protección (abhaya), enseñanza (vyakhyana) y meditación (dhyana), con los cinco budas del budismo esotérico.

Después, en la obra Mañjuśrīmūlakalpa, traducida al chino en el siglo X y en donde se listan 108 mudrās combinados con sus mantras, quedó finalmente establecido que los mudrā representan un código ritual específico basado en las diferentes formas de entrelazar los dedos para venerar a las deidades.

Con el tiempo, la tradición del budismo esotérico fue ampliando su panteón de deidades, creándose diferentes familias de budas, bodhisattvas y consortes. Una realidad que supuso, entre otras cosas, que en obras como el Sādhanamālā y el Nipannayogāvalī (siglos XI-XII) apareciesen nombradas hasta 600 deidades, muchas de las cuales tenían asociadas sus propios mudrās complejos y particulares.

Por ejemplo, en el Sādhanamālā, se describe el siguiente mudrā:  las palmas de las manos unidas, los dedos corazón extendidos formando una aguja y los dedos índices curvados hasta tocar la tercera falange con sus puntas, los dedos anulares ocultos en la palma y los meñiques extendidos. Es el utpala mudrā, la flor que Tara porta en su mano izquierda.

En el budismo esotérico chino y japonés, el mudrā pasó a formar parte de la doctrina de los tres misterios (sanmitsu): pensamiento, palabra y acción, y en particular, el mudrā se convirtió en la acción corporal física que debían unirse al mantra y al pensamiento para activar el poder de los rituales.

Dentro de la tradición taoísta en China, también existen referencias al uso de la mano en rituales de exorcismo y sanación desde muy antiguo y como una tradición propia e inicialmente independiente al uso de los gestos de la mano de la tradición india y budista.

En las investigaciones realizadas por Cho (2013) se manifiesta la existencia de referencias al uso de la mano con fines curativos en China desde los siglos I-II a.C. En particular, se alude al ritual zhuyou, un método que aparece nombrado en el Canon de Medicina Interna del Emperador Amarillo (Huangdi neijing), una obra que trató en su momento de unificar y estructurar los diferentes métodos curativos existentes en el país.

En este texto se alude a que este ritual servía para revelar y expulsar las causas ocultas e imperceptibles de la enfermedad y para ayudar a eliminar los bloqueos en la circulación de la energía (qi), exorcizar espíritus malévolos, devolver el equilibrio emocional y recuperar la virtud perdida.

Lo importante de este ritual es que no sólo englobó técnicas como el rezo, los talismanes, los encantamientos y los medicamentos, también el uso de gestos con las manos.

En cuanto a qué se hacía específicamente con las manos, no está claro. Hay que esperar a la primera parte de la dinastía Tang (618-907), para encontrar dos obras en las que se hizo una mención explícita a diferentes técnicas de exorcismo y sanación. 

En la obra “Formulario de Recetas por valor de Mil” (Qianjing Yifang), redacta por Sun Simiao (581-682), se incluye un capítulo específico titulado “Canon de exorcismos” en el que se describen gestos de manos para realizar exorcismos; y en la obra “Palabras-Dhāranī de Jāngulī, la Mujer Venenosa” (Changjuli dunu tuoluoni zhoujing), supuestamente redactada por el monje chino Gupta en los años 650, aparece explicada una técnica terapéutica que consistía en presionar sobre diferentes partes de los dedos de la mano para curar diferentes patologías y subyugar a los espíritus.

Jāngulī es una deidad femenina asociada a las serpientes que era invocaba a través de encantamientos, talismanes de protección, sellos de madera con dibujos y gestos con las manos para hacer frente a dragones y serpientes. Es curioso descubrir que, en la intervención, los encantamientos debían ser recitadas sobre agua que luego era vertida sobre la persona aquejada del problema.

En particular, el tratamiento indicaba entre otras fórmulas, la presión sobre la yema del pulgar de la mano derecha para neutralizar los conflictos, la ira y el odio, la presión sobre la base del dedo meñique de la mano derecha para tratar enfermedades heteropáticas, la presión sobre la base del pulgar y sobre la yema del dedo anular de la mano izquierda para tratar las mordeduras de serpientes, la presión sobre la parte media del dedo índice de la mano izquierda para tratar el qi caliente y la ansiedad o la presión sobre la base del dedo meñique para tratar los ojos rojos; y la presión sobre la raíz del pulgar, la yema del índice, la yema del corazón, la raíz del dedo corazón, la zona media del dedo anular de la mano derecha para invocar, subyugar y perseguir a las “sombras”, la presión sobre la yema del dedo índice de la mano izquierda para ver la verdadera forma de una sombras que ha tomado la forma de un cuerpo humano.

Se debe apuntar que esta obra fue recogida y traducida después en el siglo VIII por Amoghavraja, uno de los patriarcas del budismo tántrico en China, y que, en su traducción, este monje aludió a que la mano actuaba como un sello que se coloca sobre diferentes partes del cuerpo para potenciarlas (hombros, corazón, garganta y frente) y que finalmente se debía “romper” el gesto de manos encima de la cabeza para visualizarse como Jāngulī.

En otro texto taoísta de la época, ligado a la figura de T´ao Hang-Ching y titulado “Escritura roja de los tres registros divinos” (año 632 aprox.), aparecen asociadas las diferentes partes de la mano con los cincos planetas y los cinco agentes, y se describe el uso de sellos realizados con los dedos de la mano o con sellos de madera o papel, que debían ser aplicados o impresos sobre diferentes partes del cuerpo acompañado de conjuros, y que otorgaban la capacidad de levitar, andar sobre el agua, etc.

Más adelante, en la obra Shengji Zonglu del siglo XII, una colección que recopilaba el conocimiento médico de la época promovido por el emperador chino Huizong (r. 1100-1125), se incluye la descripción de una técnica curativa basada en el uso de las manos.

En particular, se cita el término mu, las diferentes secciones de los dedos y de las palmas de las manos que se ligaban al tratamiento de determinadas enfermedades. Presionando sobre ellas mediante gestos especiales realizados con las manos y recitando encantamientos se podía expulsar la enfermedad y los espíritus negativos.

SIMBOLOGÍA APLICADA A LA MANO

Una de las claves que facilitó la evolución del mudrā en la tradición tántrica fue la existencia de un marco simbólico con relación a las diferentes partes de la palma de la mano y los dedos.

Este hecho se puede rastrear en la tradición taoísta y budista. Existen múltiples diagramas que muestran códigos en la mano para recordar-memorizar y trabajar con diferentes conceptos y conocimientos.

Por ejemplo, entres los seguidores de la astrología china existía un diagrama que utilizaba los dedos de la mano para memorizar la combinación de las doce ramas terrestres y los diez tallos celestes con relación a los doce animales del zodiaco chino, igual que en la tradición de la adivinación había un diagrama para trabajar con los diferentes hexagramas del I Ching, o para representar los nueve palacios del cuadrado mágico.

En la tradición médica china también había diagramas para recordar conceptos médicos complejos como las seis calidades climáticas, horas del día, los cinco agentes, los etc.

Con respecto al budismo, en la cueva de los mil budas (Mogao) de Dunhuang (China), se encontró uno de los primeros diagramas palmares en el que se relacionan conceptos budistas con los dedos de la mano.

En particular, en este dibujo, fechado en la mitad final de la dinastía Tang (618-907), cada dedo de las manos aparece asociado a uno de los cinco elementos: fuego, agua, tierra, aire y vacío, y a una de las 10 virtudes budistas: meditación, esfuerzo, paciencia, preceptos, caridad, sabiduría, significado, votos, poder y conocimiento.

Este tipo de representaciones gráficas continuó en el tiempo, y así, encontramos el diagrama “Nombres misteriosos de los Diez Dedos” (Shizi yiming), del siglo XII, una representación budista que sigue el modelo de significados de las manos de la cueva de Dunhuang, y el diagrama “Diagrama de Mudrā para memorizar los 18 caminos” (Shiba Daosi ji yintu), del siglo XVIII, con la misma tendencia.

Dentro de la tradición budista tántrica, también existe un texto del siglo XI atribuido a Sasvatavajra en el que la mano aparece descrita como un mandala dentro del ritual hastapūjāvidhi. En particular, la mano aparece dividida en tres zonas:

a) Un círculo externo conformado por los dedos, en dónde el devoto evoca los cinco elementos en su manifestación femenina: el pulgar representa la tierra y a la deidad Pātanī; el índice el elemento agua y Māranī, el corazón el Fuego y Akarsanī, el anular el aire y Narttesvarī y el dedo meñique el vacío y Padmajālinī.

b) Un círculo medio ligado a las uñas en el que se evocan a los cinco budas espirituales, sus colores y sus respectivas sílabas sagradas: La uña del pulgar se asocia a Amoghasiddhi, al color blanco y al mantra om hah namah; la del índice a Vairocana, el amarillo y hi svaha; el corazón a Amitāba, el rojo y hum vausat; el anular a Aksobhya, el negro y he hum hoh; el meñique a Ratnasambhava, el verde y phat ham.

c) Un círculo interno o central que correspondería a la palma de la mano y que acogería un loto de cinco pétalos en dónde aparecerían representados cinco diosas con sus colores y mantras: Yāminī, el color negro y el mantra ham yom; Mōhanī, blanco, hrim mon; Sañcālinī, amarillo, hrem hrim; Santrāsinī, verde, ngam; Chandikā, gray, phat, y en el centro de la mano vajravārāhī, rojo, om vam.

En la obra publicada por Saunders (1985), se explica que, en el budismo tántrico, la mano se convirtió en un universo en miniatura para representar una cosmología compleja con su propio vocabulario.

De hecho, la mano derecha pasó a simbolizar el sol, la inteligencia, el mandala del diamante (kongōkai), el reino de lo divino, mientras que la mano izquierda simbolizaba la luna, la meditación, el mandala matriz (taizokai) y el reino de lo humano, y los dedos los diez preceptos, los cinco elementos, los cinco budas y bodhisattvas, etc.

Mano izquierda

PulgarÍndiceCorazónAnularMeñiqueDedos
DiscernimientoAcciónPercepciónSensaciónForma5 Agregados
KonrinByakusanKojuShajoSho5 Bosatsu
SabiduríaMeditaciónMemoriaEnergía5 Raíces
ConocimientoPoderVotoMétodoÉtica10 Virtudes
VacíoAireFuegoAguaTierra5 Elementos
DainichiAshukuHoshoAmidaShaka5 Budas
HumanosAsurasAnimalesPretaInfierno10 Mundos

Mano Derecha

PulgarÍndiceCorazónAnularMeñiqueDedos
DiscernimientoAcciónPercepciónSensaciónForma5 Agregados
KonrinByakusanKojuShajoSho5 Bosatsu
SabiduríaMeditaciónMemoriaEnergía5 Raíces
MeditaciónEsfuerzoPacienciaDisciplinaCaridad10 Virtudes
VacíoAireFuegoAguaTierra5 Elementos
DainichiAshukuHoshoAmidaShaka5 Budas
BudasBosatsuPratyekaSravakaDioses10 Mundos

Nota: 5 Agregados= los elementos constituyentes de un ser inteligente; Bosatsu= cinco formas de conocimiento; Sho= el victorioso, el que porta la espada de la sabiduría; Shajo= el que elimina los obstáculos y las ilusiones; Koju= el que aporta el fuego, el brillo y lo inmaculado; Byakusan= la compasión; Konrin= la docTrina; 5 Raíces= cinco órganos de los sentidos.

(Fuente: Saunders 1985).

TAXONOMÍA DE LOS MUDRĀS ESOTÉRICOS

Según Saunders (1985) los mudrās del budismo esotérico japonés se clasifican de forma general en dos categorías: “con forma” (ugyō), es decir, posiciones de manos en donde se sostienen objetos de meditación (una espada, un vajra, un loto, una rueda, etc.) y “sin forma” (mugyō) posiciones de manos que ayudan a materializar ideas, conceptos abstractos o intenciones del practicante.

Dentro de los mudrās sin forma, la obra Kongōchōkyō distingue cuatro tipos de mudrās:

– Mudrās Mayores (dai-in o mahā jñāna mudrā), mudrās que se utilizan en los rituales junto a mantras semilla (bija), intenciones-emociones ligados a los atributos de las deidades y estatuas o visualización de deidades, para alcanzar los cinco estados de conciencia asociados al buda central Vairocana, con el fin de fusionarse con la divinidad en la meditación.

Mudrās Convencionales (sammayagyō-in o sammaya jñāna mudrā), gestos que representan objetos ligados a las diferentes deidades esotéricas de los mandalas (espada, loto, diamante, concha, campana, etc.).

Mudrās Karma (Komma-in o karma jñāna mudrā) que sirven para expresar comportamientos que inspiran respeto y las acciones o palabras de Buda y tienen fines funcionales.

Mudrās Esencia (hō-in o dharma jñāna mudrā) que sirven simplemente para acompañar los mantras.

Como en la tradición esotérica se entiende que los mudrās son efectos y no causas, se considera que los Mudrās Mayores habrían nacido de las dinámicas internas que experimentó Buda en su camino hacia la iluminación, mientras que los Mudrās Convencionales, Karma y Esencia habrían nacido del conocimiento y la investigación del practicante, y en una dimensión mística, de la transmisión de los mismos por parte de las deidades.

Otra forma de clasificar la extensa variedad de mudrās que existen en el budismo esotérico japonés, es diferenciarlos en mudrās “madre”, o posiciones de las manos de las que habrían surgido familias de mudrās.

En este sentido se pueden diferenciar mudrās que se realizan con una mano o con las dos manos; mudrās que nacen del puño cerrado o de la mano abierta; y mudrās que nacen de la unión de manos individuales que se unen o de las dos manos entrelazadas por sus dedos.

Bajo esta perspectiva, los mudrās más importantes son:

1.- Puño de Loto (Renge ken-in o tai-ken), que simboliza un capullo de loto por florecer. Según Saunders (1985), es el gesto del que nacen todos los mudrās del mandala matriz (taizokai).

2.- Puño Diamante (Kongō ken-in) que simboliza la indestructibilidad del diamante. Según Saunders (185) es el puño del que nace todos los mudrās del mandala diamante (kongōkai) y los mudrās ligados a los Karma mudrā (Komma-in).

3.- Mano que Ofrece (Segan-in) que simboliza la compasión de Buda hacia todos los seres ofreciendo todo lo aprendido al mundo para superar el sufrimiento.

4.- Mano de Protección (Semui-in) que simboliza el poder alcanzado por la práctica de Buda para neutralizar a los demonios.

5.- Manos de Veneración (Kenjisshin gasshō-in), que simboliza la devoción que nace de un corazón sincero hacia la divinidad.

6.- Manos de Veneración Diamante (Kongō gasshō-in), que simboliza la devoción que nace de una intención sincera e indestructible hacia a la divinidad.

7.- Puño de los Lazos Exteriores (Gebaku ken-in). Según Saunders (1985) de este gesto nacen todos los gestos ligados a los sammaya mudrā (sammaya-in).

8.- Puño de los Lazos Interiores (Naibaku ken-in). Según Saunders (1985) de este gesto nacen todos los gestos ligados a los mudrā esencia (hō-in).

  

Referencias Bibliográficas

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About Pedro Jesús Jiménez Martín

Profesor Titular de Universidad. Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid. Director del Proyecto de Investigación Cultura Física Oriental.