CAMPUS SUR LEE: «Una educación» Tara Westover.

De niña esperaba desarrollar mi mente, acumular experiencias y consolidar mis decisiones para tomar forma hasta adquirir la imagen de una persona. Esa persona, o esa imagen de una persona, tenía un sentimiento de pertenencia. Yo era de la montaña, de la montaña que me había creado. Solo con el paso de los años me pregunté si acabaría como había empezado, es decir, si la primera forma que una persona toma es su única forma verdadera.
En el momento en que escribo las últimas palabras de este relato llevo años sin ver a mis padres, desde el funeral de mi abuela. Mantengo una relación estrecha con Tyler, Richard y Tony, y por ellos y otros parientes me entero del drama que se desarrolla en la montaña: de las heridas, la violencia y las lealtades volubles. Sin embargo, me llega de oídas, como un rumor distante, lo que es de agradecer. Ignoro si la separación es permanente, si algún día encontraré la manera de volver; en cualquier caso, me ha aportado tranquilidad.
Esa tranquilidad no ha sido fácil de conseguir. Pasé dos años enumerando los defectos de mi padre, actualizando la cuenta sin cesar, como si la lista de rencores, de actos reales o imaginados de crueldad, de desamparo, fuera a justificar la decisión de apartarlo de mi vida. Creía que al justificarla quedaría libre del asfixiante sentimiento de culpa y volvería a respirar.

Westover, T. Una educación, Barcelona: Lumen, 2018

El proceso. Franz Kafka

Disponible en Biblioteca UPM

Antes de morir, Franz Kafka dio instrucciones para que sus escritos, salvo contadas excepciones, fueran destruidos. Afortunadamente, su amigo Max Brod no siguió sus deseos y se encargó de editar su obra, lo que contribuyó al reconocimiento del escritor que no había tenido en vida.

El proceso se trata de una novela inconclusa publicada justo hace un siglo. Como gran parte de su obra, ésta supone un reflejo del atormentado carácter del autor y muestra una situación en la que todos nos podemos ver identificados.

Se ha acusado a Kafka de que no fue un buen novelista, sino que era mucho más experimentado en el relato, y esta obra puede ser una prueba de ello. Lejos de un profundo detalle de personajes secundarios, éstos se muestran como herramientas alrededor del protagonista con misiones concretas y bien definidas. Sin embargo, a pesar de las carencias que se le puedan achacar como novela, sus capítulos se pueden identificar como pequeños relatos autocontenidos con la fuerza a la que nos tienen acostumbrados, con un trasfondo reflexivo que no nos puede dejar indiferentes, válido en la época del autor y en nuestros días. La sensación de agobio, desconcierto e incomprensión de lo que pasa alrededor del protagonista en unos escenarios parcialmente oníricos provocan la misma sensación en un lector que no puede quedar indiferente.

La vida, y su visión de ésta por parte de Kafka, quedan plasmadas en esta novela, culminada con un desenlace perturbador que rompe con los estándares de cómo deseamos los lectores finalizar reconfortados por la victoria del bien o, al menos, con un atisbo de esperanza. Kafka no tuvo este consuelo y sus personajes no suelen tenerlo.

El proceso nos invita a reflexionar sobre tantas situaciones que nos podemos encontrar en nuestra vida que escapan de nuestra comprensión racional y que nos hacen dudar de lo que creemos correcto, razonable o justo. Como siempre, lejos de un entretenimiento gratuito, Kafka nos exhorta a pensar.

Felipe Jiménez Alonso

La sangre de los King, Jim Thompson

Jim Thompson

La sangre de los King

RBA

En los viejos tiempos, pensaba el viejo Ike King, cada hombre hacía lo que era capaz de hacer; y no había gran diferencia entre los hombres cuyos cuellos retorcía él y los que le retorcían el suyo. Fuera como fuese, nunca eran cuestiones personales sino simplemente enfrentamientos en los que uno robaba y el otro era robado, uno mataba y el otro moría. Había, ciertamente, tipos que se quejaban de aquella forma de actuar, pero otros que si les colgaban con una cuerda por estrenar eran capaces de llorar de alegría y emoción. Y, sin duda, uno siempre pensaba que lo mejor hubiera sido que las cosas no fuesen de aquella forma; pero eran como eran, y lo único que podía hacerse era resistir y mantener la esperanza.

De nuevo Jim Thompson viene a Nosolotécnica en esta ocasión con La sangre de los King publicada originalmente como King Blood en 1973.

Abandonamos territorios urbanos para adentrarnos en una suerte de western en la Oklahoma más salvaje, donde vive y gobierna con mano de hierro un poderoso ranchero Ike King. Su muerte está cerca y sus hijos Boz, Arlie y Critch lo saben. La lucha por la herencia se desencadena.

Criados en la brutalidad absoluta, en la creencia de que las normas se pueden cambiar a conveniencia, sin ningún tipo de empatía hacía el prójimo. La codicia los consume, recurren a la manipulación, el engaño y la violencia más cruda para asegurarse la herencia de su padre. Es un ambiente opresivo de desconfianza y peligro continuo. Los lazos familiares se vuelven frágiles ante la expectativa de una riqueza futura.

Todo es brutal, no hay concesiones al sentimentalismo. La maldad reina sin piedad. El final…previsible.

Tengo que haceros unas preguntas.

-¿Preguntas? -dijo Arlie tragando saliva ¿Sobre qué tiene que preguntarnos?

– Déjelo para otro momento – dijo Critch- Ahora pienso irme a desayunar y después a la cama. Señor alguacil, supongo que puede esperar, ¿no? Y si no, haga cualquier cosa, lo que mejor le parezca.

-¿Por ejemplo? Dijo Thompson

-¡Váyase a la mierda!

Critch se adelantó hacia la puerta pero de repente se detuvo y levantó las manos hasta los hombros con la mirada fija en el cañón negro azulado del cuarenta y cinco del alguacil.

-La frase que acabas de pronunciar se convirtió en el epitafio del último hombre que me la dio- dijo el alguacil- ¿quieres también que la ponga en tu tumba?

Critcxh negó con la cabeza y consiguió con esfuerzo dibujar una sonrisa:

-Prefiero aplazar lo del epitafio. Por tiempo indefinido como diría usted

Orbital. Samantha Harvey

Desde Lecturas para compartir, en su cuenta de Tiktok @biblioetsidiupm, la biblioteca ETSIDI UPM recomienda la lectura de Orbital, de Samantha Harvey.

En esta obra, Samantha Harvey -filósofa y profesora en la Universidad de Bath Spa- se mete en la piel de seis investigadores de la Estación Espacial Internacional. Este grupo de astronautas, compuesto por dos mujeres y cuatro hombres de diferentes nacionalidades, convive de forma rutinaria en un espacio reducido, claustrofóbico, pero desde el que se contempla el extraordinario planeta tierra. Durante nueve meses pasaran el tiempo desarrollando sus proyectos de investigación: monitorizar los microbios presentes en la nave, cultivar cristales de proteínas, observar qué les ocurre a las raíces de las plantas ante la falta de luz y gravedad, recoger datos sobre el desgaste muscular en el espacio… Y todos los tripulantes, a su vez, son objeto de estudio para determinar el impacto de la microgravedad en el funcionamiento neuronal de los humanos.

Pero Orbital va más allá del día a día interplanetario, ya que plantea cuestiones de naturaleza filosófica e íntima: ¿la realidad, cuando alcanzamos nuestros sueños, se asemeja a las expectativas creadas?

Finalmente podemos destacar que la escritora británica (Kent, 1975-) nos propone una novela singular, trufada de instantes en los que se inhala un placer inmenso derivado de las descripciones excelsas de la Tierra. Magistral la selección de esas imágenes y de las palabras.

Orbital ha cosechado éxitos como el premio Booker 2024, así como nominaciones al Premio Orwell de Ficción Política y al Ursula K. Le Guin de Ficción.

¿Os gustaría dar dieciséis vueltas al día alrededor del Planeta Tierra?

@biblioetsidiupm

Orbital nos invita a contemplar la belleza terrestre desde la Estación espacial internacional. Al tiempo que filosofa sobre nuestras expectativas de vida. lecturasparacompartir recomendacionesdelibros booktok samanthaharvey booker2024

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ÓRBITA MENOS 1

Girando en torno a la Tierra en su nave espacial se sienten tan unidos, y tan solos, que incluso sus pensamientos, sus mitologías íntimas, confluyen a veces. Tienen de vez en cuando los mismos sueños. Sueñan con fractales y esferas azules, y con rostros conocidos abismados en la oscuridad, y con el negro brillante y energético del espacio que azota sus sentidos. El espacio en crudo es una pantera, indómita y primaria; en sus sueños se les aparece merodeando por sus aposentos.
Están suspendidos en sus sacos de dormir. A un palmo de distancia, al otro lado de la piel de metal, se extiende el universo en sencillas eternidades. Su sueño comienza a diluirse y alborea una luz matinal lejana y terrestre, y sus portátiles se encienden con los primeros mensajes silenciosos del día; la estación, siempre alerta, siempre en vela, vibra con el ronroneo de ventiladores y filtros. En la cocina quedan los restos de la cena de la noche anterior: tenedores sucios sujetos con imanes a la mesa y palillos chinos metidos en una funda que hay en la pared. Cuatro globos azules se mecen en la corriente de aire, una guirnalda de papel de plata dice «Cumpleaños feliz», nadie cumplía años, pero estaban de celebración y no tenían otra cosa. Hay restos de chocolate en unas tijeras y una pequeña luna de fieltro sujeta a una cuerda, atada a las asas de la mesa plegable.
Fuera, la Tierra rueda en un compacto resplandor lunar mientras navegan con rumbo cierto hacia su filo infinito. Los penachos de nubes sobre el Pacífico proyectan un resplandor cobalto sobre el océano nocturno. Ahora divisan Santiago, arrimada al perfil de la costa sudamericana, bajo un fulgor de oro empañado por las nubes. Invisibles tras los postigos cerrados, los vientos alisios que soplan sobre las aguas cálidas del Pacífico occidental han fraguado una tormenta, una bomba de calor. Los vientos absorben el calor del océano, formando nubes que se espesan y cuajan, y empiezan a rotar en columnas verticales hasta formar un tifón. Mientras el tifón se desplaza hacia el oeste, en dirección al sur de Asia, su nave viaja hacia el este, siempre rumbo al este, descendiendo hacia la Patagonia, donde el temblor de una aurora distante forma una cúpula fluorescente sobre el horizonte. La Vía Láctea es un reguero humeante de pólvora esparcido sobre un cielo de raso.
A bordo de la nave, es una mañana de martes, las cuatro y cuarto, principios de octubre. Fuera, están Argentina, el Atlántico Sur, Ciudad del Cabo, Zimbabue. Sobre la amura derecha, el planeta susurra el amanecer, una tenue fisura de luz fundida. Se deslizan por los husos horarios en silencio.

El espía que surgió del frío. John Le Carré

Disponible en Biblioteca UPM

De la misma forma que una novela policiaca tiene sus códigos particulares y concluye como debe terminar, con la resolución del crimen por lo general, una novela de espías respeta sus reglas y acaba como debe hacerlo. El problema, en este caso, es que nunca está claro qué es lo que se persigue. Porque un espía vive en el engaño y del engaño.

Los espías, tengan o no licencia para matar, suelen atesorar muertos a su alrededor. Sin duda, se trata de un trabajo para personas con perfiles muy definidos, complejas por naturaleza, donde no se puede creer nada de lo que les rodea, ni las motivaciones que se esconden detrás de todo lo que les sucede o hacen. Por ello, la lectura de una novela de espionaje no supone el reto de descubrir un asesino o un ladrón, se trata de algo más simple, se trata de entender qué está pasando y, sobre todo, por qué. Porque todo alrededor de un espía es más complicado de lo que debería ser.

Este es el caso de una novela de redefinió este género, El espía que surgió del frío. En ella no se encuentran giros estrambóticos, aunque lo pueda parecer, sino que, según se avanza, se comprende que sucede lo que debía suceder, que cualquier otra solución no era remotamente posible. Sin embargo, solo se comprende esta coherencia cuando se muestra, lo que acrecienta el sentimiento de haber sido vapuleado en una secuencia de escenas sin un hilo conductor. La batalla por lograr descifrar ese hilo es constante, porque se sabe que existe, pero no se percibe, pero se va vislumbrando poco a poco.

Como dijo alguien que sabía lo que era investigar, cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad. Después de una aventura perdido en los vaivenes de la acción, luchando por eliminar todo aquello que está colocado para engañarnos o engañarle, por saber en quien confiar, nos adentramos en las dudas que rodean a nuestro espía. El reto es llegar a la conclusión antes de que el único desenlace que se puede tener y que deberíamos haber intuido desde un comienzo acontezca, ya que es el único plausible. ¿Aceptas el reto?

Felipe Jiménez Alonso

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