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Tres enigmas para la Organización. Eduardo Mendoza, Premio Princesa de Asturias 2025

Esta semana en Lecturas para Compartir, la página de la Biblioteca ETSIDI en la plataforma Tiktok, no podemos dejar de rendir homenaje a nuestro recién galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025.

Eduardo Mendoza (1943-) es un enorme profesional de las Letras que ha conseguido hacernos disfrutar de grandes momentos. Su imaginación desbordante, su humor brillante y su maestría narrativa despuntan en sus primeras obras: El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas. Su acción trepidante y su lenguaje, de una riqueza desmesurada, las distingue de forma sobresaliente. Y ambas son divertidísimas.

Con la novela histórica La verdad sobre el caso Savolta, ambientada en la Barcelona de 1918-1919, este abogado de formación ya había alcanzado los altares de la Literatura española. Su composición, a modo de rompecabezas, incorpora una gran variedad de géneros, desde el pastiche a la propaganda, pasando por el texto histórico, así como documentos judiciales y policiales, y -como marca de la casa- también está provista de sentido del humor.

Su última obra, Tres enigmas para la Organización acaba de salir de la imprenta en 2024. Esta novela vuelve a la parodia, llegando a ser una de sus obras más divertidas. En esta ocasión los agentes secretos deben investigar tres casos de los que desconocen si existe alguna conexión entre ellos. De nuevo, el autor barcelonés actualiza las normas clásicas del género de detectives.

El Premio Princesa de Asturias de las Letras, que se concede a «la labor de cultivo y perfeccionamiento de la creación literaria en todos sus géneros», se suma a los múltiples premios que atesora Eduardo Mendoza, entre los que podemos destacar El Cervantes y el Planeta.

Tres enigmas para la Organización

Barcelona, primavera del año 2022.

En la calle Valencia, a escasos metros del Paseo de Gracia, refulgente de hoteles suntuosos y tiendas lujosas de grandes marcas internacionales, casi enfrente del pequeño pero simpático museo de antigüedades egipcias, donde no faltan momias, sarcófagos y tablillas, así como un número indeterminado de figuritas, se levanta un edificio estrecho, de estilo decimonónico, fachada de piedra gris con algunos relieves florales, balcones alargados con barandas de herraje y zaguán oscuro. No hay portero y es inútil pulsar el interfono. En las gruesas jambas de la puerta de entrada, una docena de placas de latón indican que el edificio, destinado en sus orígenes a vivienda de familias acomodadas, está ocupado ahora por oficinas. Las placas que corresponden al segundo piso son cuatro.

 

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