Después de un merecido descanso vacacional, volvemos a retomar de nuevo las recomendaciones literarias del Tiktok de la biblioteca de la ETSIDI. Esta semana en “Lecturas para compartir”, apostamos por una recomendación de intriga y de misterio con una trama impecable, “El último adiós” de la escritora australiana Kate Morton.
Como es de esperar en sus novelas, esta escritora ya nos tiene acostumbrados a disfrutar de tramas que se desarrollan y se entrelazan en varios ejes temporales.
En esta ocasión, la desaparición de un niño durante los años 30 volverá a tomar protagonismo en la actualidad; cuando por casualidad una investigadora de Scotland Yard, que cumple un permiso forzoso en su trabajo, halla la casa abandonada donde tuvieron lugar los hechos. Será, entonces, cuando por cuenta propia decida iniciar una nueva investigación del caso.
La policía Sparrow no descansará hasta resolver este intrincado misterio, que justo desembocará en un inesperado desenlace, que no solo sorprenderá y emocionará a cualquier lector, sino a los propios personajes implicados en la historia.
“LLOVÍA a cántaros y tenía el dobladillo del vestido salpicado de barro. Tendría que esconderlo más adelante; nadie debía saber que había salido. Las nubes cubrían la luna, un golpe de suerte que no merecía, y se abrió camino a través de la noche densa y oscura tan rápido como pudo. Había venido antes a cavar el hoyo, pero hasta ahora, al amparo de la oscuridad, no terminaría el trabajo. La lluvia punteaba la superficie del arroyo de truchas, repiqueteaba sin cesar en la tierra a su alrededor. Algo salió corriendo de entre los helechos, muy cerca, pero no se sobresaltó, no se detuvo. Llevaba toda la vida entrando y saliendo del bosque y conocía el camino de memoria. Cuando sucedió, había considerado confesar, y quizá, al principio, lo habría hecho. Sin embargo, había perdido la oportunidad y ahora era demasiado tarde. Habían sucedido demasiadas cosas: las partidas de búsqueda, los policías, los artículos en los periódicos que solicitaban información. No había nadie a quien pudiera contárselo, no había forma de arreglarlo, no había posibilidad alguna de que la perdonaran. La única opción que le quedaba era enterrar las pruebas. Llegó al lugar que había escogido. La bolsa, con la caja dentro, era sorprendentemente pesada y fue un alivio soltarla. Apoyada sobre manos y rodillas, retiró el camuflaje de helechos y ramas”