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Einstein: notas autobiográficas

Albert Einstein
Notas autobiográficas
Alianza Editorial

 

En nuestro imaginario, un texto autobiográfico incluye casi necesariamente detalles de la vida personal del autor y de su entorno, de sus anhelos y zozobras, de manera no necesariamente lineal, ni completa; algo así como una declaración de principios a título (o no) de confesión íntima. Sobre esta materia, sin embargo, el texto de Einstein es completamente ajeno.

Cabe recordar, para paliar esta ausencia, que Einstein (1879-1955) es un bávaro de familia judía (nació en Ulm), científico iconoclasta, premio Nobel de física, padre de la teoría de la relatividad, pacifista en la primera guerra mundial y defensor del programa atómico americano en la segunda (con notable arrepentimiento de su uso militar); visitó España en 1923 auspiciado por la Junta de Ampliación de Estudios presidida por Santiago Ramón y Cajal, viaje que obtuvo una marcada contestación y repulsa por parte de los sectores conservadores, y un curioso apoyo de los movimientos obreros probablemente como contrapeso.

Sus notas autobiográficas (apenas 90 páginas en formato octavilla) son un testimonio de sus pensamientos: ese curioso proceso recursivo de ensoñación que sólo se vuelve transferible cuando se materializa en conceptos. Einstein dedica parte de su escrito a declarar cuándo comenzó a pensar y la relevancia que eso supuso en su vida: el comienzo de su existencia consciente (pienso luego existo).

Einstein se muestra agradecido al Instituto Politécnico de Zurich (aunque a la postre no le fuera muy bien en él) sobre todo por la libertad de que disponía en el estudio en comparación con los modernos métodos de enseñanza. Según sus propias palabras:

Es casi un milagro que los modernos métodos de enseñanza no hayan estrangulado ya la sagrada curiosidad de la investigación, pues aparte de estímulo esta delicada plantita necesita sobre todo libertad… Pienso que incluso un animal de presa sano perdería la voracidad si, a punta de látigo, se le obliga continuamente a comer cuando no tiene hambre.

 

 

Es muy hermoso y elocuente ver como intentaba entender las inconsistencias y paradojas de los conocimientos físicos que se iban acumulando y que en último término dieron al traste con la infalibilidad de la mecánica de Newton.

Basta ya. Newton, perdóname; tu encontraste el único camino que en tu época era todavía posible para un hombre de la máxima capacidad intelectual y de creación… aunque ahora sabemos que hay que sustituirlo por otros más alejados de la experiencia inmediata si aspiramos a una comprensión más profunda de la situación. ¿Pretende ser esto una necrológica? Yo contestaría que en esencia sí.

El análisis de la gravitación a la luz de la moderna teoría de campos (la curvatura del espacio debida a la masa de los objetos), la masa y la energía como caras de una misma moneda, o la interrelación de espacio y tiempo, son aspectos que afloran en el texto de una manera natural, con un lenguaje sencillo y un pensamiento profundo.

La posibilidad de adentrarse en la mente de un pensador como Albert Einstein al módico precio es 8,95 euros es algo que debemos agradecer al editor que instigó su redacción (Dr. Schilpp) y en castellano a la editorial Alianza. Feliz ensoñación.

La imaginación es más importante que el conocimiento, pues el conocimiento es limitado y la imaginación envuelve el mundo.

 

 

 

Albert Einstein en la Bblioteca de la UPM

 

 

El idioma materno, Fabio Morábito

El idioma materno
Fabio Morábito
México: Sexto Piso, 2014

 

Hay libros tan llenos de encanto, tan bien escritos, tan inteligentes, que resulta inevitable recomendarlos una y otra vez. Este es uno de ellos.

En los ochenta y cuatro textos incluidos en El idioma materno (publicados originalmente en el diario argentino El Clarín) Fabio Morábito reflexiona sobre las experiencias que desde temprana edad han contribuido a convertirle en el escritor que hoy es. Da cuenta en ellos del origen de una vocación.

Fabio Morábito nació en Alejandría, Egipto, en 1955, de padres italianos, desde los tres años vivió en Milán y a los quince se trasladó a México, donde reside hoy en día. Escribe en español. De ahí que una de las más importantes líneas de reflexión que cruzan el libro esté relacionada con el idioma materno y con el oficio de traducir. Además, entre otras muchas cosas, habla de lectores y sus costumbres, de los que subrayan, de los que saben poner las comas, de poesía ("Los poetas no escriben libros"), de literatura desde puntos de vista interesantes (¿por qué Dostoievski nunca escribiría Robinson Crusoe?, ¿es El castillo de Kafka una historia de amor? ¿cómo es posible conocer la obra de Vallejo sin haber leído un solo poema?).

El idioma materno de mi mujer es un idioma que yo no hablo; ella, en cambio, habla mi lengua materna. Nos comunicamos a través de un tercer idioma, que es el idioma del país en que vivimos. El que yo no hable ni entienda la lengua materna de mi mujer, al revés que ella, que habla la mía sin dificultad, me otorga una gran ventaja. Al estar expuesto en mi casa a un idioma extraño, que no entiendo ni quiero entender, la calidad de misterio de mi vida es superior a la suya.

 

También hay textos que sin dejar de lado por completo estos intereses ni el tono reflexivo, adoptan la forma de cuentos o episodios rescatados del pasado. Breves -ninguna pieza ocupa más de dos carillas-, precisos, con un lenguaje rayano en lo poético y dotados de fino humor. De elegir uno, sería Lluvia nocturna. En él, Fabio cuenta cómo una abuela descubre que a través del telefonillo de casa puede oír el repiqueteo de la lluvia sobre el toldo de la entrada. Ese sonido, más intenso, diferente al de las gotas golpeando las ventanas significa para ella un descubrimiento, el hallazgo de un tesoro. Desde entonces arrima su silla para no perderse detalle, dicta turnos breves para hijos y nietos, no cede la posición. ¿Y por qué lo hará?, el texto no lo revela. Yo digo que porque la abuela, en su cabal sabiduría, es sensible al prodigio de que te cuenten al oído, aun sin palabras.

Un libro para leer y releer, de esos que no se dejan demasiado lejos porque tarde o temprano apetece revisitar. Afortunadamente hay quien hace, escribiendo, lo mismo que la lluvia del cuento.

 


 

El impostor y la impostura, los abusos de la memoria

El impostor, Javier Cercas

Ed. Random House

2014

Javier Cercas nos ofrece un texto que transita entre la biografía (de Enric Marco), el ensayo (que plantea el conflicto entre la identidad, la memoria y la historia), y el making of (reportaje tipo así se hizo).

Cercas se debate entre la atracción y la repulsión hacia un personaje que contraviene nuestros preceptos morales primordiales al hacerse pasar por víctima, pero no una víctima cualquiera sino aquella que refleja uno de los crímenes más impactantes del siglo XX, el Holocausto.

En realidad Enric Marco, el impostor, nacido en 1921 y ejemplo de vitalidad (aún vive), no sólo ha inventado su vida una vez, sino que ha seguido un curioso proceso iterativo en el que ha ido modificando y puliendo paulatinamente  sus detalles vitales, con tres golpes de mano que han coincidido con tres reinicios familiares, al mejor estilo ave fénix.

Curiosamente en esos tres reinicios ha vivido fases de éxito rotundo y auténtica euforia mediática: en la primera iteración como dirigente sindicalista de la CNT, en la segunda liderando los movimientos de las asociaciones de padres de alumnos en Cataluña, y finalmente como presidente de la Asociación Amical de Mauthausen, puesto que ocupaba en el momento que saltó el escándalo.

Mantener una ficción identitaria de la magnitud que nos ocupa sólo se puede entender cuando se comprueba que está tejida de una infinidad de medias verdades: estuvo en la guerra como republicano (sí, pero no participó en la invasión de las islas Baleares de la mano de las milicias catalanas, ni fue herido en el frente del Segre); fue sindicalista (sí, pero no participó en la Unión de Juventudes Antifascistas aunque anduvo cerca); huyó de la postguerra (sí, pero como emigrante especializado del régimen franquista); estuvo en las cárceles alemanas (pero no por haber conspirado contra el III Reich); estuvo en el campo de concentración de Flossenbürg (pero sólo de visita) y así sucesivamente. Dicho de este modo resulta fácil, pero escarbar en la memoria de Enric Marco a la vez con su ayuda y contra su resistencia resulta un interesante ejercicio de espeleología e introspección; Cercas llega a verse a sí mismo como un impostor en su ejercicio literario tratando de lidiar con este personaje a caballo entre Don Quijote y Emma Bovary.

En este proceso de devaneo que se prolonga a lo largo de mucho meses, aparece en varias ocasiones la figura del historiador que desenmascaró a nuestro personaje, Benito Bermejo. Alguien podría imaginar que éste adquiriría el status de héroe, pero nada más lejos de la realidad. Cuando se dispone de una figura como Enric Marco, capaz de emocionar hasta las lágrimas tanto a alumnos de secundaria como a congresistas y senadores, no es fácil perdonar al aguafiestas. Y es que Enric Marco eclipsaba al resto de deportados y prisioneros de los campos: su discurso (tan bien hilado), su apología de la resistencia heroica (tan distante de visiones del tipo Si esto es un hombre -Primo Levi- o La escritura o la vida -Jorge Semprún-), y su expresividad que no es propia de alguien que intenta superar un trauma vital.

En este sentido, el texto nos remite a las reflexiones de Todorov en Los abusos de la memoria. Y es que la memoria no se opone al olvido sino que es forzosamente una selección; no hay que confundir recuperación y utilización de la memoria, pues incluso se debe reconocer el derecho al olvido, y es importante desligarse de la conmemoración obsesiva del pasado. Es curioso comprobar que aunque nadie quiere ser una víctima, muchos desean haberlo sido.

¿Merece la pena leer el libro después de esta extensa reseña? Pienso que sí, pues el diablo está en los detalles de esta impostura y nadie es ajeno al impacto de revisar su propio relato vital.

 

Javier Cercas en la Biblioteca UPM

Tzvetan Todorov en la Biblioteca UPM

 

 

La casa de mi padre, Jaime Izquierdo Vallina

La casa de mi padre

Jaime Izquierdo Vallina

Editorial KRK

 
 
 
 

Con el alma defenderé la casa de mi padre con este verso de Gabriel Aresti comienza el libro, de 2012, a caballo entre la novela (ligera), el ensayo (meditado), y las notas auto-biográficas (sentidas). Algunas veces el peso de nuestros pensamientos requieren el bálsamo de esta mixtura para poder ser transmitidos, y éste es el efecto conseguido.

El argumento podría quizás resumirse así: un joven ingeniero de sistemas francés se encuentra ante la tesitura de abandonar o recuperar sus raíces de hijo de inmigrante. No es una casualidad la selección de esta formación, pues es la filosofía que subyace en el texto, que los entornos rurales son sistemas complejos donde la interacción de los elementos supera en relevancia a los elementos en sí: el todo es más que la suma de las parte.

Paisaje agreste asturiano

Paisaje agreste asturiano

Un eje fundamental del ensayo es la estructuración del conocimiento en tres ámbitos: el científico, el tecnológico y el local; éste último ignorado sistemáticamente durante la revolución industrial. El texto es una reivindicación del conocimiento campesino por su carácter complejo (y empírico), sistémico (y sistemático) e integral (e integrador). El autor, Jaime Izquierdo Vallina, es un especialista en medio rural, interesado en comprender y superar los contextos industriales que han favorecido el abandono y la despoblación de la Asturias más agreste (entendido como una crisis multi-orgánica). Escribe el texto para hacerlo atractivo a ámbitos diversos: sociólogos, antropólogos, ingenieros, biólogos, y por supuesto, para los habitantes de este mundo en general:

“ la cuestión crucial es entender ¿por qué si las comunidades campesinas han sabido superar las crisis y adaptarse a los cambios desde el neolítico, han sucumbido a la industrialización?”

Otra cuestión interesante es el análisis de por qué los campesinos que partieron como emigrantes tuvieron en muchos casos un éxito relativamente superior al de aquellos que partían de un ámbito urbano. La respuesta que ofrece Jaime Izquierdo, es que los campesinos eran educados para la polivalencia (multitud de tareas diversas), para la empleabilidad (capacidad que permite variar de ocupación) más que para el empleo (especialización), y para enfrentarse a cualquier contingencia (debido a  la elevada incertidumbre de la naturaleza); se educaba para excelencia (pues sin prestigio el caserío perdía crédito); apreciados como mano de obra sufrida y sacrificada.

Una cuestión que surge de forma natural es: ¿Quién es más inculto: el campesino (poco conocedor del ámbito científico-tecnológico) o la cultura académica oficial (que infravalora el conocimiento local)?  “¿Por qué ponerle ahora eco delante a lo que nosotros (los campesinos) sencillamente llamábamos lógico?

Coloquio, un entorno favorable al autor

Coloquio, un entorno favorable al autor

Curiosamente en el libro se hace referencia a Lewis Mumford (véase reseña: Eutopía o nada) en su texto Técnica y Civilización, y al interés de aplicar sus puntos de vista al mundo campesino.

Si alguien tiene la oportunidad de escuchar a Jaime Izquierdo, no se arrepentirá. Es una persona cercana polifacética y tranquila que favorece la interacción y la conversación.

 

 

“Volver a los orígenes no es retroceder”

 

 

Jaime Izquierdo Vallina en la Biblioteca UPM

 

La marcha al pueblo en las letras españolas, 1917-1936 / Víctor Fuentes

2ª edición, con prólogo de Manuel Tuñón de Lara.

Madrid : Ediciones de la Torre, 2006.

Machado, que tajantemente afirma que “en España lo mejor es el pueblo”, quiso dar a éste, haciéndose eco de “su ansia de cultura”, un saber de primera calidad, manteniendo la raíz de su folclore, entendiéndolo como saber y como cultura popular, viva y creadora. Esta Escuela se alza sobre dos principios básicos de su pensamiento, profundamente democrático: el resumido en el adagio “nadie es más que nadie” y el que ve en la difusión de la cultura el enriquecimiento de ésta, basándose en dos paradojas éticas, “sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da”, como él mismo nos dice. Este proyecto educativo, la más contundente respuesta a la teoría orteguiana de las élites y las minorías selectas, llega hasta hoy como un legado: en el campo de la enseñanza, el establecimiento de una verdadera democracia en España –como en tantos otros países del globo- pasa por su realización. (p. 232)

 

Víctor Fuentes es uno más de los muchos y apreciables profesores de cultura española que -exilio mediante- han enriquecido los claustros de universidades extranjeras, en este caso la de California. Es miembro numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Este libro suyo que ahora reseñamos es de expresión vehemente y explícito de ideología, aunque no más que muchos otros que pretenden carecer de ella. Resultado de materiales de investigación y docencia reelaborados a lo largo de muchos años, el conjunto acaba componiendo un ensayo “de tesis” sobre el proceso de construcción de una nueva literatura nacional-popular española durante el período de Entreguerras. Una parte sustancial de la pujante industria editorial y de los escritores de la Edad de Plata habrían respondido así –de manera más o menos consciente y simultánea con la formulación teórica de Gramsci sobre el particular-, a los desafíos de hegemonía cultural en el nuevo mundo surgido de la segunda revolución industrial. Por orden cronológico, la Primera Guerra Mundial, La Revolución rusa, la Guerra de Marruecos y la Crisis de 1929 actuarían como detonantes principales del proceso, con el trasfondo local de la agonizante monarquía de la Restauración, desbordada por una sociedad en rápida transformación.

En consecuencia una impresionante armada de creadores, partiendo desde posiciones que van de la exigencia democrática hasta la revolución social, se habría adelantado a las conveniencias partidistas de los políticos en la construcción de un frente popular virtual para fecundar, potenciar y transformar de manera irreversible la sustancia de la cultura española. Sus objetivos: la recuperación y regeneración de la cultura popular, la incorporación de los procedimientos más modernos de acción literaria y escénica, y la puesta en evidencia de una candente temática social (de clase, género, etc.). Tal vez los descubrimientos más jugosos de este libro sean los referentes a la narrativa, incluida su vertiente documental. Aunque tampoco se desatienden la poesía y el teatro, en los que brillan nombres tan conocidos como Lorca, Antonio Machado, y Valle-Inclán. En fin, se trata de un ensayo cuya lectura marida muy bien con la de otros autores que tratan del mundo editorial y la producción literaria de aquella época como José Carlos Mainer, Gonzalo Santonja o Andrés Trapiello. Aunque el formato del volumen es cómodo y la tipografía muy agradable, la obra merecía un cuidado más esmerado en la impresión final y el haber referenciado con precisión sus magníficas ilustraciones.

Obras de Víctor Fuentes en Bibliotecas UPM

Recuperar la ociosidad, In praise of Idleness

Cabe preguntarse qué es lo que en nuestro imaginario colectivo representa la ociosidad. Probablemente la imagen de una persona relajada e indolentemente reflexiva en un entorno estival se ajuste bastante a ello. Sin embargo, no es lo mismo el ocio que el tiempo libre. De hecho cuando realizamos una búsqueda encontramos recurrentemente el término Actividades de Ocio y Tiempo Libre, conjunción copulativa que ratifica la diferencia.

El ocio refiere al conjunto de tareas que realizamos sin ánimo de lucro. En época de los patricios romanos, la vida se centraba en tono al ocio de una manera tan manifiesta que el negocio, se definía como antónimo de ocio: Negocio es la negación del ocio. Todo aquello que no se lleva a cabo sin ánimo de lucro, se realiza con él.

En nuestra época en cambio todo gravita entorno al trabajo remunerado, hasta tal punto que la ética del trabajo nos deja poco margen y peor reputación cuando intentamos recuperar el debate. Sin embargo, la dicotomía es falsa y el enfrentamiento innecesario.

En esta reseña recuperamos dos pequeños ensayos: En defensa de los Ociosos de Robert Louis Stevenson (1850-1894), y Elogio de la Ociosidad de Bertrand Rusell (1872-1970), ambos escritos en épocas en que el ocio era reconocido como la madre de todos los vicios.

Nuestros autores no pueden ser más diversos. El primero: escocés murió tempranamente de tuberculosis en Samoa, no sin haber viajado y escrito extensamente; ha sido inmortalizado como el autor de la Isla del Tesoro. El segundo: matemático, profesor universitario en Cambridge y Premio Nobel de Literatura.

El texto de Stevenson, editado por Gadir, es un alegato apasionado en favor de aquellas personas capaces de disfrutar de un ocio activo, e incluso de aquellas que permanecen completamente ociosas. Una apología del ocio para la juventud como medio de experimentar la vida en su plenitud. Todo ello hay que entenderlo en un contexto Dickensiano en que la ausencia de un estado del bienestar hacía de esta alternativa, una opción arriesgada: “la indiferencia de Diógenes ha tocado en su punto débil a Alejandro”.

Robert Louis StevensonEn palabras de Stevenson: “Estar extremadamente ocupado, ya sea en la escuela o en la universidad, ya en la iglesia o el mercado, es un síntoma de deficiencia de vitalidad; una facilidad para mantenerse ocioso implica un variado apetito, y un fuerte sentido de la identidad personal”.

El mismo Stevenson admite la parcialidad del texto, de la misma manera que: “exponer un argumento no implica necesariamente estar sordo a todos los demás, del mismo modo que un hombre que haya escrito un libro de viajes en Montenegro no significa que nunca haya podido estar en Richmond”. De manera que habiendo disparado a su propia línea de flotación, no ha de haber cuidado con mayor fuego cruzado.

El texto de Rusell, editado por Edhasa en la colección libros de Sísifo, es más pausado, más argumentativo, más académico pero no extenso (32 páginas). Es curioso que a pesar del poco margen de tiempo entre ambos autores, y pese al título: Elogio de la Ociosidad, el centro de gravedad del texto ya se ha desplazado del ocio hacia el tiempo libre (aquél no ocupado por un trabajo remunerado). En él, Rusell hace referencia a las consecuencias de mantener nuestra ética preindustrial, la moral de la esclavitud, en una era moderna: “el tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. El sabio empleo del tiempo libre, debemos admitirlo, es un producto de la civilización y de la educación”.

El ensayo plantea la necesidad de que la educación despierte aficiones que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre: “hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre”. Hay que plantearse cómo encaja esto en una sociedad de hiper-consumo.

Bertrand Russell - The time you enjoy wasting, is not wasted time

Este pequeño escrito de Rusell está recogido en un volumen homónimo, junto a otros 14 ensayos muy interesantes, entre los que destacan algunos dedicados al desarrollo del fascismo, visto desde el primer plano de la historia, no en vano fue publicado en 1935.

Quizás en una sociedad dominada por la amenaza del paro, pueda parecer frívolo recuperar estos textos. Sinceramente no lo concibo así. La memoria de lo que somos es importante para definir o al menos perfilar lo que deseamos ser.

Robert Louis Stevenson en la Biblioteca UPM

Bertrand Russell en la Biblioteca UPM

 

Conversaciones en Giverny con Claude Monet

Conversaciones en Giverny con Claude Monet
Confluencias Editorial
2o14

Claude Monet (1840-1926) fue, como todo el mundo sabe, uno  de los creadores del impresionismo y dedicó su inteligencia y su energía a captar la luz y el color de la naturaleza.

El maestro saca su reloj:

– Las diez y media- y añade-,vayamos a verlos: ya se han abierto.

Descendemos por una gran alameda bajo los abetos cargados de sombra. A derecha e izquierda los lirios se extienden en grandes capas por el espacio, formando una especie de bruma lila bajo la luz del sol.

Entrevista a Monet en Giverny. Marc Elder (1922)

 

En Giverny (Normandía) a las orillas del Sena, siempre el agua, siempre el Sena, se compró Monet una casa donde vivió y pintó los últimos años de su vida. El jardín de la casa lo convirtió en campo de experimentación para poder pintar las especies de flores que más le gustaban, las plantas que mejor juego le daban al cambiar de estación; colocaba los setos buscando sombras, elegía cada año los tonos de los tulipanes y con su jardinero organizaba un concierto de flores milimétricamente orquestado para que se sucedieran, sin vacíos, las peonías, los lirios, los rododendros o las caléndulas. De este modo no necesitaba salir de su jardín para pintar. Y sobre todo aseguraba que podía capturar cada cambio de luz sobre el paisaje.

Con la escuela impresionista los temas de la pintura se volvieron amables. La gente podía reconocerse en las escenas de bailes populares, de paseos por el campo o de escenarios de villas y huertos. Escenas cotidianas y alegres sí, pero detrás de tanta aparente dulzura se escondía un esfuerzo terrible para el pintor, un trabajo lleno de sacrificios  y duros horarios siempre al aire libre.

La novedad consistía en que la emoción del cuadro residía en la luz. La luz, el cambio de luz convertía un río en otro, pero también una catedral en otra (como demostró el propio Monet pintando 31 veces la Catedral de Rouen), y tu propio jardín se volvía un jardín diferente.

Capturar todas las luces se convierte en una obsesión, en un reto, en una dificultad que rige la vida de Monet. Levantarse de  noche, buscar el sitio exacto donde dejaste ayer de pintar, comprobar que ninguna rama caída ha modificado el encuadre, un pitillo tras otro esperando que amanezca en el barco estudio en medio del río y, si hay suerte, continuar los reflejos iniciados el día anterior… para interrumpirlo todo poco después, cuando cambie la luz. Todo este ritmo tan sorprendente nos lo descubre este libro que marca un antes y un después a la hora de ponerse  ante un cuadro impresionista.

Monet estuvo en Madrid el año 1900. Vino para conocer el Museo del Prado y nos dejó este párrafo que forma parte de las entrevistas recogidas en este libro y que no tienen desperdicio.

Madrid, El Prado, ¡qué museo! El más bello de todos los que conozco. Cuando me he encontrado en aquellas salas, en medio de tizianos, rubens, velázquez, tintorettos, se diría que fueron pintados ayer, rebosando como están de fuerza, de luz y de color.

Claude Monet

 

La luz y Monet en Giverny, Eva FigesAcaba de aparecer otro libro interesante sobre Monet. Eva Figes (Berlín 1932 – Londres 2012) describe en esta novela, La luz y Monet en Giverny,   un día en la vida del pintor. El ambiente de la casa de Giverny, diez hijos entre los suyos y los de su mujer, los criados, los marchantes, los horarios de trabajo de Monet, su proceso creativo… No es que explique los cuadros ni los describa, es que los pinta con palabras. Es asombroso y mágico sentirte de pronto y por sorpresa dentro de las obras creadas en Giverny.

Claude Monet en la Biblioteca UPM

 

Reflexiones, pensamientos, aforismos y trending topics

Nada se puede pensar sin haber reflexionado antes. Ese proceso de introspección resulta especialmente afortunado en algunas personas, y la literatura tiene la particularidad de permitirnos escuchar la radiación de fondo a través de los siglos, remontándonos incluso al inicio de nuestra era.

Si un Bestseller se caracteriza por su capacidad de vender muchos ejemplares en poco tiempo un Clásico lo es por ser recuperado como novedad de generación en generación, a veces con saltos intergeneracionales sorprendentes, que hacen de su reanimación un motivo de euforia, lo que ahora llamaríamos un trending topic.

Sirvan estos dos escuetos párrafos a modo de presentación del primero de los títulos de esta reseña: las Meditaciones de Marco Aurelio. El autor quizás no sea recordado de primeras, aunque recientemente lo hemos visto magníficamente interpretado por Richard Harris (pincha aquí) en la película Gladiator (el argumento global que ahí se narra apenas guarda relación con la historia). La profundidad y amplitud de miras de la mente de este emperador romano hacen de sus meditaciones un libro absolutamente contemporáneo:

Te equivocas si piensas que un hombre debe calcular el riesgo de vivir o morir, incluso siendo insignificante su valía, y, en cambio, piensas que no se debe examinar cuando actúa si son justas o no sus acciones y propias de un hombre bueno o malo.

Nada es bueno para el hombre si no lo hace justo, sensato, valiente y libre; como tampoco nada es malo si no le produce los efectos contrarios a lo dicho.

 

La Biblioteca clásica Gredos nos ofrece una traducción de las Meditaciones francamente agradable y el libro puede encontrarse en RBA bolsillo por el precio de una entrada de cine.

Retrato de JoubertEl segundo estrato de esta reseña refiere a los Pensamientos de Joubert (1754-1824), un francés ilustrado revolucionario, escarmentado por la brutalidad del terror, y que ejerció de juez de paz, y de inspector y consejero de las recién creadas universidades napoleónicas. Este libro ha sido publicado por Edhasa con el título Pensamientos, y por la Editorial Periférica en una selección Sobre arte y literatura. Es un texto muy minoritario comparado con el anterior, recoge una recopilación de ideas elaboradas pero no hiladas en contraste con las Meditaciones. Su belleza en todo caso no deja lugar a dudas:

 

A lo que no tenga encanto y cierta serenidad no podremos llamarlo literatura. Incluso en la crítica debe hallarse alguna amenidad. Donde no hay ninguna delicadeza no hay literatura. Aquel que en todo momento llamara a las cosas por su nombre, sería un hombre franco y podría ser un hombre honesto, pero no un buen escritor; pues, para escribir bien, la palabra apropiada y precisa no basta en realidad. No basta con ser claro y ser entendido, hay que gustar, hay que encantar, hay que seducir y poner ilusiones ante los ojos.

 

El tercer nivel en esta escalada de destilación-condensación es el concepto de aforismo, o lo que es lo mismo una sentencia breve, una frase célebre o lo que actualmente se consideraría un tuit afortunado. En este capítulo hay muchos ejemplos, pero es fácil justificar la elección de El arte de la prudencia de Baltasar Gracían (1601-1658) por ser a la vez un Clásico y un Bestseller. La editorial Temas de Hoy ha vendido más de 100.000 ejemplares en 34 ediciones desde 1993 (26 en un formato y 8 en otro), todo un trending topic. El éxito probablemente reside en el proceso de actualización del castellano llevado a cabo por un profesor de literatura de la Universidad Complutense de Madrid. Este libro recoge 300 aforismos ampliados en otros tantos pensamientos que el autor ofrece a modo de oráculo manual según sus propias palabras. Veamos algún ejemplo:

Si uno no puede ponerse la piel de león, póngasela del zorro; o más veces vencieron los sabios a los valientes que al revés.

No ser malo por demasiado bueno, es una gran desgracia perderse en la insensibilidad por demasiado bueno.

La virtud lo resume todo, hace al hombre digno de ser amado cuando vive, y memorable una vez muerto.

 

¿Cuál ha de ser el proceso? ¿De la meditación al aforismo, o viceversa?

Probablemente es reversible y recursivo.

Parece claro que puede llegar a ser un proceso acumulativo si aprovechamos cuantos ejemplos nos oferta la literatura y escuchamos a los muertos con los ojos (como decía Quevedo), para perder el miedo a unos géneros que asustan por su denominación pero reconfortan por su contenido.

 

Marco Aurelio en la Biblioteca UPM

Baltasar Gracián en la Biblioteca UPM

 

El canon occidental, de Harold Bloom


The Western Canon : the Books and School of the Ages.

New York: Harcourt Brace, 1994.

El canon occidental : la escuela y los libros de todas las épocas.

Barcelona: Anagrama, 1995.

Probablemente sólo Hamlet da pie a tan variadas interpretaciones como Don Quijote. Nadie de entre nosotros puede purgar a Hamlet de sus intérpretes románticos, y don Quijote ha inspirado escuelas de crítica romántica tan numerosas como contumaces, y también libros y ensayos que se oponen a una supuesta idealización del protagonista de Cervantes. Los románticos (yo incluido) ven a don Quijote como un héroe, no como un loco; se niegan a leer el libro principalmente como una sátira; y encuentran en el libro una actitud metafísica o visionaria en relación con el afán aventurero de don Quijote que hace que la influencia cervantina en Moby Dick parezca completamente natural. (p. 141)

 

En 2014 se cumple el vigésimo aniversario de la primera publicación de este polémico libro. Harold Bloom constató algo muy simple: la insuficiencia del tiempo de una vida humana individual para leer todos los buenos libros producidos. Hace falta, pues, seleccionar. Para ello el eminente crítico se propuso componer una lista -con Shakespeare como eje- que contrarrestara la perniciosa influencia de criterios ajenos a la pura estética que según él dominaban la crítica académica norteamericana en los años 90: el multiculturalismo y las políticas de discriminación positiva llevados a recomendaciones de lectura y planes de estudio. El caso es que Bloom ataca con tanta saña a cierta izquierda cultural papanatas que su mismo calibre grueso le acaba rebotando a la vista de cualquier lector perspicaz. Él ironiza sobre quienes diagnostican una intensa lucha de clases en la Norteamérica finisecular, pero si le creyéramos a pies juntillas habría también que imaginar a los Estados Unidos en plena revolución impulsada por una coalición mayoritaria de gramscianos, foucaultianos, afrocentristas y feministas montaraces.

Curiosamente, el canon de Bloom es generoso desde el punto de vista geográfico pues incluye parte del mundo cristiano ortodoxo oriental (Rusia) y también América Latina. Sin embargo, en cuanto a cronología este “Occidente” bloomiano arranca con Dante, o sea en la Baja Edad Media y el Renacimiento italiano. Por consiguiente ignora la gran cesura anterior acaecida con la restauración imperial carolingia así como las determinantes influencias árabes y bizantinas. ¿Rechazo deliberado de los manidos condicionamientos sociales? Puede ser, pero eso no explicaría entonces el uso de una periodización definida por lo social e inspirada en Vico:  “Edad aristocrática”, “Edad democrática”, etc. También es llamativo que el culto de Bloom por la pura estética espontánea no le impida salpimentar el libro de exabruptos e incluso de algún comentario xenófobo, en particular dirigido contra los franceses.

W. H. Auden creía que Kafka era el espíritu concreto de nuestra época. Ciertamente “kafkiano” ha adquirido un significado siniestro para muchos de entre nosotros, quizás se ha convertido en un término universal para lo que Freud denominaba “lo siniestro”, algo que nos es al mismo tiempo familiar y extraño. Desde una perspectiva puramente literaria, ésta es la época de Kafka, más incluso que la de Freud. Freud, siguiendo furtivamente a Shakespeare, nos ofreció el mapa de nuestra mente; Kafka nos insinuó que no esperáramos utilizarlo para salvarnos, ni siquiera de nosotros mismos. (p. 457)

Bueno, y después de todas estas objeciones: ¿vale la pena zamparse El canon occidental? Absolutamente sí. Su autor ofrece una erudición desbordante, una asombrosa capacidad de síntesis y un implacable instinto para separar el grano de la paja, o mejor aún: para detectar, explicar y relacionar entre sí  las obras más nutritivas, exentas de broza, geniales en suma. Tan solo el gran maestro hubiera mejorado en humildad y precisión titulando su libro “mi canon literario occidental”, que no sería poco ni mucho menos. Además, en los apéndices traspasa los propios límites de ese “Occidente” moderno ampliado, y añade un listado exhaustivo de autores y obras merecedores de atención desde la Antigüedad hasta el siglo XX excluyendo, eso sí, las literaturas en lenguas indígenas y las de Extremo Oriente.

El canon occidental en: Bibliotecas de la UPM.

Mito y realidad de la Escuela de Vallecas, de Raúl Chávarri (con su secuela)

 

"El acto más enfático y al mismo tiempo más representativo de aquellas etapas lo constituyó la erección de un rudimentario monolito de ladrillos en lo alto de un monte denominado Cerro Artesa, al que los artistas dieron nombre de Cerro Testigo, por entender que desde él iban a ver alborear un mundo nuevo para el arte español y en el que mediante un montón de ladrillos elevado en honor de diversas figuras de la cultura y la pintura dieron en cierto modo acta de fe al nacimiento de este grupo de Vallecas como una actitud de escuela, como un intento colectivo de renovación del arte español o simplemente como un acto individual de afirmación estética. (Chávarri: Mito y realidad…, p. 19)"

 

Chávarri, Raúl: Mito y realidad de la Escuela de Vallecas. Madrid: Ibérico Europea de Ediciones, 1975.

La Escuela de Vallecas : mito y realidad : una poética de la emoción y lo telúrico. Madrid: Ayuntamiento de Madrid, 2013.

 

Vallecas -Villa- y su itinerario desde el centro de Madrid -Puente- bien merecen una reseña de NoSóloTécnica, aunque solo sea porque la primera ha sido sede de la Universidad Politécnica de Madrid casi desde sus inicios como institución, allá por los años 70 del siglo pasado.

Benjamín Palencia – La perdiz (1927) – MNCARS

Para ello recuperamos un librito pionero publicado precisamente en 1975. No es el único texto, pero sí de las poquísimas obras originales que tratan en conjunto sobre esta esquiva Escuela artística vallecana a la que se ha considerado precedente de la más notoria y definida Escuela de Madrid. Uno va atando cabos y comprobando que algunos nombres del actual callejero local cayeron que ni pintados: Palencia, Alberti, Lorca, Miguel Hernández entre otros, anduvieron realmente por estos parajes que entonces eran puro campo castellano, a la zaga de la inspiración de la tierra y del pueblo. Raúl Chávarri se esfuerza por desvelar aquel empeño peripatético desarrollado por Alberto Sánchez y sus compinches a lo largo de la carretera de Valencia desde finales de los años 20. Y nos cuenta también el intento de reactivación del grupo en la inmediata postguerra, con su mezcolanza de misticismo impostado, extrema precariedad material y confusionismo social, rasgos típicos de cierta baja bohemia de la época.

El volumen, pequeño pero esmeradamente editado, incluye no solo valiosas ilustraciones de las obras de los artistas implicados sino también fotografías antiguas de la zona que invitan al trazado de un itinerario de interpretación de estos intrigantes episodios de la historia de las artes plásticas españolas. En 1984 la Comunidad de Madrid ya realizó una exposición con catálogo sobre la Escuela de Vallecas. Pero es en 2013 cuando la fórmula y el título propiamente dicho del libro de Chávarri son reaprovechados en el montaje de una nueva muestra presentada -esta vez por el Ayuntamiento- en el Centro Cultural Lope de Vega. Su libro-catálogo correspondiente añade más material gráfico y una magnífica recopilación de textos de los propios protagonistas de la aventura, inestimable para la comprensión de sus inquietudes estéticas.

Casi cuarenta años antes, Raúl Chávarri había acabado su modesto ensayo con un testimonio propio y directo: la imagen un tanto escurridiza de quien fue hilo conductor entre las distintas fases de la Escuela: Benjamín Palencia. En homenaje a este artista recomiendo la visita del estupendo Museo de Albacete que alberga una sustanciosa donación de obras suyas entre otros muchos tesoros antiguos y modernos.

"Se entabla la conversación y esa misma tarde del otoño de 1939 quedan citados en la Puerta de Atocha y caminan hacia Vallecas. Repitiendo, sin saberlo los jóvenes, y sin que Palencia lo diga, el itinerario que Alberto y Palencia habían recorrido años antes. Una primera sensación de la iglesia vacía de Vallecas, en donde suena el órgano y canta el sacristán, fundamenta la amistad y sedimenta el impulso inicial que aglutina al grupo (Chávarri, págs. 111-112).

En Bibliotecas de la UPM también encontraréis a Raúl Chávarri y podréis saber más sobre Vallecas.

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