Diciembre y nos besamos, Paula Bozalongo

Cubierta de Diciembre y nos besamos, Paula BozalongoDiciembre y nos besamos

Paula Bozalongo

Hiperión, 2014

El mundo no debe extinguirse cuando florece la más bella de las rebeldías: arquitectura y filología, dos caras de la necesidad de expresión del ser humano, hermanadas por la voluntad de una joven estudiante que se niega a elegir; que con suave determinación avanza escuchando, admirando; que incorpora la escenografía al conjunto y vuelve a observar; que reconoce como predecesores figuras diversas y abraza la poesía cual Safo contemporánea: Diciembre y nos besamos (Premio de Poesía Hiperión 2014).

Foto, nota biográfica y poesía de la autora

En YouTube encontramos a la autora recitando una de sus poesías: la mujer se hizo cueva. Granada hoy publicó en marzo de 2014 como primicia algunas de sus declaraciones:

He conocido a la gente de la poesía antes que sus poemas, cuando suele ser al contrario, pero yo empecé a conocerlos sin saber muy bien qué escribían, y ahora me toca entenderlos”

Vas investigando y, muchas veces, me hablan de un libro y aunque no lo haya leído sé cómo es el lomo y la portada que tiene, porque están en la biblioteca de mi casa

Este libro es un trabajo hecho a conciencia, no he tenido prisa por publicar hasta estar convencida del todo.

El compromiso social es algo lógico para un poeta, que es un observador crítico de la realidad, pero no me gusta la poesía que da consejos.

Paula Bozalongo con 14 años ya estaba involucrada en el Festival Internacional de Poesía de Granada (le viene de familia), ciudad mágica que ha hechizado a muchos escritores. Resulta curioso encontrar con machacona insistencia una referencia a esta autora como una poetisa que ha buscado como profesión la arquitectura, cuando precisamente lo más hermoso es concebir su unidad, como ella misma declara (y simultanea en forma de estudios universitarios).

Jardín, Pablo Simonetti

Cubierta de Jardín, Pablo SimonettiJardín
Pablo Simonetti
Alfaguara, 2014

Novela corta o relato largo; sentido homenaje a una madre; fiel reflejo de los acuerdos y disensiones entre la descendencia de una familia acomodada chilena. Y éste último detalle es importante, pues el ambiente que se respira rezuma cosmopolitismo andino.

Santiago, con sus comunas (barrios), sus miles de coches (sin control de emisiones) y millares de cables aéreos (sobra el cobre); sus consentidos grafitis artísticos (se venden en postales), y sus jardines delicadamente aromáticos (no aptos para alérgicos). Allí donde las antenas de telefonía se visten de palmera para no distorsionar el entorno, y las familias tienen un aire trasnochadamente patriarcal, y devotamente matriarcal.

Se percibe en la sociedad chilena, y se refleja delicadamente en el libro, el tránsito de una sociedad que pasa de estar basada en casas unifamiliares, a centrarse en departamentos (pisos). Los barrios de los años cincuenta con sus casas de una planta y escaso valor comparados con sus jardines  de aprecio incalculable. Comunas donde cada casa era un apellido familiar y los jardines estaban llenos de azaleas y rododendros, tulipanes, lirios, narcisos, rosas y plantas acidófilas en general, en ocasiones traídas de los más recónditos viveros del país.

No sería justo para Pablo Simonetti desvelar mucho más pues el final es lacónico, claro e impactante.

Podemos, en cambio, escribir acerca del autor: Ingeniero civil (de caminos) por la Universidad Católica de Chile y master en Ingeniería económica en la Universidad de Stanford (USA). No encontramos apenas referencias a su actividad en este ámbito. Tan sólo que trabajo en Copec (compañía petrolera chilena) y que en 1996 lo dejó, invirtiendo toda su herencia en regalarse el tiempo y la técnica para escribir, en parte como un ejercicio de psicoanálisis.

El jardín es la metáfora de tu lugar en el mundo. Un jardín es un lugar que debes cuidar, dedicarte, a veces podar, desmalezar. También es un lugar donde paseas, pasas tiempo de contemplación. Tiene mucho de representación de tu identidad. Si yo pudiera clasificarme, sería un escritor de la identidad.

Pablo Simonetti

La casa de mi padre, Jaime Izquierdo Vallina

Cubierta de La casa de mi padre, Jaime Izquierdo VallinaLa casa de mi padre

Jaime Izquierdo Vallina

Editorial KRK

Con el alma defenderé la casa de mi padre con este verso de Gabriel Aresti comienza el libro, de 2012, a caballo entre la novela (ligera), el ensayo (meditado), y las notas auto-biográficas (sentidas). Algunas veces el peso de nuestros pensamientos requieren el bálsamo de esta mixtura para poder ser transmitidos, y éste es el efecto conseguido.

El argumento podría quizás resumirse así: un joven ingeniero de sistemas francés se encuentra ante la tesitura de abandonar o recuperar sus raíces de hijo de inmigrante. No es una casualidad la selección de esta formación, pues es la filosofía que subyace en el texto, que los entornos rurales son sistemas complejos donde la interacción de los elementos supera en relevancia a los elementos en sí: el todo es más que la suma de las parte.

Paisaje agreste asturiano

Un eje fundamental del ensayo es la estructuración del conocimiento en tres ámbitos: el científico, el tecnológico y el local; éste último ignorado sistemáticamente durante la revolución industrial. El texto es una reivindicación del conocimiento campesino por su carácter complejo (y empírico), sistémico (y sistemático) e integral (e integrador). El autor, Jaime Izquierdo Vallina, es un especialista en medio rural, interesado en comprender y superar los contextos industriales que han favorecido el abandono y la despoblación de la Asturias más agreste (entendido como una crisis multi-orgánica). Escribe el texto para hacerlo atractivo a ámbitos diversos: sociólogos, antropólogos, ingenieros, biólogos, y por supuesto, para los habitantes de este mundo en general:

“ la cuestión crucial es entender ¿por qué si las comunidades campesinas han sabido superar las crisis y adaptarse a los cambios desde el neolítico, han sucumbido a la industrialización?”

Otra cuestión interesante es el análisis de por qué los campesinos que partieron como emigrantes tuvieron en muchos casos un éxito relativamente superior al de aquellos que partían de un ámbito urbano. La respuesta que ofrece Jaime Izquierdo, es que los campesinos eran educados para la polivalencia (multitud de tareas diversas), para la empleabilidad (capacidad que permite variar de ocupación) más que para el empleo (especialización), y para enfrentarse a cualquier contingencia (debido a  la elevada incertidumbre de la naturaleza); se educaba para excelencia (pues sin prestigio el caserío perdía crédito); apreciados como mano de obra sufrida y sacrificada.

Una cuestión que surge de forma natural es: ¿Quién es más inculto: el campesino (poco conocedor del ámbito científico-tecnológico) o la cultura académica oficial (que infravalora el conocimiento local)?  “¿Por qué ponerle ahora eco delante a lo que nosotros (los campesinos) sencillamente llamábamos lógico?

Coloquio, un entorno favorable al autor

Curiosamente en el libro se hace referencia a Lewis Mumford (véase reseña: Eutopía o nada) en su texto Técnica y Civilización, y al interés de aplicar sus puntos de vista al mundo campesino.

Si alguien tiene la oportunidad de escuchar a Jaime Izquierdo, no se arrepentirá. Es una persona cercana polifacética y tranquila que favorece la interacción y la conversación.

“Volver a los orígenes no es retroceder”

Jaime Izquierdo Vallina en la Biblioteca UPM

Eutopía o nada: un texto de 1922

Cubierta de Historia de la utopías, Lewis MumfordHistoria de la utopías
Lewis Mumford

Es curioso encontrar un libro brutalmente contemporáneo y luego descubrir que se escribió hace casi 100 años, en 1922.

El título de la reseña no se corresponde con el del libro: historia de las Utopías (Editado en 2013 por Pepitas de Calabaza), pues me resulta distante, y siendo veraz no recoge la totalidad de la intención del autor que va mucho más allá de una mera cronología. El texto comienza indicando que el término Utopía fue una creación de Tomás Moro, a partir de los términos griegos: Eutopía (buen lugar) y Outopía (No lugar); el autor se permite añadir el vocablo Kakotopía (mal lugar) como antónimo del primero.

Eutopía o nadaLa idea fundamental es sencilla: la capacidad del hombre de imaginar mundos virtuales (Utopías) y llevarlos a cabo es la base del progreso, tanto si éste deviene en un buen o un mal modo de vida. En palabras del autor: “destruir a un hombre lo puede hacer cualquiera; corregirlo, sólo los mejores”.

Cuál es entonces la definición de Eutopía, el autor nos propone que será aquel lugar bueno tanto para respirar como para transpirar, y nos indica que William Morris incluso concibió un futuro en el que los seres humanos descartarían multitud de sofisticadas máquinas pues podrían vivir y trabajar más felizmente sin ellas.

Reconozco que me ha sorprendido la profusión de Utopías, tanto que me ha llevado a realizar un esquema con las más importantes. Todas ellas son individuales y de reconstrucción, es decir, hacen propuestas concretas para mejorar el entorno de vida y fueron realizadas por un autor individual. Todas ellas comparten “el deseo de erradicar auténticos males como la sobrecarga de trabajo, el hambre, o el empleo irregular”.

CronologíaLewis Mumford (considerado por algunos el último humanista del siglo XX) incluye además la categoría de Utopías de Escape de carácter absolutamente literario, y en ellas se incluirían los textos de H.G. Wells. El autor no menciona, quizás por ser coetáneos o posteriores al libro, las Utopías de escape de Aldous Huxley (un mundo feliz) o George Orwell, cuyo 1984 puede claramente ser incluido en el concepto de Kakotopía.

La historia de las Utopías también hace referencia al concepto de Utopía colectiva o el Mito Social. Entre ellos destaca tres: la Casa Solariega (típica del renacimiento), Coketown (o la ciudad Dickensiana) y Megalópolis (representada por los Estados Nacionales, entonces en efervescencia).

Es importante hacer referencia a los mitos colectivos porque pueden ser barreras más importantes que los condicionantes naturales: la concepción de un mundo plano evitaba incursiones marinas con más eficacia que cualquier flota de cañoneros o minas flotantes. Cuál puede entonces ser el ideal de un mito social: aquél progreso industrial que no provoque pobreza social. Considerando que se estima que existían quince millones de comunidades locales. Se trata de observar sus utopías y su devenir (considerándolas un campo de experimentación sin precedentes) y readaptar las soluciones que sean más eficaces.

Los sueños generosos producen realidades benéficas.

Lewis Mumford en la Biblioteca de la UPM

Recuperar la ociosidad, In praise of Idleness

Cabe preguntarse qué es lo que en nuestro imaginario colectivo representa la ociosidad. Probablemente la imagen de una persona relajada e Robert Louis Stevenson, 1885indolentemente reflexiva en un entorno estival se ajuste bastante a ello. Sin embargo, no es lo mismo el ocio que el tiempo libre. De hecho cuando realizamos una búsqueda encontramos recurrentemente el término Actividades de Ocio y Tiempo Libre, conjunción copulativa que ratifica la diferencia.

El ocio refiere al conjunto de tareas que realizamos sin ánimo de lucro. En época de los patricios romanos, la vida se centraba en tono al ocio de una manera tan manifiesta que el negocio, se definía como antónimo de ocio: Negocio es la negación del ocio. Todo aquello que no se lleva a cabo sin ánimo de lucro, se realiza con él.

En nuestra época en cambio todo gravita entorno al trabajo remunerado, hasta tal punto que la ética del trabajo nos deja poco margen y peor reputación cuando intentamos recuperar el debate. Sin embargo, la dicotomía es falsa y el enfrentamiento innecesario.

Cubierta de En defensa de los Ociosos, Robert Louis StevensonEn esta reseña recuperamos dos pequeños ensayos: En defensa de los Ociosos de Robert Louis Stevenson (1850-1894), y Elogio de la Ociosidad de Bertrand Rusell (1872-1970), ambos escritos en épocas en que el ocio era reconocido como la madre de todos los vicios.

Nuestros autores no pueden ser más diversos. El primero: escocés murió tempranamente de tuberculosis en Samoa, no sin haber viajado y escrito extensamente; ha sido inmortalizado como el autor de la Isla del Tesoro. El segundo: matemático, profesor universitario en Cambridge y Premio Nobel de Literatura.

El texto de Stevenson, editado por Gadir, es un alegato apasionado en favor de aquellas personas capaces de disfrutar de un ocio activo, e incluso de aquellas que permanecen completamente ociosas. Una apología del ocio para la juventud como medio de experimentar la vida en su plenitud. Todo ello hay que entenderlo en un contexto Dickensiano en que la ausencia de un estado del bienestar hacía de esta alternativa, una opción arriesgada: “la indiferencia de Diógenes ha tocado en su punto débil a Alejandro”.

Robert Louis StevensonEn palabras de Stevenson: “Estar extremadamente ocupado, ya sea en la escuela o en la universidad, ya en la iglesia o el mercado, es un síntoma de deficiencia de vitalidad; una facilidad para mantenerse ocioso implica un variado apetito, y un fuerte sentido de la identidad personal”.

El mismo Stevenson admite la parcialidad del texto, de la misma manera que: “exponer un argumento no implica necesariamente estar sordo a todos los demás, del mismo modo que un hombre que haya escrito un libro de viajes en Montenegro no significa que nunca haya podido estar en Richmond”. De manera que habiendo disparado a su propia línea de flotación, no ha de haber cuidado con mayor fuego cruzado.

Cubierta de In Praise of Idleness, Bertrand RusellEl texto de Rusell, editado por Edhasa en la colección libros de Sísifo, es más pausado, más argumentativo, más académico pero no extenso (32 páginas). Es curioso que a pesar del poco margen de tiempo entre ambos autores, y pese al título: Elogio de la Ociosidad, el centro de gravedad del texto ya se ha desplazado del ocio hacia el tiempo libre (aquél no ocupado por un trabajo remunerado). En él, Rusell hace referencia a las consecuencias de mantener nuestra ética preindustrial, la moral de la esclavitud, en una era moderna: “el tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. El sabio empleo del tiempo libre, debemos admitirlo, es un producto de la civilización y de la educación”.

El ensayo plantea la necesidad de que la educación despierte aficiones que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre: “hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre”. Hay que plantearse cómo encaja esto en una sociedad de hiper-consumo.

The time you enjoy wasting, is not wasted time

Este pequeño escrito de Rusell está recogido en un volumen homónimo, junto a otros 14 ensayos muy interesantes, entre los que destacan algunos dedicados al desarrollo del fascismo, visto desde el primer plano de la historia, no en vano fue publicado en 1935.

Quizás en una sociedad dominada por la amenaza del paro, pueda parecer frívolo recuperar estos textos. Sinceramente no lo concibo así. La memoria de lo que somos es importante para definir o al menos perfilar lo que deseamos ser.

Robert Louis Stevenson en la Biblioteca UPM

Bertrand Russell en la Biblioteca UPM

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