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MUSEO DE LA EVOLUCIÓN HUMANA EN BURGOS. UNA RUPTURA DE LAS DIMENSIONES ARMÓNICAS DE LA CIUDAD.

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Me presento, soy Alberto Rodríguez y no soy de Burgos. Soy de Madrid, por lo que el artículo que me dispongo a escribir carece de la componente sentimental que podría tener si hablase de mi ciudad debido al arraigo emocional que tengo por el lugar del cual procedo. Aun así, voy a hablar sobre Burgos y más concretamente sobre el Museo de la Evolución Humana que se inauguró en la ciudad.

El motivo de este post no es otro que tras una visita que realicé a Burgos unos meses atrás y después de haber pateado la ciudad, perdiéndome por sus calles y admirando la maravillosa catedral gótica que tiene la ciudad, decidí subir al mirador del castillo. A este mirador se puede acceder dando un paseo de unos 15 o 20 minutos desde la plaza de la catedral y ciertamente, las vistas que se tienen de la ciudad son, rotundamente, insuperables.

Lo primero que se observa son las maravillosas agujas que rematan las torres de la catedral propias del gótico flamígero, así como el cimborrio de la misma. Abrazando a la catedral queda el resto de la ciudad, los edificios del casco antiguo y el entramado de calles irregulares que conectan unos con otros se encuentran más próximos a ella y al fondo se sitúan los bloques de edificios más modernos que suponen la zona más residencial de la ciudad. En general se aprecia una cierta armonía en esta planificación urbanística.

Pero hay algo que rompe completamente con esa armonía y que choca a la vista, efectivamente, una vez se ve el edificio del Museo de la Evolución Humana de Burgos, ya no se puede parar de mirarlo sin pensar: “¿Quién ha podido hacer esto aquí?”.

El edificio fue diseñado por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg, intentando hacer una apuesta por modernizar la ciudad lo que realmente consigue es descontextualizar una gran superficie de suelo. Desde el mirador lo que se ve es un edificio completamente acristalado y con una altura claramente superior al resto de edificaciones colindantes que afea la imagen paisajística que se puede tener de la ciudad.

La idea de construir una fachada de cristal era la de aportar luminosidad al museo y crear una sensación de apertura a la sociedad del mismo, si bien es cierto que esto se consigue, también es importante tener en cuenta lo que se ve por fuera. El museo no deja de ser un desproporcionado cubo que sobresale por todos los lados.

El edificio se construyó con una sobreelevación de 5 metros queriendo jugar con la idea de que te adentras en la Sierra de Atapuerca pero lo que en realidad consigue es aumentar el tamaño de la estructura ya que desde el mirador nadie piensa que la gran caja acristalada es la Sierra de Atapuerca, se ve únicamente un edificio de 30 metros de alto con una planta de 60×90 metros.

La propia web del museo recoge las palabras pronunciadas por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg: “En el complejo se interpreta la evolución como algo que ha de venir incorporado íntimamente al territorio, al suelo, a los estratos geológicos y a la naturaleza en general, que es el marco referencial de toda vida y la depositaria de información, contenedora de un conocimiento que hay que excavar literalmente.”

Pues bien, analizando estas palabras, resulta mucho más chocante la realización de tal proyecto ya que se puede afirmar con rotundidad que no está incorporado al territorio, ni tampoco al suelo, ni mucho menos a los estratos geológicos. Mediante un simple vistazo, cualquiera puede ver que la escala del edificio del museo no guarda relación con el resto de los edificios que configuran la trama urbana de la ciudad. Es clara la desproporción del mismo, dejando en evidencia la más que posible falta de diálogo entre los expertos técnicos y los colectivos de stakeholders que velasen por los intereses de la sociedad. La correcta integración del museo en Burgos quizá se hubiese conseguido reduciendo el volumen del edificio, haciéndolo más pequeño y menos compacto.

Por poner un ejemplo de una buena integración en la ciudad en cuanto a la escala y al volumen del edificio quiero destacar el caso del Museo de Arte Moderno de Estocolmo, obra del arquitecto Rafael Moneo, que como se ve en la imagen tomada desde el otro lado del canal, el acoplamiento del edificio en la ciudad es completamente armonioso, el edificio respeta la escala en comparación con la cúpula que se ve en la imagen que pertenece a un edificio histórico de la ciudad y se integra con el resto de las construcciones próximas a él.

Para concluir quiero aclarar que todo lo anteriormente escrito se trata de una opinión personal, no pretendo desprestigiar la ciudad de Burgos, que desde luego que es una ciudad magnífica, simplemente trato de trasmitir la decepción que sentí al ver la construcción desde el mirador del castillo.

Alberto Rodríguez Soto

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