CAMPUS SUR LEE: «La luz difícil», Tomás González.

«A Ángela le gusta decirme que estoy comiendo demasiado poco y que estoy muy flaco para mi estatura, lo cual me causa gracia, pues la proporción peso-estatura ya no debería ser problema para un señor de setenta y ocho años. No he perdido la memoria, estoy lúcido y, en general, la gente no me trata como anciano. Lo que sí ha pasado es que me he despegado de los asuntos del mundo del bípedo implume, y son pocos o ninguno los que considero importantes. Hasta que ocurrió lo de Jacobo, andaba yo muy pendiente de lo que se opinara sobre mi obra. Leía las reseñas con una avidez que hoy me parece tontería pura y sentía que no se me estaba reconociendo lo suficiente en el mundo del arte. Y era cierto, durante mucho tiempo mi trabajo no fue valorado y justo vino a coincidir el largo tormento de mi hijo con una voluminosa y viscosa marea de reconocimiento que yo no quería ya para nada y parecía llegar en ese momento solo para estorbar en nuestra aflicción, como podrían estorbar un travesti, o un mico, o un loco en un entierro. Claro que también llegó el dinero, que tanto necesitábamos. El dolor intenso le comenzó a Jacobo tres años después del salir del hospital. Los médicos nos lo habían advertido. Tal vez lo peor no sería que no iba a volver a caminar, sino el malestar físico que en algún momento podría empezar a sentir. El dolor se volvió permanente con el paso del tiempo y fue aumentando en intensidad, a tal punto que había días, no todos, por fortuna, en que debíamos entrar con mucho cuidado a su cuarto, y hablar en voz muy baja para evitar que el ruido lo hiciera gemir y temblar.»

González, T. La luz difícil, México, 2023

CAMPUS SUR LEE: «Una educación» Tara Westover.

De niña esperaba desarrollar mi mente, acumular experiencias y consolidar mis decisiones para tomar forma hasta adquirir la imagen de una persona. Esa persona, o esa imagen de una persona, tenía un sentimiento de pertenencia. Yo era de la montaña, de la montaña que me había creado. Solo con el paso de los años me pregunté si acabaría como había empezado, es decir, si la primera forma que una persona toma es su única forma verdadera.
En el momento en que escribo las últimas palabras de este relato llevo años sin ver a mis padres, desde el funeral de mi abuela. Mantengo una relación estrecha con Tyler, Richard y Tony, y por ellos y otros parientes me entero del drama que se desarrolla en la montaña: de las heridas, la violencia y las lealtades volubles. Sin embargo, me llega de oídas, como un rumor distante, lo que es de agradecer. Ignoro si la separación es permanente, si algún día encontraré la manera de volver; en cualquier caso, me ha aportado tranquilidad.
Esa tranquilidad no ha sido fácil de conseguir. Pasé dos años enumerando los defectos de mi padre, actualizando la cuenta sin cesar, como si la lista de rencores, de actos reales o imaginados de crueldad, de desamparo, fuera a justificar la decisión de apartarlo de mi vida. Creía que al justificarla quedaría libre del asfixiante sentimiento de culpa y volvería a respirar.

Westover, T. Una educación, Barcelona: Lumen, 2018

CAMPUS SUR LEE: «Retrato» Poesía. Antonio Machado.

Poesía en la  Biblioteca UPM

Antonio Machado en la Biblioteca UPM

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,

mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

Machado, A. Poesía, Barcelona: Orbis, 1997.

CAMPUS SUR LEE: El aire de Chanel. Paul Morand

El aire de Chanel en la  Biblioteca UPM

Coco Chanel en la Biblioteca UPM

Hay que hablar de la moda con entusiasmo, pero sin exagerar; y sobre todo sin poesía, sin literatura. Un vestido no es ni una tragedia ni un cuadro; es una encantadora y efímera creación, no una obra de arte eterna. La moda tiene que morir, y deprisa, para que el contenido pueda vivir…

La creación es un don artístico, una colaboración de la modista y de su época. No se consigue crear vestidos con sólo hacerlos (hacer moda y crear moda son dos cosas bien distintas); la moda no está solo en los vestidos; la moda está en el aire, la trae el viento, se presiente, se respira, está en el cielo y en el asfalto, está en todas partes, mantiene una estrecha relación con las ideas, las costumbres, los acontecimientos…

La moda tiene que ser la expresión de un lugar y momento determinados. La frase “el cliente siempre tiene razón” cobra en ella todo su sentido; un sentido que quiere decir que la moda es, como la ocasión, algo que hay que atrapar al vuelo.

Morand, Paul

El aire de Chanel, Barcelona: Alfaguara, 2021

CAMPUS SUR LEE: Memorias del subsuelo. Fiodor M. Dostoievski

Fiodor M. Dostoievski en la Biblioteca UPM

Memorias del subsuelo en la Biblioteca UPM

… Mirad: la razón, caballeros, es una buena cosa, eso es indiscutible; pero la razón no es más que la razón, y sólo satisface a la capacidad humana de raciocinar, en tanto que el deseo es la manifestación de la vida toda; es decir, de toda la humana, incluso la razón y todas las comezones posibles.  Y si nuestra vida no se revela a veces mucho en esta manifestación, es, pese a todo, la vida, y no únicamente la extracción de la raíz cuadrada. Porque yo, por ejemplo, quiero vivir de un modo completamente natural para satisfacer mi capacidad de vivir y no mi facultad de raciocinio, la cual representa próximamente la vigésima parte de mi capacidad de vivir. ¿Qué sabe de eso la razón? La razón solo sabe lo que ha tenido tiempo de saber (puede que haya algunas cosas que nunca sabrá, esto no es muy consolador que digamos, pero ¿por qué no reconocerlo?), en tanto que la Naturaleza humana actúa en masa con cuanto en ella se encierra, y se equivoque o acierte, vive.

Dostoievski, F. Memorias del subsuelo. Cátedra, 2006.

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