La malnutrición del órgano lector es una enfermedad seria. Permítanos prescribirle un remedio.
R. & H. Mifflin, propietarios.
Ésta es la continuación del libro “La librería ambulante” (1917) que ya reseñamos en NST. Publicada dos años después, “La librería encantada” nos permite reencontrarnos con el estupendo Sr. Mifflin y con la encantadora Helen McHill.
Si en la primera dejábamos a nuestros protagonistas decidiendo qué hacer con su librería ambulante, en esta segunda novela Roger y Helen Mifflin se han instalado en Brooklyn con su negocio, una librería de segunda mano cuyo lema es: “El Parnaso en casa”.Está ubicada en una de esas confortables y antiguas construcciones de piedra marrón “que han hecho las delicias de generaciones de fontaneros y cucarachas”.
Lejos quedaron los viajes por los campos y pueblos americanos. Ahora su vida transcurre en su tienda, ”una librería encantada por los espectros de tanta gran literatura como hay en cada metro de estantería”.
A ella acuden todo tipo de personajes curiosos y variopintos a los que les une el amor y la curiosidad por los libros, la buena conversación y por qué no decirlo, por las tartas de Helen. Es una librería donde se anima a los lectores a fumar, eso sí, usando el cenicero. Todo para que el visitante se encuentre como en su casa:
Amantes de los libros: seréis bienvenidos y ningún dependiente os hablará al oido. ¡Fumad cuanto queráis, pero usad el cenicero.. .Y si quiere preguntar algo, hallará al dueño donde el humo del tabaco se torne más espeso.
La apacible vida de nuestros protagonistas se ve alterada cuando se les une una joven ayudante, Titania, a la que su padre, habitual de la librería, quiere dar una profesión. También aparece el señor Gilbert, un joven publicista que quiere convencer al Sr. Mifflin de las excelencias de una buena campaña publicitaria para su negocio y que se enamorará perdidamente de la joven.
Esta segunda obra está mucho más cargada de alusiones a libros y autores de la época, bien de narrativa o de ensayo, ya que la instrucción de la joven Titania requiere una puesta al día en las existencias de la librería.
Amor, libros y misterio (con un libro, el Cromwell de Carlyle, que tiene la mala costumbre de aparecer y desaparecer) son los componentes de esta novela. Como en la anterior, Christopher Morley nos deja, en boca de su protagonista, gran cantidad de citas sobre la lectura, la guerra y, en general, el ser humano. Como muestra, un botón:
… el librero presta un servicio público. Debería tener una pensión del Estado. La honorabilidad de la profesión debería obligar al librero a hacer todo lo posible por divulgar los buenos libros”
” los libreros tenemos que tener en stock las novedades, a pesar de que la mayoría es sólo basura. Por qué tanta basura sólo Dios lo sabe, pues casi ninguno de esos libros idiotas se vende … y estamos en 1919.
Si te gustó “La Librería ambulante” de Christhoper Morley, no puedes dejar de leer “La librería encantada”, publicada también por la editorial Periférica y a ser posible manteniendo el orden de la lectura para poder disfrutar mejor de sus personajes y sus historias.
Agradezco humilde y sinceramente la devolución de este libro que, tras sobrevivir a los peligros de la biblioteca de mi amigo y de las biblioetcas de los amigos de mi amigo, regresa ahora a mí, sano y salvo… Ahora, por lo tanto, tendré que devolver algunos de los libros que yo mismo he tomado prestados
Durante el periodo de la Alemania nazi, éstos crearon una serie de campos de trabajo y de exterminio donde recluyeron a todos aquellos que consideraron enemigos. Personas de distinta ideología y condición fueron deportadas y recluidas en los mismos. Por encima de todos ellos, los judíos, como nuestro protagonista, György. Tiene quince años y no entiende lo que está pasando. Un día es detenido. Inicia un viaje, quizás, sin retorno.
Entonces, en medio de aquella masa humana, vi por primera vez a los hombres que se encontraban allí. Me sorprendió mucho, puesto que era la primera vez en mi vida que veía yo, por lo menos desde tan cerca, unos presos de verdad, con el típico uniforme a rayas de los delincuentes, el gorrito redondo y la cabeza afeitada. Mi primera reacción natural fue retroceder. Algunos de ellos respondían a las preguntas de la gente, otros examinaban el vagón y empezaban a desalojar el equipaje con la experiencia de mozos de carga profesionales y con una rapidez extraña, típica de los zorros. Todos ellos llevaban en el pecho, al lado del número típico de los presos, un triángulo amarillo…
A partir del momento de su detención en un autobús se producirá un hecho vital, el descubrimiento de la vida será de la forma más brutal posible. La inocencia quedará atrás.
Cómo es posible la supervivencia en un mundo en el que no existe la esperanza, en el que el futuro es algo extraño, en el que el mañana es hoy.
Qué mecanismos pone en marcha nuestro protagonista para sobrevivir a un mundo en el que lo cotidiano está lleno de inhumanidad.
Qué resortes activa para poder seguir en pie en un mundo en el que la injusticia, la crueldad, la maldad cabalgan juntas.
Nuestro protagonista vive simplemente la vida que tiene. Para él, todo es un descubrimiento. Solo tiene esa vida y decide vivirla sin desesperación, observando, aprendiendo. Sin más. No se abandona.
No sé cómo, pero poco a poco fuimos descubriendo que aquella chimenea no era ninguna fábrica de cuero sino del “crematorio”, el lugar donde se incineraba a los muertos. Cuando me enteré de aquello, no pude dejar de mirar la chimenea con atención: allí estaba, ancha y corta, cuadrada, con la parte de arriba como si estuviera a medio terminar. Yo, por mi parte, no sentía otra cosa que cierto respeto, y el olor, naturalmente, aquel olor que nos envolvía, casi nos ahogaba en su masa espesa y pegajosa como un cenagal.
En el año 2005 Sin destino fue llevada al cine por el cineasta húngaro Lajos Koltai.
Nacido en noviembre de 1929 en Budapest. La vida de Imre Kertész queda marcada por la persecución de los judíos por parte de los nazis. Como otros muchos, es deportado a campos de trabajo en 1944. Cuando acaba la guerra se inicia en el periodismo, trabajando igualmente como traductor y dramaturgo. En el año 2002 es galardonado con el Premio Nobel de Literatura.
Llega la liberación, vienen las preguntas, las respuestas, la incomprensión.
Veía, sí veía muy bien que no me comprendían, que mis palabras no les gustaban en absoluto y que algunas hasta los hacían enfadar. Veía que el señor Steiner trataba de interrumpirme, que casi se ponía en pie, veía que el señor Fleischmann no lo dejaba, y también le oí decir: Déjalo…¿No ves que sólo quiere hablar? Déjalo hablar…, y yo hablaba aunque en balde y de una manera un tanto caótica. Incluso así les dije lo que quería: que nunca empezamos una nueva vida sino que seguimos viviendo la misma de siempre
Las confesiones de un pequeño filósofo Azorín
Pozuelo de Alarcón (Madrid) : Austral, 2014
Primera edición 1904
Azorín, José Martínez Ruiz, (1873-1967) es uno de esos escritores que si dices que te gustan hay, a continuación, que dar algunas explicaciones.
Por eso había pensado incluir, en las primeras líneas de esta recomendación, una lista con los nombres de escritores actuales y personas con prestigio social que han reconocido su pasión azoriniana, pero he decidido que no, que a este libro maravilloso no le hacen falta avales.
Yo amo las cosas… ¿Tienen alma las cosas? ¿tienen alma los viejos muebles, los muros, los jardines, las ventanas, las puertas?
Sospechaba que sí, pero después de leer a Azorín no hay duda, las cosas, hasta la más diminutas, tienen alma. El pequeño filósofo del título de este libro es Azorín de niño, cuando estudiaba bachillerato en el Colegio de los Escolapios de Yecla (Murcia), allí estuvo interno toda su infancia, desde los siete hasta los quince años. No le gustaba el colegio, no le gustaba Yecla, que era el pueblo de su padre, ni los frailes escolapios que le daban clase, a excepción de su admirado padre Lasalde.
Escribió aquellos ¿recuerdos? cuando ya tenía 31 años, en 1904 y era periodista en Madrid.
Este es un libro diferente, poético, delicado, íntimo, pleno de sensiblidad. Asombra su capacidad de contemplación, la delicada ironía, y la recuperación intacta, sea recuerdo o no, de la temperatura de su yo infantil.
Azorín: ¿sabe usted el tema de hoy?
Yo no sé qué contestar; además no me sé el tema de hoy.
El padre Peña me lo pregunta dos o tres veces; yo vacilo. Luego abro este libro sobado y comienzo a leer: “Le lit de fiancée.” Esto creo que significa la cama de la desposada, y así lo hago constar con voz clara… mientras yo hago esta extraordinaria revelación, los demás sonreían…
Era un niño ensimismado, lector apasionado y sensible que se siente arrollado muchas veces por el mundo real del colegio.
Este minuto en que está ausente el maestro, (la diversión) consiste en subirnos a los bancos, en golpear los pupitres, en correr desaforadamente de una parte a otra.
Sin embargo, yo no corro, ni grito, ni golpeo, yo tengo una preocupación terrible. Esta preocupación consiste en ver lo que dice un pequeño libro que guardo en el bolsillo.
Y es el caso que yo comienzo a leer este pequeño libro en medio de la formidable batahola de los muchachos enardecidos; nunca he experimentado una delicia tan grande, tan honda, tan intensa como esta lectura… Y de pronto, en este embebecimiento mío, siento que una mano cae sobre el libro brutalmente, entonces levanto la vista y veo que el bullicio ha cesado y que el maestro me ha arrebatado mi tesoro…
Desde la fecha de este caso he andado mucho por el mundo, he leído infinitos libros; pero nunca se va de mi cerebro el ansia de esta lectura deliciosa y el amargor cruel de esta interrupción bárbara
Lo recuerda todo de aquellos días en el Colegio de los Escolapios: las luces del cielo, las más pequeñas peculiaridades de los frailes y, desde luego, lo mal que lo pasaba en otras ocasiones.
Todo contado con una ingenuidad y una eficacia poética que convierten a este libro en una joya exquisita dentro de la obra de Azorín.
Maurice Walsh. El hombre tranquilo. Ed. Reino de Cordelia, 2012.
John Ford. The quiet man. Republic Pictures. 1952
“Paddy Bawn Enright era un muchacho despreocupado de dieciste años cuando se marchó a Estados Unidos… Y quince años después regresó a su condado de Kerry natal, serenada la despreocupación y consumida la juventud. Si había hecho fortuna o no… eso nadie lo sabía. Porque era un hombre tranquilo al que no le gustaba hablar de sí mismo y de las cosas que había hecho”
Así empieza el relato “El hombre tranquilo” del autor irlandés Maurice Walsh. Esta historia se publicó por primera vez en febrero de 1933 en la revista americana The Saturday Evening Post aunque no fue hasta agosto de este año cuando se publicó en Irlanda, en el Chamber’s magazine. Dos años después Walsh lo incluyó en un libro de historias que conformaban la novela Green Rushes , que es la que se ha traducido ahora al español.
Un director americano, hijo de irlandeses, John Ford, lo leyó y le dió a Walsh en 1936 un adelanto simbólico de diez dolares mientras intentaba captar el dinero suficiente para llevarlo al cine. Tardó quince años en conseguirlo y en 1952 se estrenó “El hombre tranquilo” (The quiet man).
Aunque no es exactamente igual que el relato, se puede decir que en lo fundamental John Ford fue fiel a la historia. Los nombres de los protagonistas, Paddy Bawn Enright y Ellen Roe O’Danaher cambiaron tras el guión de Frank S. Nugent (también guionista de “Centauros del desierto“, “El último hurra” y “La taberna del irlandés”) y el propio Ford para llamarse Sean Thornton y Mary Kate Danaher, que encarnaron magistralmente John Wayne y Maureen O’Hara.
Y Kelly se convirtió en la maravillosa Isla de Inisfree (imaginada por el poeta y premio Nobel Irlandés William B. Yeats). El inolvidable personaje del casamentero, interpretado por Barry Fiztgerald, fue una genial aportación del director que no aparece en el original.
El éxito de la película (siete nominaciones y dos Oscars: mejor director y mejor fotografía en color) ha hecho olvidar el resto de las historias que componen este libro, todas desarrollladas en Irlanda, con el punto de partida de la “Guerra de Independencia irlandesa” y el IRA. En ellas se van descubriendo la historia de seis hombres y cuatro mujeres, en un ambiente de peleas, con el nacionalismo a flor de piel, leyendas y tradicciones arraigadas, amistades masculinas y cerveza.
Un libro estupendo y una película imprescindible.
A destacar la presentación muy cuidada que ha hecho la editorial Reino de Cordelia, tanto en la cubierta como en el interior, incluyendo fotogramas de la película. También es muy interesante la introducción al libro de Javier Reverte, que entre otras cosas, nos cuenta los peleas entre Ford y Walsh por los derechos de la novela.
Poco a poco voy entendiendo un pasado que todavía está aquí, al alcance de la duda. Siento además que poco a poco me van admitiendo como soy, quiero decir el de ahora y no el del recuerdo.
Andamios tuvo su primera edición en 1996, sin embargo 17 años después parece tratarse de una obra actual. Narra una parte de la historia de Javier Montes, que tras doce años de exilio regresa a Montevideo para reencontrarse con el pasado, con los amigos, con los recuerdos de los que se fueron o a los que no tuvieron más remedio que quedar atrás. Pero, ¿qué ocurre si a eso le sumas las nostalgias, los prejuicios, el no estar seguro ya del lugar al que perteneces? En unos tiempos en los que de nuevo muchos tienen que afrontar la aventura de emigrar o de regresar al lugar y al problema social del que partieron, me parecen en resumen páginas que han recuperado sentido y vitalidad.
Javier, en su desexilio (como lo nombró Benedetti), nos muestra su ternura, su añoranza, pero también nos habla de la sociedad, de la economía, de la dictadura, con la ironía y el humor propios del que siente que quizás ya no hay nada que perder.
Raquel citaba a Pessoa: “La patria, ese lugar en que no estoy”. Y cuando leí esa frase, que yo desconocía, aunque tengo bien leído a mi Pessoa, la sentí como mía.
La soledad de la que nos habla la novela es la que nos dejan los ecos del pasado y las incertidumbres del presente. Se disfrutan los diálogos que nos hacen descubrir una doble moral social, la vergüenza que se siente por haber huido, por haber sobrevivido y haberse reencontrado ahora con los que sufrieron al no poder marchar. Una sociedad que se desintegra pero que intenta resurgir de sus cenizas. Una visión interesante de las dos culturas que han formado parte de la vida de Mario Benedetti: la uruguaya y la española.
Los países no mueren. Ricos o pobres, pobres o miserables, siguen viviendo. Un país puede enfermarse, enflaquecer hasta quedarse en los huesitos, inflamarse de soberbia o desmoronarse de vergüenza, contraer la celulitis de la retórica o la lepra (Sartre dixit) de la tortura; un país puede cambiar de amo y hasta temer por su vida, pero nunca muere. La que muere es la gente. Es claro que a veces la gente se cansa de morir y hace revoluciones. O se cansa de morir y las suspende.
Emociona ver a Javier Montes luchar por amor, por reconocerse a sí mismo, por no perder la vida en esos fantasmas del pasado y los miedos que le provoca tener que empezar de cero. Emocionan los versos, el deseo, el dibujo que hace el autor de la capacidad de reinventarse que posee el ser humano. El cruce de cartas del protagonista con su esposa, de la que se está separando, y con su hija, y el resurgir de nuevos amores y placeres.
– Estoy terriblemente charlatana -admitió ella, un poco avergonzada-. Pero no sabés cuánto tiempo hace que no tenía con quien hablar así, como hablo contigo. Aunque discutamos, aunque no siempre estemos de acuerdo, vos y yo sabemos qué supuestos y presupuestos manejamos, vos y yo compartimos un lenguaje, una etapa de la vida, una ansiedad y también una esperanza, aunque esté deshecha.