Flores para Algernon. Daniel Keyes

Flores para Algernon. Daniel KeyesMadrid : Ediciones SM, 2006
Título original: Flowers for Algernon
Año de publicación original: 1959
Flores para Algernon disponible en la Biblioteca UPM

Después de que un experimento para incrementar la inteligencia haya tenido éxito en un ratón de laboratorio, es la hora de probarlo en un ser humano. El elegido es Charlie Gordon, un chico que nos cuenta en un diario cada uno de los pasos del mismo. En primera persona vamos a ver su transformación desde un cociente intelectual muy bajo hasta una mente genial. El experimento será todo un éxito. Pero también algo se perderá en el camino. Las cosas para Charlie no serán lo que deberían.

Hoy os recomendamos Flores para Algernon, un clásico de la ciencia ficción y una honda reflexión sobre la inteligencia.

Esto de aprender es curioso: cuanto más lejos alcanzo a divisar, más veo todo aquello cuya existencia ignoraba. Hace poco tiempo, tenía el ridículo pensamiento de que podía aprender todo, asimilar todo el conocimiento del mundo. Ahora solo deseo saber de su existencia y comprender un grano de todo ello.

¿Tendré tiempo?

Solo en Berlín. Hans Fallada

Solo en Berlin. Hans Fallada Solo en Berlín

Hans Fallada

Trad. Rosa Pilar Blanco

Maeva

– Todos tiene miedo- decidió, despectivo, el de la camisa parda. ¿Por qué, en realidad? Si para ellos es la mar de sencillo, les basta con hacer lo que les decimos.

– Eso es porque la gente no puede dejar de pensar. Siempre creen que pensando avanzan.

– Pues solo tienen que obedecer. De pensar ya se encarga el Führer

El miedo lo invade todo, la desconfianza en todos y en todo está siempre presente. Una palabra equivocada, un gesto inadecuado puede llevarte a la cárcel o quizás a la muerte. Es el Berlín de principios de la guerra.  ¿Quién puede luchar contra esa maquinaria totalitaria?, todos son cómplices de una manera u otra. Colaborando activamente o mirando para otro lado, callando. Anna y Otto, hasta hace poco unos ciudadanos ejemplares en esa Alemania nazi, gente corriente sin grandes pretensiones deciden resistir, luchar. ¿Cómo?

La primera frase de nuestra primera postal dirá: ”Madre: El Führer ha matado a mi hijo…” Anna volvió a estremecerse. Había algo tan infausto, tan tétrico, tan decidido en esas palabras que Otto acababa de pronunciar…En ese instante comprendió que con esa primera frase él había declarado una guerra eterna y comprendió también de manera confusa lo que eso significaba: guerra entre ellos dos, unos pobres, pequeños, insignificantes trabajadores que con una palabra podían ser borrador para siempre, y al otro lado el Führer, el Partido con su enorme aparato de poder y su esplendor y tres cuartas, incluso cuatro quintas partes del pueblo alemán detrás.

Y ante ellos la maquinaria del Estado con todo su poder, sin piedad, friamente. Es la Gestapo, es el comisario Escherich.

Escherich cazaba…ese viejo criminalista era un verdadero cazador. Lo llevaba en la sangre. Cazaba personas igual que otros cazan jabalíes. Que los jabalíes y las personas tuvieran que morir al finalizar la cacería no lo conmovía. El jabalí estaba destinado a morir de ese modo, igual que las personas que escribían esas postales.

Sinsonte, Walter Tevis

Madrid : Impedimenta, 2022
Traductor: Jon Bilbao
Título original: Mockingbird (1980)
Sinsonte en la
Biblioteca UPM
Walter Tevis en la Biblioteca UPM

¿Qué pasaría si el ser humano dejara de leer y de pensar? ¿Qué ocurriría si la más pequeña incomodidad se resolviera con el consumo de una pastilla? ¿A qué abismo se asomaría la humanidad si triunfara el individualismo? ¿Cuál es el lugar del ser humano en un mundo regido por inteligencias artificiales más que humanas? ¿En qué piensa una inteligencia artificial más que humana? ¿Por qué sufre? Hoy recomendamos un clásico de la ciencia ficción que responde a estas preguntas y plantea un escenario apocalíptico que podría estar más cerca de lo que imaginamos.

Utilizar un cerebro humano auténtico como modelo para un robot sofisticado había sido todo un experimento. Pero el experimento se juzgó fallido y no se llevó a cabo ningún otro. Las fábricas aún producían robots imbéciles, así como unos pocos Máquina Siete y Máquina Ocho, para hacerse cargo de las labores de gobierno, educación, sanidad, justicia, planificación y producción que los humanos iban abandonando; pero todos tenían cerebros sintéticos, no humanos, sin el menor asomo de emoción ni de introspección ni de cohibición. Eran meras máquinas -inteligentes, de apariencia humana, bien fabricadas- y hacían lo que se esperaba que hicieran.

Spofforth había sido diseñado para vivir eternamente, y habí­a sido diseñado para no olvidar nada. Los responsables de tal diseño no se detuvieron a considerar cómo serí­a una vida semejante.

WALTER TEVIS nació en 1928 en California. Fue novelista y escritor de relatos cortos, de los que publicó más de dos docenas en Cosmopolitan, Esquire, Playboy o The Saturday Evening Post. Dio clases de Literatura Inglesa y de Escritura Creativa en la Universidad de Ohio, donde se percató de que el nivel literario de los estudiantes estaba bajando considerablemente, lo que le dio la idea para Sinsonte (1980), nominada a la mejor novela en los premios Nébula. También escribió El hombre que cayó en la Tierra (1963) y Gambito de dama (1983), adaptada para Netflix. Sus relatos fueron publicados en la colección Far from Home (1981). Murió a los cincuenta y ocho años en Nueva York por cáncer de pulmón.

Viaje al fin de la noche. Louis-Ferdinand Céline

Viaje al fin de la noche
Louis-Ferdinand Céline
Celine en la Biblioteca Universitaria UPM                                         

Ferdinand Baradamu busca un sueño, se enrola en el ejercito durante la Primera Guerra Mundial, viaja a las colonias de África, a América y al final regresa a la Francia rural. Realidad y sueños. El viaje llega su fin, la noche se acerca. Este es su viaje, quizás nuestro viaje

Viajar es útil, hace trabajar la imaginación. El resto no es más que decepción y fatiga. Nuestro viaje es enteramente imaginario. De ahí su fuerza.

Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginación. Se trata de una novela, nada más que una historia ficticia. Littré, que nunca se engaña, lo dice.

Y además todos pueden hacer lo mismo. Basta con cerrar los ojos.

Ocurre al otro lado de la vida.

Una damita entre monstruos: Mary Shelley y el nacimiento de Frankenstein

Mary Shelley en la Biblioteca UPM
Frankenstein
en la Biblioteca UPM

Diez de abril de 1815. En la isla indonesia de Sumbawa el volcán Tambora entra violentamente en erupción arrojando a la atmósfera tal cantidad de polvo, cenizas y gases venenosos que el sol queda parcialmente nublado. Debido a esto, en el hemisferio norte del planeta se produjo un cambio climático que fue el responsable de que 1816 sea hoy recordado como el ‘año sin verano’. Y también, de que Europa y Norteamérica se vieran azotadas por una hambruna que mató a miles de personas.

Portada e ilustración de la edición de ‘Frankenstein’ publicada en 1831 por la editorial londinense Colburn & Bentley. Fuente: HathiTrust.

Fue precisamente en ese momento de oscuridad, clave en la historia del romanticismo, cuando el poeta británico Lord Byron tuvo que dejar definitivamente su país debido a sus últimos escándalos. Pero no lo hizo solo sino junto con su médico, el Dr. Polidori. Un jovencísimo erudito aspirante a escritor.

Tras meses viajando por ‘el continente’, Byron llegaría a Suiza a principios del verano de 1816. Una vez allí, alquilaría un palacete a orillas del lago Lemán con idea de pasar una temporada: la hoy legendaria Villa Diodati.

Villa Diodati (Anónimo, 1850). Lord Byron aparece en la esquina inferior derecha de este grabado. Fuente: Amsterdam Museum.

No mucho después de instalarse en su nueva casa, Byron recibiría la visita de Percy Shelley y su joven amante, Mary. Culta e intelectualmente precoz, la hoy conocida como Mary Shelley se fugó a los 17 años con el poeta y ensayista debido al rechazo que suscitaba su relación con este, pues Shelley era un hombre casado y padre de familia.

‘Mary Shelley’ (Richard Rothwell, ‘c’. 1831-1840); NPG 1235. Fuente: National Portrait Gallery, London.

Por culpa del mal tiempo, Mary y sus compañeros no pudieron disfrutar de las actividades al aire libre durante días. Días en los que el grupo de bohemios permaneció recluido en Villa Diodati, dedicándose a leer y conversar sobre temas filosóficos y científicos. Especialmente, sobre la por entonces de moda teoría del galvanismo y, más concretamente, sobre si era posible devolver la vida mediante la electricidad.

Una noche tormentosa en la que los miembros del Círculo Diodati leían en voz alta ‘Fantasmagoriana’ (1812), una recopilación de cuentos alemanes de fantasmas, Byron propuso un reto a sus camaradas: que cada uno de ellos escribiera una historia de terror. Cosa que estos, predispuestos como estaban por lo lúgubre de la velada, aceptaron.

Olvidados por sus musas, ni Shelley ni Byron lograron acabar relato alguno. No así Mary y Polidori quienes, animados por el poeta, comenzarían respectivamente ‘Frankenstein o el moderno Prometeo’ (1818) y ‘El vampiro’ (1819). Dos obras consideradas de culto por los amantes de la literatura de terror:

Parece ser que Miss Shelley concibió su monstruo inspirada por las discusiones que mantuvo con Byron y su esposo sobre:

‘ . . . la naturaleza del principio vital, y la posibilidad de que se llegase a descubrir tal principio y conferirlo a la materia inerte’.

Pero también y, sobre todo, a un inquietante sueño que tuvo una noche y que describió así:

’Vi –con los ojos cerrados, pero con aguda visión mental-, vi al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al ser que había ensamblado. Vi al horrendo fantasma de un hombre tendido, y luego, por obra de algún ingenio poderoso, le vi manifestar signos de vida, y agitarse con movimiento torpe y semivital’.

En la actualidad existen tantas ediciones de ‘Frankenstein’ que resulta difícil escoger una. Yo recomendaría la publicada en 2015 por Nórdica. Por sus preciosas ilustraciones y, sobre todo, por incluir la interesante introducción escrita por Mary Shelley para la edición de su relato publicada por Standard Novels. De ella he tomado las palabras de la autora citadas en la presente reseña.

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