Enacción y Meditación

Dentro las tradiciones de meditación orientales, algunas escuelas afirman que el “yo” y el “mundo” son una ilusión. Una creación mental que nos atrapa (māyā), un espejismo del que hay que liberarse para conseguir la liberación. 

¿Hasta qué punto el “yo” y el “mundo” son una ilusión creada por nosotros o una realidad independiente? Franciso J. Varela, Evan Thompson y Eleanor Rosch, desde las perspectivas cognitivistas más actuales, ofrecen una interesante reflexión sobre esta problemática en su libro “De cuerpo presente. Las ciencias cognitivas y la experiencia humana”.

En la obra, estos investigadores muestran como la meditación representa un recurso muy interesante a la hora de indagar en qué consiste la cognición humana, porque el meditador experimentado es una persona capaz de convertirse en un observador de la mente desde el estado de “silencio”, y con ello, acceder a la naturaleza y el funcionamiento de esta.

En este texto se van a describir los paralelismos que establecen estos autores entre la doctrina del “no-yo” budista y la noción de “conectividad” del cognitivismo, y entre el “no dualismo” y la “en-acción”, que establece que las bases del conocimiento hay que ubicarlas en la corporalidad y no en la mente exclusivamente.

NO-YO” Y CONECTIVIDAD

En el cognitivismo se considera que la persona nace en una realidad que no ha creado y que despierta a ella y a sí misma mientras va madurando con la edad, pero también, que lo que capacita a esa persona para aprehender ese mundo es su estructura perceptiva.

¿Cómo se produce la cognición? Las primeras teorías cognitivas consideraron en un inicio, que la cognición era una “representación mental” que se produce en nuestro interior a partir de la manipulación de símbolos que “representan” rasgos del mundo y que nos hacen ver la realidad como si fuera de una determinada manera.

En estas primeras interpretaciones se consideró que cada función cognitiva estaba basada en un componente interno que le daba vida, igual que un ordenador tiene un botón para cada función. El misterio por resolver era descubrir las reglas que condicionan la generación de las cogniciones.

Lo importante de esta perspectiva es que, si cada aspecto cognitivo se procesa en una neurona o en un lugar del cerebro, el “yo” podría ser un proceso mental más entre muchos otros y en sí algo fragmentado, no unificado, igual que mente y conciencia no serían lo mismo. Esta visión compartimental mostraría que el “yo” es una ilusión, e incluso algo más importante, que el “yo” ni siquiera sería necesario para la cognición.

Estas ideas ayudarían a entender como el “yo” es algo que cambia constantemente en función de cada situación. Pero aparece una duda, ¿por qué estamos tan convencidos de que tenemos una identidad, un “centro” coherente desde el cual experimentamos el mundo? Esta percepción no sería posible si no estuviera arraigada en un “yo” o en un “ego” singular e independiente, dotado de existencia real.

La dualidad entre la experiencia común de un “ego” y la incapacidad para encontrar un “yo” dentro de nosotros cobró una importancia central en las tradiciones meditativas del budismo y el hinduismo. De hecho, para estas religiones el origen del sufrimiento humano surge precisamente de nuestra tendencia a aferrarnos y construir un yo donde no hay ninguno.

En meditación, la relatividad del “yo” se puede vivenciar cuando se observa cómo las experiencias internas no son permanentes y se aprecia cómo, momento a momento, van surgiendo y despareciendo nuevas experiencias en la conciencia, como un “rio” cambiante de acontecimientos mentales momentáneos. Este fenómeno se identificó como la no existencia del ego.

El entrenamiento en el meditador está en agudizar su percepción a medida que surgen los contenidos de la experiencia (pensamientos discursivos, tonos emocionales, sensaciones corporales), pero no para interesarse por los contenidos de los pensamientos o en la sensación particular de un “yo pensante”, sino para tomar conciencia del propio acto del pensar, del incesante proceso de esa experiencia.

Cuando se tiene esta experiencia pronto llamaba la atención cómo las personas, en vez de asimilar esa carencia de ego, viven en un total egocentrismo, y constantemente piensan, sienten y actúan como si tuviesen un yo real que tienen que proteger y preservar.

La identificación como “sin substancia” de los llamados “cinco agregados” de la mente que identifica la tradición oriental (formas, sensaciones, percepciones, disposiciones y conciencia), es equiparada por Varela, Thompson y Rosch (2011) a los “símbolos” o “neuronas” con los que se producen las representaciones mentales y la cognición. Todos son caducos, todos cambian constantemente y, por tanto, todos son transitorios e impermanentes y, por tanto, ninguno se puede identificar a un yo.

Pero todavía queda por resolver la pregunta sobre ¿cómo se explica la sensación de la existencia de un ego? La respuesta llegó con las nuevas teorías cognitivistas y su nueva interpretación de que la cognición, es un proceso “emergente” que surge a partir de un conjunto de sistemas, integrados por redes de componentes que, en su interacción, hacen emerger propiedades globales asociadas a cada función cognitiva.

Una perspectiva novedosa que desestima las primeras interpretaciones de que la cognición tenga lugar en lugares precisos del cerebro, para considerar que el cerebro opera más bien de forma “distribuida”, es decir, a partir de “interconexiones” masivas entre neuronas que incluso pueden cambiar como resultado de la experiencia.

Según el nuevo enfoque, la clave de la cognición estaría en laconectividad” entre las neuronas. Una conectividad que, por otro lado, es inseparable de la experiencia de la persona.

Para el cognitivismo, la “conectividad” y la “emergencia” serían las claves que ayudarían a explicar cómo se produce esa “coherencia” o sensación de permanencia de un “yo” a través del tiempo a pesar de no haber un yo real. Su respuesta (como en el budismo madhyamika) es el origen codependiente.

Las nociones de “conectividad” y “emergencia” del cognitivismo se pueden comparar, según Varela, Thompson y Rosch (2011), con la noción del karma (ley de la causa-efecto) del hinduismo y budismo.

La acumulación de vivencias, la conformación de hábitos y su perpetuación en el tiempo, serían las raíces que brindan la experiencia de continuidad del yo. Nuestras intenciones y sentimientos son los que perpetúan el condicionamiento kármico (el budismo se enfocaría en su momento en mostrar cómo se puede romper este proceso o condicionamiento automático).

En resumen, la experiencia de un “yo” en el tiempo tendría que ver simplemente con una serie de acontecimientos y formaciones mentales y corporales que mantienen una coherencia causal e integridad en el tiempo.

CORPORALIDAD Y ENACCIÓN

Otro concepto muy importante que aportan las nuevas teorías cognitivas es la noción de “enacción”.

Actualmente existe una importante rama dentro de las corrientes cognitivas que considera que hasta el acto cognitivo más simple requiere una cantidad de conocimientos aparentemente “infinita”. Aunque para nosotros esta realidad es invisible, porque los procesos ocurren de manera inconsciente, tomamos conciencia de ello en la inteligencia artificial.

Si tuviésemos que conseguir que un robot pudiese conducir por una ciudad, las variables que habría que introducir en el programa serían casi infinitas. El robot, además de atender al acto de conducir debe prestar atención al resto de vehículos, a los peatones, a las condiciones meteorológicas, a las señales, a los hábitos del país donde se conduce, etc.

El mundo de la conducción no “termina en alguna parte”. Tiene una estructura de incesantes niveles de detalle que se funden con un trasfondo no específico de alternativas y posibilidades (de aquí la idea de “infinita”). Se puede afirmar entonces que el éxito de la conducción depende de multitud de habilidades motrices adquiridas y el uso continuo del sentido común, de algo que se define en las teorías cognitivas como: “saber cómo” (know-how).

La enacción rompe con la dualidad “cuerpo-mente” y postula que nuestro conocimiento, nuestra cognición, es algo que “emerge” desde nuestra “corporalidad” como resultado de un “actuar en” el mundo. El mundo es una creación que surge a partir de la inmensa variedad de acciones corporales que realizamos en él, si bien es verdad que esas vivencias están encastradas en un contexto biológico, psicológico y cultural más amplio.

Con el término “acción” de en-acción, lo que se quiere enfatizar es la importancia capital que tienen los procesos motrices y sensoriales, la percepción y la acción, como fundamento inseparable de la cognición.

Esta interpretación está en estrecha concordancia con el trabajo sobre el desarrollo de la inteligencia en el niño aportado en su momento por Jean Piaget. Este demostró como el recién nacido sólo tiene su propia actividad para conocer el mundo, y como el acto más sencillo de reconocimiento de un objeto ocurre exclusivamente en base a su propia actividad mediante patrones repetitivos (reacciones circulares) de acción sensorio-motriz.

La experiencia corpórea, por otro lado, está condicionada por los límites perceptivos y operativos que ha establecido en nuestra biología todo el proceso evolutivo de millones de años de nuestra especie, y que condicionan nuestra forma de ver y estar en el mundo.

Los conceptos de emergencia, conectividad y enacción, nos dicen que el mundo que conocemos no es “pre-dado”, en cuanto a la idea de que el mundo no es algo independiente del conocedor. El conocedor y lo conocido, la mente y el mundo se relacionan mediante una especificación mutua o un coorigen dependiente.

Dentro del budismo mahayana, la escuela Madhyamika representada por Nagarjuna elaboró una filosofía coincidente con las nuevas ideas que defiende la enacción. Para esta escuela las cosas “ni existen ni dejan de existir”, simplemente surgen por codependencia (y así existen), pero carecen de fundamento (en realidad no existen porque los agregados de la mente son sin substancia).

Según Nagarjuna, nada tiene naturaleza propia, todo es codependiente. Si la mente se examina a sí misma encuentra que dentro de la persona no puede agarrarse a algo que sea su “yo”. Si no hay “yo”, las experiencias internas no están “separadas” del mundo. Pere como no podemos acceder a la Realidad por las limitaciones de nuestros sentidos, conocer al final es como mirar un espejo: puro, radiante, pero sin realidad adicional fuera de sí mismo.

Nagarjuna decía que mientras la “mente/mundo” continúa aconteciendo en su continuidad interdependiente, no hay nada adicional para conocer o ser conocido, ni del lado de la mente ni del lado del mundo. La senda surge al andar.

Referencias Bibliográficas

Varela FJ, Thompson E, Rosch E. (2011). De cuerpo presente. Las ciencias cognitivas y la experiencia humana. Barcelona: Gedisa.

About

Pedro Jesús Jiménez Martín. Doctor en Educación Física por la Universidad Politécnica de Madrid. Licenciado en Educación Física por la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF). Universidad Politécnica de Madrid.

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