El Ruletista, Mircea Cărtărescu
El Ruletista
Mircea Cărtărescu
Madrid: Impedimenta, 2010
Traducción: Marian Ochoa de Eribe
La ruleta rusa, esa apuesta que consiste en introducir una bala en el tambor de un revólver, hacerlo girar con determinación y pegarse un tiro en la cabeza. Si ésta no vuela hasta la pared y decora un desconchado, el jugador cobra el privilegio de sostener algo aún sobre los hombros (al menos hasta la próxima puja).
El ruletista de Cărtărescu se hace de oro contra toda estimación probabilística, salta la banca de la fama, pues después de arriesgar su vida en repetidas ocasiones a una sola bala, comienza a aumentar sin inmutarse el número de proyectiles en el cargador, hasta provocar que lo que hasta ese momento sucedía en el contexto de lacónicas reuniones de inframundo se convierta en un espectáculo de salón, donde un público caprichoso de sangre, excitado ante la cada vez más inminente danza de la muerte, eleva sus apuestas en medio de una atmósfera de colectivo éxtasis.
El jugador, pese a ganar siempre por una extraña determinación del destino, es un ser desafortunado, un portador de inmensa tristeza. Igual que el narrador de la historia, un octogenario que asomado a su propio precipicio está buscando, por medio de la palabra escrita, algo semejante a la inmortalidad.
Relato, pues, de tintes existencialistas, oscuro, de algún modo sobrecogedor, breve y certero, donde la vida y la muerte se burlan de sus perseguidores.
El Ruletista, editado por Impedimenta tanto de forma independiente como integrando el volumen de cuentos Nostalgia, es obra del rumano Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), poeta, narrador y crítico literario rumano.
Estas dos entrevistas, realizadas por El País y la revista Jot Down, sirven para conocer mejor al autor.

Sospechaba que sí, pero después de leer a Azorín no hay duda, las cosas, hasta la más diminutas, tienen alma. El pequeño filósofo del título de este libro es Azorín de niño, cuando estudiaba bachillerato en el Colegio de los Escolapios de Yecla (Murcia), allí estuvo interno toda su infancia, desde los siete hasta los quince años. No le gustaba el colegio, no le gustaba Yecla, que era el pueblo de su padre, ni los frailes escolapios que le daban clase, a excepción de su admirado padre Lasalde.

y “La taberna del irlandés”) y el propio Ford para llamarse Sean Thornton y Mary Kate Danaher, que encarnaron magistralmente John Wayne y Maureen O’Hara.


