Meditación y Conciencia. Ken Wilber

“Nuestra conciencia normal cuando estamos despiertos no es más que un tipo especial de conciencia, separada por una finísima película de otras formas potenciales de conciencia completamente distintas. Podemos pasarnos toda la vida sin sospechar siquiera su existencia, pero apliquemos el estímulo necesario y se manifestarán en toda su amplitud…” (William James. En: Wilber, 1990:17).

Cuando una persona adopta la postura de meditación es fácil que se haga la pregunta sobre qué debe meditar. La respuesta es sencilla y a la vez compleja: el Ser, la Unidad. Aunque alguna tradición espiritual como la escuela Sōto del budismo Zen identifica directamente la postura de meditación con la iluminación, en verdad, alcanzar este estado requiere todo un trabajo interno centrado en la conciencia.

Kenneth Earl Wilber nació en Oklahoma (Estados Unidos) en el año 1949 y comenzó su formación universitaria en medicina, cambiando después a la bioquímica. Sin embargo, pronto se empezó a interesar por la filosofía y la psicología occidental, el misticismo y las religiones y filosofías orientales, abandonando su destino universitario para desarrollar una verdadera carrera como escritor que le ha posicionado como una figura relevante en la psicología transpersonal e integral.

Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Ken Wilber es su propuesta de un modelo descriptivo de los estadios por los que evoluciona la conciencia, conocido con el nombre del “Espectro de la Conciencia”.

Según este pensador, la elección de la palabra espectro surgió con la intención de hacer una analogía con relación a los descubrimientos que ha realizado la ciencia moderna respecto a la luz y la radiación.

Si nuestro entorno está saturado de todo tipo de radiaciones (rayos X, rayos gamma, radiaciones infrarrojas, rayos ultravioletas, radiofrecuencia, etc.) que en un principio se creían independientes, en la actualidad se interpreta que no son más que variaciones de una misma onda electromagnética característica.

Para Wilber, la Conciencia representa un proceso jerárquico de estados en dónde cada uno de ellos es parte de un estado superior más amplio que lo engloba. Bajo esta perspectiva también considera que cada tradición religiosa, escuela psicológica, filosofía o terapia trabajan en verdad desde un estadio distinto del Espectro de la Conciencia y cobra su pleno sentido cuando se aborda desde el nivel del espectro al que pertenece.

Apoyándose en los descubrimientos realizados dentro del campo de la física moderna identificó el conjunto de principios que, bajo su opinión, rigen la evolución la conciencia:

  1. Todo nivel de conciencia es al mismo tiempo un todo y una parte de otra todo.
  1. Cada nivel de conciencia tiene cuatro “tendencias” o “impulsos”: conservar su individualidad; adaptarse a la totalidad de la que forma parte; ascender a un nivel superior (trascendencia); y descender a un nivel inferior (disolución).
  1. Los niveles de conciencia emergen un proceso trascendente de ir más allá de donde se encontraban anteriormente.
  1. La evolución de la conciencia es un proceso jerarquizado de inclusión creciente (de las partículas a los átomos, las células y los organismos; de las letras, a las palabras, las frases y los párrafos).
  1. Cada nivel de conciencia trasciende e incluye a su(s) predecesor(as). Los tejidos corporales incluyen a las células, pero las trascienden en sus funciones, son algo más que la suma de sus elementos compositivos. Las frases contienen palabras, pero no viceversa.
  1. El estancamiento en un estado de conciencia cierra la puerta a estadios superiores, pero sigue funcionando sin ellos. Los átomos pueden existir sin las moléculas, pero las moléculas no pueden existir sin los átomos.
  1. La evolución produce más profundidad y menos amplitud. Existen menos organismo que células, menos células que moléculas, menos moléculas que átomos.
  2. La evolución se auto-supera en dirección hacia una complejidad-profundidad creciente, una diferenciación-integración creciente y una organización-estructuración creciente.

Para la construcción de su modelo de la conciencia, Wilber revisó una basta literatura. Para describir los primeros estadios de conciencia recurrió a numerosos personajes, incluyendo a figuras muy relevantes en el ámbito de la psicología evolutiva occidental como Piaget o Kohlberg, mientras que para describir los estadios más sutiles se apoyó en las enseñanzas de numerosas tradiciones espirituales orientales.

ESTADIOS DE LA CONCIENCIA

A nivel global, se puede considerar que el ciclo vital de la Conciencia abarca tres dimensiones: el subconsciente (instintivo e impulsivo); la autoconciencia (ego, conceptual); y la supraconciencia (transpersonal, transcendente).

La evolución del subconsciente hacia la autoconciencia implica la construcción del “pequeño” yo, y se representa con el mito del héroe y su batalla por liberarse de un subconsciente lleno de conflictos, miedos y angustias, en busca del crecimiento, la individualización, la separación y la diferenciación.

La evolución desde la autoconciencia a la supraconciencia es el paso del “pequeño yo” al “gran yo” y supone trascenderse a uno mismo, des-identificarse del ego para fundirse con la Unidad.

El espectro de la conciencia identifica los estadios en orden creciente por los que evoluciona la Conciencia, identificando en cada uno de ellos los miedos, necesidades, problemas, objetivos, perspectivas morales, que lo definen. La nueva sensación de identidad a los que el yo se ve obligado a enfrentar o las gafas con las que la persona verá el mundo.

Antes de pasar a describir los estadios de la Conciencia identificados por Wilber, es importante desatacar que la noción de estadios no representa una evolución de escalera en una secuencia lineal ascendente excluyente. En realidad, este pensador dice que podemos bajar o subir, ascender o descender en el Espectro.

1. NIVEL PRE-PERSONAL

Este nivel de conciencia representa la conquista de un yo individual e incluye tres estadios de base: el yo-físico, el yo-emocional y el yo-mental.

– YO CORPORAL: Este estadio corresponde a un nivel de la conciencia anclado en la dimensión corporal de la persona. Como el recién nacido, es un estado de conciencia visceral, subconsciente y reptiliano donde dominan las necesidades fisiológicas y los instintos.

Es un estado en el que no hay conciencia de un “yo” porque no hay distinción entre interior-exterior, cuerpo-entorno, ni existe la noción de espacio-tiempo. Sin embargo, en el está la chispa, un yo “ínfimo” que pondrá en marcha el camino hacia el yo independiente.

– YO EMOCIONAL: Este estadio de conciencia corresponde a la construcción de las emociones básicas que después habrá que aprender a canalizar en estadios superiores. También es el momento en que aparece el principio de la búsqueda del placer, la evitación del sufrimiento y el instinto de supervivencia.

En la dimensión temporal corresponde a un presente continuo, donde cada día es un nuevo punto de partida, un nuevo ciclo que comienza. También a una concepción mágica del mundo en donde todo tiene vida y todo está interconectado y relacionado por analogía.

Estos dos niveles de conciencia se enfrentan según el autor a todos los problemas con relación a la alimentación, la protección, la supervivencia, la imagen corporal, la relación autonomía-dependencia, existencia- no existencia, la identidad individual y la relación con la Gran Madre.

El reto es que la persona aprenda a diferenciar donde acaban sus pensamientos, sus intereses y sus necesidades y las de los demás. Reconocer la frontera entre el yo y los demás.

Por eso, aquí se ubican para el Wilber los trastornos narcisistas que expresan una falta de empatía e interés por los demás y la necesidad constante de recibir admiración-aprobación, de ser el centro del mundo. Los demás sólo son meras extensiones de un yo exhibicionista y grandioso. Sólo sirven para la gratificación de sus propias necesidades porque se considera especial, superior, único y perfecto.

El otro extremo es esa persona tan frágil que continuamente teme ser abandonada por los demás, por lo que adopta una actitud de sumisión y adaptación constante a las demandas de los demás, o un hosco y vengativo distanciamiento y aislamiento respecto a los otros porque le hacen sentir malvado, inútil, carente de valor.

– YO MENTAL: Este nivel de conciencia se asocia a la aparición de un yo independiente (ego) apoyado por el desarrollo del símbolo y del lenguaje. Mediante la palabra la persona aprende a pensar, y algo más importante, a controlar mentalmente su conducta. Mediante el símbolo la persona puede hacer operaciones mentales sin necesidad de que las cosas estén presentes.

El lenguaje introduce la noción de tiempo lineal (pasado, presente y futuro) y así, tanto la capacidad para anticipar las cosas y de retrasar, controlar, canalizar y postergar nuestros deseos; como para recordar las acciones, experiencias y acontecimientos del pasado. La percepción del futuro hace que este estado mental tome conciencia de la muerte.

Es el momento en que surge la semilla del diálogo mental y la noción del ego estrechamente relacionada con el autoconcepto, es decir, la imagen que se hace la persona de sí misma en función de la interiorización de un conjunto de vivencias, imágenes, fantasías, identificaciones, recuerdos, motivaciones, subpersonalidades, ideas, etc.

En este nivel de conciencia se aprende que ciertos sentimientos y conductas no están bien vistas en sociedad y se aprende a reprimirlas. Aquí los padres van a jugar un papel fundamental en el establecimiento del “super-ego”, es decir, las sugerencias, órdenes y prohibiciones verbales-conceptuales que interiorizamos de nuestros padres y que después decidirán qué impulsos y necesidades serán permitidos y cuales reprimidos.

En este estadio, todos los aspectos rechazados pasan a formar parte de la sombra, y los aceptados constituyen la personalidad o la máscara que todos adoptamos para facilitar la interacción social.

El reto aquí está en armonizar la tensión entre persona-sombra; es decir, acercar a la persona a su sombra para ayudarla a construir una autoimagen precisa y completa de sí mismo. Restablecer el contacto con los impulsos, emociones y sensaciones reprimidas.

2.- NIVEL PERSONAL

Este nivel engloba estados de conciencia asociados a una mente individual en sociedad e incluye dos estadios: el yo-social y el yo.

– YO SOCIAL: Este nivel de conciencia se asocia con la empatía y surge de la interacción del yo-mental entre las diferentes personas. Fruto de la convivencia social aparece un deseo de adecuación y de pertenencia, en dónde ahora la persona busca encontrar su lugar en el mundo, su rol entre otros roles y estar en línea con la norma social.

En esta etapa se activan tanto los roles “sociales” (rol familiar, laboral, grupal, etc.) como los arquetípicos colectivos asociados con los relatos mitológicos del mundo entero que van a conformar nuestras sub-personalidades.

Es un proceso de modelado hacia las formas aceptables y significativas para la sociedad a la que se pertenece, hacia la asimilación de un determinado tipo de moralidad, cultura, comunicación, interacción, etc. Todo aspecto de la experiencia que no encaja con esa realidad es declarado ilícito y excomulgado quedando reprimido en la conciencia en la forma de un inconsciente biosocial.

El reto en este nivel de conciencia está en hacer frente a nuestro modo de relacionarnos con los demás a través de los roles asumidos, a los guiones que hemos asumido en la vida, a los patrones mentales y condicionamientos que ha impuesto la sociedad y nuestra cultura en nuestras vidas.

Los dos obstáculos básicos en este estadio de conciencia son los “-ismos”, es decir, la idea de que aquellos que no pertenezcan a mi grupo, a mi país, a mi círculo serán condenados y los mitos sociales autodestructivos que te hacen sentir como una mala persona o que nunca se hace nada bien.

YO CENTAURO: Este estadio corresponde a un estado de conciencia que supera el egocentrismo. Gracias a la metacognición (la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento) la persona puede relativizar sus opiniones, ideas y condicionamientos y darse cuenta de que sus mapas no son el territorio.

Aquí se comprende que hay muchas realidades y creencias alternativas a las propias que también funcionan y coexisten en el mundo. Que se había confundido la descripción del mundo con lo que el mundo es en realidad. En este estadio se cuestionan las bases y reglas de la convivencia social para entrar en el terreno de los valores universales y la ética. La primera apertura a la trascendencia.

Aquí se empieza a abrir el camino hacia la vida espiritual, a interesarnos por un orden superior y las filosofías trascendentes, a reflexionar sobre la finalidad de la vida y del Ser.

Hay dos obstáculos básicos que superar: el relativismo y la falta de sentido vital. Respecto al primero se aprende que, aunque todas las perspectivas sean relativas, hay puntos de vista más adecuados, hay opciones mejores que otras.

Respecto al segundo, al trascender el yo el mundo deviene “in-substancial” y lo que antes proporcionaba tanto sentido, los deseos y esperanzas, se han desvanecido. Del mismo modo, aparece una crisis de identidad (“quién soy yo”).

3.- NIVEL TRANSPERSONAL

A partir de este punto, Wilber se apoya en las enseñanzas de las tradiciones místicas orientales y occidentales para poder describir los nuevos estados de conciencia. En la opinión de este pensador la psicología occidental no sólo no ha entrado realmente en el estudio de estos estados de conciencia, sino que en muchos casos los identifica como estados patológicos y desequilibrios en la persona que los experimenta.

Según Wilber, este nivel engloba cuatro estadios: Yo Psíquico, Yo Sutil, Yo Causal y El Ser.

– YO PSÍQUICO: Este estadio corresponde a un estado de conciencia en el que se desarrolla una profunda intuición capaz de sintetizar y establecer conexiones y redes de relación sobre muchos aspectos de la realidad e integrar el conocimiento. En las tradiciones orientales lo han identificado como el despertar del “ojo del conocimiento”.

También lo asocia a la llamada experiencia del “Testigo”, el “Yo Observador” o “Conciencia Pura” de las tradiciones orientales, es decir, la persona se desvincula de su mente y sus contenidos y la convierte en una especie de objeto que puede contemplar, observar y experimentar desde afuera con la misma imparcialidad (sin entrometerse, comentarla o manipularla) que al mirar un objeto.

Desde un punto más místico, Wilber dice que es una etapa en la que se considera que la persona puede vivenciar la experiencia de fenómenos “paranormales”, si bien, también advierte, que en las tradiciones orientales se aconseja no darles importancia porque detrás de ellos sigue estando el ego y sus ganas de manipular y controlar el entorno.

Wilber identifica que en esta etapa de la conciencia aparece el dilema de si continuar con la vida cotidiana o retirarse y llevar una vida de meditación y contemplación y aconseja el compromiso con algún tipo de tradición espiritual. Además, identifica que aquí pueden manifestarse todos los problemas fisiológicos y psicológicos que conlleva el despertar de la energía y del despertar espontáneo de determinadas facultades espirituales.

– YO SUTIL: En este estado de conciencia se termina de trascender la mente ordinaria y desparece la dualidad del testigo (el observador y lo observado) de modo que observador y observado se hace uno, todo es conciencia de observador y se vivencian tanto estados expandidos de amor, gratitud y compasión como la comunión con la divinidad de nuestro interior.

Aquí es cuando se experimenta que la divinidad está en todo y se despierta una aspiración profunda de que todos los seres alcancen esta comunión y comprendan que son expresiones directas de la divinidad.

– YO CAUSAL: Este estadio corresponde a un estado de conciencia en el que se comprende que la esencia de la conciencia es la Vacuidad.

Cuando se profundiza sobre la pregunta ¿quién soy yo? a través de la experiencia del “yo observador” o “testigo” se descubre que el yo no pueden ser ni los pensamientos, ni el cuerpo, ni los deseos, ni los sentimientos… Todas esas cosas no son “el que ve”, son meramente objetos internos que cambian, nubes que atraviesan el cielo, y por tanto ningún puede ser el yo real.

Pero entonces “¿qué es lo que en este mismo instante está contemplando a todos esos objetos?”. El “Yo Observador”, el “Testigo” es el espacio abierto y libre a través del cual van y vienen todos esos objetos. Es una apertura, un espacio vacío, de la que emanan las distintas manifestaciones, perduran durante un tiempo y terminan desvaneciéndose.

El Yo observador no es nada que podamos ver, pero tampoco nada a que poder aferrarnos porque simplemente es una amplia vacuidad, una amplia libertad, la apertura en el que emergen los objetos para ser vistos, la causa, el soporte o el sustrato creativo de todas las otras dimensiones.

Entonces se comprende que ese yo observador no ha entrado nunca en la corriente de la vida, del espacio, del nacimiento o de la muerte, porque todas estas cosas son experiencias, objetos que aparecen y terminan desvaneciéndose.

El Testigo es anterior al nacimiento y la muerte, al tiempo y el espacio, a toda manifestación. Es eterno, independientemente del tiempo; e inmortal porque no fue creado con el cuerpo y por tanto, no morirá cuando este desaparezca.

En esta etapa la persona ya no experimenta la parte divina de su interior, se funde con la divinidad, y poco a poco entra en un estado de resplandor, informidad.

– YO ESPÍRITU: Este estadio corresponde al Yo no-dual, en el que se produce una desidentificación del “yo observador”, el último reducto de un “yo”, de modo que el “testigo” se iguala con todo lo atestiguado, el que conoce con lo conocido. Wilber lo asocia en la tradición budista a la frase: “la forma es vacuidad y la vacuidad es forma”.

Todo sigue apareciendo instante tras instante, pero no hay nadie contemplando el paisaje (dualidad), sólo hay paisaje. La persona sigue siendo la persona y las montañas siguen siendo las montañas, pero la persona y la montaña son las dos facetas de la misma experiencia, la única realidad presente en ese momento. Ahora ya no hay una persona teniendo una experiencia, es toda experiencia que aparece.

Si cada nivel trasciende e incluye a sus predecesores, el Espíritu lo trasciende todo y, en consecuencia, lo incluye todo. Está completamente más allá de este mundo, pero también incluye a todo ser individual de este mundo. Impregna toda manifestación, pero no es una mera manifestación. Está totalmente presente en cada nivel de conciencia, pero no es ningún nivel de conciencia concreta.

Cada individuo contiene desde el primer momento todas las estructuras profundas de la conciencia, y por tanto, participa desde el principio de la conciencia de la Unidad o el Ser. Por eso se dice que la naturaleza del Ser está en todo.

En este estado de conciencia el Ser está ahora en todas partes, en cada persona, lugar y cosa, y la persona ya no necesita la meditación para encontrarlo. Aquí se comprende que siempre has sido y serás el Ser y que por tanto no había nada que buscar.

El Ser, la Unidad, el Tao, el Atman, etc. representa el nivel superior de la jerarquía. El principio y el fin de toda la secuencia evolutiva. Algo que trasciende todo e incluye todo. Está totalmente presente en cada nivel o dimensión, pero no es ningún nivel o dimensión concreta.

Referencias Bibliográficas

Wilber, K. (1987). La Conciencia sin Fronteras. Aproximaciones de Oriente y Occidente al crecimiento personal, Barcelona: Kairós.

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Wilber, K. (1990). El Espectro de la Conciencia, (1ª Edición 1977), Barcelona: Kairós.

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Wilber, K. (2001). Después del Edén. Una visión transpersonal del desarrollo humano, (1ª Edición 1981), Barcelona: Kairós.

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Wilber, K. (2004). Psicología Integral, (1ª Edición 1986), Barcelona: Kairós.

About

Pedro Jesús Jiménez Martín. Doctor en Educación Física por la Universidad Politécnica de Madrid. Licenciado en Educación Física por la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid.

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