Tus pasos en la escalera. Antonio Muñoz Molina

Cubierta de Tus pasos en la escalera, Antonio Muñoz Molina

Tus pasos en la escalera
Antonio Muñoz Molina
Barcelona: Seix Barral, 2019



Antonio Muñoz-Molina pasea o desliza su afilada mirada en Lisboa, la ciudad de las siete colinas, y más concretamente, en un barrio apartado casi del mundo en el que se desarrolla la aparente inacción de la novela. Porque todo lo que se trasluce de estas páginas es el resultado de una lenta espera que soporta un hombre hasta la llegada de su esposa combinado con recurrentes flashbacks sobre su pasado y también sobre un imaginado e ilusionante futuro en común.

Comienza la historia con esta frase tan compleja como reveladora:

Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo.


Intimista, con un punto de suspense psicológico y tremendamente humana, el autor se pierde en los sorprendentes recovecos de la memoria y el deseo. La necesidad de la soledad y la búsqueda de un espacio concreto personal son otros de los protagonistas de unas páginas que rezuman un elocuente y apasionado amor hacia una ciudad mágica y que ha formado y forma parte de la vida del escritor. El otro invitado sería el miedo o la fragilidad, un sentimiento de desamparo global que azota cada vez más los cimientos de un mundo que parece probable a descomponerse en cualquier momento y en cualquier lugar.

Antonio Muñoz Molina es un extraordinario escritor, académico de número de la Real Academia Española y  galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 2012 donó a la Biblioteca Nacional una parte de sus escritos, como, por ejemplo, cuadernos de notas tomadas de libros y periódicos, borradores de novelas, poema de juventud y una obra inédita de teatro escrita en 1974.

Antonio Muñoz Molina en la Biblioteca UPM

Blanca Laffitte Lasarte

El gran Gatsby / Francis Scott Fitzgerald

El gran Gatsby. Traducción de José Luis López Muñoz. Debolsillo, 2015-
The Great Gatsby. Penguin Classics, 2010.

– La civilización se está desmoronando – estalló Tom-. No puedo evitar ser pesimista. ¿Has leído La aparición de los imperios negros, por un tal Goddard?

– No, ¿por qué? -respondí, bastante sorprendido por su tono.

– Bueno, es un libro excelente, y debería leerlo todo el mundo. La idea es que, si no tenemos cuidado, la raza blanca se verá…, quedará completamente desbordada. Se trata de argumentos científicos; cosas que están probadas. (p. 23)

En principio una historia aparentemente trivial sobre millonarios americanos de los años 20, y además algún remoto recuerdo sobre otra obra de Fitzgerald que en su día debió dejarme bastante frío, de modo que: ¿qué hacía yo leyendo esto? Y sin embargo el libro tiene algo magnético, no se deja abandonar. Cuesta cogerle el punto a lo largo de una primera parte un tanto zigzagueante pero necesaria para crear un clima, hasta que el planteamiento se aclara y queda desplegada una estructura básica de personajes: Nick, Jordan, Tom, Daisy, Jay Gatsby.

Es un libro de redacción depurada, buenos diálogos y riqueza léxica, muy sensitivo, que apela a los sentidos, muy visual por los colores, las atmósferas, el papel de la temperatura, como resortes de las conciencias y las actitudes de los personajes. Y a la vez, respira un sentimiento de tiempo detenido, de implacabilidad, tal vez de predestinación teñida de melancolía en la que algunos críticos han querido ver una especie de elegía sobre el “sueño americano”. No alcanzo a tanto, pero confieso que en algunos aspectos me ha recordado una historia igualmente “impasible”: El extranjero, de Albert Camus. Otra comparación que me asaltó fue con La montaña mágica, de Thomas Mann: una novela larga, centroeuropea, que se desarrolla en alta montaña antes de la Gran Guerra y explota al máximo la psicología y sensibilidad de los personajes; mientras El gran Gatsby es corta, americana, ocurre tras el final de dicha Gran Guerra a orillas del mar y en un área metropolitana, y penetra en la mente de los protagonistas pero de un modo más bien contenido, distante.

Hasta cierto punto El gran Gatsby participa a la vez del carácter de clásico contemplado como modelo literario, y de novela popular de amplia difusión y abundantes reediciones, impulsadas sin duda por efecto de sus adaptaciones cinematográficas. Hay mucha polémica sobre estas películas. Probablemente la que más catapultó la obra en su día a escala global, fue la de 1974 dirigida por Jack Clayton. Me parece muy significativa por la época de su realización pues aquellos años 60 y primeros 70, de explosión pop, dejaban notar aún el rescoldo estético del periodo de entreguerras reflejado en la novela. La banda sonora es selecta, y Mia Farrow ha dejado una peculiar y espectacular recreación de Daisy.

No olvidemos que la obra tiene un alto valor testimonial sobre el lugar y la época, y cabe sobre ella el análisis social en perspectivas diversas: regional interna de los Estados Unidos, de clase y de género. Un último apunte sobre el título y su relativa intraducibilidad total al castellano. Great es grande, importante, pero también estupendo, magnífico en sentido cualitativo. Solo tenéis un modo de comprobarlo: leyéndolo. Así que adelante.

–          Mi prima tiene una voz indiscreta –hice notar-. Una voz llena de …- Dudé un momento.
–          Una voz llena de dinero –dijo Gatsby de repente. (p. 126)

Francis Scott Fitzgerald en: Biblioteca UPM.

El gusto por la belleza (a taste for the beautiful)

Carátula del libro

El gusto por la belleza: Biología de la atracción
Michael J. Ryan
Barcelona: Antoni Bosch Editor, 2018
A Taste for the Beautiful: The Evolution of Attraction, 2018
Traductor: Dulcinea Otero Piñeiro

Es este un libro muy entretenido, a ratos desternillante, sobre todo cuando empieza a describir los ensayos diseñados para la confusión sexual de ranas, pájaros, murciélagos y demás familia (como diría Gerald Durrell). Así que os preguntaréis: ¿Pero de qué estamos hablando?

La situación es la siguiente: Michael  J. Ryan,  catedrático de Zoología de la Universidad de Texas e investigador del Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales de Panamá (de la misma institución inconoclasta que en la serie Bones), nos cuenta su vida (viajes), su actividad (experimentos) y sus inquietudes (hipótesis sobre la selección sexual) al más puro estilo desenfadado y riguroso (lo cortés no quita lo valiente).

El libro empieza con la cita de Charles Darwin:

“Cada vez que contemplo una pluma de la cola de un pavo real me pongo enfermo”.

¿Qué mal habían hecho los pavos reales a Darwin?: básicamente que es  imposible explicar semejante dispendio de material, esfuerzo y futilidad a la luz de la selección natural. Qué razón disparatada podría justificar este órgano tan peculiar por mor de una mejor adaptación de la especie al entorno.

Si este es el punto de partida en sí mismo divertido, el relato se convierte en una exhibición de creatividad por parte de los investigadores más heterodoxos para, por un lado entender el comportamiento animal, y por otro justificar el proceso que actualmente se denomina selección sexual. Y aquí es donde radica la selección del título, cómo evaluar los criterios que hacen a un individuo especialmente hermoso en su especie.

Como he dicho al principio, es un relato riguroso porque explica cuál es la biología de la atracción, para cualquiera de los sentidos que conocemos en nuestra especie (vista, oído, olfato…), y considerando las notables diferencias que exhibimos respecto a otros géneros del reino animal.

Y ahora me viene no sé por qué a la cabeza la película Juegos de Guerra. El protagonista se encuentra en una clase de Biología del instituto, y el profesor pregunta: ¿Quién descubrió la reproducción asexual?, a lo que el susodicho contesta: ¿su mujer?

Pues eso, igual de divertido y carcajeante, pero muy actual (publicado en 2018 en inglés),  instructivo (sin ser pedante) y fácil de leer. Feliz regreso!!

El alfabeto alado. Mario Satz

Cubierta de El alfabeto alado, Mario SatzEl alfabeto alado
Mario Satz
Barcelona: Acantilado, 2019

Una mariposa no solo es esa leve belleza que navega el aire de campos y jardines por todo el tiempo, por todo el mundo. No es solo esa pincelada de color en el aire que aplaude el color de las flores. No solo la imaginación de un poeta que se despierta. Ni un revoloteo en el estómago que viene del corazón. Es mucho más. Mucho mejor.

Es hoja que remonta el vuelo en el poema de Basho. Rayas y pelaje de gato montés. Posada en el brazo de Walt Whitman un aviso de que pronto el poeta volverá a ser cielo, río, hierba. Chuang Tzu soñó que era una mariposa que soñaba que era Chuang Tzu, lo cual dio pie a que muchos eruditos trataran de averiguar en qué tipo de mariposa se había convertido: ¿la lobito de los pinares? ¿la manto violeta que cuando la tocas deja en la mano una huella como de crepúsculo de verano? La reina de Saba teñía sus sueños de colores dejando que una mariposa le tocara la frente durante la siesta. Hay un alfabeto completo dibujado en las alas de las mariposas y Kjell Sandved, naturalista y fotógrafo, logró la hazaña de reunirlo en imágenes después de buscarlo a lo largo de sus múltiples viajes. Hay una mano que se alza no queriendo capturar sino imitar la forma de un vuelo.

De todas las hojas caídas solo una intenta volver a su lugar: la mariposa.
(Basho)

En estos cerca de cincuenta relatos, Mario Satz deja ver, con el lenguaje más sedoso, colorido y evocador posible cómo a lo largo de la historia la mariposa ha estado dotada de múltiples significados y ha sido objeto de la atención de poetas y biólogos, de artistas y de reyes, de jardineros, fotógrafos y filósofos. Cómo una sencilla criatura, a un paso de la transparencia, ha poblado la imaginación y los anhelos de muy diferentes personalidades, dando lugar a fábulas, leyendas, ideas sobre la naturaleza del alma o tratados de entomología. Los relatos de El alfabeto alado son bellos y ligeros, semejantes y diversos como la inagotable realidad de las mariposas.

Mario Satz en la Biblioteca UPM

Louisa May Alcott. Fruitlands. Una experiencia trascendental.

Louisa May Alcott. Fruitlands. Una experiencia trascendental. Editorial Impedimenta, 2019.

Este es un pequeño libro, muy curioso, en el que Louisa May Alcott (sí, la autora de Mujercitas) cuenta su experiencia cuando en 1843 vivió con su familia en la comunidad de Fruitlands, un refugio utópico y trascendentalista en una granja próxima a la ciudad de Harvard, Massachusetts cuando ella contaba con 11 años de edad. Allí planearon vivir con otros “hermanos”, apartados del resto de la sociedad, alimentándose de la tierra y siguiendo los principios de la belleza, la virtud, la justicia y el amor, en su búsqueda de una existencia perfectamente armonizada con su entorno y las demás criaturas de Dios y con unos principios que ahora denominaríamos veganos:

Nos abstendremos de consumir azúcar, melaza, leche, mantequilla, queso o carne, pues no admitiremos nada que haya causado perjuicio o muerte a los hombres o a las bestias.

Con mucho sentido del humor nos cuenta la llegada de su familia al “paraíso”:

Este Edén del futuro consistía, de momento, en una vieja casa de labranza de color roja, un establo desvencijado, muchos acres de pradera y un bosquecillo. Por ahora, diez manzanos antiquísimos constituían la única fuente de “castas vituallas” que el paraje podía proveer. Pese a todo, inspirados por la firme creencia de que pronto emanarían exuberantes huertas de sus íntimas conciencias, estos rubicundos fundadores habían dado en bautizar sus dominios con el nombre de Fruitlands

Muy buenas intenciones pero muy poco sentido pragmático es lo que había en estos venerables hermanos:

La cuadrilla de hermanos empezó usando palas para cavar en el jardín y roturar los labrantíos, pero, al cabo de unos cuantos días, su ardor se vería mermado de forma asombrosa. Las ampollas en las manos y los dolores de espalda les hicieron intuir la pertinencia del uso del ganado, al menos temporalmente.

La hermana Hope (la señora Alcott real) asiste resignada a los desvaríos filosóficos de su marido y demás a sabiendas que, sin duda, ella tendría que hacer la mayoría de las tareas físicas y prácticas de la comunidad que sus hermanos dejaban de hacer, porque, al estar ocupados disertando y definiendo obligaciones de gran envergadura, se olvidaban de despachar las más modestas.

Ante la pregunta de “¿Hay alguna bestia de carga en la casa?” la señora Lamb respondía, con una cara que era un poema, “¡Solamente una mujer!”

La experiencia en Fruitland fue breve, menos de un año, de junio a diciembre de 1843. Les pudo el crudo invierno de Nueva Inglaterra y la absoluta incapacidad de sus ilustres miembros para afrontar las cosas prácticas y triviales de la vida en el campo.

Edición muy cuidada, como todas las de Impedimenta, con interesante introducción de Julia García Felipe y un posfacio de Pilar Ardón.

Louisa May Alcott nació en Germantown, Pensilvania, en 1832. Su padre, Amos Bronson Alcott, pedagogo, escritor y filósofo miembro del movimiento de los trascendentalistas, educó a Louisa May y a sus tres hermanas.  

Debido a la incapacidad del padre para mantener un trabajo fijo la familia Alcott vivió siempre en unas condiciones económicas inestables y de continuas mudanzas. Por ello, Louisa May empezó a trabajar muy joven, ya fuera como maestra, costurera, institutriz, criada o escritora. El verdadero éxito le llegó con la publicación de la novela autobiográfica Mujercitas (1868), una obra que escribió por encargo de su editor y en la que se aprecia uno de los temas más importantes para ella: la educación de las mujeres durante la juventud (muy recomendable la edición íntegra e ilustrada que publicó Lumen en 2014) .

Durante toda su vida, Alcott fue una entregada defensora de los derechos de la mujer, abogando en sus ensayos por el derecho al voto, y también apoyando la causa abolicionista. Pasó sus últimos años de vida en Boston, Massachusetts, donde murió en 1888, días después del fallecimiento de su padre.

Louisa May Alcott en la UPM

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