Penelope Fitzgerald. La librería.

Penelope Fitzgerald. La librería. Editorial Impedimenta, 2010.

Esta es la historia de una mujer valiente y decidida que quiere comprar un viejo edificio, Old House (con el nombre está todo dicho) en su pueblo, Hardborough, y montar en él una librería. Estamos en 1959 y el nombre de esta mujer es Florence Green. Su marido, Charlie Green había muerto de neumonía en un campo de recogida al principio de la Segunda Guerra Mundial y lo que les unió fue su amor por los libros cuando trabajaban juntos en Müller’s, una gran librería de Londres y él era el responsable de la sección de poesía.

Era pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás. No se hablaba mucho de ella, ni siquiera en Hardborough, donde los amplios espacios permitían ver a todos los que se acercaban, y donde todo lo que se veía era objeto de comentario.

Hardborough es un minúsculo pueblo costero en el condado de Suffolk (Inglaterra), apartado del mundo, y que se caracteriza justamente por lo que no tiene:

En Hardborough, en 1959, uno no podía tomarse una ración de fish and chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos. En cierto modo, se sentía la necesidad de todas estas cosas, pero a nadie se le había ocurrido y, desde luego, nadie pensó que a la señora Green se le hubiera ocurrido tampoco abrir una librería.

Old House además de ser un edificio viejo y con serios problemas de humedad tiene otra particularidad, tiene su propio poltergeist, aunque en Hardborough lo llaman rappers (literalmete “golpeador”). Con él deberá convivir Florence.

La fuerza viva del pueblo, la señora Gamart, rica e influyente, intentará por todo los medios que la librería se cierre y establecer en Old House el “Centro para la Música y las Artes”. A su favor, Florence cuenta con el apoyo de Christine, una niña de 10 años que después del colegio la ayuda en la librería y el señor Brundish, descendiente de una de las familias más antiguas de Suffolk,  que sólo sale de su casa en verano, nunca en invierno, excepto cuando fue a visitar, por primera vez en su larga vida, a la señora Gamart y esto fue lo que le dijo:

-¿Por qué quiere que se vaya de esa casa?

– ¿No se le ha ocurrido a usted, que seguramente es un hombre que se interesa por el bienestar y el patrimonio de este pueblo, que un edificio de tanto interés histórico podría utilizarse para algo mejor?

– La antigüedad no es lo mismo que el interés histórico, dijo. De lo contrario, nosotros dos seríamos más interesantes de lo que somos…

– Lo repito: quiero que deje a mi amiga Florence Green en paz, gritó el señor Brundish. ¡En paz!

¿Conseguirá Florence resistir los ataques de la prepotente señora Gamart?

Isabel Coixet la llevó al cine en 2017 y obtuvo un gran éxito de crítica (Premios Goya 2018: Mejor película, dirección y guion adaptado). Es una película bonita y que recoge muy bien el espíritu del libro. Muy recomendable también.

Penelope Fitzgerald nació en 1916 y, autora tardía, publicó su primer libro en 1975, una biografía sobre Edward Burne-Jones y en 1977 su primera novela, The Golden Child. Con La librería fue finalista en 1978 del Booker Prize, premio que consiguió en 1979 con su siguiente novela  A la deriva. Murió en Londres en abril del 2000.

Editada en España por Impedimenta en 2010 se acaba de reeditar con un posfacio de Terence Dooley, albacea literario y yerno de la escritora británica,que da las claves del proceso de escritura de este libro.

Es una novela bonita donde se respira el amor por los libros y la lectura.

El gran sueño de oro. Chester Himes

El gran sueño de oro. Chester Himes

Bruguera.

Alberta estaba como hechizada. Sorprendida por la magnitud de su buena suerte, sacó del sujetador un billete mojado de cincuenta dólares y se lo alcanzó al Dulce Profeta, recibió a cambio una miga de pan del tamaño de un guisante. Se la puso en la boca mirando al cielo, y  la tragó bebiendo largamente el agua de la botella bendita.

Todos los que contemplaban la escena estaban convencidos de que el agua poseía virtudes curativas.

 

Alberta Wright asistía a un servicio religioso que el reverendo conocido como Dulce Profeta Brown, ofrecía en la calle 117, en pleno Harlem. Llena de fervor y pasión y fruto del frenesí colectivo en el que se ve envuelta, tras beber agua  bendecida por el reverendo, cae desvanecida. Todo el mundo a su alrededor cree que está muerta. Quizás ha sido envenenada. Y la codicia se hace presente. Algunos de sus conocidos empiezan a buscar el dinero que creen esconde en su casa. Y con la codicia, con la ambición, viene fatalmente de la mano la muerte, el asesinato.

Pero Alberta no está muerta y es detenida.

– Le está dando usted mucho trabajo a la brigada de Homicidios –dijo el sargento-. Ayer estaba muerta, y hoy mata a alguien.

– Ni estaba muerta ni he matado a nadie – respondió Alberta.

– Está bien, está bien. Empiece a mentir – dijo el sargento-. Dígame todo lo que ha ocurrido.

Ella hablaba con la voz monocorde y plañidera que reservaba para los blancos que le hacían preguntas.

Cuando terminó, el sargento preguntó:

– Me ha obedecido al pie de la letra, ¿verdad?

– No, señor; todo lo que le he dicho es verdad.

Ataúd Ed y Sepulturero Jones son los detectives que deberán recorrer las calles de Harlem para resolver el caso, y que en ocasiones como lectores, no llegamos a entender. Un Harlem sombrío, desolador, perturbador, plagado de seres marginales, de perdedores, de buscavidas pero que a la vez es un escenario lleno de vida, de humor y que Himes describe magistralmente. Porque en realidad es Harlem, como en otras muchas novelas de Himes, el verdadero protagonista de esta novela y recorriendo sus páginas es fácil sentir que nos encontramos en sus calles, que somos uno más de sus habitantes.

Chester Himes nació el Jefferson City en 1909 y murió en Alicante en 1984. Otras novelas son Por amor a Imabelle, Algodón en Harlem, Todos muertos….

Chester Himes en la Biblioteca Universitaria UPM

Aves Migratorias. Marianne Fredriksson

Cubierta de Aves Migratorias, Marianne FredrikssonAves Migratorias
Marianne Fredriksson
Salamandra, 2001
Traducción de Gemma Carlsson
Título original: Fyttfgar (1999)

Un libro sencillo, poético y tremendamente humano, con una acción lenta pero conmovedora. Dos mujeres aparentemente opuestas se conocen en un invernadero movidas por su pasión por las plantas.

Las dos separadas comienzan una relación en la que desgranan sus recuerdos, demonios y fantasmas en el frío, muy frío, invierno sueco.

Oscuridad en el exterior que refleja la suya propia en su interior. La racional y fría Inge choca con la temperamental y exiliada Mira, una chilena superviviente de dos cataclismos: la dictadura política y su sumisión en un matrimonio fracasado. Aparentemente nada las une pero de su encuentro brotará la semilla de una amistad que puede tener algo de redentora para ambas y que les permitirá bucear en su interior para poder descubrir realmente su propia esencia.

Su autora Marianne Fredriksson fue una conocida escritora y periodista sueca muy popular en su país llegando a alcanzar fama internacional.

Uno de sus temas más recurrentes en todas sus novelas es el de la amistad llegando a afirmar que ésta es mucho más importante que el amor.

Marianne Fredriksson en la Biblioteca UPM

Blanca Laffitte Lasarte

Fred Vargas: del Hombre de los círculos azules a Cuando sale la reclusa

Fred Vargas, premio Princesa de Asturias 2018

 

Fred Vargas es el pseudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau, arqueozoóloga e historiadora medievalista, especialista en la peste negra, francesa nacida en París en 1957. Tiene un dilatado historial en novela negra al que llegó por casualidad como válvula de escape al día a día de sus excavaciones desde su puesto de investigadora del CNRS (equivalente al CSIC en España). Su primera novela negra: Les jeux de l'amour et de la mort, Los juegos de amor y de muerte, (no editada en castellano), fue escrita al calor de una de dichas excavaciones con la sensación de hacer novillos según ella misma declara.foto de la autora

Su serie más conocida es la de su célebre comisario de policía, Jean-Baptiste Adamsberg, cuyo primer título: El hombre de los círculos azules (2007), tuvo desde el primer momento un enorme éxito. En esta serie hay ya publicados 12 títulos en 10 años (hasta 2017).

En sus novelas, llenas de intriga y reflexión, hace siempre un guiño a sus especialidades; hay alguna referencia histórica y zoológica; se lee muy bien, tiene personajes muy delineados, complejos en sus valores y comportamiento, y los desenlaces en general sugieren quiebros inesperados.

Defiende la intuición y el razonamiento inconsciente de su protagonista como contraposición a la lógica cartesiana de su mano derecha el inspector Danglard, y complementa este enfoque con una amalgama de otros personajes secundarios y miembros del equipo, en un ambiente netamente francés.

carátula de cuando sale la reclusacarátula de el hombre de los círculos azulesComencé leyendo la serie al revés, empezando por el último título: Cuando sale la reclusa, y continué con el primero ya mencionado. Aunque las tramas ganan en complejidad y referencias cruzadas, creo que ha perdido algo de su frescura original. Debo reconocer en cualquier caso que cada novela te atrapa desde el primer momento y es raro terminar en más de un par de días.

Siruela es la editorial que nos ofrece sus novelas en castellano, también en formato bolsillo.

Es la primera vez que el Premio Princesa de Asturias de las letras se otorga a un autor de novela negra, y en esta ocasión ha sido elegida entre 35 candidaturas de 21 países.

 

Fred Vargas en la Biblioteca UPM

 

Paradoja del interventor. Gonzalo Hidalgo Bayal

Cubierta de Paradoja del interventor, Gonzalo Hidalgo BayalParadoja del interventor
Gonzalo Hidalgo Bayal
Barcelona: Tusquets, 2006

Trenes. Si fuera un personaje literario (en caso de no serlo ya a estas alturas del cuento) tendría mucho cuidado a la hora de comprometer mi destino por culpa de la promesa de una travesía ferroviaria, por muy atractiva que ésta pareciera a priori. Pienso en “El andén de nieve”, aquel relato de Carlos Castán a bordo de cuyo tren podías alcanzar un destino de ficción. Y pienso en “El guardagujas” de Juan José Arreola, cuyo ferrocarril no solo disloca rutas e itinerarios sino que emprende sus propias expediciones a través de la selva con ánimo fundacional. O en la “Paradoja del interventor”, esta magnífica novela de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950) en la que un viajero se apea del tren aprovechando la parada en una estación cualquiera para llenar su botella de agua y tomar café y acaba quedándose en tierra, sin abrigo y sin equipaje, sin documentos y con apenas unas calderillas en el bolsillo, pues el tren se ha puesto en marcha sin aviso y con un pasajero menos. En esa estación sombría, decadente, sin asomo de un interventor que anuncie próximos trenes (sin asomo de nuevos trenes), el viajero aún no sabe que ya se ha convertido (o está cerca de hacerlo) en el único interventor, que lo que le espera es una búsqueda de sí mismo, de un lugar al que pertenecer, por las calles y entre las gentes de una ciudad cerrada e impermeable, que en otra época vivió tiempos mejores, algún tipo de progreso, pero que ahora gira en círculos, en huecas repeticiones sobre sí misma hacia la disipación, el sinsentido, la indiferencia, el olvido.

Viajero, luego forastero, luego interventor aunque no lo sepa, el personaje sin nombre que ha perdido su tren también ha extraviado su destino y su identidad, ha ingresado en un tejido extraño de la realidad (un cajón secreto fuera del tiempo) trenzado y sostenido por la prosa culta, elegante y rica en detalles de Gonzalo Hidalgo Bayal, a quien uno podría leer una y otra vez porque siempre hallará algo nuevo y brillante escondido entre dos líneas inocentes. Y se puede leer en el tren, yo lo hice, y creo (con un moderado nivel de certeza) que aún sigo en este mundo.

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