Por Gustavo Morales Alonso
Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid
En recuerdo de Sam Neill (1947 – 2026)
En una de las escenas más recordadas de Parque Jurásico, Jeff Goldblum explica la teoría del caos mientras deja caer una gota de agua sobre la mano de Laura Dern. La trayectoria del agua es imprevisible. No porque sea azarosa, sino porque pequeñas variaciones alteran el resultado final. La escena dura apenas unos segundos, pero contiene la tesis filosófica de toda la película.
Parque Jurásico no es solo una historia de dinosaurios descontrolados. Es una reflexión sobre la fragilidad del orden cuando creemos haber domesticado la complejidad. Es también una advertencia contra la ilusión de control absoluto, una ilusión que conecta tanto con Caos y orden de Escohotado como con Incertidumbre radical de King y Kay. E incluso con la idea de que es posible un control absoluto sobre una institución como el dinero, en una distopía que nos acerca peligrosamente a la Matrix.
Goldblum y la prudencia epistemológica
El personaje de Goldblum no está defendiendo que el mundo sea caótico en el sentido vulgar del término. No dice que todo sea azar. Lo que sugiere es más inquietante. Existen sistemas deterministas que, en la práctica, no son predecibles. Sistemas donde una mínima variación en las condiciones iniciales genera trayectorias divergentes imposibles de anticipar con precisión.
Eso es la teoría del caos. No niega el orden. Niega nuestra capacidad de abarcarlo completamente.

El parque cree estar gestionando riesgos. Calcula probabilidades de fallo eléctrico. Diseña protocolos de seguridad. Establece redundancias. Pero confunde riesgo con algo más profundo. En términos de King y Kay, está operando en un mundo de incertidumbre radical. No solo no conoce las probabilidades. Ni siquiera puede enumerar todos los escenarios posibles.
Goldblum no propone parálisis. Propone prudencia. Propone reconocer que cuando trabajamos con sistemas complejos, la predicción tiene límites y la arrogancia es peligrosa.
Attenborough y el fuego de los dioses
Richard Attenborough encarna algo distinto. No es un villano. Es un soñador. Es un empresario visionario que ha logrado lo imposible. Ha devuelto la vida a criaturas extinguidas hace millones de años. Ha construido un parque que parece una maravilla tecnológica.

Pero su gesto es profundamente prometeico. Ha quitado el fuego a los dioses. Ha tomado una fuerza que parecía reservada a la naturaleza y la ha convertido en espectáculo, en producto, en experiencia comercializable.
Como Prometeo, no actúa por maldad. Actúa por entusiasmo. Cree que está regalando algo extraordinario al mundo. Cree que la tecnología puede domesticar cualquier fuerza si se aplican suficientes protocolos y suficiente ingeniería. Ya analizamos en Tron que la tecnología no posee una moral propia: amplifica las intenciones de quienes la utilizan. Parque Jurásico añade una segunda advertencia: incluso cuando las intenciones son nobles, los sistemas complejos pueden responder de formas que ningún diseñador había previsto.
Ahí está la tragedia. No en la ambición, sino en la convicción de que el diseño técnico puede anticiparlo todo. El parque está concebido como una máquina. Pero no es una máquina. Es un ecosistema.
Escohotado insistía en que todo orden rígido acumula tensiones. Cuanto más cerrado y centralizado es un sistema, más frágil se vuelve ante perturbaciones imprevistas. El parque depende de la electricidad, de un centro de control, de protocolos estrictos. Cuando uno de esos nodos falla, el sistema entero colapsa.
El problema no es jugar a ser Dios. El problema es creer que la divinidad puede programarse.
Laura Dern entre el entusiasmo y la advertencia
Laura Dern ocupa una posición fascinante. No es la cínica escéptica que encarna Goldblum, ni la figura prometeica que representa Attenborough. Se sitúa entre ambos.
Al principio comparte el asombro. Cree en la ciencia. Se emociona ante el logro biológico. No rechaza el proyecto por principio. Pero a medida que el sistema empieza a fallar, su posición se desplaza.

No abandona la ciencia. Abandona la ilusión de control total. Comprende que el problema no es la investigación, sino la pretensión de dominio absoluto.
En cierto modo, Dern representa una síntesis posible. Una ciencia consciente de sus límites. Una exploración que acepta la complejidad en lugar de negarla. Si Attenborough simboliza la hybris y Goldblum la advertencia, Dern encarna la transición hacia la prudencia.
Su evolución es moral y también epistemológica. Es el reconocimiento de que el conocimiento no equivale al control.
Orden frágil y caos malinterpretado
En Caos y orden, Escohotado analiza la tensión permanente entre la tendencia a organizar y la tendencia a desbordar cualquier organización. El orden absoluto es una ficción. Todo sistema que pretende eliminar completamente la contingencia termina generando vulnerabilidades ocultas.
El parque no cae por exceso de caos. Cae por exceso de confianza en el orden. Por creer que la eliminación de la reproducción natural, el control genético y la vigilancia centralizada bastan para neutralizar la dinámica evolutiva.
La vida encuentra una manera. La famosa frase de Goldblum no es poética. Es estructural. Los sistemas vivos son adaptativos. Interactúan. Evolucionan. Generan comportamientos emergentes que ningún diseñador puede prever en su totalidad.
La centralización convierte el fallo en sistémico. La optimización reduce márgenes de seguridad. La confianza excesiva en el modelo debilita la capacidad de respuesta ante lo imprevisto.
Frente al entusiasmo prometeico de Hammond y la prudencia teórica de Malcolm, Alan Grant (Sam Neill) representa una tercera actitud. No pretende controlar la naturaleza, sino comprenderla. Su conocimiento no nace del diseño, sino de la observación. No intenta imponer un plan sobre un sistema complejo, sino adaptarse continuamente a la información que ese sistema le proporciona. Es una forma de inteligencia mucho más cercana al descubrimiento que a la planificación.
Incertidumbre radical y arrogancia moderna
King y Kay distinguen entre riesgo e incertidumbre radical. En el riesgo podemos asignar probabilidades. En la incertidumbre radical no sabemos siquiera qué eventos podrían ocurrir.
El parque funciona como si estuviera en un mundo de riesgo. Pero en realidad opera en un mundo donde las interacciones biológicas, humanas y tecnológicas generan combinaciones imposibles de enumerar de antemano.
No es que fallaran los cálculos. Es que el tipo de problema no era calculable en ese sentido.
Aquí la película adquiere una dimensión contemporánea. Vivimos rodeados de modelos predictivos, algoritmos y sistemas de gestión que prometen anticiparlo todo. Desde la biotecnología hasta la inteligencia artificial, la tentación prometeica sigue viva.
Parque Jurásico no es una advertencia contra la ciencia. Es una advertencia contra la arrogancia del diseño total. Contra la idea de que basta con más datos, más computación y más protocolos para domesticar cualquier complejidad. Como ocurría también en Akira, el verdadero problema nunca es la tecnología en sí misma. El peligro aparece cuando el poder técnico crece más deprisa que la prudencia de quienes lo ejercen. En una película ese poder adopta la forma de ingeniería genética; en la otra, de capacidades casi ilimitadas. En ambas, el desenlace depende menos de las herramientas que del carácter de las personas.
Goldblum no pide detener el progreso. Pide reconocer límites. Attenborough no es malvado. Es excesivamente confiado. Dern no renuncia al conocimiento. Aprende a desconfiar de la omnipotencia.
La gota de agua sigue cayendo sobre la mano. No es caótica en el sentido vulgar. Pero tampoco es plenamente predecible. Entre el orden absoluto y el caos absoluto se despliega el espacio real en el que vivimos.
Y tal vez esa sea la verdadera lección de la película. No que la vida sea ingobernable, sino que gobernarla como si fuera una máquina simple es el error más peligroso de todos.


















