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NATURALIZACIÓN DE LOS CAUCES

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Miguel Delgado Cándano – Estudiante Máster en Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos UPM

            Mesura, moderación, sensatez, equilibrio… En esta época tan convulsa en la que nos ha tocado vivir, todos anhelamos que estas palabras dejen de ser vocablos abstractos y se conviertan en una realidad. El motivo es bien sencillo: alcanzar la armonía vital necesaria para el bienestar del ser humano, para la continuidad de la humanidad. Y lo es en cualquier ámbito: político, económico, familiar, social, educativo, sanitario… Y también, cómo no, en el territorio del medio ambiente y la ingeniería civil.

            Por desgracia, este esta área, las inundaciones del 3 de septiembre de 2023 en Aldea del Fresno (Madrid) y la histórica DANA del 29 de octubre de 2024 en Valencia dejaron bien clara una realidad: no lograr el equilibrio mata. Doscientas treinta y una víctimas mortales entre estas dos catástrofes es una tragedia terrible y dantesca que, al menos en parte, podría haberse paliado si se hubieran hecho las cosas de manera diferente tiempo atrás.

            El controvertido debate que se abre en lo más profundo de la sociedad y de la ingeniería civil trata de dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿se debe apostar por la renaturalización de los ríos, permitiendo el crecimiento de la vegetación riparia autóctona o deberíamos tratar los ríos como si fueran canales, totalmente limpios y despejados, para facilitar la circulación del agua y evitar completamente el efecto presa en las infraestructuras?

La corriente de renaturalización de los cauces fluviales apuesta por los mecanismos naturales de amortiguación del agua y defiende la idea de restaurar la vegetación riparia autóctona. Y es que, está demostrado que cuando la flora autóctona está profundamente enraizada, ralentiza el flujo de agua durante las lluvias importantes, crecidas e inundaciones. Esta afirmación se explica por el coeficiente de Manning, que mide la capacidad que tiene la vegetación riparia de reducir el volumen inicial del agua mediante dos sistemas: primero, dificultando la llegada al suelo de las precipitaciones y segundo, facilitando su infiltración en acuíferos. Gracias a estos dos mecanismos se consigue disipar y amortiguar la fuerza del flujo, lo que se traduce en efectos mucho menos devastadores para las zonas afectadas por las lluvias torrenciales y riadas.

Foto 1: Erosión del lecho bajo cimentación en lote de vanos con consiguiente basculación del tramo.

Es importante destacar que la postura de renaturalización fluvial es la oficial establecida en los planes hidrológicos de cuenca, lo cuales se elaboran a partir de la Directiva Marco del Agua (traspuesta al ordenamiento jurídico español a través de la ley 62/2003, por el que se modifica el texto refundido de la Ley de Aguas).

Igualmente, esta postura no permite la proliferación de especies invasoras y propone realizar labores de limpieza de elementos inertes que puedan generar taponamientos como son los restos de obra, basura y grandes troncos muertos. De esta manera, al limpiar el cauce de los ríos, éstos pueden dimensionarse mejor hidráulicamente, permitiendo que los puentes y alcantarillas sean diseñadas para continuar funcionando durante varios siglos, con capacidad de desagüe suficiente y sin comprometer en absoluto el bienestar y la vida de la población.

La perspectiva de la naturalización de los cauces también aboga por crear islotes con sedimentos, reservar espacios para la inundación natural, conectar entre sí meandros antiguos de los ríos… Todas estas medidas favorecen la gestión fluvial sin poner en riesgo la seguridad de la población.

Por su parte, la postura del control y eliminación de la vegetación defiende la limpieza periódica de los ríos e incide en la peligrosidad de la acumulación de biomasa en los cauces cuando nos sorprenden fenómenos atmosféricos extremos. Esto es lo que ocurrió en Aldea del Fresno, enormes cantidades de cañas fueron arrastradas por la corriente hasta obstruir completamente los vanos de los puentes. Estas cañas, junto con una cantidad infinita de escombros, restos de obra y lodo, generaron el “efecto presa” en los puentes, aumentando tanto la fuerza destructiva del agua que acabó colapsando las estructuras y arrastrando todo lo que había en su camino.

Y es que, la imparable proliferación de la caña común (Arundo donax), una de las especies invasoras más peligrosas del mundo, es un problema digno de tener en cuenta. Dicha especie ocupa miles de kilómetros de la red fluvial española (más de 7.000 kilómetros en Valencia, por ejemplo), puede consumir hasta 10 veces más de agua que la vegetación autóctona y su biomasa muerta forma sedimentos muy fáciles de arrastrar durante las riadas. Por ello, tanto la postura de renaturalización como la de eliminación de la vegetación insisten en que hay que erradicarla, diferenciándola, eso sí, de la vegetación autóctona.

Foto 2: Giro excesivo de vano por descalce de pila interna a causa de la erosión.

Dice el refrán popular que, ante preguntas complicadas, no existen respuestas sencillas, y esta tesitura planteada entre ambas posturas es un claro ejemplo de ello.

Ante la tesitura de la naturalización de los ríos o de la eliminación de la vegetación, la solución más técnica y sostenible es llegar a un equilibrio, tal y como propone la Guía de Buenas Prácticas de Actuaciones de Conservación, Mantenimiento y Mejora (MITECO, 2019). ¿Cómo? Adoptando dos medidas. Por un lado, eliminando de forma selectiva las especies invasoras y problemáticas y limpiando los obstáculos que dificultan el paso del agua (escombros, piedras, ramas…). Y por otro, reponiendo, recuperando y manteniendo la vegetación autóctona.

Esta solución sería la ideal porque:

  • Las especies invasoras generan depósitos fácilmente desplazables, con una enorme fuerza destructiva, que suponen una indiscutible amenaza para las infraestructuras.
  • La limpieza controlada y periódica de los ríos permite diseñar de forma más precisa las infraestructuras, que así se mantienen en mejor estado durante periodos de tiempo más prolongados.
  • La flora nativa profundamente enraizada y libre de especies invasoras proporciona resistencia hidráulica y estabilidad.

Este planteamiento implica llegar a un “acuerdo” entre la naturaleza y la ingeniería resiliente, salvaguardando así la seguridad de la población. Como decíamos al principio, la armonía es la clave para la continuidad de la vida.

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