Archivos del Autor: José Alejandro Martínez

La coleccionista de tesoros / Bessie Head

Bessie Head:

La coleccionista de tesoros y otros cuentos de los pueblos de Botsuana

Traducción de Mercè Diago y Abel Debritto.

Barcelona : ElCobre, 2003. 

Título original:

The Collector of Treasures and Other Botswana Village Tales

Ediciones: Heinemann (1977-), Waveland (2013).  

En aquel momento, el hermano gemelo de Jacob, Isaac, murió debido a la malnutrición y el exceso de trabajo. Una soledad profunda y terrorífica se apoderó del corazón del pequeño, que se quedó abandonado aquella noche. Había perdido a la única persona que había compartido algo de amor con él en un mundo poblado de monstruos. Se habla mucho del amor y de la capacidad para compartir de las sociedades tribales y es cierta en su mayor parte, pero también lo es la existencia del tío de Jacob. La única salida para un niño atrapado en este círculo de crueldad es derramar lágrimas solitarias y calientes en la oscuridad de la noche.

(Jacob: la historia de un sacerdote que curaba la fe

Aunque nacida en Sudáfrica, Bessie Head (1937-1986) está considerada una gran autora de la literatura botsuanesa en lengua inglesa. De hecho fue en Botsuana donde pasó largos años de su vida y el país en que se enraíza fundamentalmente su obra. 

Antes de nada reparad en que en esta ocasión, el título sale beneficiado de la traducción castellana, que nos desvela desde la cubierta el género de la persona que coleccionará esos tesoros, frente al sustantivo neutro en el original inglés. En ese y todos los demás cuentos vamos a sentir el aliento de la tradición de aquellos remotos pueblos, la fuerza y profundidad ancestrales de la oratura africana. Relatos que ponen el foco en los sentimientos humanos, el amor y el sentido de la trascendencia, así como la incidencia de los procesos sociales de aculturación ligados al colonialismo. Sin ser literatura fantástica, resultan cuentos maravillosos pues en el fondo de sus personajes y situaciones nos encontramos a nosotros mismos y con nuestras propias disyuntivas vitales, que a veces atravesamos de manera un tanto inconsciente tras la catarata incesante de estímulos y el alejamiento de la Naturaleza.  

En la escritura de Bessie Head hay también incursiones en el registro de reportaje. Pero esto no resta frescura a los cuentos sino que añade contextualización beneficiosa a la lectura, y revela lo mucho que la autora tenía de exploradora social y observadora etnográfica. Además, su relativo distanciamiento y perspectiva de exiliada en carne propia la colocan en buena posición para cincelar caracteres igualmente trasterrados, desplazados, fuera de lugar ya sea geográfico o familiar y comunitario, sobre quienes se ciernen las rápidas transformaciones del siglo. El peso del parentesco, de la edad y del género son efectivamente determinantes. 

En fin, las letras negroafricanas están de moda. Incluso muestran ahora su propio star system, pero también quedan por descubrir en ellas carreteras solo aparentemente secundarias cuyo recorrido resulta apasionante, como las largas rutas de Botsuana entre el desierto y los fértiles humedales del alma humana. Por esos andurriales es por donde Bessie Head viene a ser revalorizada como clásica de la literatura de género.   

Presa del terror, lo primero que pensó fue reunir a los niños y huir de la aldea. Pero ¿adónde iría? Garesego no quería divorciarse, le había dejado que le hablase del asunto, se había abstenido de recurrir a otros hombres. Pensó en todas las posibilidades y llegó a la conclusión de que tendría que plantarle cara. Si le escribía que ni se le ocurriese ir al patio porque no quería verle, no le haría caso. Las mujeres negras carecían de ese poder. Una expresión inquietante se le dibujó en el rostro.

(La coleccionista de tesoros)

Cármenes / Paul Valéry

Paul Valéry: Cármenes.

Título original en francés: Charmes

Edición bilingüe, traducción y prólogo de Pedro Gandía

Madrid : Visor, 2016. 

Dans mon âme je m’avance

Tout ailé de confiance:

 C’est la première oraison!

 (Aurore) 

Paul Valéry (1871-1945) es un gran poeta vinculado al Mediterráneo y a la herencia grecolatina. Nació en Sète (Hérault) como Georges Brassens, que a su modo homenajeó y reconoció la inspiración del maestro. Hoy día da nombre a la muy centenaria Universidad de Montpellier

El título de su libro merece comentario. Cármenes tiene el significado de composiciones poéticas, no se refiere en este caso al extendido nombre propio femenino ni a la vivienda tradicional granadina. Se trata del derivado del latín carmen que en su forma plural se popularizó con los famosos Carmina Burana medievales musicados por Carl Orff. Por lo demás, el título en francés original –Charmes– juega con la polisemia: poemas o cantos, pero también encantos

Estos versos limpios, modelos de perfección lingüística, nos llegan como un reconstituyente espiritual en tiempos de tribulaciones, como una invitación gozosa de empatía con lo eterno. Además, se me antoja que algunos de estos poemas podrían adjudicarse y servir de divisa a ciertos campos de la actividad humana: así Cántico de las columnas a la arquitectura, disciplina muy querida del autor; Al plátano a la arboricultura; El remero a la náutica. En una interpretación estética más profunda Cármenes se revela de algún modo como una especie de manifiesto anti-romántico y una exaltación de la vida sencilla del mundo material y de la literatura concebida como labor de artesanía paciente y preciosa. Aunque Paul Valéry fue consciente del papel mítico -relativamente impostado- otorgado a la Antigüedad clásica por la cultura europea moderna, exprimió y explotó desde su personal sensibilidad aquellos arquetipos filosóficos de los que estos poemas son frutos extraordinarios.  

Curiosamente Paul Valéry también ha sido destacado como profeta de la internet y la telemática en general, por su conocido texto La conquête de l’ubiquité (1928) tan citado posteriormente desde Walter Benjamin a Paul Virilio. En cuanto a accesibilidad es bueno celebrar que sus obras pasaron ya a dominio público hace pocos años, véase por ejemplo en Gallica

Le vent se lève!…

Il faut tenter de vivre!

(Le Cimetière marin)  

Paul Valéry en: Biblioteca UPM.

La España negra / José Gutiérrez-Solana

José Gutiérrez-Solana: La España Negra.

Ediciones: Barral (1975), Comares (2000-).

Edición original (1920) accesible en: Internet Archive.

De aquí salgo al campo donde está la Plaza de Toros; al llegar a sus puertas veo mucha gente, que entra en la enfermería, y me entero que un toro acaba de matar a un torero. En una mesa se ve al muerto con el traje de luces; la taleguilla está agujereada por las cornadas, y en el pecho, desnudo, tiene un gran boquete, por el que ha salido la sangre a borbotones y teñido su camisa de rojo; rodean al muerto algunos picadores de su cuadrilla, que se quedarán esa noche a velarle; desde aquí se siente el ruido de los aplausos y los silbidos, pues la corrida sigue como si nada hubiera pasado.

(Medina del Campo – El Pueblo

¿A qué tuvo Solana la osadía de llamar España negra? Pues a un conjunto de impresiones suyas en forma de artículos de viajes sobre poblaciones situadas en su inmensa mayoría en los territorios de la antigua Corona de Castilla; lo que puede ser fruto de un itinerario casual o bien se podría interpretar como un guiño malicioso al castellanocentrismo noventayochista: recordemos que el autor sintoniza más bien con la sensibilidad crítica de la Generación del 14 (como otros de sus componentes tales que Ortega y Antonio Machado, por ejemplo). Dos aspectos son omnipresentes y conforman un nexo común a todos esos lugares visitados: el culto religioso y la miseria. 

El libro por tanto no trata ni de la leyenda negra clásica sobre la monarquía hispánica en la Edad Moderna ni mucho menos sobre la afrohispanidad. Solana utilizó el adjetivo negra en su sentido de negatividad, oscurantismo y truculencia pero refiriéndose a la propia realidad de su tiempo. Tampoco se debe confundir esta obra con el título análogo de 1899, debido a la colaboración entre Darío de Regoyos y Émile Verhaeren; y no sería prudente pensar en plagio por parte de Solana pues se trata de una expresión común utilizada en aquellos años de elucubraciones trágicas sobre las realidades nacionales.    

Personalmente estos escritos me han recordado a los Aguafuertes de Roberto Arlt, artículos viajeros aparecidos algo más tarde en los años 30, si bien un título tan pictórico como el utilizado por el autor argentino puede haberme inducido a relacionarlos.  En cualquier caso la escritura del pintor Solana tenía que ser forzosamente visual y dinámica. No brilla por su sintaxis, que denota un sustrato de notas a veces apresuradas y tomadas sobre la marcha, pero su vocabulario es rico y variado, evocando a menudo elementos de la indumentaria de los personajes, aperos, vehículos y animales. Un testimonio obviamente parcial pero no gratuito del panorama desorbitado, de lacerante desigualdad y pobreza con que la sociedad española se encaminaba hacia su gran crisis del siglo XX.  La mirada de Solana es crítica, incluso despiadada, combina la perspectiva estética con la antropológica, y tiene la baza de no estar demasiado condicionada por los alineamientos ideológicos más polarizados de tiempos posteriores. Nos presenta una sociedad tradicional con destellos sublimes pero en general tan embrutecida como exangüe, cuya próxima hecatombe no resulta difícil profetizar desde nuestro presente actual. Se diría que Alfred Döblin, que comparte expresionismo con Solana, le enviara un saludo de pariente no tan lejano, desde su descarnado e hipermoderno Berlín.  

La España negra de Solana apareció en 1920, de modo con esta reseña conmemoramos su centenario. Si además -como en mi caso- tenéis la suerte de conocer algunas de las localidades visitadas y descritas por el maestro, su lectura puede servir de instrumento de contraste para calibrar la magnitud y orientación de los cambios sociales producidos a lo largo de un siglo.  

Cuenta la tradición que los dueños de esta fortaleza sedujeron y secuestraron a cierta doncella, y los caballeros templarios la rescataron por peso de oro; de ahí le viene el nombre de Oropesa; por eso en su escudo de armas hay un peso y en una de sus balanzas está subida la doncella, y en otra hay una gran cantidad de oro, y en una tira puesta en forma de orla, como las que se ven en las tablas del siglo XV, se lee Oropesa.

(Oropesa

José Gutiérrez-Solana en: Bibliotecas UPM.

Ciencia, Tecnología y Sociedad en los estudios de Ingeniería / Pedro Costa Morata (editor)

Pedro Costa Morata (ed.): Ciencia, Tecnología y Sociedad en los estudios de Ingeniería. 

Anthropos / ETSI Sistemas de Telecomunicación – UPM, 2016. 

Traducida al terreno disciplinar, la finalidad y la utilidad de los estudios CTS resulta obvia; se trata de alfabetizar tecnológicamente a los estudiantes y profesionales de las humanidades y las ciencias sociales e, inversamente, tratar de que los miembros de la comunidad técnica adquieran más conciencia del contexto social en el cual trabajan. Pero la significación del CTS es global y eminentemente social, más allá del mundo de la enseñanza o de las necesidades de la interdisciplinariedad, es decir que se trata de “capacitar a los ciudadanos en general para participar en el proceso democrático de toma de decisiones y se promueva la acción ciudadana encaminada a la resolución de problemas relacionados con la tecnología en la sociedad industrial” (p. 68) 

A lo largo de los años, varias han sido las iniciativas en nuestra Universidad consagradas al acercamiento entre las enseñanzas en ella impartidas –una mayoría abrumadora de ingenierías- y las ciencias humanas y sociales. A título de ejemplo bibliográfico recordemos los reiterados ciclos de conferencias sobre Humanidades, Ingeniería y Arquitectura editados por el profesor Atanasio Lleó. Además, numerosas actividades culturales –tanto de la Universidad como de sus centros respectivos- han ido en esa línea. Pero una cosa es el encuentro y mutuo aprecio entre ambas esferas y otro el estudio e investigación sistemáticos de la articulación entre ciencia y tecnología, y la sociedad humana de la que estas son fruto y que a su vez experimenta en su propio curso vital las consecuencias del desarrollo de aquellas. En esto consiste justamente la disciplina CTS (Ciencia, tecnología y sociedad), un campo de conocimiento que no ha dejado de expandirse y cobrar creciente interés en España a caballo de los nuevos planes de estudio surgidos en los años 2000 y destinados a homologar las titulaciones en la Unión Europea.  

Respecto a este contexto el libro que os presentamos tiene de algún modo una doble funcionalidad: por un lado recoge los testimonios y enfoques de experimentados profesores implicados a fondo en el desarrollo de asignaturas de este tipo en varios centros; por otro, muestra una introducción a los contenidos CTS tal y como se pusieron en marcha en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería y Sistemas de Telecomunicación del Campus Sur UPM. Esta segunda parte a cargo del profesor Costa Morata se titula muy modestamente Programa pero en realidad consiste en un jugoso ensayo de interpretación en toda regla, con una reflexión profunda sobre la exorbitante tecnificación global de nuestra época y la consiguiente responsabilidad social de la tecnología. Tras la lectura del libro y a la vista de los acontecimientos históricos vividos en 2020, a uno no le cabe duda de la necesidad formativa en Ciencia, Tecnología y Sociedad, ante la complejidad exponencial que se nos viene encima.  En fin, si hay un libro especialmente no-solo-técnico es este; de modo que -aunque seamos un poco juez y parte al ser un trabajo surgido de la UPM- vale la pena volver sobre él cuanto sea preciso. 

A pesar de no llegar a conocer Internet ni la revolución microinformática, los análisis de McLuhan resultaron proféticos. Los medios de comunicación de masas han convertido el planeta en una aldea, una gran aldea planetaria pero aldea al fin y al cabo. El principio que destaca en este concepto es el de un mundo interrelacionado, con estrechez de vínculos económicos, políticos y sociales, producto de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), particularmente Internet, como disminuidoras de las distancias y de las incomprensiones entre las personas y como promotoras de la emergencia de una conciencia global a escala planetaria, al menos en la teoría. (p. 150) 

CTS en: Biblioteca UPM.

Pedro Costa Morata en: Biblioteca UPM.

En el café de la juventud perdida / Patrick Modiano

Patrick Modiano:

En el café de la juventud perdida (traducción de María Teresa Gallego Urrutia).

Anagrama, 2008-

Versión original en francés:

Dans le café de la jeunesse perdue. Gallimard (Folio), 2009-

Me saqué del bolsillo el sobre y estuve mirando mucho rato las dos fotos de carnet. ¿Dónde estaría ahora? ¿En un café, como yo, sentada sola a una mesa? Seguramente se me ocurría eso por la frase que había dicho él hacía un rato. “Uno intenta crear vínculos…” Encuentros en la calle, en una estación de metro en hora punta. En momentos de esos habría que sujetarse mutuamente con unas esposas. ¿Qué vínculo podría resistir a esa oleada que nos arrastra y nos lleva a la deriva? (p. 48)

¿Quién es capaz de resistirse a un título de resonancia tan panorámica y evocación tan proustiana? Una novela más bien corta sin embargo, para cuya fabricación se requieren la mirada curiosa, la ilusión y la audacia de un niño, y la perspectiva de un veterano.

Me ha parecido que la escritura de Modiano hereda algo de la morosidad y economía de medios expresivos de Queneau, con el que comparte también una especie de pequeña épica urbana: un París en el que se cruzan intelectualidad y snobismo, casticismo y cosmopolitismo de aluvión. Los protagonistas son esbozados con rapidez pero en seguida se nos vuelven familiares, operativos y tan cargados de significación como las escuetas figurillas del historietista Jean-Jacques Sempé, gran amigo de Patrick. Seres que deambulan entre la deriva y el encanto, entre el tedio y la oculta magia posible tras la rutina cotidiana.

Más allá de los clichés sobre la flânerie, el tratamiento del espacio urbano por Modiano me remitió asimismo a la Poética del espacio de Gaston Bachelard y a Los no-lugares de Marc Augé. Ignoro si estos autores han podido influirle consciente y directamente, pero en este Café de la juventud perdida él parece ingeniárselas para convertir esos no-lugares públicos de tránsito en verdaderos espacios configurados por el sentido que los personajes -desarraigados de sus propios domicilios privados y tal que pequeños dioses- les otorgan. La propia ciudad se convierte en un seno u hogar materno al que huir hacia afuera, frente a la desolación interior. Desde este punto de vista, Modiano, nacido justo en el emblemático 1945, puede ser considerado como un eficaz pintor literario del París postindustrial. Porque además, no es poco lo que esos personajes dejan traslucir de la percepción y vivencia de la ciudad por el propio autor. Por otro lado la novela ha sido etiquetada en alguna ocasión como “policíaca” pero me parece más bien existencial y filosófica que otra cosa, incluso admitiendo sus ingredientes detectivescos; y en cualquier caso es bastante onírica e híbrida: con elementos tanto realistas como surrealistas.

¿Alguna conclusión a la salida del café? Acaso más que París, siempre nos quedarán la lógica y el sentimiento.

Por las noches, al salir de la librería, me sorprendía encontrarme en el bulevar de Clichy. No me apetecía mucho bajar hasta Le Canter. Los pies me llevaban hacia arriba. Ahora me agradaba subir las cuestas o las escaleras. Contaba todos los peldaños. Al llegar al número 30 sabía que estaba salvada. Mucho después, Guy de Vere me hizo leer Horizontes perdidos, la historia de unas personas que suben por las montañas del Tibet, hacia el monasterio de Shangri-La, para descubrir los secretos de la vida y de la sabiduría. Pero no merece la pena ir tan lejos. Me acuerdo de mis paseos nocturnos. Para mí, Montmartre era el Tibet (p. 83)

Nuestras riquezas: una librería en Argel / Kaouther Adimi

Kaouther Adimi:

Nuestras riquezas: una librería en Argel (traducción de Manuel Arranz Lázaro).

Libros del Asteroide, 2018.

Versión original en francés:

Nos richesses. Points, 2018.

· ¿Destruir una librería, eso es un trabajo?

· Estoy en prácticas.

· ¿En prácticas? ¿Quieres ser destructor de librerías? ¿Es eso una profesión?

· No, ingeniero.

· Los ingenieros construyen, no destruyen.

· Tengo que hacer prácticas de aprendiz.

· Pero ¿tú eres ingeniero o aprendiz? (p. 56)

Como sucede con las pelis de carretera, la narrativa sobre librerías ya se ha convertido casi en un género en sí mismo. No soy asiduo de él, pero Nuestras riquezas puede considerarse un ejemplar de raigambre mediterránea que me ha encantado. Novela no muy larga, está muy bien armada y documentada, tiene un ritmo pausado pero airoso, y articula de manera inteligente personajes, lugares y momentos históricos diversos. Me ha resultado muy sugestivo el tratamiento de los protagonistas, varones de condiciones y circunstancias variopintas, por parte de una joven autora. La épica librera vuelve a presentar aquí batalla frente a los embates de la Historia a lo largo de ochenta años bastante entretenidos, por decirlo suavemente. Hay lugar también para el mundo editorial y bibliotecario, identidades cruzadas si no anudadas en torno a los libros. En fin, encontraremos tantas cosas en el centro del relato: el trabajo, los sentimientos, el talento, la pasión por la literatura, el sentido -a veces también su ausencia- de la contingencia y trascendencia humanas. Mucho por descubrir en menos de 200 páginas de escritura primorosa. Aun siendo narrativa, la obra tiene su aroma y potencial dramáticos por el peso otorgado a monólogo y diálogo, buena parte de la acción concentrada en un espacio acotado, y la intervención de la voz colectiva del pueblo a modo de coro de tragedia clásica.

Kaouther Adimi (Argel, 1986) obtuvo por Nuestras riquezas el Renaudot des lycéens de 2017, uno de los varios premios franceses que promueven la vinculación con la creación literaria entre los jóvenes desde etapas educativas previas a la experiencia universitaria. De hecho muy metaliteraria, la novela ofrece un montón de suculentas pistas de lectura, empezando por la sugerida por el propio título y que podréis descubrir a su debido tiempo; y muy en especial sobre la escuadra de grandes autores que se movieron entre Argelia y Francia en los años de mediados del siglo XX y de los cuales Albert Camus -de cuyo fallecimiento se cumplen sesenta años en 2020- fue sin duda el más célebre.

Libros, medios, fines, literatura, cultura, requiem …podrían ser palabras-clave para Nuestras riquezas. Servíos…

17 de diciembre de 1938.

Todavía hoy la mayoría de los clientes están interesados únicamente en los últimos premios literarios, He tratado de descubrirles a nuevos autores, animarlos a comprar El revés y el derecho de Camus, pero en vano. ¡Yo les hablo de literatura, ellos me hablan de autores de éxito! (p. 69)

Discurso del método / René Descartes

Título completo y ediciones recientes sugeridas:

Discurso del método para bien conducir la razón y buscar la verdad en las ciencias. Edición y traducción de Pedro Lomba Falcón. Editorial Trotta, 2018.

Discours de la méthode : Pour bien conduire sa raison, et chercher la vérité dans les sciences. J’ai Lu, 2018.

Gustaba, sobre todo, de las matemáticas, por la certeza y evidencia de sus razones; pero aún no conocía su verdadero uso, y al pensar que sólo servian para las artes mecánicas, me extrañaba de que, siendo sus cimientos tan firmes y sólidos, no se hubiese construido sobre ellos nada más elevado (de la Primera Parte, Revisión de la cultura adquirida en los libros

Después de tanta marginación, podría ser que la Filosofía volviera a estar de moda. Para que no nos pille desprevenidos, nada mejor que degustar algún clásico. Si entre los modernos alguno merece realmente este título, ha de ser el Discurso del método (1637) de René Descartes (1596-1650). Aunque ampliamente difundido como libro independiente, en origen fue escrito como prólogo a un conjunto de Ensayos filosóficos sobre Dióptrica, Meteoros y Geometría. Se trata pues de un texto imbricado completamente en la labor científica pura a la que se dedicaba con intensidad su autor.

El Discurso requiere una lectura sosegada y atenta. Los párrafos son largos, pero la prosa es limpia y directa, y el tono mantiene en todo momento la calidez de la confesión y el testimonio personal, con referencias autobiográficas. Téngase en cuenta que fue escrito en lo que en la época aun se consideraba lengua vulgar -en francés nativo- al contrario de usar el latín que era lo habitual entonces para los ensayos y tratados. Hay una clara intención de cercanía al lector.  Y como buen prólogo no es tampoco excesivamente extenso. En él Descartes parece buscar y moverse en un elegante equilibrio entre la crítica y la prudencia, de tal forma que su obra, aparte del valor puramente reflexivo, se podría percibir como una sugestiva propuesta de conducta vital. Persiste en una separación entre fe religiosa y trabajo científico que se corresponde enteramente con las necesidades filosóficas de su contexto social histórico:  o sea la supervivencia y conllevancia de un orden basado en el cristianismo tradicionalista con los incipientes avances de la revolución científica de la que el propio autor era protagonista, y cuyo desarrollo precisaba emanciparse del formalismo escolasticista. Desde este punto de vista esta filosofía es un claro precedente de nuestro concepto contemporáneo de laicidad que se formulará en los siglos posteriores.

Hay datos interesantes y significativos en la vida personal de Descartes que, en la vorágine ideológica de la Europa occidental de su tiempo, parecen situarle en aquella transversalidad simbolizada en un principio por Erasmo. Católico-romano confeso, se educó en una Francia con un cierto grado de libertad religiosa, en la que todavía no se había revocado el Edicto de Nantes. Más tarde encontró una residencia idónea para sus actividades intelectuales en la mayoritariamente reformada Holanda -país que elogia de forma expresa- y terminó su vida en Suecia. Aunque Descartes no fuera protestante, se antoja una trayectoria cruzada en sentido contrario con la de algunos artistas de la época como Dowland o Vermeer, conversos al catolicismo por oportunidad social o falta de sintonía con la austeridad estética propia de la confesiones reformadas.

La lectura del Discurso es un buen remedio contra el pesimismo histórico. Por un lado Descartes tenía un agudo sentido de la evolución de la ciencia, intuía las perspectivas que se abrirían en el futuro con los avances del racionalismo y la experimentación y en beneficio del bienestar de las personas ; y por otra parte, desde nuestra época podemos apreciar algunos tremendos errores -por ejemplo de anatomía- repetidos en su obra, lo que da una idea del progreso obtenido por la Humanidad en menos de cuatrocientos años. 

Pero tan pronto como adquirí algunas nociones generales de física y, comenzando a ponerlas a prueba en varias dificultades particulares, noté hasta dónde pueden conducir y cuánto difieren de los principios empleados hasta el presente, creí que no podría tenerlas ocultas sin pecar gravemente contra la ley que nos obliga a procurar el bien general de todos los hombres, en cuanto esté en nuestro poder (de la Sexta Parte, Utilidad de la ciencia, consideraciones diversas)

René Descartes en: Biblioteca UPM.

Los surcos del azar. Paco Roca

Paco Roca: Los surcos del azar.
Ed. ampliada. Bilbao: Astiberri, 2019.

– Hay una película que me gusta mucho, “Los violentos de Kelly”. Pensaba hacer algo así, pero con los republicanos españoles. ¿Conoce la película?

– No soporto las películas americanas de guerra. Parece que ellos solos la ganaran. ¡Eso es mentira! (p. 118)

Es muy probable que mi primer contacto visual y mental con La Nueve se remonte a algunos fotogramas de ¿Arde París? (René Clément, 1966), una adaptación cinematográfica de la novela homónima de Larry Collins y Dominique Lapierre, que debió estrenarse en España a finales del franquismo o como muy tarde principios de la Transición, y en cualquier caso cuando la oleada de cine bélico aliadófilo era ya imparable frente a la menguante retórica falangista sobre la Segunda Guerra Mundial. Siquiera unas pocas imágenes de blindados con nombres españoles enseñoreándose de los grandes escenarios urbanos de París y a la zaga de unas fuerzas nazis puestas en fuga, no pueden dejar indiferente a nadie con un mínimo sentido de la Historia. Aquello no podía ser un acontecimiento cualquiera de modo que ¿cómo no estaba más presente en el imaginario público español de mediados de siglo?

Buena pregunta para seguir alimentando el eterno debate sobre qué prevalece como causa de la Historia: si los condicionamientos previos o el peso de la suerte. Entra en escena don Antonio Machado, causante parcial de un cómic del siglo XXI, con sus Proverbios y Cantares (Campos de Castilla, 1912):

¿Para qué llamar caminos

a los surcos del azar?…

todo el que camina anda,

como Jesús, sobre el mar.

Los surcos de 2013 –fecha de su primera edición- arrancan con un personaje aún joven en búsqueda de una realidad velada –públicamente ninguneada-, pero atesorada por un anciano. Un esquema habitual para la Historia oral contemporánea, y que no es nuevo en ficción: recordemos Soldados de Salamina, de Javier Cercas llevada al cine por David Trueba y tan emparentada con Los surcos. No importa, cada uno aporta lo suyo para un asunto inagotable al que la evolución social, cultural y política española de los últimos ochenta años no ha dejado muchas otras vías de abordaje -investigación académica aparte- que la memoria de individuos anónimos y dispersos.

Sin embargo, no se encontrará en Los surcos una épica facilona y complaciente. Uno de sus grandes logros es mostrar a todas luces la complejidad política interna del conflicto mundial -muy evidente en el caso francés- más allá de los clichés sobre potencias de ideología homogénea, popularizados por la propaganda y buena parte del cine postbélico. A pequeña escala, los personajes se ven zarandeados por las circunstancias, separaciones, casualidades, convivencias sobrevenidas y desgarros interiores, en un contexto de violencia descomunal. De hecho los alineamientos iniciales de los protagonistas, fraguados en la pasada contienda española y cada uno con sus peculiaridades, van matizándose a medida que avanza su experiencia en el nuevo conflicto y bajo el peso aplastante de la incertidumbre sobre su futuro.

El libro desborda intensidad, con un guion depurado, muy buena documentación y escenografía seductora viñeta a viñeta. En su desarrollo se cruzan tres elementos frecuentes en la trayectoria de Paco Roca: la vejez; el interés por la Historia contemporánea y su incidencia efectiva en la vida de la gente corriente; y su propia presencia como personaje un tanto antiheroico. Una sutil pero terminante dimensión ética recorre el relato: conciencia, reflexión y expiación personal y colectiva, de y por los personajes de aquel entonces y quienes contemplamos desde nuestro presente unos hechos tan terribles como trascendentes. 

Hergé / Pierre Assouline

Pierre Assouline: Hergé

Traducción de Juan Carlos Durán Romero. Destino, 1997.
Versión original en francés: Folio, 1998-

Hergé y Tintín tienen bastantes puntos en común, comenzando por el principal: son el producto típico de la clase media. Pero lo que les separa es igualmente importante, ya que el reportero se mete siempre donde no le llaman. Tiene el carácter, el temperamento y los instintos de Hergé, pero no sus ideas. Además, existe un perro mientras que a Hergé sólo le gusta la compañía de los gatos. (p. 39)

En los años 30 y 40 del siglo XX estuvo muy de moda en el mundo de la prensa y la ilustración fabricarse heterónimos y pseudónimos jugando con las iniciales propias. De todos los casos, probablemente ninguno ha alcanzado tanta fama como R G: en francés Hergé, por Georges Remi. Y con sobrada razón.

El historietista, criado en un ambiente confesional tradicional, no escapó a los infortunios de la virtud de amplios sectores del conservadurismo católico europeo del primer tercio de siglo, a su recelo de la democracia y del socialismo, y a su connivencia cuando no franco apoyo a los fascismos. Antes bien, dichas circunstancias -en concreto el objetivo de sus patronos clericales de competir eficazmente en el terreno de la prensa ilustrada- favorecieron de forma decisiva el despliegue de su genio singular. Efectivamente, un aspecto muy a valorar en este libro es su perspectiva de historia de la comunicación. De comunicación y de poder, que diría Castells. Hergé se inició como artista orgánico desde las páginas infantiles de Le Vingtième Siècle de Bruselas, un entorno que por analogía nos remite a la prensa católica española de la misma época. Compleja personalidad este Georges Remi, con sus camaleónicas relaciones políticas y metapolíticas, sus problemas psicológicos y sentimentales, el peso de su formación moral y religiosa; sin duda un tipo socialmente hábil pero nada fácil, en larga búsqueda de su propia emancipación personal.
Asímismo esta monumental biografía revela el alcance de su autor Pierre Assouline (Casablanca, 1953), su capacidad de articulación y relación de hechos, ideas, personas y técnicas en el mundo de la creación cultural. Biógrafo especializado en grandes personajes del mundo francófono, se muestra aquí de nuevo como un apreciable historiador de la cultura contemporánea.
Aunque el libro tiene una estructura secuencial y cronológica, va mucho más allá de una biografía descriptiva y plana: en realidad se podría calificar de ensayo de interpretación de una personalidad en toda su perspectiva cultural y creativa. Ello es particularmente visible en ocasión de determinados giros vitales, por ejemplo en la “conversión china” de Hergé a partir de su amistad con Zhang Chongren, tan elocuente de cómo la sensibilidad y la curiosidad intelectual son capaces de franquear las barreras y condicionamientos sociales entre las personas. Y toda esta indagación en un individuo se produce sin menoscabo de la recreación del espíritu general de época que lo envuelve.

Obviamente esta obra interesará al público tintinólogo pues brinda una contextualización idónea de los contenidos de la serie en el mundo real. Un estupendo libro de Historia contemporánea que explica el proceso por el cual, sobre la base de un material primigenio que se remonta al período de entreguerras, Hergé llegó a configurar su fastuosa colección de álbumes coloreados tal y como los conocimos, al menos en castellano, a partir de los años 60; y también cómo su acabado perfeccionista fue posible gracias al concurso de colaboraciones clave como las de sus sucesivas parejas Germaine Kieckens y Fanny Vlaminck, de Edgar Jacobs, Jacques Martin y Bob De Moor entre otros muchos. Como lector de Tintín desde niño, he visto corroboradas muchas de mis impresiones e intuiciones de la serie, cuyos elementos cobran nueva luz de la mano de Assouline. Por otra parte, para quien quiera aún más, el libro aporta fuentes y bibliografía, a la que habría que sumar trabajos posteriores en español como los de Fernando Castillo y del geógrafo Eduardo Martínez de Pisón.

No hay salvajes. Tintín, la bondad misma, llevada hasta la incandescencia de la más pura de las luces, ha realizado todo este viaje para comprender que el problema está en el hombre, sea de donde sea. Tchang le habrá hecho tomar conciencia de esta región oscura del alma donde, decía Malraux, el mal absoluto se opone a la fraternidad. El que califica de abominable al hombre de las nieves que vuelve a la soledad de sus montañas. (p. 295)

Hergé en: Biblioteca UPM.

El concepto del honor en la sociedad mediterránea / J. G. Peristiany [ed.]

J. G. Peristiany [ed.]:

El concepto del honor en la sociedad mediterránea. Labor, 1968 (trad. de J. M. García de la Mora).

Honour and Shame : the Values of Mediterranean Society. Weidenfeld and Nicolson, 1965.

Como todo depende de la conservación del honor, se cree que las desventuras de una familia que pierde la gracia por la pobreza o el deshonor, convalidan de algún modo la categoría e integridad de las otras. De tal modo, dentro de límites convencionalmente definidos, es casi una virtud denigrar y burlar a no parientes, mientras que la misma conducta en relación con parientes sería pecaminosa y vergonzosa. Los valores del honor y el prestigio son excluyentes y particularistas. 

(p. 136. J. K. Campbell: El honor y el diablo)

Hay casos de libros que uno desearía ver reeditados con mejoras, y hay otros de los que ni siquiera se explica cómo no lo han sido ya muchas veces, simplemente como están y por sus propios méritos originales. Este es uno de ellos: el hecho de reunir en sus páginas a ilustres investigadores sociales como Bourdieu, Caro Baroja o Pitt-Rivers ya es un acontecimiento. Estos grandes autores y otros más pusieron en común en este volumen sus aportaciones sobre el honor y la vergüenza en diversas comunidades mediterráneas, sobre la base de estudios realizados en los años 50 y primeros de los 60 en España, Grecia, Chipre, la Cabilia argelina y Egipto. La edición corrió a cargo de John G. Peristiany bajo los auspicios del Centro de Ciencias Sociales de Atenas. La época de la publicación era especialmente significativa para esta zona del mundo por cuanto al menos su parte europea se incorporaría ya plenamente al modo de vida industrial a través del desarrollismo in situ o del éxodo rural masivo.

No sabemos por qué el término vergüenza (=shame) no se tradujo al título de la publicación española: ¿acaso censura o autocensura? Pero tengamos en cuenta el concepto pues va inseparablemente unido al de honor. Todos los capítulos son jugosos: Julian Pitt-Rivers se ocupa de la Andalucía serrana que tan profundamente conoció; Caro Baroja apunta a las transformaciones sociales latentes en la literatura del Siglo de Oro; en particular me ha gustado mucho el capítulo consagrado por John K. Campbell a los sarakatsani, pastores montañeses del Epiro… Pero todos -insisto- contribuyen a la grandeza del libro. Además, entre líneas este aporta observaciones histórico-políticas concretas que refuerzan la visión panorámica más allá de las comunidades protagonistas estrictas: por ejemplo cuando Pitt-Rivers alude al Fuero de los Españoles -ley antidemocrática con la que el franquismo pretendía dotarse de apariencia constitucional-, o la percepción del poder político extranjero -otomano, británico en Chipre- en el mundo griego.

En cualquier caso estamos ante asuntos en absoluto trasnochados. Sin ir más lejos véase la lógica del feminicidio en Cabilia analizada por Bourdieu. Clara conexión del honor con el patriarcalismo y la limpieza de sangre (v. obras de Lerner y Stallaert ya reseñadas en Nosolotécnica). De hecho el surgimiento de los nacionalismos contemporáneos podría considerarse un proceso de vulgarización y democratización del concepto tradicional -familiar, clánico, tribal- del honor para uso de sociedades de masas anónimas, así como que dicho proceso refuerza el poder del Estado y que curiosamente se intensificó a medida que las grandes monarquías lograban poner a raya la antigua barbarie feudal de los linajes. El patriotismo estatista se arrogará de la violencia institucional como último e inapelable atributo. No cabe duda de que la “naturalidad” de los mecanismos de compensación del honor como la venganza y las guerras familiares relativamente controladas en las sociedades tradicionales a menudo incidió en el desarrollo de la violencia sociopolítica en el nuevo mundo urbano contemporáneo, como se ve por ejemplo en las guerras civiles. En nuestros dias clientelismo social y fundamentalismo ideológico aun tocan a un intrincado concepto de honor, inmune cuando no reforzado por la postmodernidad desbocada.

Sirva esta reseña para advertir del monumental catálogo de la desaparecida Editorial Labor en el que aún se encuentran títulos de gran vigencia, y que alimentó a tantos lectores en particular interesados en las ciencias humanas.

Tal vez haya que concluir que el lugar eminente conferido al sentimiento del honor es una característica de las sociedades primarias, en las que la relación con el prójimo, por su intensidad, intimidad y continuidad, predomina sobre la relación consigo mismo, en las que el individuo aprende su propia verdad por mediación de los demás, y el ser y la verdad de la persona se identifican con el ser y la verdad que los demás le reconocen.

(p. 191-192. P. Bourdieu: El sentimiento del honor en la sociedad de Cabilia)

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