Otra novelita rusa. Gonzalo Maier

Gonzalo Maier narra en Otra novelita rusa una historia casi conmovedora, delirante: la odisea de Emanuel Moraga, un arquitecto viudo y jubilado, que se considera un maestro del tablero de ajedrez. Sus victorias así lo avalan. Y, tras liquidar toda su vida, con el objetivo de revalidar ese sentimiento, decide irse a Rusia, al conocido Paseo Tverskoy, para competir al más alto nivel.

Hasta aquí parece un relato convencional. Pero pronto salimos de ese error. Porque la participación del lector resulta imprescindible para que la narración alcance un desenlace. Maier se toma la libertad de no finalizarla, la deja flotando para que, según nuestras convicciones, abracemos su propuesta o no.

Gonzalo Maier (Chile, 1989) desempeña su labor profesional como profesor de Literatura en la Universidad Andrés Bello de Santiago de Chile. Es PhD en Artes por la Universidad holandesa de Radbound, donde se doctoró con una tesis sobre la ironía. La crítica ha definido su obra como atípica, particular dentro del panorama literario chileno. Y han destacado la naturaleza híbrida entre novela y ensayo de sus trabajos anteriores (Leyendo a Vila-Matas y Material Rodante, por mencionar algunos ejemplos), y su enorme flexibilidad narrativa.

Recién comenzaban los años noventa: el rublo no valía nada, los puestos de trabajo desaparecían como a veces desaparecen las polillas –porque sí, de un momento a otro, sin que nadie se dé cuenta– y, a falta de una mejor idea, buena parte de Moscú tomaba sus maletas y escapaba: nueva York, Berlín, Marbella, daba exactamente igual mientras quedara lejos. el resto caminaba con la mirada perdida en las puntas de sus zapatos y lo pensaba dos o tres veces antes de prender un cigarro (….)

A miles de kilómetros –catorce mil ciento veintidós, para ser exacto–, en una Punta arenas sepultada por casi un metro y medio de nieve –«el feroz invierno blanco», decían los titulares del diario, que esa semana mostró una y otra vez las fotos de un gaucho recogiendo ovejas tiesas–, Emanuel Moraga miraba un documental sobre la vida cotidiana en rusia.

Cuentos Escogidos. Shirley Jackson

Shirley Jackson (1916-1965) saltó a la fama con un relato breve llamado La Lotería. A lo largo de sus trece páginas, de una manera aséptica, describe un sorteo que poco a poco va generando en el lector bastante inquietud, al mismo tiempo que lo van experimentando los habitantes del pequeño pueblo. Y esto lo consigue sin adornos y sin dar explicaciones, sólo haciendo una eficaz distribución de las pistas y llegando a un desenlace estremecedor. Sólo con “esto” consiguió desatar una oleada de críticas asombrosas e interpelaciones a nivel mundial. Las cartas, en las que le preguntaban, por ejemplo, en qué pueblo de EEUU sucedían estos hechos, inundaron la redacción de The New Yorker, revista en la que se publicó el cuento en 1948.

A pesar de que una parte sustancial de su obra ha sido llevada al cine y al teatro, su nombre ha permanecido en la sombra muchos años, quizá por los géneros que cultivó: el misterio y el terror, además de la poesía, el cuento infantil y el artículo periodístico. Han sido otros autores de renombre como Stephen King, Richard Matheson, Jonathan Lethem o Donna Tartt quienes la han catapultado al olimpo de las musas literarias al reconocerla como una de las autoras que más les ha influido.

Si hay algo que podemos destacar de esta escritora es su habilidad para trasformar un hecho cotidiano en algo excepcional, diferente. En el libro “Cuentos escogidos” podemos leer un relato en el que una noche de gripe familiar se convierte en un auténtico sketch, que termina convirtiéndose en una adivinanza. Este volumen incluye también una conferencia, en la que Shirley Jackson nos da las pautas para escribir una buena historia.

Jackson se había licenciado en periodismo en la Universidad de Siracusa pero, tras su matrimonio con el profesor universitario Stanley Edgar Hyman, se dedicó, por imposición familiar, a cuidar de la casa y de los niños. No obstante, y pese a su muerte prematura, la autora estadounidense nos dejó cientos de relatos cortos, como The possibility of evil», con el que obtuvo el Premio Edgar Allan Poe en 1966, y novelas como La maldición de Hill House (1959) o Siempre hemos vivido en el castillo (1962), escogida por la revista Time como uno de los 10 mejores libros de ese año.

La Lotería

La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a sus casas a comer.

Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a formar grupos pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando en torno a la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y redondeadas…

ME ACUERDO. GEORGE PEREC

Me acuerdo. Berenice, 2006; Impedimenta, 2017

Creativo, original, polifacético, inclasificable, uno de los mejores escritores franceses del siglo XX. Éstos y otros muchos calificativos han descrito a George Perec y su obra. Y si hablamos de Me acuerdo, un “juego experimental de cajas chinas”, entramos de lleno en ese universo sin límites.

Y ¿a quién puede interesar un documento de esta naturaleza? Me acuerdo (1978) es un título que se aleja de los cánones literarios mainstream, es una reinterpretación del libro de Joe Brailard que salmodia 480 evocaciones en sentencias breves que comienzan con un Me acuerdo. No obstante, este opúsculo constituye una fuente de inspiración imprescindible e inagotable para los escritores que están transitando los caminos del microrrelato y para los seguidores de este género. Cómo se puede decir tanto en tan pocas palabras. Bien es cierto que los lectores españoles del siglo XXI podemos perdernos en las citas a hechos y personajes de la Francia del siglo pasado, lo que se intenta paliar en las notas que acompañan al texto.

George Perec (1936-1982), huérfano de una familia de polacos judíos afincada en Francia que sufrió la devastación de la IIGM, se dedicó a la literatura desde muy joven y, después, hizo incursiones en el sector cinematográfico y musical. Entre 1962 y 1979 subsistió con un salario modesto trabajando como bibliotecario archivista en un departamento del CNRS, al tiempo que completaba sus ingresos con la publicación de artículos en diferentes revistas y periódicos. En 1967 se había incorporado al grupo Oulipo  («Ouvroir de littérature potentielle», en español «Taller de literatura potencial»), que “buscaba explotar la literatura sobre la base de métodos formales provenientes de otras áreas, como las matemáticas, la lógica o el ajedrez”. Las innovaciones de Oulipo marcarían la narrativa posterior de Perec, en la que se reflejaría su pasión por los juegos de palabras, los lipogramas, los anagramas y los rompecabezas.

Por su primera novela fue distinguido con el Premio Renaudot, y en 1978, su obra más reconocida, La vida instrucciones de uso, con el Premio Médicis. Pero su reconocimiento como autor de culto vino de la mano de otros escritores, como Italo Calvino («una de las personalidades literarias más singulares del mundo, al punto de que no se parece a nadie en absoluto»), Roberto Bolaño («el novelista más grande de la segunda mitad del siglo XX») o Enrique Vila-Matas («entre los libros que me cambiaron la vida estuvieron siempre los de George Perec. Recuerdo haberlos leído con fascinación»), por destacar algunos de los más sobresalientes.

Me Acuerdo

(003) Me acuerdo del cine Les Agriculteurs, y de los sillones de lujo del Caméra, y de los asientos de dos plazas del Panthéon.
(015) Me acuerdo de los primeros flippers, que, curiosamente, no tenían flippers.
(023) Me acuerdo de que tras la guerra no se encontraba apenas chocolate vienés ni chocolate de Lieja, y de que, durante mucho tiempo, yo los confundía.
(024) Me acuerdo de que el primer microsurco que escuché fue el Concierto para oboe y orquesta, de Cimarosa.
(027) Me acuerdo de haber conseguido, en el Parc des Princes, un autógrafo de Louison Bobet.
(222) Me acuerdo de que André Gide fue alcalde de un pequeño pueblo de Normandía y de que presumía de ser pomólogo.
(430) Me acuerdo de cuánto me gustaba Johann Strauss, y de lo feliz que me sentí cuando vi Valses de Viena en Châtelet.

LAS CASAS DE PAPEL. DOMINIQUE FORTIER

Dominique Fortier 
Las ciudades de papel 
Traducción del francés de Iballa López Hernández 
Título original y primera edición: Les villes de papier, 2018 
Publicación: editorial minúscula, 2 de febrero de 2022

En Las casas de papel, una oda a la vida y obra de la poeta estadounidense Emily Dickinson (1830-1886), podemos ver reflejada toda la poesía que ésta inspira en Dominique Fortier (1972-). Porque Les villes de papier, en la que se mezclan el ensayo y la biografía con la ficción, llega a ser un exquisito poema en sí mismo. La sensibilidad y el lirismo de la narrativa de la autora canadiense consigue seducirnos, nos subyuga hasta el punto de lograr nuestra más sentida admiración por ambas autoras.

Su título hace referencia al profundo arraigo que Emily mantuvo con las diferentes casas en las que vivió, incluso negándose a salir de su habitación los últimos años de su vida. Pero también hace referencia a su relación con los libros y con la Poesía: Dickinson edificó su vida, su libertad, sobre las páginas en blanco de sus cuadernos, en los que componía poemas profundos e inclasificables, convencionales al principio y de estructuras más experimentales con el paso del tiempo. Tras su muerte, fue su hermana Lavinia quien editó sus casi dos mil poemas, pues sólo se habían publicado algunos versos en la prensa.

Dominique Fortier entremezcla pasajes conocidos e imaginarios de la biografía de Emily con otros de su propia vida, en contraposición: la raigambre y el inmovilismo de “la dama de blanco” frente a su búsqueda de un hogar estable.  A pesar de lo cual la autora norteamericana consiguió crear un universo poético propio, que la ha situado en el selecto club de los poetas más importantes de Occidente.

Las casas de papel obtuvo el premio Renaudot de Ensayo en 2020, una distinción que otorgan los periodistas y los críticos literarios franceses desde 1926.

There is no Frigate like a Book, by Emily Dickinson

There is no Frigate like a Book
To take us Lands away
Nor any Coursers like a Page
Of prancing Poetry --
This Traverse may the poorest take
Without oppress of Toll --
How frugal is the Chariot
That bears the Human soul.

Versión en castellano

LAS CASAS DE PAPEL

En el seminario, Emily y sus condiscípulas estudian latín, botánica, astronomía, historia, mineralogía, literatura y matemáticas. Casi podríamos olvidar que solo son chicas.

***

Los libros hablan de cosas, claro está, y entre las páginas de esos gruesos volúmenes polvorientos que varias generaciones han sostenido en sus manos antes que ellas, las alumnas estudian las rocas, las estrellas y los insectos. Pero, para Emily, las cosas también hablan constantemente de libros.

Una mañana, mientras contempla el bosque, ve rebullir las ramas de un árbol entre la espesura. Al principio es muy sutil, un simple temblor en el follaje que podría deberse al viento, pero instantes después está segura: el árbol se ha movido. Se acuerda del fantástico bosque de Birnam que inventó Shakespeare, ese ejército burdamente tocado con hojas y ramas que, en medio del tintineo de armaduras, se pone en marcha hacia Dunsinane. (p. 59)

MARIANA ENRÍQUEZ, O EL TERROR DE LO COTIDIANO

Mariana Enríquez en la Biblioteca UPM

La prosa de Mariana Enríquez se está ganando un puesto de honor entre los seguidores del género de terror y más allá. Comenzó a los 19 años redactando su primer trabajo, un entretenimiento, bajo el título Bajar es lo peor, considerado hoy en día una obra de culto.

Su colección de relatos Las cosas que perdimos en el fuego (2016) también fue recibida con entusiasmo y promocionada profusamente por sus lectores. A través de estas doce narraciones, la bonaerense nos enfrenta a nuestros miedos más esenciales, el mismo miedo que puede sobrecogernos cuando abrimos un periódico por su sección de sucesos. De hecho, este suele ser su punto de partida, y lo exprime hasta lograr sorprendernos, a veces por su dimensión fantástica, y casi siempre por su vertiente aterradora. En este libro encontramos historias tan espeluznantes como la de Pablito clavó un clavito –en la que un guía rememora para los turistas los crímenes más atroces que se han cometido en la ciudad de Buenos Aires-, El patio del vecino –en el que una joven, que había ejercido de asistente social, intenta salvar a una criatura que vive en la casa colindante-, y Las cosas que perdimos en el fuego, que da nombre al conjunto –en el que unas mujeres deciden autolesionarse como acción de protesta contra la ola de agresiones que estaban padeciendo por parte de sus parejas-.

Aunque traspasen los límites de los géneros literarios, las fantasías góticas de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973-), enraizadas en la realidad más cotidiana, se inscriben en la denominada nueva narrativa argentina. Además de haber firmado cuatro novelas, dos colecciones de cuentos y varios ensayos, Enríquez ejerce como periodista y docente. En nuestro país, ha sido galardonada, entre otros, con los premios Herralde (2019) al mejor libro del año, el Ciutat de Barcelona (2018) y el Celsius (2019). Asimismo, fue finalista del Premio Booker Internacional en 2021.

TELA DE ARAÑA

Es más difícil respirar en el norte húmedo, ahí tan cerca de Brasil y Paraguay, con el río feroz custodiado por mosquitos y el cielo que pasa en minutos de celeste límpido a negro tormenta. La dificultad se empieza a sentir enseguida, ni bien se llega, como si un abrazo brutal encorsetara las costillas. Y todo es más lento: las bicicletas pasan muy de vez en cuando por la calle vacía a la hora de la siesta, las heladerías parecen abandonadas a pesar de los ventiladores de techo que giran para nadie, las chicharras gritan histéricas en sus escondites. Nunca vi una chicharra. Mi tía dice que son unos bichos horribles, unas moscas espectaculares de alas verdes que vibran y te miran con sus ojos lisos y negros. No me gusta el nombre chicharra: ojalá mantuvieran siempre el nombre cícadas, que se usa sólo cuando están en etapa ninfal. Si se llamaran cícadas, su ruido de verano me recordaría las flores violetas de los jacarandás en la costanera del Paraná o las mansiones de piedra blanca con sus escalinatas y sus sauces. Pero así, como chicharras, me recuerdan el calor, la carne podrida, los cortes de electricidad, a los borrachos que miran con ojos ensangrentados desde los bancos de la plaza.

1 2