
Esta semana en “Lecturas para compartir” os recomendamos la novela de la escritora inglesa Katherine Webb, “Una canción casi olvidada”
Con un estilo propio de las novelas de la escritora australiana Kate Morton; Katherine Webb, en esta novela, hila magistralmente una historia de secretos y pasiones acontecida en el pasado, que busca ser nuevamente recordada y redimida en nuestro presente.
Su protagonista, Zach, amante de la pintura de Charles Aubrey, un conocido pintor, fallecido durante el rescate de Dunkerque, decide viajar a Dorset con intención de investigar sobre la vida del artista, y finalizar el libro que está escribiendo sobre su labor y repercusión artística.
Entre la bruma, junto a los escarpados acantilados de este lugar, Zach se sorprenderá descubriendo un pasado oscuro, turbio y doloroso, cuando conoce a Mitzy, una extravagante y solitaria anciana, que fue musa y amante del pintor. Un personaje muy complejo y con muchos secretos guardados, que necesitan ser recuperados de nuevo por la memoria.
El éxito de “Una canción casi olvidada” se encuentra en su atmósfera perturbadora, unos personajes que se desvelan de a poco y una escritura que envuelve al lector. Éste se dejará arrastrar fácilmente por la intriga de una trama, según avanza la historia y los enredos, que rodean a sus personajes; volviéndose casi adictiva y ganando en intensidad y fuerza en el momento que se vislumbra su desenlace.
Celeste estaba ahí fuera, en los acantilados, de espaldas a la casa, mirando el mar, esculpida por la luz plateada de la luna. La superficie del canal de la Mancha subía y bajaba agitada, y de las crestas blancas se desprendía espuma que se lanzaba hiriente contra la orilla. Ella notó pequeñas salpicaduras en la cara, duras y corrosivas. ¿Cómo era posible que Celeste estuviera allí? ¿Después de todos esos largos años, después de haberse esfumado? Pero era ella, de eso no había duda. La larga y familiar espalda, una columna vertebral flexible que descendía hasta las voluptuosas curvas de las caderas; los brazos rectos a los costados, con los dedos extendidos. «Me gusta sentir el viento al pasar entre mis manos.» Las palabras parecían llegar en un susurro a través de la ventana, con ese extraño acento gutural tan suyo. El pelo largo y un vestido también largo y amorfo que se ondulaba por detrás; la tela ceñía los contornos de los muslos, la cintura y los hombros. Luego, inesperadamente, llegó una imagen nítida: él bosquejando un retrato de Celeste, alzando la vista con aquella intensidad aterradora, aquella concentración inquebrantable. Volvió a cerrar los ojos y los apretó con fuerza. El recuerdo era tan querido como insoportable.