En el café de la juventud perdida / Patrick Modiano

Patrick Modiano:

En el café de la juventud perdida (traducción de María Teresa Gallego Urrutia).

Anagrama, 2008-

Versión original en francés:

Dans le café de la jeunesse perdue. Gallimard (Folio), 2009-

Me saqué del bolsillo el sobre y estuve mirando mucho rato las dos fotos de carnet. ¿Dónde estaría ahora? ¿En un café, como yo, sentada sola a una mesa? Seguramente se me ocurría eso por la frase que había dicho él hacía un rato. “Uno intenta crear vínculos…” Encuentros en la calle, en una estación de metro en hora punta. En momentos de esos habría que sujetarse mutuamente con unas esposas. ¿Qué vínculo podría resistir a esa oleada que nos arrastra y nos lleva a la deriva? (p. 48)

¿Quién es capaz de resistirse a un título de resonancia tan panorámica y evocación tan proustiana? Una novela más bien corta sin embargo, para cuya fabricación se requieren la mirada curiosa, la ilusión y la audacia de un niño, y la perspectiva de un veterano.

Me ha parecido que la escritura de Modiano hereda algo de la morosidad y economía de medios expresivos de Queneau, con el que comparte también una especie de pequeña épica urbana: un París en el que se cruzan intelectualidad y snobismo, casticismo y cosmopolitismo de aluvión. Los protagonistas son esbozados con rapidez pero en seguida se nos vuelven familiares, operativos y tan cargados de significación como las escuetas figurillas del historietista Jean-Jacques Sempé, gran amigo de Patrick. Seres que deambulan entre la deriva y el encanto, entre el tedio y la oculta magia posible tras la rutina cotidiana.

Más allá de los clichés sobre la flânerie, el tratamiento del espacio urbano por Modiano me remitió asimismo a la Poética del espacio de Gaston Bachelard y a Los no-lugares de Marc Augé. Ignoro si estos autores han podido influirle consciente y directamente, pero en este Café de la juventud perdida él parece ingeniárselas para convertir esos no-lugares públicos de tránsito en verdaderos espacios configurados por el sentido que los personajes -desarraigados de sus propios domicilios privados y tal que pequeños dioses- les otorgan. La propia ciudad se convierte en un seno u hogar materno al que huir hacia afuera, frente a la desolación interior. Desde este punto de vista, Modiano, nacido justo en el emblemático 1945, puede ser considerado como un eficaz pintor literario del París postindustrial. Porque además, no es poco lo que esos personajes dejan traslucir de la percepción y vivencia de la ciudad por el propio autor. Por otro lado la novela ha sido etiquetada en alguna ocasión como “policíaca” pero me parece más bien existencial y filosófica que otra cosa, incluso admitiendo sus ingredientes detectivescos; y en cualquier caso es bastante onírica e híbrida: con elementos tanto realistas como surrealistas.

¿Alguna conclusión a la salida del café? Acaso más que París, siempre nos quedarán la lógica y el sentimiento.

Por las noches, al salir de la librería, me sorprendía encontrarme en el bulevar de Clichy. No me apetecía mucho bajar hasta Le Canter. Los pies me llevaban hacia arriba. Ahora me agradaba subir las cuestas o las escaleras. Contaba todos los peldaños. Al llegar al número 30 sabía que estaba salvada. Mucho después, Guy de Vere me hizo leer Horizontes perdidos, la historia de unas personas que suben por las montañas del Tibet, hacia el monasterio de Shangri-La, para descubrir los secretos de la vida y de la sabiduría. Pero no merece la pena ir tan lejos. Me acuerdo de mis paseos nocturnos. Para mí, Montmartre era el Tibet (p. 83)

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