Una temporada para silbar. Ivan Doig
Una temporada para silbar
Ivan Doig
Barcelona: Libros del Asteroide, 2013
Traducción: Juan Tafur
The whistling season (2006)
El color de la portada ya es una buena pista de lo que vamos a encontrar en este libro: una historia luminosa, llena de ternura y de humor, con personajes y peripecias que son entrañables desde el comienzo.
Una temporada para silbar está ambientada en el Oeste americano a principios del siglo XX. Comienza con el anuncio en el periódico (No cocina pero tampoco muerde) de Rose Llewellyn, una viuda dispuesta a dejar la ciudad para trabajar como ama de llaves en Marias Coulee, un pueblecito de Montana. Allí será empleada por la familia Milliron, un padre viudo y sus tres hijos, aún muy sensibilizados por la reciente pérdida de su madre. Desde el punto de vista de Paul, el hijo mayor, y bastantes años después -de vuelta al pueblo de su infancia convertido en superintendente escolar- nos cuenta cómo fue para ellos el año siguiente a 1909, la temporada que pasaron bajo el dulce influjo de Rose y lo que aprendieron de su hermano Morris, un sabelotodo genial, que ocupó el puesto de maestro de la escuela después de que la titular se fugara con un predicador. En definitiva, el día a día de estos hijos de colonos que un día llegaron con lo imprescindible y se hicieron hijos de la tierra.
Una temporada para disfrutar del paisaje de Montana, de la sencilla y amena prosa de Ivan Doig, del encanto de los personajes, del ritmo ancho, salvaje y luminoso que tiene la vida un poco antes del fin de la infancia.
Cuando vuelvo a visitar los rincones de mi vida, las cosas más nimias me asaltan. El mantel de hule con cuadros blancos y molinos de viento azules, las manchas descoloridas en nuestros cuatro gastados lugares en la mesa. Ese café acre de papá, tan cargado que casi andaba, y que él bebía a sorbos después de la cena para dormir después, sereno como una esfinge. El fastidio inexcusable del viento que soplaba en Marias Coulee, silbando por una rendija, como si lo hubieran invitado a entrar.
Ivan Doig en las Bibliotecas UPM
Cuando vuelvo a visitar los rincones de mi vida, las cosas más nimias me asaltan. El mantel de hule con cuadros blancos y molinos de viento azules, las manchas descoloridas en nuestros cuatro gastados lugares en la mesa. Ese café acre de papá, tan cargado que casi andaba, y que él bebía a sorbos después de la cena para dormir después, sereno como una esfinge. El fastidio inexcusable del viento que soplaba en Marias Coulee, silbando por una rendija, como si lo hubieran invitado a entrar.
Miguel Delibes

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