No quiero… Angela Figuera Aymerich
Ángela Figuera Aymerich una de nuestras poetas (poetisas) casi olvidadas, las del exilio interior, del reconocimiento exterior; Pablo Neruda en la Antología total de Ángela les dedicó a toda una generación de poetas denostados/olvidados un sentido homenaje.

Viene en estos tiempos a mi memoria su poema NO QUIERO
No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.
No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.
No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.
No quiero
que el labriego trabaje sin agua
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.
No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños les pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.
No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas
que en los trajes se pongan señales.
No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro;
que jamás se disparen fusiles
que jamás se fabriquen fusiles.
No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos
que decreten lo que es poesía.
No quiero amar en secreto,
llorar en secreto
cantar en secreto.
No quiero
que me tapen la boca
cuando digo NO QUIERO…
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Quizás la verdad oculta que ahora pretende asomar ante la catarata de nuestra ceguera sea ésta: los siete pecados mortales son en realidad ocho. No ver el horror, o verlo y ahí sí, pasar de agache. Dejarse llevar por lo más liviano, ¿puede ser ése el octavo pecado, el que no tiene nombre?
No se sabe quién va más extraviado, si el que persigue bosques rojos de canela o el que busca desnudas amazonas de guerra, si el que sueña ciudades de oro o el que rastrea la fuente de la eterna juventud: nacimos, capitán, en una edad extraña en la que sólo nos es dado creer en lo imposible, pero buscando esas riquezas fantásticas, todos terminamos convertidos en pobres fantasmas.
A ti te parecerá extraño que yo pueda contarte en detalle y con tanta precisión los acontecimientos de esa época tan lejana. Yo pienso como tú, que un niño de cinco años que lleva una vida normal no podría reproducir con esa fidelidad su infancia. Nosotras, tanto Helena como yo, la recordamos como si fuera hoy y la razón no te la puedo explicar. Nada se nos escapaba, ni los gestos, ni las palabras, ni los ruidos, ni los colores, todo era ya claro para nosotras.
ROBINSON CRUSOE
Día libre
Uno de los más llamativos aspectos del habla colombiana –o de la diversificación del español en Colombia- es el de su impecable prestigio genealógico. El despliegue del caudal léxico, la vitalidad expresiva, la calidad sintáctica, el uso de voces que a nosotros, los peninsulares, pueden parecernos arcaísmos y no son sino activas persistencias del fondo genital del idioma, constituyen a no dudarlo un acabado ejemplo de preservación y a la vez de readaptación de las herencias lingüísticas comunes, una operación natural donde los respetos no excluyen las desobediencias. Lo mismo podría aplicarse al temple de no pocos prosistas colombianos, dotados con elocuente frecuencia de unas calidades léxicas y sintácticas especialmente brillantes.
Estados de la materia.
¿Qué hace alguien que crece sin madre? ¿Lo cuida el viento, una profesora, la señora de la tienda de la esquina? ¿Quién le enseña a rezar, a temer, a dejar de crear? ¿Quién le dice: “¡Niño, eso no se hace!” ¿Quién le corta las alas y quién se las cose? ¿Quién le pone los pies en la tierra? No tenerla, a veces, es lo mismo que tenerla. Una madre es algo que duele. Es herida y cicatriz. Para un niño, una mamá es la persona que pregunta si quiere leche en el chocolate, la que regaña cuando camina descalzo por la casa, la que prueba la sopa primero, se quema la lengua y espera a que enfríe un poco. Una mamá es la persona que está.
Mi papá siempre pensó, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. En un cuaderno de apuntes (que yo recogí después de su muerte bajo el título de Manual de tolerancia) escribió lo siguiente: “Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad”. Es posible que nadie, ni los padres, puedan hacer completamente felices a sus hijos. Lo que sí es cierto y seguro es que los pueden hacer muy infelices.
Alubiada, like, televermut, flamencólico… no podemos parar de crear palabras: las lenguas necesitan de nuestra imaginación y nuestra complicidad colectiva para ponerse al día, y jamás pueden escapar de nuestras ganas de nombrar lo que nos rodea: es la (neo)lógica de las lenguas: el ímpetu que las lleva a reinventarse, como Madonna, para no pasar de moda.