Archivos de la Categoría: Autobiografías

Confesiones y Memorias, Heinrich Heine

Confesiones y memorias, Heinrich Heine, Editorial Alba

Al formato de confesiones y memorias se han acogido muchos escritores y filósofos. Personalmente me resulta más atractivo que una autobiografía porque suelen ser textos más cercanos, menos exhaustivos, sin ánimo de imparcialidad. Están en muchos casos escritos para sus coetáneos, y por eso repasan y detallan las relaciones del autor con personas e ideologías emblemáticas de la época, con sus afecciones y desavenencias

El libro que nos ocupa recoge dos textos. En las Confesiones, Heine nos refiere su visión de los alemanes como contrapunto del expresado por madame de Staël, de la que desgrana de manera hilarante la causa y curso de su animadversión por Napoleón, y su posterior acercamiento al mundo germánico como reacción. En este texto Heine refiere la evolución de su pensamiento desde una visión socialista y atea, hacia un enfoque más espiritual; vivió de primera mano las revoluciones de 1830 y 1848.

En estas sus confesiones, Heine llega en cierto modo a abjurar del contenido de su libro De L’allemagne (homónimo del de madame de Staël); viendo que no podía evitar su re-edición decide escribir un prólogo indicando los cambios acaecidos en sus puntos de vista.

En este primer texto también se declara discípulo y a un tiempo detractor de Hegel, al que acusa de oscurecer deliberadamente su pensamiento: “En lo que concierne a la filosofía alemana, yo había divulgado sin rodeos el secreto de escuela, que, envuelto en formas escolásticas, tan sólo conocían los iniciados de primera clase”.

Las memorias son en cambio un recorrido desde su infancia, pasando por diversas instituciones educativas, entre las que destaca el colegio de jesuitas. Su periplo vital fue amplio y se desplazó a diversas universidades para complacer a su madre, a sabiendas de que era un subterfugio para poder desarrollar su vocación literaria. Resulta también entrañable el relato de su matrimonio, relato no exento de amable cinismo.

En ambos textos se deja constancia de su mala salud; en la actualidad hubiera sido con seguridad diagnosticado con esclerosis múltiple.

Heine se declara el último romántico alemán, con su poesía como fiel testimonio.

“ Dios me perdonará: es su oficio “

Heinrich Heine en la Biblioteca UPM

Como yo los veía. Mary Catherine Bateson

Como yo los veía: Margaret Mead y Gregory Bateson recordados por su hija

Mary Catherine Bateson

Ed. Gedisa

Como yo los veía es un libro autobiográfico. Siendo los padres de la autora dos antropólogos renombrados y muy activos, el libro resulta un atribulado confín de idas y venidas e interacciones sociales con científicos de la época.

Margaret Mead y Gregory Bateson trabajando en campo

Comienza con los primeros trabajos de campo de ambos en los pueblos remotos de Nueva Guinea, sociedades que en los años 20 del siglo XX apenas habían tenido interacción con las sociedades occidentales. En aquel momento la antropología era más un arte que una ciencia, y ambos sentaron las bases de la antropología experimental desde una formación previa complementaria: psicología en el caso de Margaret Mead y Biología por parte de Gregory Bateson.

Cuando comienza la segunda guerra mundial, una parte del trabajo de George Bateson (a instancias de la CIA) se enfocó al desarrollo de mensajes capaces de desalentar a los militares japoneses analizando el efecto del contexto en la decodificación de la información.

Margaret Mead aportó su visión en el análisis de las cuestiones de género al campo de la antropología. Impresiona el impacto que alcanzó en los medios de comunicación de masas. Ambos se convirtieron en leyendas en vida.

La hija de ambos, Mary Catherine Bateson, desde una trayectoria nada convencional, no se centra en legitimar las teorías de sus padres, sino que aporta un poco de luz al transcurso vital divergente de sus progenitores. Ella a su vez se acerca a la antropología desde una formación en la ciencia lingüística, y revela unos procesos de inmersión intercultural nada desdeñables.

Tanto Gregory como Margaret combinaron sus esfuerzos para comprender los procesos biológicos y sociales con aquellos dirigidos a conocerse a sí mismos… Interesados en conocer la naturaleza del aprendizaje, aportaban un gran cuidado y elegancia al acto de enseñar

Margaret Mead en la Biblioteca UPM

Gregory Bateson en la Biblioteca UPM

Tejiendo sueños (Woolgathering) Patti Smith

Tejiendo sueños, Woolgathering

Patti Smith

Editorial Lumen

Patti Smith es más conocida en amplios círculos como cantante que como poetisa, y sin embargo su forma de escribir tiene un encanto que me parece indiscutible. Este es el caso de Woolgathering, un texto que en castellano se ha traducido (reinterpretado) como Tejiendo Sueños.

carátula del libro

No es tampoco un título desafortunado, porque es la traducción libre contenida en la metáfora recolectores de lana, que ella aplica a personajes que su imaginación alimenta al atisbar el prado desde la ventana de su casa familia, en la década de los 50 del siglo pasado.

Patti Smith es una artista del renacimiento, en el sentido que experimenta y domina varias (muchas) disciplinas además de la literatura y la música, como es el caso de la pintura y las artes visuales en general.

Es además una persona tremendamente cultivada a la manera liberal y autodidacta, con opiniones muy propias y bien rumiadas en temas políticos/sociales.

retrato del fotógrafo Robert Mapplethorpe

A nivel popular, tristemente se la recuerda por haber representado a Bob Dylan en la entrega de los Premios Nobel (pincha aquí). Y digo tristemente pues ella es en sí misma un personaje que a mi entender hubiera merecido igualmente el galardón.

Hay muchas canciones con su marchamo que la gente reconoce inmediatamente como Because the night (pincha aquí), aunque a mí me gusta particularmente People have the power en la versión en vivo del 23 de abril de 2019 (pincha aquí), tres años después del mencionado evento. Para mí es una demostración palmaria de lo que una persona inquieta puede hacer a los 73 años.

Foto de la autora

El sonido de un caracol salvaje al comer. Elisabeth Tova Bailey

Cubierta de El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova BaileyEl sonido de un caracol salvaje al comer
Elisabeth Tova Bailey
Madrid: Capitán Swing, D.L. 2019
Traducción: Violeta Arranz
The Sound of a Wild Snail Eating (2011)
 

Hay universos en cada esquina. Sin reparar en ellos, andamos ocupados con decenas de tareas diarias, de obligaciones, de grandes o pequeñas rutinas, de incontables estímulos humanos que nos atan a lo propio cotidiano. Pero hay universos en cada esquina, laten desde mucho antes que nuestra especie poblara el planeta, latirán mucho después de nuestra desaparición, como ahora, indiferentes al jaleo alrededor. A una velocidad distinta.

Cubierta de The sound of a wild snail eating, Elisabeth Tova BaileyElisabeth Tova Bailey, en su fascinante relato, nos cuenta cómo hay ocasiones en que descubrir uno de esos universos puede salvarte. Porque después de caer enferma, víctima de un virus persistente que la obligó a guardar cama durante meses en unas condiciones de debilidad extrema, lo que mantuvo su mente activa, interesada, emocionada y viva fue la presencia en una maceta de violetas colocada en la mesilla junto a su cama, de un sencillo caracol. Una criatura, originaria de un bosque cercano, que siempre le había pasado desapercibida era ahora su punto de conexión, el tiempo del caracol entraba en su tiempo, algo poderoso unía a la convaleciente sin posibilidad de movimiento con el ritmo vital del gasterópodo, con la sorpresa de sus dientes, con sus sistemas de defensa, con su inadvertida fuerza.

Descubrirlo en este libro no solo supone un aprendizaje, una lección de respeto y una oda a la naturaleza, es también una absoluta delicia.

El grito de la gaviota. Emmanuelle Laborit

El grito de la gaviota

Emmanuelle Laborit

Seix Barral, quinta reimpresión Mayo2020

El grito de la gaviota es un relato autobiográfico de una persona profundamente sorda desde su nacimiento. Uno asume que su periplo vital será diferente y que su particularidad sensorial dotará al relato de un carácter personal distante de nuestra experiencia, pero yo no auguraba la enorme lejanía que existe en su percepción del mundo. Al fin y al cabo, pensé, Emmanuelle nació en 1973 en una Francia moderna, en un entorno culto, en una familia “normal”.

Fotografía de Emmanuelle Laborit

¿Acaso podemos imaginar que la lengua de signos sólo se autorizó en Francia en los años 90 del siglo pasado? Anteriormente su uso era ilegal, y sus usuarios quedaban proscritos, bajo sospecha. Parece absurdo que un idioma de carácter universal quede al margen de la ley, y sin embargo así era (en España se reconoce la lengua de signos española en 2007).

El relato de Emmanuelle, no es un alegato, es su experiencia en primera persona. Transitamos por su infancia (incomunicada pero protegida), y recorremos con perplejidad su turbulenta adolescencia (enrabietada con el mundo), hasta su encuentro con el teatro con el que percibe su sitio en el mundo, y se reconcilia con su existencia.

El simple hecho de escribir para Emmanuelle es un hito pues en el lenguaje de signos, su entorno natural, la sintaxis es profundamente distinta, está constituida por expresiones visuales. El libro está escrito a dos manos, en colaboración con Marie-Thérese Cuny, con encanto y un estilo sencillo y voz propia. Esta simple expresión: “su propia voz”, no está exenta de anacronismo porque siendo profundamente sorda, el lenguaje oral entendido como vibraciones sonoras del aire le queda vedado, son los gritos de gaviota que dan título al libro.

Emmanuelle Laborit en la Biblioteca UPM

A corazón abierto, Elvira Lindo

A Corazón Abierto

Elvira Lindo

Seix Barral 2020

Este es un relato autobiográfico sin edulcorar. La figura del padre es central en él, y al hilo de sus últimos achaques, se revisa retrospectivamente su vida y sus traumas, entre ellos su llegada a Madrid con nueve años, sólo. Corre el año 1939, en pleno racionamiento de posguerra, y la vida con su amargada tía (que no sale precisamente bien parada) es oscura.

El hilo conductor del relato no es lineal, porque tampoco lo son los recuerdos que afloran en una persona, y eso le aporta dinamismo. El poso es agridulce porque no se suaviza el devenir y los contrapuntos de una relación conyugal paternal (apasionada) en un claro plano de desigualdad.

Hay varios escenarios en la vida itinerante de la familia que se traslada según los requerimientos laborales del padre. Entre ellos, es especialmente llamativo aquél que refiere a la construcción de la presa del Atazar a finales de los sesenta, hasta su inauguración en 1972. Allí la vida transcurre en un poblado aislado, hervidero de actividad, construido expresamente para la obra descrita con tintes faraónicos en una España franquista.

Carátula de El otro barrio

También se hacen palpables en el libro los cambios de vida en el país, en esa época en pleno inicio de transición postfranquista, con sus aires frescos y desmadrados; un legado costumbrista, cercano para muchos, y marciano para las nuevas generaciones.

Elvira Lindo es una autora prolífica que se hizo famosa con la saga de Manolito Gafotas, aunque a mí el libro que me viene inmediatamente a la cabeza es El otro barrio, su primera novela para adultos. En él entreteje un suspense, entorno a un aciago suceso que atrapa a un chaval de quince años en un proceso judicial, con aspectos ignotos de su infancia que van descubriéndose paulatinamente.

Elvira Lindo vuelve una y otra vez en libros a la vida en barrios de extrarradio; los revive en las páginas de sus textos con agria maestría. Personalmente me alineo más con su perfil como escritora que como columnista, que quizás otros quieran comentar.

“La escritura siempre ha de ser valiente, aunque a costa de eso una se muestre desnuda.“

Elvira Lindo en la Biblioteca UPM

Una educación. Tara Westover

Una educación. Tara Westover
Lumen, 2018
Traducción: Antonia Martín Martín

 

Sin duda, el mejor libro que he leído en mucho tiempo. Una autobiografía descarnada, en la que la autora relata todas las dificultades y los obstáculos superados para conseguir estudiar. Algo que cambió su vida para siempre.

Criada en las montañas de Idaho, rodeada por una desbordante Naturaleza, en el seno de la América profunda, Tara sufre la intransigencia de una familia dominada por el fundamentalismo. Una vida que gira en torno a un padre mormón radical, que no permite que sus hijos vayan a la escuela, ni al médico, en un ambiente de intolerancia religiosa donde prácticamente todo está prohibido. En el prólogo podemos leer:

“El autobús escolar pasa por la carretera sin detenerse. Aunque solo tengo siete años, sé que ese hecho, más que ningún otro diferencia a mi familia: nosotros no vamos a la escuela. A papá le preocupa que el Gobierno nos obligue a ir, pese a que no puede obligarnos porque no sabe de nuestra existencia. No tenemos historia clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o de enfermería. No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado un aula. Cuando cumpla nueve años, inscribirán mi nacimiento en el registro civil, pero ahora, según el estado de Idaho y el gobierno federal, no existo”.

La infancia de Tara transcurre entre los hierros y escombros del desguace, donde su padre les hacía trabajar desde muy pequeños moviendo grandes bloques de metal, que excedían con mucho su fuerza física. Tanto ella como sus hermanos ponían a diario su vida en peligro. Muchas veces sufrieron golpes y accidentes, que su madre, curandera y partera, atendía valiéndose de los aceites y ungüentos que fabricaba, con más fe que conocimiento. Bajo ningún concepto se debía de acudir al hospital. Se trataba, al fin, de ser autosuficientes, de no tener que depender del mundo exterior.

Una de las obsesiones del padre de Tara, era la creencia en el no muy lejano “Fin del Mundo”, para el que había que prepararse con armas y alimentos. Por eso, se dedicaban a fabricar conservas de fruta en grandes cantidades, que enterraban junto con el armamento, por si este día llegaba a no mucho tardar.

En este libro de memorias y liberación, Tara nos relata las dificultades a las que tuvo que enfrentarse, tras decidirse a estudiar. Lo más difícil, no fue conseguir la admisión para la Universidad, aunque supuso un esfuerzo intelectual enorme, sino el enfrentarse al mundo y a la sociedad: aprender a relacionarse con sus compañeras de estudio, a observar unas pautas de comportamiento consideradas normales, ducharse a diario, vestir de manera adecuada, ir al médico, abrirse a los demás, contar con la gente… Aprender a vivir una vida nueva empezando de cero.

Idaho

Estas son las montañas de Idaho, donde Tara Westover vivió hasta los dieciséis años. Volvería al terminar los estudios, quizá en un último afán de redimir a su familia, pero todo fue en vano. Aceptaba prácticamente todo, el haber trabajado desde pequeña de sol a sol en el desguace familiar, sin haber podido ir a la escuela; el ejercer como ayudante de partera, sin edad ni experiencia para ello; la falta de amigos de su edad con los que jugar… Lo único que no pudo admitir, fue el que sus padres no comprendieran el acoso violento al que tanto ella, como su hermana eran sometidas por parte de uno de sus hermanos. Una violencia, que incluso, en más de una ocasión pudo haberlas matado. Como a Tara se le daba muy bien cantar, participaba en el coro de la iglesia. En estas ocasiones se arreglaba un poco y tenía la oportunidad de charlar con algún chico. Entonces se desataba la furia machista del hermano y la perseguía hasta alcanzarla, la zarandeaba violentamente y la apretaba tanto el cuello, que incluso, alguna vez, estuvo a punto de ahogarla. Sus padres nunca lo admitieron. Y cuando al cabo de los años volvió para contarlo, no encontró el apoyo de su madre, que prefería esconder la realidad antes que oponerse a su marido. Esta fue la razón principal por la que Tara se alejaría definitivamente de su familia.

Ana Carrizosa

Emena, Médico del Congo. Joaquín Sanz Gadea

Emena, Médico del Congo

Joaquín Sanz Gadea

Plaza y Janes

Tenía mucha prisa; me daba la impresión de que jamás en mi vida había sentido esta urgencia. ¿Cómo estarían mis enfermos del “Hospital General”? ¿Qué habría ocurrido con todos mis amigos de Stan, con las monjas españolas que de modo tan abnegado trabajaban con una población atrapada por guerras continuas? ¿Cuántos de mis conocidos habrían sido víctimas inocentes de aquel furor enloquecido, aquella especie de amok bajo el cual el hombre dejaba de ser hombre para convertirse en una fiera salvaje.

El 30 de junio de 1960, después de arduas negociaciones en Bruselas, la antigua colonia belga alcanzó la ansiada independencia. Había nacido la República del Congo. Un nacimiento lleno de lucha, de sufrimiento, de sangre.  Atrás quedaban años de dominio colonial belga y aunque los años habían pasado, el recuerdo de las humillaciones y crueldades sufridas permanecía latente. La riqueza está, sigue ahí, y donde hay riqueza hay codicia. El odio tribal se mantiene. El conflicto estalla irreversiblemente. El horror de Conrad se hace presente

La población tuvo que asistir, como a un espectáculo, a aquellas horribles carnicerías. Prisioneros con los pies o las piernas amputadas a hachazos, cuerpos vivientes sin manos, rostros deformados por las amputaciones, seres mutilados que eran obligados a comerse sus propios órganos sexuales en medio de la feroz algarabía de los simbas drogados…

Y en ese escenario de caos, de lucha, de muerte y supervivencia, Joaquín Sanz Gadea llega para trabajar como médico para la OMS. Su vocación por ayudar al necesitado, dar consuelo, curar al enfermo encuentra en esas tierras el lugar más adecuado para ello.  ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué he venido?, ¿Qué género de vida me espera?, son las preguntas que se hace nuestro protagonista. No es el África que había imaginado cuando era pequeño. Esa tierra no existe. Ahora es una tierra dura, cruel, en la que tiene que luchar contra costumbres atávicas, luchas tribales, intereses de potencias extranjeras. Ante esas dificultades su labor humanitaria solo se puede entender desde una plena vocación de servicio hacia los demás, del máximo esfuerzo por conseguir hacer el bien. Como el de las monjas españolas dominicas que murieron asesinadas en aquellas fechas.

Sanz Gadea es testigo y protagonista de una parte de la historia del Congo, de África. Una tierra dura, cruel pero bella, siempre fascinante, siempre mágica.

Joaquín Sanz Gadea nació en Teruel el 30 de junio de 1930 y murió en Madrid en mayo de este año. Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, fue propuesto para el premio Nobel de la Paz en diversas ocasiones.

Joaquín Sanz Gadea en la Biblioteca UPM

La analfabeta, Agota Kristof

Agota Kristof
La analfabeta
Barcelona : Obelisco, 2006
L’Analphabète (2004)
Traducción: Juli Peradejordi

La analfabeta es un relato autobiográfico en 11 capítulos, es escueto, directo y personal. La diáfana sencillez de su lenguaje proviene de la necesidad de expresarse en su lengua de adopción, el francés. Una lengua en la que se descubre analfabeta como resultado de un exilio desde su Hungría natal a los veintiún años.

Cubierta de La analfabeta, Agota KristofAgota Kristof, una lectora impenitente desde los cuatro años, se confiesa sin acritud, amordazada, aislada por la incomunicación a pesar del cálido recibimiento de la sociedad suiza. Los días grises en su país de acogida se suceden como contraposición a la zozobra política de Hungría, a la invasión de austriacos y rusos, a la brutalidad del régimen estalinista.

“Ser refugiado es como atravesar un desierto…”

Como cada año en época de exámenes, rebusco en mi memoria textos dedicados a espacios y tiempos de evasión, que pongan distancia a la perentoriedad que parece rodear el entorno estudiantil. Tensión que queda instantáneamente amortiguada ante situaciones vitales difíciles abordadas con naturalidad y ternura.

Este no es desde luego el texto más emblemático de la autora, pero es el primero que leí suyo, atraída por una delicada edición a cargo de la Editorial Obelisco, una entidad curiosa de la que no creo encontrar muchos títulos tan afortunados. El Aleph y Libros del Asteroide son otras de sus editoriales en castellano.

Cartel de la película El Gran CuadernoAgota Kristof nació en 1935 en Csikvánd (Hungría) y murió en 2011 Neuchâtel (Suiza). Comienza en el mundo literario desde Suiza, con pequeñas obras teatrales y relatos radiofónicos. El salto a la literatura internacional se produce en 1986 con El Gran Cuaderno, primer libro de su trilogía Klaus y Lucas galardonado en varios países con diversas distinciones litararias: el Moravia en Italia, el Schiller en Suiza y el premio austriaco de Literatura Europea. Esta obra ha sido también llevada al cine por director húngaro János Szász (para ver el tráiler pincha aquí).

“Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre de 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo.”

Agota Kristof en la Biblioteca UPM

Bélgica / Chantal Maillard

Chantal Maillard: Bélgica.

Valencia : Pre-Textos, 2011.

 De vuelta en Bruselas, aquella tarde, ya anochecida, entramos en una librería de segunda mano. Amontonó libros en una maleta vieja hasta que estuvo llena y me la dio. Aquí tienes, dijo, todo lo que has de saber para empezar. Era una muy completa selección de clásicos franceses. Villon, Baudelaire, Apollinaire y Breton, Voltaire, Corneille, Hugo, Chateaubriand y muchos otros hicieron de aquella maleta el arca del tesoro en la que, más tarde, en Málaga, me sumergiría con delicia. (p. 43)

¿Es posible llamar a este retorno una experiencia iniciática? En realidad, ¿se puede iniciar algo que siempre está ahí? Una filósofa y poeta de Málaga vuelve a sus orígenes biográficos: ¿resultará la cercana y cómoda Bélgica más inasible que la India de sus ejercicios vitales e intelectuales?
Los resultados se plasmarán en Bélgica, una entrega singular -pas comme les autres- de su ciclo de diarios. Un libro inter y/o transcultural de una autora cuya personalidad ya de por sí lo propicia. Su génesis, estructura y desarrollo están impregnados de una concepción cíclica del tiempo y de un cultivo del flujo de conciencia. Un prosa poética que cala hondo, aforismo de calidad y en abundancia: atención, fans de Juan de Mairena. En esta atmósfera intimista cabría atisbar un cierto conservadurismo pasivo tan común de las espiritualidades del Asia profunda, y por naturaleza emplazado ante una potencial crítica individualista; pero también emerge el empeño activo de la conciencia contra la nada -o la aproximación consciente a ésta-, una actitud típicamente titánica, clásica griega.
En cuanto a la mencionada clasificación como entrega dentro de una serie de diarios, queda claro que Bélgica ofrece más facetas y experimenta entre géneros: autobiografía retrospectiva, ensayo, libro de viajes e incluso apuntes de crítica y teoría literarias. Y todo muy bien ensamblado, amable en el sentido literal de digno de ser amado. Y que se disfrutará aún más in situ, de hecho sugiero un paseo con el libro a mano por Bruselas y en particular por Ixelles, el distrito en la trastienda de los grandes edificios diplomáticos de la capital europea. Intelectual, popular, con pinceladas congoleñas, creatividad modernista, elegancia contenida y ecos de utopías universalistas: la casa de Paul Otlet, padre de la ciencia documental moderna, anda por allí.   
En el aspecto editorial Pre-Textos vuelve a ofrecer un volumen pulcro y desahogado, de manejo muy agradable.
Podéis visitar en la red a: http://chantalmaillard.com/

¿Intuición, decís? Mirad mejor: lo que llamáis intuición no es otra cosa que el resultado de una inducción que vuestra mente realiza a espaldas vuestras. (p. 210)

Chantal Maillard en: Biblioteca UPM.

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