“Junto a un bosque inmenso” de Leo Vardiashvili es la novela que os recomendamos esta semana en “Lecturas para compartir”.
Siendo tan sólo su opera prima, este escritor georgiano ha convertido su debut literario en la revelación del año, así lo han aclamado los más importantes medios anglosajones como autores de la talla de Khaled Hosseini.
El relato narra las andanzas de tres miembros de una misma familia, un padre y sus dos hijos varones, que, tras años de exilio en el Reino Unido, huyendo de la guerra, vuelven a Georgia, con el expreso deseo de reconciliarse con su pasado y recuperar los recuerdos de una esposa y una madre, que tuvo el valor de sacrificar su vida para salvar a su familia.
Los esfuerzos del padre por reunir a la familia de nuevo no tendrán ningún éxito, y la ansiedad por dar respuesta a la incertidumbre de su incomprensión, le llevarán a realizar un viaje de vuelta a su tierra natal, sumergiendo al lector en la vida de la antigua república soviética, y mostrándole la entereza y valentía de sus gentes de una manera increíblemente conmovedora.
Imbuida de humor negro y una profunda melancolía, Junto a un bosque inmenso es una novela poderosa y esperanzadora sobre el trauma individual y colectivo de la guerra, y el espíritu de un pueblo decidido a sobrevivir y a recordar a quienes no lo consiguieron.
«¿Dónde está Eka?», preguntábamos como unas cien veces al día.
Nuestra madre se había quedado para que nosotros pudiésemos escapar.
Con la guerra pasa una cosa, y es que desbanca a casi todo lo demás. Cuando alguien dispara ráfagas de AK-47 en tu calle, se te quitan de golpe las otras preocupaciones. Por la noche oíamos los disparos y por la mañana veíamos los cartuchos relucientes en la acera, como si hubiera caído una lluvia de casquillos de munición sobre Tbilisi. Hasta ahí parece todo bastante soportable.
Pero cuando un obús perdido rompe la barrera del sonido al pasar junto a la ventana de tu dormitorio, prosigue su trayectoria con un chillido ensordecedor y borra del mapa la tienda de comestibles de la esquina y con ella a toda la familia que vivía encima, empiezas a hacer planes. Nuestros padres, Irakli y Eka, hicieron planes para que nos fuéramos todos juntos, y adiós al divorcio.
Salir del país significaba tirar de sobornos turbios, sellos de pasaporte robados y certificados falsos. El poco dinero que la familia logró reunir no era suficiente para dos adultos y dos niños. Eka ni siquiera tenía pasaporte. No podíamos irnos los cuatro.
Entretanto, la guerra civil había comenzado a caldearse: los agujeros de bala, tanto en personas como en sitios conocidos, habían dejado de sorprendernos. Teníamos que irnos. Eka se quedó y nosotros escapamos con Irakli