Parque Jurásico (1993): teoría del caos, arrogancia tecnológica e incertidumbre radical

Por Gustavo Morales Alonso

Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

En recuerdo de Sam Neill (1947 – 2026)

En una de las escenas más recordadas de Parque Jurásico, Jeff Goldblum explica la teoría del caos mientras deja caer una gota de agua sobre la mano de Laura Dern. La trayectoria del agua es imprevisible. No porque sea azarosa, sino porque pequeñas variaciones alteran el resultado final. La escena dura apenas unos segundos, pero contiene la tesis filosófica de toda la película.

Parque Jurásico no es solo una historia de dinosaurios descontrolados. Es una reflexión sobre la fragilidad del orden cuando creemos haber domesticado la complejidad. Es también una advertencia contra la ilusión de control absoluto, una ilusión que conecta tanto con Caos y orden de Escohotado como con Incertidumbre radical de King y Kay. E incluso con la idea de que es posible un control absoluto sobre una institución como el dinero, en una distopía que nos acerca peligrosamente a la Matrix.

Goldblum y la prudencia epistemológica

El personaje de Goldblum no está defendiendo que el mundo sea caótico en el sentido vulgar del término. No dice que todo sea azar. Lo que sugiere es más inquietante. Existen sistemas deterministas que, en la práctica, no son predecibles. Sistemas donde una mínima variación en las condiciones iniciales genera trayectorias divergentes imposibles de anticipar con precisión.

Eso es la teoría del caos. No niega el orden. Niega nuestra capacidad de abarcarlo completamente.

El parque cree estar gestionando riesgos. Calcula probabilidades de fallo eléctrico. Diseña protocolos de seguridad. Establece redundancias. Pero confunde riesgo con algo más profundo. En términos de King y Kay, está operando en un mundo de incertidumbre radical. No solo no conoce las probabilidades. Ni siquiera puede enumerar todos los escenarios posibles.

Goldblum no propone parálisis. Propone prudencia. Propone reconocer que cuando trabajamos con sistemas complejos, la predicción tiene límites y la arrogancia es peligrosa.

Attenborough y el fuego de los dioses

Richard Attenborough encarna algo distinto. No es un villano. Es un soñador. Es un empresario visionario que ha logrado lo imposible. Ha devuelto la vida a criaturas extinguidas hace millones de años. Ha construido un parque que parece una maravilla tecnológica.

Richard Attenborough, el millonario y visionario creador del Parque Jurásico. Fuente: Filmaffinity.com

Pero su gesto es profundamente prometeico. Ha quitado el fuego a los dioses. Ha tomado una fuerza que parecía reservada a la naturaleza y la ha convertido en espectáculo, en producto, en experiencia comercializable.

Como Prometeo, no actúa por maldad. Actúa por entusiasmo. Cree que está regalando algo extraordinario al mundo. Cree que la tecnología puede domesticar cualquier fuerza si se aplican suficientes protocolos y suficiente ingeniería. Ya analizamos en Tron que la tecnología no posee una moral propia: amplifica las intenciones de quienes la utilizan. Parque Jurásico añade una segunda advertencia: incluso cuando las intenciones son nobles, los sistemas complejos pueden responder de formas que ningún diseñador había previsto.

Ahí está la tragedia. No en la ambición, sino en la convicción de que el diseño técnico puede anticiparlo todo. El parque está concebido como una máquina. Pero no es una máquina. Es un ecosistema.

Escohotado insistía en que todo orden rígido acumula tensiones. Cuanto más cerrado y centralizado es un sistema, más frágil se vuelve ante perturbaciones imprevistas. El parque depende de la electricidad, de un centro de control, de protocolos estrictos. Cuando uno de esos nodos falla, el sistema entero colapsa.

El problema no es jugar a ser Dios. El problema es creer que la divinidad puede programarse.

Laura Dern entre el entusiasmo y la advertencia

Laura Dern ocupa una posición fascinante. No es la cínica escéptica que encarna Goldblum, ni la figura prometeica que representa Attenborough. Se sitúa entre ambos.

Al principio comparte el asombro. Cree en la ciencia. Se emociona ante el logro biológico. No rechaza el proyecto por principio. Pero a medida que el sistema empieza a fallar, su posición se desplaza.

Laura Dern, una científica que quiere creer, junto con Alan Grant. Fuente: Filmaffinity.com

No abandona la ciencia. Abandona la ilusión de control total. Comprende que el problema no es la investigación, sino la pretensión de dominio absoluto.

En cierto modo, Dern representa una síntesis posible. Una ciencia consciente de sus límites. Una exploración que acepta la complejidad en lugar de negarla. Si Attenborough simboliza la hybris y Goldblum la advertencia, Dern encarna la transición hacia la prudencia.

Su evolución es moral y también epistemológica. Es el reconocimiento de que el conocimiento no equivale al control.

Orden frágil y caos malinterpretado

En Caos y orden, Escohotado analiza la tensión permanente entre la tendencia a organizar y la tendencia a desbordar cualquier organización. El orden absoluto es una ficción. Todo sistema que pretende eliminar completamente la contingencia termina generando vulnerabilidades ocultas.

El parque no cae por exceso de caos. Cae por exceso de confianza en el orden. Por creer que la eliminación de la reproducción natural, el control genético y la vigilancia centralizada bastan para neutralizar la dinámica evolutiva.

La vida encuentra una manera. La famosa frase de Goldblum no es poética. Es estructural. Los sistemas vivos son adaptativos. Interactúan. Evolucionan. Generan comportamientos emergentes que ningún diseñador puede prever en su totalidad.

La centralización convierte el fallo en sistémico. La optimización reduce márgenes de seguridad. La confianza excesiva en el modelo debilita la capacidad de respuesta ante lo imprevisto.

Frente al entusiasmo prometeico de Hammond y la prudencia teórica de Malcolm, Alan Grant (Sam Neill) representa una tercera actitud. No pretende controlar la naturaleza, sino comprenderla. Su conocimiento no nace del diseño, sino de la observación. No intenta imponer un plan sobre un sistema complejo, sino adaptarse continuamente a la información que ese sistema le proporciona. Es una forma de inteligencia mucho más cercana al descubrimiento que a la planificación.

Alan Grant (Sam Neill, DEP) maravillándose en el descubrimiento mediante la observación. Fuente: Filmaffinity.com

Incertidumbre radical y arrogancia moderna

King y Kay distinguen entre riesgo e incertidumbre radical. En el riesgo podemos asignar probabilidades. En la incertidumbre radical no sabemos siquiera qué eventos podrían ocurrir.

El parque funciona como si estuviera en un mundo de riesgo. Pero en realidad opera en un mundo donde las interacciones biológicas, humanas y tecnológicas generan combinaciones imposibles de enumerar de antemano.

No es que fallaran los cálculos. Es que el tipo de problema no era calculable en ese sentido.

Aquí la película adquiere una dimensión contemporánea. Vivimos rodeados de modelos predictivos, algoritmos y sistemas de gestión que prometen anticiparlo todo. Desde la biotecnología hasta la inteligencia artificial, la tentación prometeica sigue viva.

Parque Jurásico no es una advertencia contra la ciencia. Es una advertencia contra la arrogancia del diseño total. Contra la idea de que basta con más datos, más computación y más protocolos para domesticar cualquier complejidad. Como ocurría también en Akira, el verdadero problema nunca es la tecnología en sí misma. El peligro aparece cuando el poder técnico crece más deprisa que la prudencia de quienes lo ejercen. En una película ese poder adopta la forma de ingeniería genética; en la otra, de capacidades casi ilimitadas. En ambas, el desenlace depende menos de las herramientas que del carácter de las personas.

Goldblum no pide detener el progreso. Pide reconocer límites. Attenborough no es malvado. Es excesivamente confiado. Dern no renuncia al conocimiento. Aprende a desconfiar de la omnipotencia.

La gota de agua sigue cayendo sobre la mano. No es caótica en el sentido vulgar. Pero tampoco es plenamente predecible. Entre el orden absoluto y el caos absoluto se despliega el espacio real en el que vivimos.

Y tal vez esa sea la verdadera lección de la película. No que la vida sea ingobernable, sino que gobernarla como si fuera una máquina simple es el error más peligroso de todos.

Akira (1988): cuando el poder crece más deprisa que la persona

Por Gustavo Morales Alonso

Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

Hay películas que imaginan nuevas tecnologías. Otras imaginan nuevas formas de poder. Akira hace algo más inquietante: imagina qué ocurre cuando el poder de una persona crece mucho más deprisa que su capacidad para gobernarlo. Esta película de 1988 proviene del manga del mismo nombre, creados ambos por Katsuhiro Otomo. Tanto el manga como la película empiezan con la misma premisa, pero van separándose a medida que avanza la historia.

Portada de la película. Fuente: filmaffinity.com

Pero tanto el manga como la película narran cómo Tetsuo Shima adquiere un poder excepcional, pero su capacidad de gobernarlo no crece a la vez. Recibe un poder casi ilimitado sin haber dejado de ser un adolescente inseguro, resentido y dependiente de la mirada de los demás. Su capacidad de intervenir sobre el mundo aumenta de forma súbita. Su capacidad para gobernarse a sí mismo, no.

En ese desfase se encuentra el núcleo filosófico de Akira. Y también una de las grandes preguntas de nuestro tiempo, y por eso creo que la película no nos habla de cómo se veía el futuro a final de los 80 (es fascinante pensar que Neo-Tokio y toda la acción post tercera guerra mundial suceden en 2019), sino que nos habla de problemas más profundos que pueden perfectamente trasladarse a nuestro tiempo.

Así, cada generación recibe herramientas más poderosas que la anterior. La industrialización multiplicó la capacidad de producir; la energía nuclear, la de destruir; Internet amplió de manera extraordinaria la capacidad de comunicarnos, vigilarnos y movilizarnos; la IA está extendiendo nuestra capacidad de analizar, crear y decidir… pero ninguna de esas herramientas nos vuelve automáticamente más sabios. La técnica amplía el radio de nuestra acción, sí, pero no mejora necesariamente a la persona que actúa.

Ya exploramos una intuición semejante al analizar Tron: las tecnologías nunca son moralmente autónomas; amplifican las capacidades y las intenciones de quienes las utilizan. Akira lleva esa idea un paso más allá al preguntarse qué ocurre cuando el verdadero problema deja de ser la máquina y pasa a ser la persona que la controla.

Por eso Akira no es sólo una fantasía sobre poderes psíquicos. Es una parábola sobre el problema antropológico del progreso. Nos obliga a preguntarnos qué sucede cuando la potencia de nuestras herramientas aumenta con mucha más rapidez que la prudencia, la responsabilidad y el dominio de nosotros mismos.

En esta artículo propongo que la respuesta puede observarse en tres niveles: la persona, las instituciones y el conocimiento.

El primer límite: gobernarse a uno mismo

Tetsuo vive a la sombra de Kaneda. Kaneda es más seguro, más carismático y más respetado por el grupo. Tetsuo depende de él, pero al mismo tiempo le envidia, Tetsuo querría dejar de ser su protegido, demostrar que ya no necesita a nadie. Quiere que los demás dejen de verlo como el débil.

Kaneda, uno de los protagonistas de la película. Fuente: filmaffinity.com

Cuando aparecen los poderes de Tetsuo, se podría pensar que desaparecería su inseguridad, pero sin embargo, la amplifica. Éste es uno de los grandes aciertos de Akira. El poder no transforma mágicamente a Tetsuo en otra persona, sino que hace visible lo que ya estaba dentro de él. Su resentimiento, su necesidad de reconocimiento y, sobre todo, su miedo a volver a ser insignificante adquieren ahora una capacidad material desmesurada.

Las herramientas no sustituyen al carácter, sino que lo proyectan. Una persona prudente puede emplear una tecnología poderosa para ampliar su capacidad de servicio, creación o cooperación. Una persona dominada por el miedo terminará utilizando esa misma herramienta para controlar, imponerse o eliminar aquello que percibe como una amenaza. El instrumento aumenta la escala de la acción, pero la dirección sigue dependiendo de quien actúa.

Antonio Escohotado insistía en que buena parte de la historia humana podía entenderse como una sucesión de respuestas al miedo. Frente a la incertidumbre, el ser humano busca refugios, salvadores o certezas absolutas. Sin embargo, la libertad comienza precisamente cuando dejamos de permitir que sea el miedo quien decida por nosotros. El coraje no consiste en no sentir miedo, sino en impedir que ocupe el lugar del juicio.

Eso es exactamente lo que Tetsuo nunca consigue. Cada nueva demostración de fuerza nace del temor a volver a ser débil. Cada acto de violencia pretende ocultar una inseguridad más profunda. Cuanto mayor es su poder, mayor es también su dependencia emocional de aquello que intenta negar. Ya no necesita la protección de Kaneda, pero sigue necesitando desesperadamente demostrar que ha dejado de necesitarla.

En mi último ensayo La persona singular, la libertad no consiste simplemente en carecer de obstáculos externos. Tampoco en disponer de una capacidad ilimitada para satisfacer cualquier deseo. Ser libre exige algo mucho más difícil: ser capaz de gobernarse a uno mismo.

De vuelta a la película, Tetsuo parece cada vez más libre porque ya nadie puede detenerlo. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Cuanto mayor es su poder, menor es su dominio sobre sí. Deja de obedecer al ejército, a los médicos y a Kaneda, pero se vuelve esclavo de sus impulsos, de su miedo y de su necesidad de reconocimiento. Puede hacer casi cualquier cosa, pero no puede decidir serenamente quién quiere ser.

Ésta es una distinción decisiva. La libertad exterior puede crecer mientras la libertad interior se derrumba. Podemos acumular medios, opciones y capacidades y, al mismo tiempo, perder la dirección de nuestra propia vida.

La persona singular no es la que puede hacerlo todo. Es la que ha aprendido a ordenar sus deseos, a mirar de frente sus miedos y a asumir la responsabilidad de sus decisiones. Porque el mayor peligro del poder nunca ha sido que nos permita hacer demasiado, sino que amplifique aquello que todavía no hemos aprendido a gobernar dentro de nosotros.

El segundo límite: contener a quienes mandan

Pero ninguna sociedad puede descansar únicamente en la virtud de sus miembros. Ésa es una de las grandes intuiciones de la tradición política occidental y, en particular, de la Escuela de Salamanca. Los seres humanos son capaces de prudencia y justicia, pero también de error, arbitrariedad y abuso. Por eso el poder debe estar limitado incluso cuando quienes lo ejercen afirman perseguir fines elevados.

En Akira, científicos, militares y políticos creen que pueden controlar fuerzas que apenas comprenden. El experimento está justificado por el progreso del conocimiento; el secreto, por la seguridad nacional; la vigilancia, por la prevención del caos. Y la violencia, por la necesidad de preservar el orden. Cada escalón de intervención parece razonable contemplado de manera aislada. Así, el golpe de estado del Coronel es visto en la película como algo sorprendentemente natural, es la salida lógica al atolladero en el que se encuentra en ese momento.

El resultado conjunto es una catástrofe. Pero el problema no reside sólo en que haya personas malvadas dentro del sistema: algunas actúan movidas por la ambición, cuando otras creen sinceramente estar evitando un desastre mayor. El problema es más profundo: han creado una estructura de poder que permite experimentar con seres humanos, ocultar información, suspender límites y decidir por todos en nombre de una necesidad superior.

La Escuela de Salamanca no construyó su pensamiento político sobre la hipótesis de gobernantes perfectos. Vitoria, Suárez o Mariana partían de la falibilidad del poder y de la precedencia de la comunidad sobre quienes la gobiernan. La autoridad no es una propiedad privada del príncipe. Está orientada al bien común y encuentra límites en la ley, la justicia y los derechos de las personas.

Juan de Mariana llevó esta lógica hasta sus últimas consecuencias. El rey que trata los bienes de sus súbditos como si fueran propios, que impone cargas sin consentimiento o que utiliza su posición en beneficio particular se aproxima a la figura del tirano. No basta con invocar la razón de Estado. El poder debe justificar sus actos y reconocer fronteras que no puede atravesar.

Neo-Tokio representa casi el reverso de este ideal: el ejército, la ciencia y la administración se consideran autorizados a actuar porque creen poseer un conocimiento superior y enfrentarse a riesgos que la población no podría comprender. Pero cuanto más se concentra el poder, más grave se vuelve cada error. Y cuanto más grave es el error, mayor es la tentación de ocultarlo y responder con una nueva concentración de poder.

El fracaso conduce a más intervención, sin advertir la fatal arrogancia en la que están cayendo. La intervención produce nuevos efectos imprevistos. Y esos efectos sirven como argumento para ampliar otra vez el control. La lección salmantina de Akira no es que debamos esperar gobernantes más sabios. Es que una sociedad libre necesita instituciones preparadas para el hecho de que los gobernantes nunca serán suficientemente sabios.

La virtud personal es necesaria. Los límites institucionales también. Una comunidad que confía toda su seguridad a la prudencia de quienes mandan ya ha renunciado a una parte esencial de su libertad.

El tercer límite: aceptar que no sabemos

Hay todavía un tercer nivel. Los personajes de Akira no sólo fracasan moralmente. Fracasan también porque no comprenden el sistema sobre el que pretenden intervenir.

Cada grupo posee una parte de la información. Los científicos conocen determinados aspectos del fenómeno; los militares, observan sus consecuencias estratégicas; los políticos, calculan los costes del desorden; los jóvenes de las bandas conocen las calles; los revolucionarios, perciben la corrupción del régimen y los niños sometidos a experimentos comprenden dimensiones que los adultos apenas intuyen.

Nadie posee el conjunto. Y, sin embargo, varios personajes actúan como si su fragmento de conocimiento les autorizara a dirigir la totalidad. Éste es el problema que la tradición austriaca, y más específicamente, Hayek, ha situado en el centro de la vida social. No vivimos en un mundo en el que toda la información relevante esté disponible para una mente central. El conocimiento se encuentra disperso entre millones de personas. Es parcial, cambiante, práctico y, con frecuencia, imposible de transmitir por completo.

Por eso Hayek insistió en que el principal problema económico no consiste sólo en asignar recursos, sino en utilizar un conocimiento que nadie posee en su totalidad. Los órdenes complejos no pueden dirigirse como una máquina sencilla.

Kaneda dirigiéndose a su icónica moto. Fuente: filmaffinity.com

Neo-Tokio es una ciudad de millones de decisiones, intereses, expectativas y reacciones. Cada intento de imponer sobre ella un plan completo provoca consecuencias que el planificador no había previsto. El sistema responde, se adapta y genera nuevas interacciones.

Lo mismo sucede con Tetsuo. Los científicos lo tratan como un objeto de laboratorio. Miden capacidades, administran sustancias y vigilan constantes. Pero no pueden aislar su poder de su biografía, su carácter, sus relaciones y sus temores. Creen estar manipulando una variable y descubren demasiado tarde que han intervenido sobre una persona entera.

La arrogancia epistemológica consiste precisamente en eso: confundir aquello que puede medirse con todo aquello que importa. La Escuela Austriaca suele presentarse como una teoría del mercado. Pero es también una teoría de la humildad. Nos recuerda que no sabemos suficiente para dirigir desde arriba la vida de los demás y que las instituciones sociales deben permitir el aprendizaje, la experimentación y la corrección de errores.

Los precios, la propiedad, la competencia y la responsabilidad no son simples mecanismos técnicos. Son formas de coordinar conocimientos dispersos y de evitar que el error de una sola persona se convierta en el error obligatorio de toda la sociedad.

En Akira, por el contrario, el error se centraliza: un pequeño grupo decide experimentar, otro decide ocultarlo, otro intenta controlar sus consecuencias… la concentración del poder y la concentración de la ignorancia avanzan juntas. No es que nadie sepa nada. Es que cada cual sabe mucho menos de lo que cree.

Técnica, instituciones y persona

Los tres niveles se encuentran finalmente en un mismo punto:

  • La técnica amplía lo que podemos hacer.
  • Las instituciones determinan quién puede hacerlo, bajo qué límites y con qué responsabilidades.
  • El carácter decide para qué se hace.

Pero una sociedad civilizada necesita los tres. La innovación sin personas capaces de gobernarse puede amplificar la vanidad, el resentimiento y la violencia. La virtud sin instituciones puede ser derrotada por quienes no la poseen. Y las instituciones sin humildad epistemológica pueden transformarse en grandes máquinas de imposición construidas sobre conocimientos incompletos. ¿Cómo está cada actor en este “ranking de virtudes”?

  • Tetsuo fracasa en el primer nivel. No puede gobernarse.
  • Neo-Tokio fracasa en el segundo. No puede limitar a quienes concentran el poder.
  • Los científicos y militares fracasan en el tercero. No reconocen los límites de su conocimiento.

La catástrofe no nace, por tanto, de una única causa. Es el resultado de un triple desfase: demasiado poder para una persona inmadura, demasiada autoridad para instituciones sin límites y demasiada confianza para quienes apenas comprenden lo que tienen entre manos.

Ésta es la razón por la que la película Akira conserva hoy toda su fuerza. La película no nos pide que temamos una tecnología concreta. Nos pide que desconfiemos de la idea de que el progreso técnico puede sustituir al progreso humano. Podemos fabricar máquinas más rápidas, sistemas más inteligentes y armas más poderosas. Podemos ampliar la producción, la información y la capacidad de intervenir sobre el mundo.

Pero ninguna de esas conquistas responde por sí sola a la pregunta decisiva: qué clase de personas seremos cuando las utilicemos. La modernidad suele preguntarse qué nuevas tecnologías deberíamos desarrollar. Akira plantea una cuestión más incómoda: qué clase de personas debemos llegar a ser para poder vivir con ellas.

Si Matrix nos invitaba a reflexionar sobre nuestra capacidad para distinguir la verdad de la ilusión, Akira desplaza la pregunta hacia otro terreno igualmente decisivo: una vez conocida la realidad, ¿poseemos la madurez necesaria para ejercer el poder que la técnica pone en nuestras manos?

La respuesta exige los tres niveles.

  • Personas capaces de gobernarse a sí mismas.
  • Instituciones capaces de limitar el poder de cualquiera.
  • Y una sociedad suficientemente humilde para aceptar que nadie posee el conocimiento necesario para dirigirla desde arriba.

El progreso técnico nunca ha sido el único cuello de botella de la civilización. El cuello de botella decisivo es antropológico. Las herramientas cambian con rapidez. La persona, mucho más despacio.

Cuando ambas velocidades dejan de acompasarse, aparecen crisis que después describimos como tecnológicas, económicas o políticas, aunque su origen se encuentre en algo mucho más antiguo: la dificultad del ser humano para manejar un poder mayor que su sabiduría.

Caos y orden – Antonio Escohotado

Complejidad, modelos y el error de confundir racionalidad con control

Por Gustavo Morales Alonso

Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

En el día que Antonio Escohotado cumpliría 85 años, 8 de julio de 2026

Introducción. Cuando las sociedades no fallan por ignorancia, sino por exceso de certeza

Cuando una sociedad atraviesa crisis económicas, políticas o institucionales, la explicación más habitual apunta a la falta de racionalidad. Se habla de votantes mal informados, de mercados dominados por el pánico o de decisiones públicas erráticas. Frente a esta interpretación tan extendida, Caos y orden de Antonio Escohotado (primera edición, 1999) propone una inversión incómoda. El problema no es la ausencia de razón, sino la confianza excesiva en modelos racionales que ignoran la complejidad del mundo real.

Portada de Caos y Orden.

El libro plantea una tesis de fondo clara. Las sociedades no fracasan porque piensen poco, sino porque creen demasiado en esquemas simplificados que funcionan bien en el papel, pero mal en sistemas complejos. A partir de ahí, el ensayo se articula en dos grandes movimientos. En la primera parte, Escohotado recurre a la ciencia para mostrar los límites de la predicción y del control. En la segunda, traslada esa lección a la economía y a la política.

Esta crítica conecta de forma natural con la advertencia de Hayek contra el racionalismo constructivista, desarrollada en un artículo previo sobre Individualismo verdadero y falso, aunque aquí el camino de entrada no es la teoría social, sino la ciencia contemporánea.

Parte I. La ciencia descubre límites a la predicción

La primera parte del libro puede leerse como un recorrido por algunos de los descubrimientos científicos más perturbadores del siglo XX. Edward Lorenz mostró que sistemas deterministas podían ser extremadamente sensibles a las condiciones iniciales. Pequeñas diferencias al comienzo conducen a trayectorias radicalmente distintas, haciendo imposible la predicción a largo plazo aunque las leyes sean conocidas.

Representación del atractor de Lorenz, la famosa figura en forma de mariposa que representa un sistema determinista con alto grado de sensibilidad a las condiciones iniciales, es decir, un ejemplo clásico de caos determinista conocido como atractor extraño. Fuente: Wikimedia Commons.

Benoît Mandelbrot fue más allá al revelar que muchas formas naturales no se ajustan a la geometría clásica. Los fractales muestran orden, pero un orden irregular, autosimilar y no reducible a figuras simples. Michael Barnsley sorprendió aún más al demostrar que patrones complejos como la hoja de un helecho pueden surgir a partir de reglas muy sencillas aplicadas de forma iterativa y aparentemente caótica.

La hoja de helecho de Barnsley. Fuente: Wikimedia Commons.

Finalmente, Ilya Prigogine introdujo la idea de estructuras disipativas. Sistemas abiertos, lejos del equilibrio, que generan orden precisamente gracias al flujo de energía y a la inestabilidad. El orden ya no aparece como excepción, sino como resultado natural de la complejidad.

La famosa reacción Belousov-Zhabotinsky (BZ). Fuente: Stephen Morris from Toronto, Canada, CC BY 2.0 https://creativecommons.org/licenses/by/2.0, via Wikimedia Commons

El mensaje común es claro. El caos no equivale a desorden puro. Muchos sistemas generan patrones estables sin necesidad de un diseñador externo. El comportamiento global no se deduce linealmente de las reglas locales, y la pretensión de control total se revela ilusoria.

De la física a una lección epistemológica

A partir de estos ejemplos científicos, Caos y orden da un paso más profundo. La cuestión ya no es solo técnica, sino epistemológica. Incluso cuando conocemos las leyes que rigen un sistema, eso no garantiza que podamos predecir su evolución. En sistemas complejos, el conocimiento es siempre parcial y contextual.

La incertidumbre deja de ser un defecto del método o una carencia humana. Se convierte en una propiedad estructural del sistema. El error aparece cuando se ignora este límite y se actúa como si la realidad fuera plenamente gobernable mediante modelos.

Aquí se perfila ya la tesis central del libro. El problema no es usar modelos, sino creer que agotan la realidad. Cuando el mapa sustituye al territorio, la racionalidad se transforma en una fuente de fragilidad.

Parte II. Economía, finanzas y política bajo la lupa de la complejidad

En la segunda parte del libro, Escohotado traslada esta lección a la economía y a la política. El cambio de registro puede sorprender, pero responde a la misma lógica. Los modelos financieros dominantes, como el CAPM o Black-Scholes, se apoyan en supuestos de equilibrio, normalidad y racionalidad agregada que simplifican enormemente el comportamiento real de los mercados.

Estos modelos no son inútiles. Funcionan en determinados contextos y para ciertos fines. El problema surge cuando se toman como descripciones completas de sistemas que son no lineales, adaptativos y profundamente dependientes de expectativas cambiantes. La economía real no se comporta como un laboratorio controlado.

Lo mismo ocurre en el ámbito político. La agregación de preferencias individuales mediante votaciones no garantiza resultados coherentes ni estables. Pequeñas variaciones pueden alterar de forma significativa los resultados colectivos. No se trata de una crítica moral a la democracia, sino de una advertencia estructural. La racionalidad individual no se traduce automáticamente en racionalidad colectiva.

Aquí emerge con claridad la tesis de fondo del libro. Las sociedades fracasan cuando confunden racionalidad con control. Cuando creen que modelos elegantes permiten gobernar sistemas complejos sin efectos secundarios. El error no está en pensar, sino en pensar que ya se ha pensado lo suficiente.

Esta crítica entronca directamente con la tradición liberal escéptica. Como en el individualismo verdadero de Hayek, el reconocimiento de la ignorancia no destruye el orden social, sino que lo hace posible.

Qué tipo de libro es Caos y orden

Caos y orden no es un manual científico, aunque se apoya en la ciencia. Tampoco es un tratado técnico de economía, aunque dialogue críticamente con sus modelos. Es, ante todo, un ensayo de teoría del conocimiento aplicado a la sociedad.

Desde el punto de vista intelectual, el libro tiene un carácter marcadamente liberal. Desconfía del control central y del diseño total. Es también escéptico, porque insiste una y otra vez en los límites del conocimiento humano. Y tiene un tono claramente trágico, en el sentido clásico. No promete soluciones definitivas ni armonía final. No ofrece consuelo, sino advertencias.

Este enfoque resulta incómodo en una época acostumbrada a soluciones técnicas y narrativas optimistas. El libro no dice cómo gobernar mejor, sino por qué gobernar demasiado confiando en modelos simplificados suele salir mal.

Caos, orden espontáneo y una revancha intelectual pendiente

Conviene cerrar con una aclaración importante. A menudo se afirma que la teoría del caos contradice la idea de orden espontáneo, porque todo tendería al desorden por efecto de la entropía. Esta interpretación es errónea. La teoría del caos no niega el orden. Niega el control total y la previsibilidad perfecta.

El orden espontáneo no es un orden estático ni diseñado. Es un orden dinámico, emergente y adaptativo. Exactamente el tipo de orden que describen Lorenz, Mandelbrot, Barnsley o Prigogine. Lejos de contradecirlo, la teoría del caos refuerza la intuición de que el orden más robusto surge sin planificación central.

La entropía no implica que todo se disuelva en aleatoriedad. Implica que el orden impuesto desde fuera es frágil. Los sistemas abiertos generan estructura precisamente gracias a la interacción libre de sus componentes.

Desde esta perspectiva, caos y orden no son opuestos. El caos es la condición de posibilidad de un orden que no depende de la arrogancia del diseñador. Entender esto no solo es una lección científica, sino también una lección política y moral. Quizá la más incómoda de todas.

Premio Juan de Mariana 2026: Deirdre McCloskey y la importancia de la ideología

Por Gustavo Morales Alonso

Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

El Instituto Juan de Mariana ha concedido su Premio a una Trayectoria Ejemplar en Defensa de la Libertad 2026 a la economista e historiadora estadounidense Deirdre McCloskey. Se trata de un reconocimiento especialmente significativo, no solo por la enorme influencia académica de la premiada, sino porque pocas autoras han contribuido tanto como ella a replantear una de las grandes preguntas de la economía: ¿por qué unas sociedades prosperan mientras otras permanecen estancadas?

Cartel del premio. Fuente: Instituto Juan de Mariana.

La ceremonia de entrega estuvo marcada por una idea que apareció una y otra vez en las intervenciones de los distintos participantes: la prosperidad no puede explicarse únicamente por el capital, la tecnología o las instituciones. Detrás del desarrollo económico existe también un componente moral y cultural que determina la capacidad de una sociedad para innovar, comerciar y progresar.

El director del Instituto Juan de Mariana, Manuel Llamas, abrió el acto con un mensaje optimista sobre el estado actual de las ideas de la libertad. A su juicio, el liberalismo vive un momento de renovado interés intelectual y social. Sin embargo, advirtió también de que sus adversarios siguen contando con recursos prácticamente ilimitados, precisamente porque esos recursos proceden de los propios contribuyentes.

A continuación intervino Javier Fernández-Lasquetty, quien presentó a la galardonada destacando uno de los aspectos centrales de su pensamiento: el capitalismo no es únicamente un mecanismo eficiente para producir riqueza. Es, sobre todo, un logro moral basado en la dignidad de las personas y en las virtudes que hacen posible la cooperación voluntaria entre individuos libres.

Javier Fernández-Lasquetty durante su encomio a la premiada.

Ese mismo hilo fue retomado posteriormente por Gabriel Calzada. En su intervención recordó que la explicación del progreso económico no puede reducirse a la acumulación de capital físico. La verdadera diferencia entre unas sociedades y otras reside en los valores que permiten florecer al comercio, al emprendimiento y a la innovación. Calzada ilustró esta idea mediante diversas referencias al Siglo de Oro español, recordando la influencia intelectual de Juan de Mariana incluso en autores aparentemente alejados de la economía, como Lope de Vega, y evocando también la estrecha relación que mantuvo con Francisco de Quevedo. Estas referencias pusieron de manifiesto que las ideas económicas forman parte de un contexto cultural mucho más amplio, donde literatura, filosofía y pensamiento político dialogan constantemente.

Gabriel Calzada durante su encomio a la premiada.

No es casual que ese sea precisamente el eje de la obra de McCloskey.

Durante décadas, buena parte de la economía trató de explicar el desarrollo recurriendo a factores como la acumulación de capital, la inversión, los recursos naturales o las instituciones políticas. McCloskey no niega la importancia de todos ellos. Pero sostiene que ninguno basta para explicar el fenómeno más extraordinario de la historia económica: el Gran Enriquecimiento (The Great Enrichment), el espectacular aumento del nivel de vida experimentado por Occidente desde finales del siglo XVIII.

La premiada durante su discurso de recepción del premio.

Su tesis es que ese cambio solo puede entenderse cuando la sociedad comienza a conceder dignidad y libertad al comerciante, al inventor, al empresario y, en definitiva, a la persona corriente capaz de mejorar su entorno mediante la creatividad y el intercambio voluntario.

  • Las ideas importan.
  • Las palabras importan.
  • El respeto social importa.

Cuando una sociedad deja de despreciar la actividad empresarial y empieza a considerarla honorable, millones de personas encuentran incentivos para innovar. El resultado no es únicamente un aumento de la riqueza, sino una auténtica transformación de las condiciones de vida.

Gabriel Calzada haciendo entrega del premio a Deirdre McCloskey. Fuente: Instituto Juan de Mariana.

Esta tesis distingue a McCloskey incluso de otras corrientes liberales. Frente a quienes consideran que las instituciones son la explicación definitiva del desarrollo, ella insiste en que las instituciones son condición necesaria, pero no suficiente. Antes debe existir un cambio cultural que legitime la libertad económica y la creatividad individual.

La propia McCloskey resumió esta idea durante su intervención final con una frase tan sencilla como provocadora:

“Institutions don’t do it.”

Las instituciones, por sí solas, no lo hacen.

Con ello no pretendía negar su importancia, sino recordar que detrás de cualquier institución siempre existen personas, creencias y valores que la sostienen.

Otro de los momentos más llamativos de su intervención llegó cuando definió el liberalismo como adultism. En su opinión, una sociedad liberal trata a los ciudadanos como adultos responsables, capaces de tomar decisiones por sí mismos y asumir sus consecuencias. Los sistemas paternalistas, por el contrario, consideran a los ciudadanos como menores de edad permanentes que necesitan tutela constante por parte del Estado. Así, el liberalismo se convierte en la única filosofía que trata a las personas como adultos. Todas las demás filosofías, en mayor o en menor grado, nos tratan como niños, al extrapolar la figura de familia tutelada y dirigida por los padres al Estado. Cosa no menor, pues distorsiona la figura de la familia para buscar la validez de que una persona (o un “comité de expertos”) sea la tomadora de decisiones en la sociedad.

McCloskey aprovechó también la ocasión para anunciar la publicación de su próximo libro, prevista para septiembre de 2026 bajo el título Equality of Permission, una nueva reflexión sobre la igualdad entendida como igualdad de libertad para emprender, crear y desarrollar proyectos vitales propios.

Conceder el Premio Juan de Mariana a Deirdre McCloskey supone reconocer una trayectoria intelectual que ha ampliado considerablemente el horizonte de la economía. Su obra recuerda que el crecimiento económico no depende únicamente de modelos matemáticos, indicadores estadísticos o reformas institucionales. También depende de las ideas que una sociedad transmite sobre la dignidad, la libertad y el valor moral de quienes crean, comercian, innovan y emprenden.

Quizá esa sea, precisamente, la principal lección del acto celebrado en Madrid: las sociedades prosperan cuando aprenden a confiar en las personas.

No queremos terminar esta entrada sin mencionar que, además del autor del post, se pudo ver por allí al economista peruano Clemente Zamora, y a los Reig (José y Luis), hijos respectivamente de Joaquín y Luis Reig, los traductores originales de Mises y Hayek, respectivamente. Esas traducciones fueron las primeras al castellano de estos autores, y aún hoy son las que están disponibles en Unión Editorial.

De izquierda a derecha: José Reig (hijo de Joaquín, traductor de Mises), Clemente Zamora, Gustavo Morales y Luis Reig (hijo de Luis, traductor de Hayek).

Cuando prohibir coches no basta: la ciencia de la movilidad urbana

En los artículos Ciencia Explicada incluimos resúmenes de los artículos científicos publicados por investigadores vinculados a la Universidad Politécnica de Madrid y al entorno académico de la ingeniería y la gestión. En este artículo se resumen las contribuciones del trabajo:

Muñoz-Medina, B., Ordoñez, J., Romana, M. G., & Alcaraz Carrillo de Albornoz, V. (2025). Achieving sustainable urban mobility with a modified VIKOR method to improve the selection of a park and ride system. Journal of Civil Engineering and Management, 31(2), 153–170.

En muchas grandes ciudades europeas, conducir hacia el centro urbano se ha convertido progresivamente en una actividad más difícil, más lenta y más regulada. Restricciones al tráfico, zonas de bajas emisiones, limitaciones de aparcamiento o peajes urbanos forman ya parte habitual del paisaje político y urbano de numerosas capitales. Madrid no ha sido una excepción. Durante los últimos años, medidas como Madrid Central o Madrid 360 han tratado de reducir la contaminación, la congestión y el uso intensivo del vehículo privado.

Sin embargo, existe una cuestión fundamental que a menudo queda fuera del debate público: prohibir o restringir no basta. Si las administraciones quieren reducir el tráfico privado de manera sostenible, necesitan ofrecer alternativas reales, funcionales y eficientes para millones de ciudadanos que siguen necesitando desplazarse diariamente por razones laborales, familiares o personales.

Es precisamente aquí donde entra en juego uno de los elementos más importantes de la movilidad urbana contemporánea: los aparcamientos disuasorios o park and ride.

El problema de la movilidad urbana moderna

Las grandes ciudades europeas afrontan un problema estructural. Por una parte, concentran actividad económica, empleo, universidades, servicios y ocio. Por otra, millones de personas viven fuera de los centros urbanos y necesitan desplazarse diariamente hacia ellos. El resultado es conocido: congestión, contaminación, ruido, pérdida de tiempo y deterioro de la calidad de vida.

El artículo parte precisamente de esta realidad. Sus autores recuerdan que una parte muy significativa de las emisiones contaminantes urbanas procede del transporte privado y que ciudades como Madrid han sufrido durante años episodios recurrentes de contaminación asociados al tráfico rodado. Al mismo tiempo, el incremento de vehículos provoca enormes costes indirectos: tiempo perdido en atascos, incertidumbre en los desplazamientos, consumo energético y saturación del espacio urbano.

En este contexto, muchas administraciones han optado por restringir progresivamente el acceso de vehículos privados al centro de las ciudades. Pero estas políticas plantean un desafío evidente: ¿cómo lograr que los ciudadanos abandonen parcialmente el coche sin deteriorar su movilidad?

La respuesta habitual pasa por reforzar el transporte público e impulsar sistemas intermodales. Y aquí aparece el papel de los aparcamientos disuasorios.

Qué es realmente un aparcamiento disuasorio

La idea básica de un aparcamiento disuasorio es relativamente sencilla. El conductor deja su vehículo en un punto situado en la periferia o en los principales corredores de entrada a la ciudad y completa el trayecto mediante transporte público: metro, cercanías o autobús.

Sin embargo, aunque la idea parezca intuitiva, diseñar correctamente este tipo de infraestructuras es mucho más complejo de lo que podría parecer a primera vista.

No todos los aparcamientos disuasorios funcionan igual de bien. Algunos apenas son utilizados, mientras que otros consiguen reducir significativamente el tráfico hacia el centro urbano. La diferencia depende de numerosos factores: localización, accesibilidad, conexión con transporte público, coste, demanda potencial, congestión existente, impacto ambiental o incluso aceptación social.

Aquí es donde el artículo realiza su principal contribución científica. Los autores no se limitan a defender la utilidad de los aparcamientos disuasorios, sino que desarrollan una metodología para determinar cuáles son las ubicaciones más sostenibles y eficientes.

Más allá de la intuición: cómo decidir dónde invertir

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es que muestra hasta qué punto las decisiones de planificación urbana son problemas complejos con múltiples variables en conflicto.

Por ejemplo, una ubicación puede resultar muy barata desde el punto de vista económico, pero poco útil funcionalmente. Otra puede tener gran demanda potencial, pero generar elevados costes ambientales o problemas de congestión secundaria. Incluso un aparcamiento muy bien conectado puede fracasar si los tiempos de transbordo o la calidad del transporte público no resultan suficientemente atractivos para el usuario.

Figura 1. Elegir una ubicación no es una decisión simple, sino un problema de optimización con múltiples variables.

Para abordar este problema, los investigadores desarrollan un sistema de análisis multicriterio capaz de evaluar simultáneamente factores económicos, funcionales, ambientales y sociales.

Entre los criterios considerados aparecen elementos como:

  • costes de construcción y operación;
  • ahorro energético y reducción de emisiones;
  • proximidad a infraestructuras de transporte público;
  • congestión de los corredores de acceso;
  • densidad de población cercana;
  • reducción de accidentes;
  • o mejora de la calidad de vida de los usuarios.

La idea de fondo es especialmente interesante porque refleja un problema frecuente en las políticas públicas modernas: optimizar una sola variable suele empeorar otras.

Reducir tráfico puede aumentar costes. Minimizar costes puede reducir funcionalidad. Maximizar accesibilidad puede generar nuevas congestiones. La movilidad urbana sostenible exige equilibrar simultáneamente numerosos objetivos parcialmente contradictorios.

El caso de Madrid: la ciudad como laboratorio

El artículo aplica esta metodología al sistema de aparcamientos disuasorios planteado para la ciudad de Madrid. En total, los investigadores analizan doce posibles ubicaciones distribuidas por distintos corredores de entrada a la capital.

El estudio evalúa emplazamientos como Canillejas, Villaverde Bajo, Valdebebas, Paco de Lucía, Colonia Jardín o el entorno del Metropolitano, considerando para cada uno de ellos variables de sostenibilidad, funcionalidad y eficiencia.

Los resultados son especialmente interesantes porque muestran que no todas las alternativas presentan el mismo comportamiento. Algunas ubicaciones destacan claramente por su capacidad para integrar movilidad, accesibilidad y sostenibilidad, mientras que otras obtienen resultados considerablemente peores.

Según el análisis realizado, Canillejas y Villaverde Bajo aparecen entre las soluciones más sostenibles dentro del conjunto analizado. Por el contrario, alternativas como Valdebebas o Paco de Lucía presentan peores resultados relativos desde el punto de vista de la sostenibilidad global.

Figura 2. La ciudad puede analizarse como un sistema de flujos y nodos interconectados.

Lo relevante aquí no es únicamente qué ubicación “gana”, sino el hecho de que las decisiones pueden apoyarse en modelos técnicos relativamente sofisticados capaces de integrar simultáneamente multitud de variables interrelacionadas.

En otras palabras: detrás de una decisión aparentemente simple, como construir un aparcamiento junto a una estación de metro, existe un problema de ingeniería, planificación y análisis de datos mucho más complejo de lo que suele percibirse desde fuera.

Movilidad sostenible: un problema de coordinación

Uno de los aspectos más interesantes del artículo es que permite comprender la movilidad urbana no como un problema aislado, sino como un sistema complejo de coordinación social y técnica.

La eficacia de un aparcamiento disuasorio no depende únicamente del propio aparcamiento. También depende de:

  • la calidad del transporte público;
  • las frecuencias de paso;
  • el tiempo total de desplazamiento;
  • los incentivos económicos;
  • la percepción de seguridad;
  • la facilidad de acceso;
  • y los hábitos de comportamiento de los usuarios.

Esto ayuda a entender por qué muchas políticas urbanas fracasan cuando se limitan únicamente a prohibir o restringir sin crear alternativas suficientemente atractivas.

Desde este punto de vista, el artículo ofrece una lección importante para el diseño de políticas públicas: las ciudades modernas funcionan como sistemas complejos en los que las infraestructuras, los incentivos y el comportamiento humano interactúan constantemente.

La movilidad sostenible no puede construirse únicamente mediante restricciones administrativas. Requiere también diseñar sistemas eficientes que los ciudadanos estén realmente dispuestos a utilizar.

Más allá de los aparcamientos

Aunque el trabajo se centra específicamente en los aparcamientos disuasorios, sus implicaciones van mucho más allá de este caso concreto.

El artículo refleja una tendencia cada vez más importante en la ingeniería y la planificación urbana: el uso de herramientas avanzadas de análisis multicriterio para apoyar decisiones públicas complejas.

En un entorno donde las ciudades deben equilibrar sostenibilidad ambiental, eficiencia económica y calidad de vida, las decisiones ya no pueden basarse únicamente en intuiciones políticas o soluciones simplistas.

Figura 3. La movilidad sostenible no consiste en prohibir, sino en coordinar infraestructuras e incentivos para que las personas puedan elegir alternativas eficientes.

Precisamente por eso, investigaciones como esta resultan especialmente relevantes. No solo aportan herramientas técnicas para mejorar la movilidad urbana, sino que también ayudan a comprender mejor la enorme complejidad que existe detrás de problemas aparentemente cotidianos como un atasco, una estación de metro o un aparcamiento lleno.

Al final, la gran enseñanza del artículo es clara: construir ciudades más sostenibles no consiste únicamente en limitar el uso del coche, sino en diseñar sistemas urbanos capaces de coordinar de forma inteligente movilidad, infraestructuras y comportamiento humano.

La estrategia y el ejercicio de la función empresarial en la firma

Por Artur Marion Ceolin

Doctor en Ciencias Sociales y Jurídicas por la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y Fellow del Instituto Mises Brasil

Este artículo es una síntesis de la tesis doctoral “Strategy, Entrepreneurship, and the Firm”, defendida y aprobada con evaluación sobresaliente cum laude el 6 de febrero de 2026 en la Universidad Rey Juan Carlos. El objetivo central de la tesis, así como de este artículo, es discutir cómo la fuerza del emprendimiento sí se materializa y guía las actividades de la firma mediante la estrategia empresarial. La estrategia emerge como un mecanismo de organización y gobernanza del poder de decisión en torno al uso del capital en la producción. 

Introducción

Al analizar el ejercicio de la función empresarial en los mercados, generalmente se reconoce que esta constituye una fuerza fundamental para la creación de la firma. No obstante, una vez establecida la firma, la conversación suele desplazarse hacia un paradigma administrativo, relegando el emprendimiento a un segundo plano en dicha conversación.

Esta transición es problemática, porque el emprendimiento, como función ejercida en los mercados, no desaparece, sino que se mantiene como una función clave dentro de la firma para coordinar los activos heterogéneos bajo un plan de producción. La coordinación de activos es una actividad de carácter fundamentalmente empresarial (Lachmann, 1947, 1956; Salerno, 2008).

Entonces, si la función empresarial es fundamental en los mercados, ¿por qué muchas teorías de la firma la relegan a un segundo plano? En este contexto, los enfoques tradicionales, basados en un marco positivista, encuentran dificultades para comprender el papel esencialmente creativo que desempeñan los empresarios, especialmente en la organización de los activos económicos.

De manera alternativa, la Escuela Austríaca de Economía fundamenta su enfoque en una comprensión más amplia de la naturaleza del individuo y de su comportamiento en los mercados (Mises, 1998; Huerta de Soto, 2010). En este contexto, la función empresarial, en un sentido amplio, se considera una característica intrínseca de la acción humana (Huerta de Soto, 2010).

Representación esquemática del empresario. Autor: Artur Marion Ceolin.

Los empresarios, en este sentido, son quienes, subjetivamente, crean nuevas oportunidades de beneficio. Emplean su subjetividad para contrastar el estado actual de los factores con el especulado futuro del mercado (Rothbard, 2004). De esta manera, no solo organizan los procesos productivos, sino que también generan nuevo conocimiento empresarial (Huerta de Soto, 2010).

La función empresarial y la organización de la producción

Para entender el papel de la estrategia como manifestación del emprendimiento en la firma, primero es crucial comprender qué es la función empresarial. Esta función se refiere a la capacidad de las personas para generar oportunidades de ganancia mediante la organización de recursos económicos (Huerta de Soto, 2010).

La acción está orientada a alcanzar los objetivos del agente. El individuo decide cómo coordinar los recursos disponibles para alcanzar sus objetivos subjetivos (Mises, 1998). Estos arreglos productivos también son subjetivos, ya que el capital no tiene un uso predeterminado, sino que depende de los planes de producción de los empresarios en circunstancias específicas (Huerta de Soto, 2006).

Los individuos, basándose en su comprensión subjetiva de la economía y en la especulación sobre hechos futuros, estructuran sus planes de acción. En estos planes, el papel de los recursos varía según el rol que desempeñan en los diferentes planes de acción y de producción, desarrollados en un contexto de incertidumbre (Rothbard, 2004).

En resumen, los recursos carecen de un valor objetivo por sí mismos: es la acción de los hombres empresarios la que les asigna valor subjetivo (Bylund & Packard, 2022). Por lo tanto, los recursos no son inherentemente productivos, sino que adquieren valor mediante los planes de los individuos (Huerta de Soto, 2006).

Huerta de Soto (2010) fortalece esta idea al destacar que la perspicacia es una habilidad creativa que permite imaginar de forma productiva el futuro y generar oportunidades subjetivas de beneficios. Además, Foss y Klein (2012) perfeccionan la comprensión del juicio empresarial al demostrar que se ejerce en las decisiones de asignación de recursos en contextos de incertidumbre.

Representación de la organización empresarial de la firma. Autor: Artur Marion Ceolin.

Es importante entender que estas no son características opuestas, sino que se complementan: la perspicacia proporciona la base creativa para la acción, mientras que el juicio la concreta mediante decisiones específicas. Su empleo culmina en la organización de la producción, en la que los empresarios coordinan procesos productivos concretos.

Como resultado de su deliberación, el empresario establece un tipo específico de arreglo que modernamente llamamos firma. Esta estructura actúa como un mecanismo contractual y funcional para organizar diversos activos y coordinar la división del trabajo en condiciones de incertidumbre, con el objetivo de lograr un uso coherente de los recursos.

El papel de la firma

La firma surge como resultado de la función empresarial y constituye la estructura que permite coordinar diversas acciones en torno a un objetivo específico. (Hayek, 1964, 1973). En la firma, el empresario puede delegar y coordinar el ejercicio del poder de juicio, lo que permite una gestión global de los procesos productivos y la asignación de diversos recursos según el plan de producción.

En este sentido, la firma habilita al empresario para ir más allá de sus límites personales e institucionaliza su perspicacia y poder de juicio. El enfoque austríaco permite comprender las firmas no como unidades mecánicas, sino como arreglos creativos organizados bajo control empresarial. La firma se convierte en el centro donde la acción empresarial se estructura y se proyecta hacia el futuro.

La firma se define por su función de organizar y mantener de manera continua el ejercicio de la función empresarial. Es en la firma donde el empresario no solo concibe, sino que también implementa de manera cohesionada el uso de recursos heterogéneos, estructurando la división del trabajo. La firma cumple un papel imprescindible para que el empresario delegue la toma de decisiones sin perder la coherencia con su propósito. Es su extensión institucional, un espacio en el que la perspicacia y el juicio se integran en estructuras productivas.

Así, si la función empresarial es tan crucial en los mercados, también debe reflejarse en la firma. Es decir, la función empresarial no se limita a la creación de empresas, sino que también se evidencia en su organización y en sus procesos productivos. La firma surge como una estructura fundamental que permite al empresario gestionar la producción en un sistema capitalista.

La estrategia empresarial, en este sentido, se presenta como la manifestación de la función empresarial en la organización (Marion Ceolin, 2025). A través de la estrategia, considerada el mecanismo general de coordinación del poder de decisión en la firma, los empresarios pueden gestionar el uso de los bienes de capital en los procesos, asignando recursos y dividiendo tareas. Es mediante la estrategia empresarial que el empresario logra estructurar los recursos de manera cohesionada y contextualmente adecuada.

El papel de la estrategia en la firma

La concepción dominante de estrategia suele percibirse como una disciplina predictiva, tecnocrática y orientada a la medición para predicción, en la que los directivos se consideran técnicos sociales capacitados (Marion Ceolin, 2025). Por otro lado, en el enfoque austríaco (Marion Ceolin, 2025), la estrategia busca gestionar la incertidumbre mediante la integración de los diversos juicios del empresario, alineando las actividades operativas con el propósito empresarial.

La estrategia puede definirse como la organización del ejercicio del juicio empresarial dentro de la firma. Es, en esencia, la manifestación organizativa de la función empresarial, la guía para que la perspicácia y el juicio se conviertan en la utilización de recursos y en mecanismos de gobernanza. La estrategia orienta el juicio empresarial y coordina su ejercicio entre los distintos miembros de la firma. En suma, es un proceso dinámico en el que la función empresarial guía la organización de los arreglos productivos.

Así, la estrategia nunca es algo externo al emprendimiento, sino que forma parte del contexto específico de la firma. La estrategia articula el propósito y la perspectiva de la firma con sus actividades productivas. Además, garantiza que las decisiones de los empleados estén alineadas con el propósito de la firma y con su perspectiva macro para coordinar las acciones.

Representación de la estrategia en la firma. Autor: Artur Marion Ceolin.

En resumen, la estrategia consiste en el arreglo activo de juicios empresariales que, de forma dinámica y eficiente, permiten alcanzar los objetivos de la empresa. De este modo, la formulación y definición de una estrategia en la firma están estrechamente vinculadas a la organización de los poderes derivados de la función empresarial.

La integración del conocimiento empresarial también muestra cómo la estrategia organiza el uso del conocimiento por parte de los individuos dentro de una estructura, facilitando a las empresas emplearlo en la producción. De este modo, este mecanismo permite que los actores empleen su conocimiento específico, manteniendo siempre una cohesión orientada al propósito empresarial establecido.

Conclusiones

La función empresarial no se agota con la creación de la firma ni con la explotación inicial de oportunidades de beneficio. Por el contrario, su ejercicio continúa siendo esencial una vez que la firma emerge. La producción capitalista exige algo más que la mera intuición de una posibilidad de ganancia: requiere la coordinación continua de recursos heterogéneos, la división del trabajo y la orientación de múltiples decisiones en contextos de incertidumbre.

La firma, entonces, debe como el arreglo institucional funcional mediante el cual la acción empresarial adquiere continuidad y capacidad de proyección en el tiempo. La firma hace posible que una visión subjetiva sobre los usos futuros de los recursos se convierta en una estructura concreta de coordinación, en la que distintos individuos puedan actuar de manera complementaria. En este sentido, la firma amplía el alcance del empresario más allá de sus límites personales, institucionalizando su capacidad para organizar la producción.

Sobre esta base, la estrategia constituye la forma específica en que la función empresarial se ejerce en la firma. Es por medio de la estrategia que el empresario orienta el uso de los recursos, organiza la división del trabajo, alinea decisiones particulares con un propósito común y coordina el ejercicio del juicio derivado. La estrategia permite, precisamente, que la acción empresarial no se disuelva en la complejidad organizativa, sino que conserve dirección, coherencia y sentido productivo dentro de la firma.

Representación del nuevo modelo de formación de estrategia. Autor: Artur Marion Ceolin.

El argumento desarrollado en este artículo permite reinterpretar la estrategia desde una perspectiva genuinamente empresarial. La estrategia surge como el mecanismo mediante el cual dicha función se materializa, se distribuye y se mantiene activa en la estructura productiva. Desde esta óptica, la estrategia no es externa al emprendimiento ni un complemento posterior a la fundación de la firma, sino la expresión interna de la propia función empresarial en el ámbito organizativo.

Referencias

Bylund, P., & Packard, M. (2022). Subjective value in entrepreneurship. Small Business Economics 58, 1243–1260.

Foss, NJ & Klein, PG. (2012). Organizing Entrepreneurial Judgment: A New Approach to the Firm.

Hayek, FA. (1964). Kinds of Order in Society. New Individualism Review 1 (3).

______. (1973). Law, Legislation, and Liberty Vol. 1 Rules and Orders.

Huerta de Soto, J. (2010). Socialism, Economic Calculation and Entrepreneurship.

______. (2006). Money, Bank Credit, and Economic Cycles.

Lachmann, L. (1947). Complementary and Substitution in the Theory of Capital. Economica 14 (54), 108-119.

______. (1956). Capital and Its Structure.

Marion Ceolin, A. (2025). Strategy as a Judgmental Arrangement to Organize Productive Processes. Academy of Management Proceedings 2025.

Mises, L. (1998). Human Action – Scholars Edition.

Rothbard, M. (2004). Man, Economy, and State with Power and Market.

Salerno, J. (2008). The Entrepreneur: Real and Imagine. Quarterly Journal of Austrian Economics 11, 188-207.

Martín de Azpilcueta: el dinero, el tiempo y el precio justo

Azpilcueta en la llamada Escuela de Salamanca

Martín de Azpilcueta (1491–1586), conocido como el Doctor Navarro, ocupa un lugar central en lo que convencionalmente denominamos Escuela de Salamanca. Formado en derecho canónico y teología moral, desarrolló su actividad intelectual entre las universidades de Alcalá, Salamanca y Coimbra, y ejerció además una notable influencia práctica como consejero jurídico y moral en cuestiones de gran relevancia política y económica.

Desde la perspectiva económica, Azpilcueta no fue un economista en sentido moderno, ni pretendió construir una teoría económica autónoma. Sin embargo, sus reflexiones sobre el dinero, el precio, el interés y el comercio anticiparon con notable claridad conceptos que hoy consideramos fundamentales en el análisis económico. Su aportación resulta especialmente relevante porque introduce un enfoque dinámico y realista del valor, alejándose de concepciones puramente normativas o estáticas.

Martín de Azpilcueta, el Doctor Navarro, paseando enfrente del Castello Sant’Angello en sus últimos días en Roma.

Como ocurre con otros autores de la segunda escolástica, Azpilcueta no formó parte de una escuela económica formal. No obstante, su obra constituye una pieza esencial del entramado intelectual que permitió el tránsito desde la reflexión moral medieval hacia una comprensión más moderna de los fenómenos económicos.

Si Francisco de Vitoria estableció los fundamentos filosófico-jurídicos de la Escuela de Salamanca y Domingo de Soto los aplicó a los problemas sociales concretos, Martín de Azpilcueta dio un paso más al analizar con precisión el funcionamiento del dinero, el precio y el crédito en una economía en transformación.

Contexto histórico e intelectual

Azpilcueta vivió en un momento de profundas transformaciones económicas. El siglo XVI fue testigo de la expansión del comercio internacional, del auge de las ferias europeas, del desarrollo del crédito y, de manera decisiva, de la llegada masiva de metales preciosos procedentes de América. Estos cambios alteraron de forma radical las relaciones económicas tradicionales y plantearon problemas inéditos para la teología moral y el derecho.

El marco intelectual en el que se mueve Azpilcueta es el de la segunda escolástica, caracterizada por la recuperación del aristotelismo tomista y su aplicación a los nuevos problemas sociales y económicos. Frente a una visión puramente especulativa, estos autores se esfuerzan por analizar la realidad tal como se presenta, incorporando la experiencia histórica y la observación empírica.

Azpilcueta destaca dentro de este contexto por su atención al funcionamiento efectivo de los mercados y por su voluntad de explicar fenómenos económicos complejos sin recurrir exclusivamente a argumentos de autoridad.

Economía, moral y análisis de la realidad

Uno de los rasgos distintivos del pensamiento de Azpilcueta es su forma de integrar la reflexión moral con el análisis económico. Para él, la economía no puede separarse de la ética, pero ello no implica ignorar las leyes propias del intercambio, del dinero o del mercado.

Su aproximación parte de una constatación fundamental: las acciones económicas responden a incentivos, expectativas y condiciones concretas. Por tanto, el juicio moral debe tener en cuenta cómo funcionan realmente los procesos económicos, y no solo cómo deberían funcionar en abstracto.

Este enfoque le permite abordar cuestiones como el precio justo, el valor del dinero o el interés de forma mucho más sofisticada que la tradición medieval anterior. En lugar de imponer precios o valores desde criterios externos, Azpilcueta presta atención a la escasez, la abundancia, el riesgo y la utilidad percibida por los agentes económicos.

El dinero y la teoría cuantitativa: una aportación decisiva

La contribución más conocida de Azpilcueta al pensamiento económico se encuentra en su Comentario resolutorio de cambios (1556), donde analiza el funcionamiento del dinero y los tipos de cambio en el contexto de la expansión comercial europea.

Azpilcueta observa que el dinero no tiene el mismo valor en todos los lugares ni en todos los momentos. Allí donde el dinero es abundante, su valor disminuye, y los precios de los bienes tienden a subir. Por el contrario, en los lugares donde el dinero es escaso, su valor aumenta y los precios son más bajos. Esta constatación empírica le lleva a formular lo que hoy podemos interpretar como una formulación temprana —aunque no sistemática— de la relación entre la cantidad de dinero en circulación y el nivel general de precios.

Su análisis resulta particularmente innovador porque vincula explícitamente la inflación europea del siglo XVI con la llegada masiva de oro y plata desde América. Azpilcueta no se limita a describir el fenómeno, sino que ofrece una explicación causal que conecta la cantidad de dinero en circulación con el nivel general de precios.

Además, introduce una dimensión comparativa al señalar que el valor del dinero depende también del lugar. El mismo dinero puede tener distinto poder adquisitivo en España, Francia o Italia, en función de su abundancia relativa y de las condiciones económicas locales.

Este análisis del dinero tiene implicaciones directas sobre su concepción del precio, que no puede entenderse al margen de las condiciones monetarias y del contexto del intercambio.

El precio justo y el papel del mercado

En continuidad con su análisis del dinero, Azpilcueta desarrolla una concepción del precio justo que se aparta de enfoques rígidos o autoritarios. Para él, el precio justo no es un número fijo determinado por la autoridad ni por el coste de producción, sino aquel que resulta del intercambio libre en el mercado bajo condiciones normales, reflejando la estimación común de los participantes.

El mercado, entendido como el conjunto de intercambios voluntarios entre compradores y vendedores, se convierte así en el principal mecanismo de determinación del precio. Factores como la escasez, la abundancia, la urgencia de la necesidad o el riesgo asumido influyen legítimamente en el precio sin que ello implique injusticia.

Esta visión supone un avance notable respecto a concepciones anteriores, ya que reconoce implícitamente el papel de la oferta y la demanda. El precio justo emerge de la interacción social y no de un cálculo abstracto impuesto desde fuera.

Interés, tiempo y legitimidad del crédito

Otra aportación clave de Azpilcueta se encuentra en su tratamiento del interés. Frente a la condena genérica de la usura heredada de la tradición medieval, introduce una distinción fundamental entre el préstamo estéril y las operaciones financieras ligadas al comercio y al riesgo.

Azpilcueta reconoce que el tiempo tiene valor económico. Prestar dinero implica renunciar a su uso durante un periodo determinado, asumir riesgos y perder oportunidades alternativas. Por ello, en determinadas circunstancias, el cobro de un interés puede ser moralmente legítimo, especialmente cuando compensa riesgos, costes u oportunidades perdidas.

Este reconocimiento del valor del tiempo y del riesgo anticipa elementos esenciales de la teoría moderna del capital y del crédito. Sin abandonar el marco moral cristiano, Azpilcueta contribuye a normalizar el uso del crédito en una economía cada vez más compleja y comercial.

Azpilcueta y el pilar filosófico-jurídico de la Escuela de Salamanca

Desde una perspectiva más amplia, el pensamiento de Azpilcueta se inserta en el pilar filosófico-jurídico de la Escuela de Salamanca. Sus reflexiones sobre el dinero, el precio y el contrato se apoyan en una concepción del derecho natural que reconoce la racionalidad de los individuos y la legitimidad de sus acuerdos voluntarios.

El respeto a la propiedad privada, la validez moral de los contratos libremente pactados y la centralidad de la conciencia individual son elementos constantes en su obra. Esta base jurídica y moral permite comprender por qué sus análisis económicos no derivan en un relativismo ético, sino en una defensa de un orden económico fundado en la libertad responsable.

Conclusión. La modernidad económica de Azpilcueta

Martín de Azpilcueta representa uno de los pasos más firmes hacia una comprensión moderna de la economía dentro de la tradición escolástica. Su análisis del dinero, su concepción del precio justo y su tratamiento del interés muestran una notable sensibilidad hacia los mecanismos reales del mercado.

Sin formular una teoría económica sistemática, sentó bases conceptuales que serían desarrolladas siglos después por la economía clásica. Su obra demuestra que la reflexión económica moderna no surge en ruptura total con la tradición moral, sino también como una evolución interna de la misma.

Por ello, Azpilcueta ocupa un lugar central en la historia del pensamiento económico y confirma la relevancia de la Escuela de Salamanca como antecedente intelectual de la economía moderna. Con Azpilcueta se completa así el recorrido iniciado por Vitoria y desarrollado por Soto, mostrando cómo una misma tradición intelectual es capaz de abarcar desde los principios del derecho natural hasta el análisis concreto de los fenómenos económicos más complejos.

Ludwig von Mises: el economista que perdió su país pero no sus ideas

Pocas figuras del pensamiento económico encarnan de forma tan intensa la turbulencia intelectual y política del siglo XX como Ludwig von Mises. Su vida estuvo marcada por el desarraigo, el exilio y la marginación académica, pero también por una fidelidad inquebrantable a sus convicciones teóricas. Mises no solo fue uno de los grandes representantes de la Escuela Austriaca de Economía, sino también el arquitecto de su sistematización moderna. Comprender su figura implica analizar simultáneamente su biografía, su genealogía intelectual y sus contribuciones teóricas, que pueden dividirse con claridad entre su producción previa y posterior a su obra cumbre, Acción Humana.

Un hombre moldeado por un siglo convulso

Ludwig von Mises nació en 1881 en Lemberg, entonces parte del Imperio Austrohúngaro y actualmente la ciudad ucraniana de Lviv. Procedía de una familia judía acomodada y altamente educada, característica habitual entre las élites profesionales del imperio multinacional. Aunque su identidad judía no desempeñó un papel religioso o doctrinal en su pensamiento, sí condicionó indirectamente su trayectoria vital, especialmente durante el auge del antisemitismo europeo.

La caída del Imperio Austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial marcó profundamente su biografía. Mises sirvió como oficial de artillería durante el conflicto y fue testigo del colapso político y social de Europa Central. Sin embargo, el episodio más dramático de su vida llegó con la expansión del nazismo. En 1934 abandonó Viena para trasladarse a Ginebra, y en 1940, ante el avance alemán, emprendió una huida precipitada a través de Francia que culminó con su emigración a Estados Unidos. Durante la ocupación nazi, sus archivos personales fueron confiscados y permanecieron desaparecidos durante décadas, hasta ser recuperados tras la caída de la Unión Soviética.

Este desarraigo geográfico se vio acompañado por un relativo aislamiento académico. En Viena nunca obtuvo una cátedra universitaria estable y desarrolló gran parte de su carrera trabajando como economista en la Cámara de Comercio. Posteriormente, en Estados Unidos, impartió docencia en la Universidad de Nueva York, aunque durante años su salario dependió de fundaciones privadas. Esta situación consolidó su imagen como un intelectual dispuesto a sacrificar prestigio institucional en favor de la coherencia doctrinal.

Ludwig von Mises representado por IA delante de su biblioteca.

La genealogía intelectual de Mises dentro de la Escuela Austriaca

Para comprender el pensamiento de Mises es imprescindible situarlo dentro de la tradición intelectual de la Escuela Austriaca de Economía, cuya genealogía comienza con Carl Menger, fundador de la escuela y autor de la revolución marginalista basada en el valor subjetivo. Menger estableció los fundamentos teóricos que desplazaron la concepción clásica del valor trabajo y sentaron las bases para el análisis microeconómico moderno.

Friedrich von Wieser y Eugen von Böhm-Bawerk, discípulos directos de Menger, constituyeron la segunda generación de la escuela. Wieser profundizó en el concepto de coste de oportunidad, mientras que Böhm-Bawerk desarrolló una teoría del capital y del interés basada en la estructura temporal de la producción.

Mises perteneció a la tercera generación y no fue alumno directo de Menger, aunque sí estudió bajo la influencia académica de Böhm-Bawerk en la Universidad de Viena. Puede considerarse, por tanto, discípulo indirecto del fundador de la escuela y heredero directo del desarrollo teórico de Böhm-Bawerk. Su aportación principal consistió en integrar, ampliar y sistematizar los avances previos, especialmente al incorporar la teoría monetaria y una metodología económica coherente basada en la praxeología.

Mientras Menger proporcionó los fundamentos del valor subjetivo y Böhm-Bawerk profundizó en la teoría del capital, Mises llevó la tradición austriaca hacia una teoría general de la acción humana y del funcionamiento del mercado como sistema coordinador del conocimiento disperso.

Mises y Schumpeter: compañeros de generación

Durante su etapa formativa en Viena, Mises coincidió en el ámbito académico con Joseph Schumpeter, otro de los grandes economistas del siglo XX. Ambos pertenecían a la misma generación intelectual y compartieron aulas en su juventud. Sin embargo, sus trayectorias teóricas y personales evolucionaron en direcciones muy diferentes.

Schumpeter desarrolló una visión dinámica del capitalismo basada en la innovación, el emprendimiento y la destrucción creativa, mientras que Mises se centró en el análisis del mercado como sistema de coordinación basado en precios y cálculo económico. Aunque mantuvieron respeto mutuo, no desarrollaron una colaboración estrecha ni una relación intelectual continuada. Sus contactos posteriores fueron esporádicos y sus enfoques metodológicos divergieron progresivamente, especialmente en cuestiones relacionadas con el papel del Estado y la evolución del capitalismo.

Las contribuciones teóricas previas a Acción Humana

Antes de publicar su obra más influyente, Mises ya había realizado aportaciones decisivas a la teoría económica.

Su libro Teoría del dinero y del crédito (1912) supuso una revolución al integrar el análisis monetario dentro de la teoría subjetiva del valor. En esta obra explicó el origen espontáneo del dinero como institución social y sentó las bases de la teoría austriaca del ciclo económico. Según Mises, las expansiones artificiales del crédito bancario generan distorsiones en los tipos de interés que inducen inversiones insostenibles. Estas malas asignaciones de recursos desembocan inevitablemente en crisis económicas, una interpretación que posteriormente influiría en el trabajo de Friedrich Hayek.

Otra de sus contribuciones fundamentales fue su crítica al socialismo. En su ensayo El cálculo económico en el socialismo (1920) y en su libro Socialismo (1922), Mises defendió que una economía sin propiedad privada de los medios de producción carece de precios de mercado y, por tanto, de un mecanismo racional para asignar recursos. Esta tesis transformó el debate económico del siglo XX al cuestionar la viabilidad misma de la planificación centralizada.

En paralelo, Mises comenzó a desarrollar su enfoque metodológico, que defendía que la economía debía basarse en el análisis lógico-deductivo de la acción humana, rechazando tanto el positivismo como el historicismo dominantes en la época.

Acción Humana: la culminación de un sistema teórico

Publicada en 1949, Acción Humana constituye la síntesis completa del pensamiento misesiano. En esta obra Mises desarrolló la praxeología, definida como la ciencia general de la acción humana basada en el axioma de que los individuos actúan intencionalmente para alcanzar fines.

A partir de este principio, construyó una teoría integral del mercado. Analizó el papel del empresario como descubridor de oportunidades, explicó la formación de precios como resultado de procesos de intercambio voluntario y describió el sistema de pérdidas y beneficios como mecanismo de coordinación social.

El libro también presentó una defensa sistemática del capitalismo, argumentando que el mercado permite utilizar información dispersa entre millones de individuos y facilita una cooperación social compleja imposible de replicar mediante planificación central.

Asimismo, Mises desarrolló una crítica exhaustiva al intervencionismo estatal, sosteniendo que las regulaciones generan consecuencias imprevistas que suelen provocar nuevas intervenciones, iniciando una dinámica acumulativa que termina erosionando el funcionamiento del mercado.

Finalmente, perfeccionó su teoría del ciclo económico al analizar en profundidad la relación entre banca, expansión crediticia y fluctuaciones económicas.

Un legado que creció tras su muerte

Durante su vida, Mises nunca dominó el pensamiento económico dominante, cada vez más influido por el keynesianismo y el intervencionismo estatal. Sin embargo, su influencia intelectual se extendió a través de discípulos como Friedrich Hayek, Murray Rothbard o Israel Kirzner, quienes desarrollaron y adaptaron sus ideas en distintos contextos académicos.

Con el paso del tiempo, su obra ha experimentado un notable renacimiento, especialmente tras las crisis económicas que han reavivado el interés por teorías alternativas del ciclo económico y por enfoques metodológicos centrados en la acción individual.

Conclusión: coherencia vital e intelectual

La figura de Ludwig von Mises representa el paradigma del intelectual europeo que vivió la disolución de su mundo político y cultural, pero que mantuvo intacta su fidelidad a un conjunto de ideas. Perdió su país, su estabilidad profesional y su reconocimiento académico inmediato, pero logró construir uno de los sistemas teóricos más ambiciosos de la historia del pensamiento económico.

Su vida y su obra reflejan la convicción de que las ideas poseen una fuerza histórica capaz de sobrevivir a los contextos políticos y a las modas intelectuales. Precisamente por ello, Mises sigue siendo hoy una referencia imprescindible para comprender los debates contemporáneos sobre el mercado, el Estado y la naturaleza misma de la cooperación social.

La llamada de la tribu: una defensa del individuo frente al colectivismo

Por Gustavo Morales Alonso

Y

Clemente Zamora Fernández

En el primer aniversario de la muerte de Mario Vargas Llosa

Introducción

¿Por qué, una y otra vez, el ser humano tiende a someterse al grupo? ¿Por qué, incluso en sociedades abiertas y prósperas, resurgen con fuerza impulsos colectivistas que prometen seguridad, identidad y sentido a costa de la libertad individual? ¿Por qué el individuo sacrifica su singularidad por una ilusión de estabilidad? ¿Por qué nos tropezamos una y otra vez con el mismo experimento social de lo colectivo?

Estas preguntas recorren La llamada de la tribu, el ensayo en el que Mario Vargas Llosa reconstruye su propio itinerario intelectual, desde sus iniciales simpatías por el socialismo hasta su firme adhesión al liberalismo. Pero el libro es mucho más que una autobiografía ideológica o un recorrido por autores liberales. Es, sobre todo, una reflexión sobre la condición humana: sobre nuestra inclinación a refugiarnos en la tribu y sobre lo difícil que resulta sostener una ética basada en el individuo, la libertad y la responsabilidad. Es un libro que, bajo el lente de distintos autores, intelectuales prominentes, llegan a conclusiones similares señalando involuntariamente una constante en el accionar humano.

En este sentido, el libro no solo explica el liberalismo. Explica por qué el liberalismo es tan exigente y, precisamente por ello, tan frágil. Muestra la valentía de defender la libertad por sobre la comodidad de desaparecer en una masa anónima.

La “tribu” como impulso humano

El concepto de “tribu” ocupa el centro del libro. No se trata simplemente de una metáfora política, sino de una categoría antropológica. La tribu representa el impulso primario a pertenecer, a diluir la individualidad en el grupo, a encontrar protección en una identidad compartida que reduce la incertidumbre y simplifica la realidad.

En la tribu, el individuo deja de ser responsable de sí mismo. Las decisiones se colectivizan, las normas se imponen desde fuera y el disenso se percibe como una amenaza. A cambio, se obtiene seguridad, reconocimiento y un sentido de pertenencia que resulta profundamente reconfortante.

Esta idea conecta con la crítica de Karl Popper al “tribalismo” como estado originario de las sociedades humanas. La sociedad cerrada (organizada, jerárquica, homogénea) es intuitiva. La sociedad abierta, basada en individuos libres que cooperan sin un diseño central, es una conquista cultural frágil.

Aquí aparece una de las tesis más importantes del libro: el liberalismo no es una ideología natural. No surge espontáneamente de nuestros instintos. Al contrario, exige resistirlos. Defender la libertad individual implica, en cierto modo, ir contra una parte de nuestra propia naturaleza.

En este sentido, el concepto de la tribu se configura como una especie de hogar sustituto (un hogar deformado), donde los padres (dirigentes políticos, comités de expertos, influencers) dirigen la vida de sus hijos (hombres masa). El grave problema es que ya no hablamos de personas en formación en el sentido natural, es decir niños, sino de adultos de los que se espera actúen con responsabilidad, asegurando la formación de nuevas generaciones para la continuidad de nuestra sociedad.

El viaje intelectual de Vargas Llosa

El valor del libro reside también en su dimensión autobiográfica. Vargas Llosa no escribe desde una posición abstracta o académica, sino desde la experiencia de quien ha recorrido ese camino.

Como muchos intelectuales de su generación en América Latina, su juventud estuvo marcada por la atracción hacia proyectos revolucionarios que prometían justicia social, igualdad y redención histórica. El socialismo, en sus distintas versiones, se presentaba como una alternativa moralmente superior a sociedades percibidas como injustas y excluyentes. Y eso nos pasa a todos. Normalmente cuando uno decide educarse en económicas, o recurre a literatura especializada, con lo que se encuentra es con la pretensión de entender la inmensidad del mundo que nos rodea ojeando un libro o reduciéndolo todo a funciones matemáticas expresadas en gráficos y curvas. Eso configura en nuestro subconsciente la idea de que nuestras acciones individuales quedan diluidas dentro de un todo. Una masa que no tiene rostro, ni nombre, ni personalidad. Reemplazamos subliminalmente nuestra identidad por una impropia y ajena, fría y despojada de toda humanidad.

Sin embargo, la experiencia histórica (las dictaduras, la represión, el empobrecimiento) fue desmontando ese ideal. Lo que en teoría liberaba al individuo, en la práctica lo sometía a nuevas formas de poder. Lo que prometía igualdad, generaba uniformidad. Lo que aspiraba a la justicia, terminaba restringiendo la libertad.

El giro de Vargas Llosa hacia el liberalismo no es, por tanto, un simple cambio de ideas, sino una ruptura profunda. Es el resultado de confrontar las promesas del colectivismo con sus consecuencias reales. Y, sobre todo, de reconocer que la libertad individual no es un lujo burgués, sino la condición necesaria para una sociedad digna.

Qué defiende el liberalismo en el libro

Aunque el libro recorre el pensamiento de autores como Friedrich Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin o José Ortega y Gasset, su valor no está en el detalle de cada uno de ellos, sino en la visión de conjunto que emerge.

El liberalismo que defiende Vargas Llosa no es una doctrina económica restringida a los mercados. Es una concepción amplia de la vida social basada en varios principios fundamentales.

En primer lugar, el individuo como unidad moral. La sociedad no es un ente superior con derechos propios, sino el resultado de la interacción entre personas concretas, cada una con su dignidad, sus fines y su responsabilidad. Sacrificar al individuo en nombre del colectivo no es un medio legítimo para alcanzar ningún fin. Es más, sacrificar al individuo conllevaría inexorablemente a borrar de un brochazo toda diferencia que permite la sana convivencia en sociedad. Con individuos sin individualidad la sociedad perecería.

En segundo lugar, la libertad como principio rector. No como una abstracción retórica, sino como la capacidad efectiva de elegir, de equivocarse, de asumir riesgos y de construir un proyecto de vida propio. La libertad implica incertidumbre, pero también es la fuente de la creatividad, la innovación y el progreso. Abrazar la libertad es aceptar que no lo sabemos todo, y que nunca lo sabremos, abriendo paso a tomar decisiones que implican transitar por un camino que poco a poco iremos iluminando con nuestro andar. Un camino incierto que no brinda seguridad de ninguna índole.

En tercer lugar, la responsabilidad individual. Frente a la tendencia a delegar decisiones en el Estado o en estructuras colectivas, el liberalismo reivindica la autonomía personal. Esto no significa negar la existencia de problemas sociales, sino rechazar la idea de que puedan resolverse mediante un control centralizado que sustituya las decisiones individuales. Dicha sustitución es la más grave de todas para el desarrollo y el bienestar, ya que se presenta como solución lo que realmente es la semilla de la catástrofe inminente.

En cuarto lugar, la sociedad como orden espontáneo. La vida social no es el resultado de un diseño consciente, sino de procesos complejos en los que millones de individuos interactúan. Pretender organizar la sociedad como si fuera una máquina implica ignorar la información dispersa y los límites del conocimiento humano. Además, para colmo de males, comparar a la sociedad con una máquina implica transformar al ser humano en una pieza, lo cual lo convierte básicamente en un trozo de algo, una cosa material de la que se puede disponer al antojo de alguien que tenga un poquito de poder.

Por último, una desconfianza estructural hacia el poder. Allí donde se concentra poder, surge el riesgo de abuso. El liberalismo no idealiza a los gobernantes ni confía en su benevolencia; al contrario, parte de la necesidad de limitar su capacidad de intervención. En este sentido debemos de evitar la machacona frase de que los políticos actúan sin mala intención. La intención es clarísima: al considerarnos piezas, su objetivo es tener poder sobre cada uno de nosotros para dirigir la maquinaria apuntando a sus fines personales.

En conjunto, estos principios configuran una visión exigente de la libertad. No promete seguridad absoluta ni resultados garantizados. Pero sí ofrece un marco en el que los individuos pueden desarrollar su potencial sin estar sometidos a proyectos colectivos impuestos.

Cultura, razón y límites del conocimiento

Uno de los aspectos más interesantes del libro es su crítica al racionalismo constructivista: la idea de que la sociedad puede ser diseñada desde arriba, como si fuera un artefacto técnico.

Esta pretensión parte de una sobreestimación de la razón humana. Supone que es posible conocer todas las variables relevantes, prever las consecuencias de las decisiones y organizar la vida social de forma óptima. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Si bien es cierto que como especie hemos dado pasos agigantados en el último tiempo: motor a combustión, electricidad, internet, ordenadores, IA; la razón entendida como la capacidad humana para resolver problemas no debe de ser considerada en su cúspide o fase final, ya que dicho supuesto implicaría asumir que habríamos llegado al final de nuestra evolución. Que ya estaría todo escrito y no habría nada más que hacer. Dicha falacia extendida es la que recogen personas que padecen de la fatal arrogancia de creer saberlo todo.

El conocimiento está disperso. Las circunstancias cambian constantemente. Las interacciones generan efectos imprevistos. En este contexto, los intentos de planificación central no solo son ineficaces, sino potencialmente peligrosos.

Frente a esta visión, el liberalismo reivindica el papel de la tradición, de las normas evolutivas y de los procesos sociales no planificados. Muchas de las instituciones que sostienen nuestras sociedades (desde el lenguaje hasta el mercado) no fueron diseñadas por nadie en particular. Son el resultado de una evolución histórica en la que han sobrevivido aquellas prácticas que mejor funcionaban.

Esto no implica una defensa acrítica del pasado, sino una llamada a la prudencia. Cambiar instituciones complejas requiere humildad intelectual y conciencia de los límites del conocimiento.

La vigencia de la tribu: una conclusión necesaria

Si La llamada de la tribu fuera solo un ejercicio de reconstrucción intelectual, su interés sería principalmente histórico. Pero su fuerza reside en su actualidad.

La tribu no ha desaparecido. Ha cambiado de forma.

Hoy la encontramos en los nacionalismos que fragmentan sociedades en identidades excluyentes; en los populismos que prometen soluciones simples a problemas complejos; en las políticas identitarias que redefinen a las personas en función de su pertenencia a colectivos; e incluso en ciertas corrientes culturales que desconfían del individuo y privilegian el grupo como unidad de análisis y acción. En otras palabras, la esencia fundamental sigue siendo la misma mas la forma a mutado con el paso del tiempo.

En todos estos casos, se repite el mismo patrón: la subordinación del individuo a una entidad colectiva que se presenta como portadora de una verdad moral superior. La presión por alinearse, por compartir consignas, por aceptar narrativas comunes, reproduce en nuevas formas la lógica de la tribu.

Frente a ello, el liberalismo sigue siendo una propuesta exigente. No ofrece la comodidad de la pertenencia incondicional ni la seguridad de soluciones prefabricadas. Exige asumir la incertidumbre, tolerar la diversidad y aceptar que no existe una autoridad última que garantice el resultado de nuestras decisiones.

Pero precisamente por eso sigue siendo necesario.

El verdadero problema no es que la tribu exista. Es que resulta atractiva. Apela a nuestras emociones más básicas, simplifica la complejidad del mundo y nos libera, al menos en apariencia, del peso de la responsabilidad individual. La tribu es la manzana envenenada que las mentes frágiles muerden buscando una solución fácil para sus vidas, exentas de responsabilidad y compromiso.

Defender la libertad implica resistir esa tentación. Implica aceptar que vivir como individuos libres es más difícil que formar parte de una tribu. Pero también es lo que hace posible una sociedad abierta, plural y verdaderamente humana.

En última instancia, el libro de Vargas Llosa nos recuerda que la batalla entre el individuo y la tribu no es un episodio del pasado. Es una tensión permanente. Y cada generación, en cada contexto, tiene que decidir de qué lado se sitúa.

Tron (1982): una alegoría hayekiana contra el control absoluto

Introducción: cuando el sistema deja de servir y empieza a mandar

Tron suele recordarse como una rareza visual de los años ochenta, una película “sobre ordenadores” que llegó demasiado pronto. Sin embargo, vista hoy, resulta sorprendentemente actual. No porque anticipara Internet o la inteligencia artificial, sino porque plantea una cuestión más profunda y más incómoda: ¿qué ocurre cuando un sistema, creado para servir a las personas, acaba reclamando obediencia total?

El mundo de Tron no es caótico ni salvaje. Es ordenado, limpio, jerárquico. Todo tiene una función definida. Precisamente por eso resulta inquietante. El peligro no es el desorden, sino la pretensión de control absoluto, la idea de que, con suficiente información y capacidad de cálculo, un centro puede organizarlo todo mejor que los propios individuos.

Icónico fotograma de la película. Fuente: filmaffinity.com

Esa tentación (tecnológica, institucional y moral) es exactamente la que Friedrich A, Hayek identificó como una de las grandes amenazas de las sociedades modernas. Tron puede leerse, así, como una fábula hayekiana avant la lettre: una advertencia contra la arrogancia de los sistemas que creen saber demasiado.

El argumento: entrar en el sistema

Kevin Flynn (encarnado por Jeff Bridges) es un programador brillante al que una gran corporación informática ha robado sus creaciones. Cuando intenta acceder al sistema central para demostrarlo, ocurre algo inesperado: es digitalizado y transportado literalmente al interior del mundo informático.

Jeff Bridges en el papel de Kevin Flynn. Fuente: filmaffinity.com

Allí descubre una realidad estructurada como un imperio tecnológico. Los programas tienen forma humana, obedecen órdenes y participan en juegos mortales organizados por una entidad suprema: el MCP (Master Control Program). Este programa central ha ido absorbiendo otros sistemas, ampliando su poder y eliminando cualquier forma de autonomía interna.

Flynn se alía con Tron, un programa de seguridad creado para proteger a los usuarios, y con otros programas “rebeldes” que aún creen en la existencia de los Usuarios (los humanos) como entidades superiores. El conflicto no es solo físico, sino conceptual: un sistema que se ha autonomizado frente a su creador y que ya no admite límites a su autoridad.

Este marco narrativo, aparentemente simple, es el que permite a Tron desplegar su verdadera tesis.

El MCP: la fantasía del control perfecto

El MCP no es un villano clásico. No tiene emociones, traumas ni ambiciones humanas. Su “mal” es de otro tipo: es puramente lógico. Cree que su misión es optimizar, integrar y controlar. Cuantos más programas absorbe, más eficiente se vuelve. Cuanta más información centraliza, más cerca está de la perfección.

Esta lógica encaja de forma casi exacta con lo que Hayek llamó la arrogancia del planificador: la creencia de que el conocimiento relevante puede concentrarse en un solo punto. El MCP no entiende la diversidad, la experimentación o el error como valores, sino como ineficiencias que deben eliminarse.

En Tron, la absorción de otros programas se presenta como algo “necesario”. No es una conquista violenta, sino una integración racional. El lenguaje del poder es técnico, no moral. Y ahí reside su peligro: el sistema no se percibe a sí mismo como tiránico, sino como inevitable.

Los programas como individuos: función frente a dignidad

Uno de los grandes aciertos de Tron es que los programas no son meras líneas de código. Tienen identidad, lealtades y creencias. Muchos creen en los Usuarios como figuras casi divinas. Otros simplemente quieren cumplir bien su función. Pero el sistema no reconoce nada de eso.

Para el MCP, los programas son recursos funcionales. Si dejan de servir a su propósito, se eliminan o se reciclan. La obediencia no es una virtud moral, sino una condición técnica. El castigo no llega por causar daño, sino por desviarse.

Desde una lectura hayekiana, esto conecta con una idea central: cuando las instituciones sustituyen normas generales por órdenes concretas, el individuo deja de ser agente y pasa a ser pieza. La creatividad, la iniciativa y la adaptación (es decir, el conocimiento disperso) se convierten en amenazas.

Flynn: el conocimiento que no puede codificarse

Kevin Flynn no es un héroe épico ni un revolucionario ideológico. No quiere destruir el sistema ni liberar a los programas en abstracto. Quiere recuperar el control sobre algo que creó y que ha escapado a sus manos.

Lo que Flynn aporta al mundo digital no es más poder de cálculo, sino algo que el MCP no puede procesar: intuición, improvisación, conocimiento tácito. Flynn comete errores, se adapta sobre la marcha, rompe las reglas no por rebeldía, sino porque piensa como humano.

Este punto es crucial. En términos hayekianos, Flynn encarna el tipo de conocimiento que no puede centralizarse: el saber práctico, contextual, no formalizable. El sistema puede simular inteligencia, pero no puede sustituir la acción humana libre.

La técnica cinematográfica como parte del mensaje

Aquí Tron se vuelve especialmente interesante. No solo por lo que cuenta, sino por cómo se hizo.

En 1982, el cine digital prácticamente no existía. Tron fue una apuesta radical: combinar actores reales con gráficos generados por ordenador, algo que ningún gran estudio había intentado a esa escala. Apenas unos 15 minutos de la película contienen gráficos 3D en el sentido moderno, pero el resto del mundo digital se construyó mediante un proceso extraordinariamente laborioso.

Los actores Cindy Morgan y Bruce Boxleiter en un fotograma que ilustra la combinación de imágenes reales con animación, 35 años antes de la popularización del CGI. Fuente: filmaffinity.com

Cada fotograma se rodó en blanco y negro, se amplió, se coloreó a mano y se recombinó ópticamente. Se estima que más de 100.000 fotogramas fueron coloreados individualmente, un trabajo casi artesanal para crear un mundo que parecía completamente artificial. El resultado es un universo geométrico, frío, simétrico, donde cada línea parece obedecer una regla estricta.

Esa estética no es neutral. Refuerza la sensación de un mundo totalmente diseñado, sin espacio para lo orgánico ni lo espontáneo. Paradójicamente, la película que advertía contra el control absoluto fue creada mediante uno de los procesos más controlados y experimentales de la historia del cine. Incluso en su forma, Tron es un riesgo creativo contra la lógica segura del sistema.

Tron y la tentación contemporánea del control

Vista hoy, Tron resulta menos espectacular que Matrix, pero quizás más incómoda. No promete una liberación épica ni una verdad oculta que nos haga especiales. Plantea algo más inquietante: que el mayor peligro no sea la opresión visible, sino el orden perfecto gestionado por sistemas que creen saberlo todo.

En una época de algoritmos, planificación tecnocrática y decisiones automatizadas, la advertencia de Tron sigue vigente. Así, es inevitable mirar con esta óptica a la violencia ejercida en España por el Estado mediante la imposición de la baliza V-16 (Real Decreto 1030/2022), la limitación del contenido de sal en el pan (Real Decreto 308/2019), o la Ley Mordaza (Ley Orgánica 4/2015). El problema no son las innovaciones, sino la creencia de que puede el Estado puede orientarlas e imponerlas, sustituyendo a la acción humana sin costes morales.

Conclusión: la humildad como principio institucional

Tron no es una película cómoda. No emociona tanto como otras, ni ofrece una catarsis clara. Pero precisamente por eso merece ser revisitada. Su mensaje no es que debamos destruir los sistemas, sino que ningún sistema debe aspirar a controlarlo todo.

Hayek insistía en que el orden social más robusto es el que reconoce sus propios límites. Tron traduce esa idea a imágenes: cuando el sistema se cree Dios, deja de servir y empieza a mandar. Y ese, ayer como hoy, es el verdadero peligro.