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¿Estado emprendedor o función empresarial?

En los artículos Ciencia Explicada incluimos resúmenes de los artículos científicos publicados por los miembros del Grupo de Innovación Educativa Economía para Ingenieros /oikonomos/. En este artículo se resumen las contribuciones del artículo:

Morales Alonso, G. & Gallego Morales, D. J. (2025). ¿Estado emprendedor o función empresarial? Religión, estatismo/liberalismo, valores humanos y emprendimiento. Journal of the Sociology and Theory of Religion, 17(1), 15–39.

Acción humana, función empresarial y desarrollo económico

El punto de partida del trabajo es una idea sencilla pero de gran alcance: el desarrollo económico no surge de planes abstractos ni de diseños centralizados, sino de la acción humana concreta. Son los individuos, con sus decisiones cotidianas, quienes ponen en marcha los procesos de coordinación social que permiten que una sociedad prospere. Esta acción humana se canaliza, en el ámbito económico, a través de la función empresarial: la capacidad de detectar oportunidades, asumir riesgos y coordinar recursos escasos con el objetivo de crear valor.

Figura 1. El camino complejo.

Desde esta perspectiva, el emprendedor no es únicamente quien funda una empresa, sino todo aquel que actúa de manera creativa para mejorar su situación y la de su entorno. El emprendimiento aparece así como un fenómeno profundamente humano, ligado a la voluntad de prosperar, al deseo de mejorar y a la capacidad de imaginar futuros alternativos. Cuando estas decisiones individuales se coordinan de manera voluntaria en el mercado, el resultado agregado es el crecimiento económico, el aumento de la productividad y una mayor prosperidad social.

Más allá de los factores materiales

Buena parte de la literatura sobre emprendimiento se ha centrado tradicionalmente en factores materiales o institucionales: acceso a financiación, regulación e instituciones, estrategias de innovación, educación formal o rasgos cognitivos, por citar algunos. Todos ellos son importantes, pero el presente artículo sostiene que no son suficientes para comprender por qué unas personas deciden emprender y otras no, incluso en contextos similares.

El énfasis del trabajo se desplaza hacia los rasgos cognitivos y de valores culturales que anteceden a la acción emprendedora. Emprender es, ante todo, una decisión volitiva. Implica evaluar riesgos, soportar incertidumbre y renunciar a seguridades presentes a cambio de beneficios futuros inciertos. En ese proceso de decisión intervienen creencias, valores, actitudes y marcos mentales que no pueden reducirse a incentivos puramente económicos.

Religiosidad y sentido de la acción

Uno de los elementos que el artículo pone sobre la mesa es la religiosidad, entendida tanto como sentimiento como práctica. Lejos de tratarla como un residuo del pasado o como una variable irrelevante, se plantea que la religiosidad puede influir de manera significativa en la predisposición a emprender.

La razón es doble. Por un lado, muchas tradiciones religiosas enfatizan valores como la responsabilidad individual, el esfuerzo, la perseverancia y la orientación al largo plazo. Estos rasgos encajan bien con las exigencias del emprendimiento, donde los resultados rara vez son inmediatos y los fracasos forman parte del proceso. Por otro lado, la religiosidad puede ofrecer un marco de sentido que ayuda a gestionar la incertidumbre y el riesgo inherentes a la acción empresarial.

Desde esta óptica, la religión no actúa necesariamente como un freno a la innovación, sino que puede convertirse en un soporte psicológico y moral para quienes deciden asumir los costes del emprendimiento en entornos complejos y cambiantes.

Valores humanos y espíritu emprendedor

Junto a la religiosidad, el artículo destaca la importancia de los valores humanos. No todos los sistemas de valores son igualmente compatibles con la función empresarial. Valores como la autonomía, la responsabilidad personal, la tolerancia al riesgo, la creatividad o la orientación al logro tienden a favorecer la intención emprendedora. Por el contrario, sistemas de valores muy dependientes de la seguridad, la estabilidad garantizada o la delegación sistemática de responsabilidades en terceros pueden desincentivar la iniciativa individual.

El trabajo sugiere que estos valores no surgen de la nada, sino que se forman a lo largo del tiempo mediante procesos educativos, familiares, culturales y sociales. Por ello, comprender los valores dominantes en una sociedad es clave para entender sus niveles de emprendimiento y, en última instancia, su capacidad de adaptación a contextos económicos adversos.

Libre mercado frente a estatismo

Un tercer eje central del artículo es el posicionamiento ideológico frente al libre mercado y la intervención del Estado. El texto contrapone dos visiones: la del llamado “Estado emprendedor”, que atribuye al sector público un papel protagonista en la innovación y el desarrollo económico, y la visión que sitúa la función empresarial en el centro del proceso económico.

Sin negar la existencia del sector público, el artículo defiende que una actitud favorable al libre mercado tiende a estar asociada a una mayor intención emprendedora. La razón es que el emprendimiento requiere espacios de libertad donde la experimentación, el error y la competencia sean posibles. Cuando el entorno institucional penaliza sistemáticamente la iniciativa privada, eleva artificialmente los costes del fracaso o promete seguridad a cambio de dependencia, la función empresarial se ve erosionada.

Desde este punto de vista, el debate no es únicamente económico, sino profundamente cultural y moral. Se trata de decidir hasta qué punto una sociedad confía en la capacidad de sus individuos para tomar decisiones responsables sobre su propio futuro.

Tiempos convulsos y decisiones individuales

El artículo sitúa estas reflexiones en el contexto de los tiempos convulsos que caracterizan al inicio del siglo XXI. Crisis financieras, pandemias, inflación, endeudamiento público y cambios tecnológicos acelerados han configurado un entorno volátil, incierto, complejo y ambiguo. En este escenario, muchas personas han comenzado a cuestionar los modelos tradicionales de empleo y carrera profesional.

Fenómenos como la renuncia voluntaria masiva al trabajo por cuenta ajena, la búsqueda de mayor flexibilidad o la proliferación de trayectorias profesionales no lineales reflejan un cambio profundo en las preferencias y expectativas de los trabajadores. El emprendimiento, el trabajo autónomo o las carreras profesionales diversificadas aparecen como alternativas viables, aunque no exentas de riesgos.

El artículo sostiene que, ante estos shocks externos, los rasgos cognitivos cobran aún más importancia. En contextos estables, las diferencias individuales pueden pasar desapercibidas. En contextos de crisis, en cambio, se vuelven decisivas para explicar quién se adapta, quién emprende y quién queda atrapado en estructuras que ya no funcionan.

Emprender como respuesta, no como receta mágica

Un aspecto relevante del trabajo es que evita presentar el emprendimiento como una solución universal o una receta mágica. Emprender puede ofrecer respuestas a muchas de las inquietudes actuales (autonomía, flexibilidad, sentido del trabajo), pero también genera nuevas fuentes de incertidumbre y presión. No todos los individuos están igualmente preparados para asumirlas, ni todas las sociedades facilitan este tipo de decisiones.

Precisamente por ello, los autores insisten en la necesidad de comprender mejor los factores subyacentes que aumentan la probabilidad de éxito individual en trayectorias emprendedoras. Religiosidad, valores humanos y orientación hacia el libre mercado no garantizan el éxito, pero pueden actuar como amortiguadores frente a la incertidumbre y como catalizadores de la acción.

Implicaciones para el debate público

Aunque el artículo tiene un marcado carácter conceptual, sus implicaciones prácticas son claras. Si el emprendimiento es clave para el desarrollo económico, y si este depende en gran medida de factores cognitivos y culturales, entonces las políticas públicas y los discursos dominantes no pueden limitarse a ajustes técnicos.

Es necesario abrir un debate más amplio sobre qué tipo de valores se promueven, qué visión del individuo se transmite y hasta qué punto se fomenta la responsabilidad personal frente a la dependencia. Ignorar estas dimensiones equivale a tratar los síntomas sin atender a las causas profundas.

Conclusión

El trabajo resumido en este artículo propone una mirada integradora sobre el emprendimiento, entendiéndolo como una manifestación de la acción humana situada en un contexto cultural, moral e institucional concreto. Frente a visiones que atribuyen el desarrollo económico a grandes diseños estatales, se reivindica la centralidad del individuo, de sus creencias, valores y decisiones.

En un mundo marcado por la incertidumbre y el cambio permanente, comprender los fundamentos humanos del emprendimiento no es un ejercicio académico estéril, sino una condición necesaria para pensar el futuro económico de nuestras sociedades. El futuro, en este sentido, no está dado: se construye a través de millones de decisiones individuales que, coordinadas libremente, pueden abrir nuevas sendas de prosperidad.

La marea está cambiando: el capítulo 10 de Libertad de elegir

Tal fecha como hoy, 16 de noviembre, pero de 2006 fallecía el Premio Nobel de Economía Milton Friedman. Con motivo de esta fecha, retomamos su obra más conocida, Libertad de Elegir, que hemos ido desmenuzando en este blog en los últimos años. En ella, el capítulo 10 titulado “The Tide Is Turning” (La marea está cambiando) cierra la obra con una nota de esperanza y advertencia. Friedman y su esposa Rose sostienen que después de décadas de políticas de expansión estatal y planificación, estaba emergiendo una reacción intelectual y política hacia la libertad económica. No se trata de un triunfo total, sino de una posibilidad: una fiebre de insatisfacción con el “gran gobierno” que podría abrir espacio para reformas de mercado.

Las ideas centrales del capítulo

  1. La reacción contra la expansión estatal

Friedman observa que cuando los gobiernos no logran los resultados prometidos —cuando los controles no alivian los problemas, los programas sociales no funcionan eficientemente, la burocracia crece— el descontento público crece. Esa reacción puede traducirse electoralmente.

  1. Los intereses concentrados versus los difusos

Uno de los temas recurrentes es que los beneficiarios de programas estatales son grupos organizados (intereses concentrados) que presionan por mantener el statu quo, mientras que los perjudicados están dispersos y no actúan colectivamente. Esto hace que muchas políticas intervencionistas persistan más allá de su utilidad económica.

  1. No basta con crítica, hacen falta institucionales reformas

Friedman no sólo insta a cambiar opiniones, sino a proponer reformas concretas: limitar el poder del Estado mediante constituciones, redefinir derechos económicos, desmantelar controles de precios y salarios, liberar mercados básicos.

  1. Advertencia: no es automático ni irreversible

La “marea” puede revertirse. Las fuerzas del estatismo pueden recuperarse si los ciudadanos no consolidan las reformas. Lo que cambia lentamente puede revertirse rápidamente.


Friedman y su momento histórico: Reagan, Thatcher y más allá

Cuando Friedman escribió Free to Choose en 1980, ya estaba sintiendo ese cambio en el aire. En Estados Unidos, la crisis de los años setenta —alta inflación, estancamiento, intervencionismo creciente— había ido socavando la confianza en el Estado como solución. En Gran Bretaña, el Partido Laborista había estado en el poder con políticas intervencionistas durante décadas; Margaret Thatcher emergió (1979) con un programa de liberalización que resonaba con muchas de las ideas de Friedman.

La influencia de Friedman en esas políticas es reconocida: sus ideas fortalecieron la corriente monetarista que sostenía que el control del dinero era esencial, y su crítica al exceso del Estado acompañó la ola ideológica que Thatcher y Reagan utilizaron para justificar recortes, privatizaciones y liberalizaciones.

No obstante, esas reformas no fueron puras traducciones de Friedman: tuvieron matices políticos y pragmáticos. Por ejemplo, en Estados Unidos, Reagan no eliminó totalmente programas sociales, sino que buscó ajustar y contener. En el Reino Unido, Thatcher enfrentó resistencia de sindicatos fuertes y tuvo que jugar políticamente con concesiones parciales. Pero esas políticas sí marcaron un viraje claro: ya no era políticamente imposible proponer reformas de mercado como tema legítimo.


Estonia, Mart Laar y el experimento liberal post-soviético

Una de las historias más inspiradoras de “marea liberal” está en Europa del Este, y especialmente en Estonia bajo Mart Laar. Laar, primer ministro estonio en los años noventa justo tras la independencia de la URSS, comentó que el único libro de economía que había leído fue Free to Choose de Friedman.

Durante su primer gobierno (1992-94), Laar impulsó reformas radicales: privatización rápida, liberalización comercial, eliminación de subsidios, establecimiento de un impuesto plano, estabilización monetaria, eliminación de controles de precios.

Los resultados fueron notables: alta inflación inicial, sí, pero seguida de crecimiento sostenido, atracción de inversión extranjera, transformación tecnológica y gradual convergencia con Occidente. Estonia pasó de ser parte del bloque soviético a uno de los países más dinámicos de Europa.

Este caso ilustra algo que Friedman plantea: el cambio liberal no tiene que esperar a condiciones ideales, sino que puede iniciarse incluso en contextos adversos si hay voluntad política y respaldo intelectual.


Schwarzenegger, Friedman y la práctica política liberal

Arnold Schwarzenegger, en su autobiografía Total Recall, relata que admiraba a Milton Friedman y su visión de la libertad.

El gobernadorSchwarzenegger recibiendo a Milton Friedman.

Como gobernador de California (2003–2011), Schwarzenegger impulsó recortes administrativos, cierta liberalización regulatoria estatal, y buscó proyectar una imagen de “gobierno eficiente”. Aunque el contexto estatal en EE. UU. limita lo que un gobernador puede hacer frente al gobierno federal y al presupuesto, su interés por soluciones de mercado y su referencia a Friedman sirvieron como símbolo de que un político puede llevar ideas liberales al terreno práctico con visibilidad mediática.

Esta combinación de celebridad, visibilidad política y discurso liberal refuerza la potencia simbólica del liberalismo: si alguien que viene del cine puede invocar a Friedman como referente, eso derriba el estigma de que liberalismo es solo para académicos.


Friedman y Milei: herencia intelectual y política

Finalmente, al proyectar el pensamiento de Friedman hacia figuras como Javier Milei, encontramos un puente interesante entre las décadas de Friedman y las realidades latinoamericanas contemporáneas.

Milei cita frecuentemente la frase de Friedman:

“La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario”

Pero añade con su matiz fiscal: responsabiliza directamente al gasto estatal descontrolado. Esa síntesis no es idéntica a Friedman (quien era más prudente al apuntar reformas graduales), pero sí es un reconocimiento público del núcleo monetarista y liberal clásico.

Más aún: Milei encarna ese tipo de “vanguardia política” que Friedman aspiraba en The Tide Is Turning. Friedman pensaba que un cambio de opinión pública podía permitir que políticos audaces sostuvieran reformas liberales. Milei representa ese tipo audaz en un país con inflación crónica, deudas persistentes y Estado grande. Si logra consolidar sus reformas sin revertirlas, habrá hecho realidad la “marea liberal” que Friedman vislumbraba.

Sin embargo, debe evitar la trampa que Friedman advertía: que la marea liberal se revierta si no se construyen instituciones sólidas y límites constitucionales al Estado. Milei —y cualquier reformador liberal— necesita no solo ideas y entusiasmo, sino también esta arquitectura institucional para hacer que la marea que hoy sube no retroceda mañana.

Ciencia Explicada: Winter is coming II – El espejismo del Estado emprendedor: cómo la intervención política erosiona nuestra libertad

En los artículos Ciencia Explicada incluimos resúmenes de los artículos científicos publicados por los miembros del Grupo de Innovación Educativa Economía para Ingenieros /oikonomos/. En este artículo se resumen las contribuciones del artículo:

Morales-Alonso, G. (2024). Winter is Coming: A Tale of Two Futures – Entrepreneurial State
or Creative Destruction? Innovation Economics Frontiers, 27(2), 86-97.
doi.org/10.36923/ief.v2712.256

Este es el segundo apartado de la serie, el primero se ha publicado aquí.

Desde el shock de Nixon en 1971, cuando se abandonó la convertibilidad del dólar en oro, el mundo ha entrado en una era de inflación constante y creciente intervencionismo estatal. Tras analizar en la primera parte de este ensayo las causas monetarias de la crisis que se avecina, en esta segunda entrega exploramos las consecuencias de un Estado que ha asumido un protagonismo económico desmedido, debilitando la responsabilidad fiscal y socavando las libertades individuales.

La irresponsabilidad fiscal: una tragedia de los comunes

El endeudamiento público ha alcanzado niveles históricos. En 2007, la deuda del gobierno federal de Estados Unidos representaba el 62,2% del PIB. En 2024, esta cifra ha ascendido al 122,3%. Este aumento se vio amortiguado por un largo periodo de tipos de interés muy bajos, que llegó a su fin en 2022 con la subida de los tipos por parte de la Reserva Federal, marcando un punto de inflexión tras la crisis financiera de 2008 y la pandemia de COVID-19.

En este contexto de dinero barato, endeudarse no solo era posible, sino prácticamente inevitable. Incluso grandes corporaciones como Coca-Cola o PepsiCo multiplicaron su deuda por más de siete entre 2005 y 2020, ante la presión de competir en un mercado impulsado por el crédito fácil. Este comportamiento, generalizado y racional desde el punto de vista individual, se convierte en una tragedia colectiva. Así como en la “tragedia de los comunes” descrita por Garrett Hardin, cada actor busca su beneficio inmediato sobreexplotando un recurso compartido (en este caso, la capacidad de endeudamiento), hasta agotar su sostenibilidad.

El caso del euro, analizado por Philipp Bagus en La tragedia del euro, muestra cómo esta lógica también opera a nivel supranacional. Los países que comparten moneda tienen incentivos a gastar más y endeudarse, confiando en que otros pagarán la cuenta. Pero esta fuga hacia adelante también tiene límites: los rescates, la pérdida de confianza en la moneda y la aparición de tensiones sociales y políticas son algunas de sus consecuencias.

Durante la pandemia, algunos defendieron incluso la cancelación de la deuda emitida por los bancos centrales para afrontar la crisis sanitaria. Aunque el BCE rechazó esta posibilidad, el solo hecho de que se propusiera revela hasta qué punto se ha normalizado la idea de que el endeudamiento público no tiene consecuencias reales. El resultado ha sido un sistema en el que los ciudadanos disfrutan de niveles de vida financiados con deuda futura, es decir, con los impuestos de sus hijos y nietos.

El Estado salvador: entre la eficiencia burocrática y la servidumbre

El discurso dominante en muchas universidades, organismos internacionales y medios de comunicación sostiene que el Estado debe intervenir para corregir los fallos del mercado, reducir las desigualdades y planificar el futuro. Esta narrativa se ha visto reforzada por obras como El Estado emprendedor de Mariana Mazzucato o El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty. Ambos autores promueven una visión del Estado como actor indispensable para impulsar la innovación y garantizar la justicia social. Frente a ellos, Daniel Lacalle ha acuñado la idea de El Estado depredador.

Sin embargo, esta fe en la intervención estatal ignora una verdad fundamental: el conocimiento está disperso y ningún actor central puede conocer todas las circunstancias de tiempo y lugar necesarias para coordinar la economía de forma eficiente. Como advirtió Friedrich Hayek, confiar en que un grupo de burócratas, por bien intencionados que sean, pueda sustituir al mercado es caer en la “fatal arrogancia“. El Estado, como monopolista coercitivo en la legislación, la justicia o la emisión de dinero, tiende a generar ineficiencias, rigideces y pérdida de libertad.

La pandemia puso a prueba los límites de esta concepción. Las restricciones de derechos, el control centralizado de la información y las decisiones unilaterales de figuras como Anthony Fauci en EE. UU. demostraron que, bajo la excusa de la emergencia, es fácil caer en el pánico colectivo y justificar recortes de libertades fundamentales. Como han advertido autores como Bagus, Delanty o Koehler, este tipo de estatismo anti-libertad socava la base de una sociedad abierta.

Innovación, destrucción creativa y acción humana: el verdadero motor del progreso

Frente al espejismo del Estado emprendedor, la verdadera salida a la crisis reside en los individuos: los emprendedores que, con información contextual y capital propio, detectan oportunidades, innovan y generan empleo. La función empresarial descrita por Mises y desarrollada por autores como Kirzner y Schumpeter, es el motor de la destrucción creativa: un proceso por el cual lo viejo y obsoleto es reemplazado por lo nuevo y más eficiente.

Para que este proceso ocurra, es imprescindible eliminar las trabas que lo frenan. Eso implica liberalizar los mercados laborales, reducir la carga fiscal sobre el capital, y simplificar la regulación que asfixia la actividad económica. Cuando se permite a los emprendedores actuar libremente, se impulsa el crecimiento, la creación de empleo y la adaptación constante a las necesidades cambiantes de los consumidores.

La evidencia empírica respalda esta visión. Estudios como los de Aghion et al. (2013) muestran que la apertura comercial y la libertad económica se asocian con mayor crecimiento, especialmente en países pequeños. Asimismo, investigaciones recientes (Morales-Alonso et al. 2024) han vinculado la libertad económica con una mayor inclinación emprendedora.

Ahora bien, ¿qué relación existe entre desigualdad e innovación? Algunos, como Aghion, ven en la innovación una fuente de desigualdad. Pero esto confunde causa y efecto. Lo que genera desigualdad no es la innovación en sí, sino el sistema de patentes que otorga monopolios temporales, es decir, la intervención estatal. Además, la verdadera brecha entre ricos y pobres no está tanto en los ingresos salariales como en la capacidad de ahorrar, invertir y generar rentas del capital (Schäfer, 1999).

Por tanto, la solución no pasa por limitar el emprendimiento, sino por fomentar una economía donde el acceso al capital no esté condicionado por los privilegios estatales. El individuo libre, no el planificador central, es el protagonista del desarrollo.

Epílogo: volver a los fundamentos

En conclusión, el verdadero peligro no radica en la inestabilidad del mercado, sino en la arrogancia de creer que el Estado puede sustituirlo. La libertad económica, el respeto a la acción humana y la promoción de la destrucción creativa son los pilares de una sociedad próspera. Cederlos en nombre de la seguridad o la equidad no solo empobrece a las futuras generaciones, sino que amenaza las bases mismas de la civilización occidental.

La alternativa al desastre no es más regulación, sino más libertad. Frente al invierno que se avecina, necesitamos una primavera de responsabilidad individual, libertad emprendedora y disciplina fiscal. El reloj corre. Y la historia nos está observando. No es debido a la mala suerte que cada vez vivas peor, sino debido a las malas políticas.

Encontramos muchas de estas ideas en este vídeo de DAX sobre la increíble canción de Oliver Anthony:

La máquina del dinero y el mito de la inflación inevitable – la visión de Friedman


«La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario». Esta es quizá la frase más citada de Milton Friedman, y condensa la tesis central del capítulo noveno de Libertad de elegir. Para los Friedman, la inflación no es un resultado inevitable del crecimiento económico, ni una fatalidad ligada a los mercados, ni una consecuencia de la avaricia de los empresarios o los sindicatos: es, sin rodeos, responsabilidad de los gobiernos y de los bancos centrales que permiten —y a menudo fomentan— un aumento descontrolado de la cantidad de dinero en circulación.

Alcoholismo e inflación: la lógica de la adicción

Una de las analogías más célebres de Friedman aparece en este capítulo:

La inflación es como el alcoholismo. Al principio hay un buen rato, luego vienen los problemas.

Milton Friedman

La frase no es solo retórica brillante, sino una herramienta pedagógica. La expansión monetaria excesiva —es decir, imprimir dinero sin respaldo real— produce al comienzo una sensación de prosperidad: el consumo aumenta, las inversiones se multiplican, el empleo sube. Pero todo esto es ilusorio, porque no responde a una creación real de riqueza, sino a un espejismo monetario.

Cuando los precios empiezan a subir, se intenta contener la inflación con controles, regulaciones o culpando a factores externos. Pero el problema persiste y se agrava. Como en el caso del alcohólico, la única forma de curar la inflación es deteniendo la causa profunda: el exceso de dinero. Y aquí llega otra de las frases memorables del capítulo: “La cura para la inflación no es agradable ni indolora, pero es eficaz: hay que dejar de emitir dinero”.

Tres lecciones de historia: la teoría cuantitativa del dinero en acción

El capítulo está lleno de ejemplos históricos que ilustran la teoría cuantitativa del dinero: una idea clásica que relaciona directamente la cantidad de dinero en circulación con el nivel de precios. Según esta teoría, si la cantidad de dinero crece más rápido que la producción de bienes y servicios, los precios subirán. No se trata de una conjetura, sino de un patrón verificable en distintas épocas y lugares.

1. El tabaco como dinero en las colonias americanas

En el siglo XVII, en las colonias del sur de lo que hoy es Estados Unidos —específicamente en Virginia y no en Louisiana, como a veces se cree— el tabaco se utilizaba como medio de cambio. Era aceptado para pagar deudas, impuestos y transacciones comerciales. Se trataba, en definitiva, de un “dinero mercancía”. En ese contexto, cuando las cosechas eran abundantes y el tabaco se producía en exceso, su “valor monetario” disminuía. Los precios de los bienes medidos en tabaco subían. Cuando las autoridades coloniales intentaron limitar la cantidad de tabaco que podía usarse como pago, o bien cuando las cosechas eran malas y escaseaba el producto, los precios bajaban.

Este caso, tan alejado de los billetes y los bancos centrales modernos, confirma la validez universal de la teoría cuantitativa del dinero: cuando la “oferta monetaria” (en este caso, el tabaco) aumenta en relación con la producción real, los precios tienden a subir.

2. La Confederación y la guerra civil

Durante la Guerra de Secesión (1861–1865), los Estados del Sur (la Confederación) financiaron el esfuerzo bélico imprimiendo papel moneda sin respaldo. La inflación fue descontrolada. Lo más revelador es que, en un momento determinado, cuando las tropas enemigas ocuparon parte del territorio y destruyeron las imprentas, la inflación se detuvo bruscamente. Los precios dejaron de subir, no por un cambio en la estructura económica, ni por una caída súbita de la demanda, sino simplemente porque ya no se podía imprimir más dinero. Cuando los confederados consiguieron reanudar la impresión en otra localidad, la inflación regresó con toda su fuerza.

Para los Friedman, este episodio es una prueba irrefutable: allí donde se detiene el crecimiento de la masa monetaria, también se detiene la inflación.

3. Japón tras la Segunda Guerra Mundial

El caso de Japón tras su derrota en 1945 también es instructivo. El país sufrió una inflación devastadora. La causa: el gobierno nipón había recurrido a la emisión monetaria masiva para sostener el esfuerzo bélico y, luego, para sobrevivir a la destrucción de la posguerra. Al principio, ni siquiera las autoridades aliadas que ocupaban el país fueron capaces de frenar la inflación, porque el gasto estatal seguía siendo financiado con dinero recién impreso.

La estabilización monetaria llegó tarde, y solo después de profundas reformas estructurales. Pero cuando finalmente se controló la cantidad de dinero, la inflación cedió. Este ejemplo demuestra que la inflación puede perdurar incluso en ausencia de guerra, si no se ataca su raíz: el crecimiento desmedido de la oferta monetaria.

La tentación del atajo: controles de precios y salarios

Ante la inflación, muchos gobiernos recurren a atajos. Uno de los más habituales —y también de los más dañinos— son los controles de precios y salarios. La lógica superficial parece impecable: si los precios suben demasiado, basta con prohibir que suban. Pero esta solución es puramente cosmética. Lo que realmente ocurre es que se ocultan las señales del mercado, se generan escaseces, se fomenta el mercado negro y se penaliza a los productores. En lugar de resolver el problema, se lo disfraza.

Los Friedman insisten en que ningún control de precios ha conseguido jamás detener una inflación de origen monetario. Solo cuando se controla la cantidad de dinero en circulación, la inflación puede detenerse de manera duradera.

El ejemplo alemán: Ludwig Erhard y el fin de los controles

El capítulo concluye con uno de los ejemplos favoritos de los Friedman: la reforma económica de Alemania Occidental tras la Segunda Guerra Mundial, liderada por Ludwig Erhard. En 1948, en plena ocupación aliada, la economía alemana estaba estrangulada por la escasez, el racionamiento y una red asfixiante de controles de precios. La inflación era contenida artificialmente, pero el país apenas producía y el mercado negro dominaba la vida cotidiana.

Erhard, entonces director de economía del gobierno militar, tomó una decisión audaz: eliminó de un plumazo casi todos los controles de precios y liberalizó los mercados. Lo hizo, además, sin el consentimiento explícito de los ocupantes. El resultado fue espectacular. En pocas semanas, las estanterías volvieron a llenarse, la producción se reactivó y el mercado negro desapareció.

Para los Friedman, este episodio confirma una verdad fundamental: “cuando se libera al mercado y se permite que los precios reflejen la realidad económica, la producción y la prosperidad florecen”. La estabilidad monetaria que siguió a esa reforma fue clave para el llamado “milagro alemán”.

Conclusión: responsabilidad y disciplina

La lección del capítulo es clara. La inflación no es un castigo divino ni una consecuencia inevitable del progreso. Es una decisión humana, una política. Y como tal, puede evitarse. Pero para ello es necesario que los gobiernos renuncien a la tentación de financiar sus gastos mediante la máquina de imprimir billetes. La disciplina monetaria, aunque impopular y dolorosa a corto plazo, es la única vía segura hacia la estabilidad y el crecimiento sostenido.

Los Friedman no niegan que la transición pueda ser dura. Como con el alcohólico, dejar de beber tiene efectos desagradables. Pero si se persiste, los beneficios son duraderos. No hay soluciones mágicas ni atajos eficaces. Solo el respeto a las reglas básicas del dinero y el mercado puede evitar que la inflación erosione la libertad de elegir.

La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario: es un fenómeno monetario que ocurre cuando el Estado gasta de más y recurre a la emisión para cubrir el déficit fiscal.

Javier Milei


Javier Milei, economista y presidente de Argentina, retoma la célebre frase de Milton Friedman —«la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario»— y la completa con una precisión adicional: es un fenómeno monetario que ocurre cuando el Estado gasta de más y recurre a la emisión para cubrir el déficit fiscal. De este modo, Milei no solo reafirma que la inflación se origina en el exceso de dinero en circulación, sino que señala directamente la causa política detrás de ese exceso: el descontrol del gasto público. En su visión, la maquinita de imprimir billetes no se enciende por accidente, sino como consecuencia de un Estado que vive por encima de sus posibilidades y traslada el coste a los ciudadanos mediante el impuesto inflacionario. Así, completa y actualiza la advertencia de Friedman con un diagnóstico fiscal que apunta al corazón del problema.

Ciencia Explicada: Winter is coming I – Jugando con fuego: cómo la manipulación monetaria nos ha llevado al borde del abismo

En los artículos Ciencia Explicada incluimos resúmenes de los artículos científicos publicados por los miembros del Grupo de Innovación Educativa Economía para Ingenieros /oikonomos/. En este artículo se resumen las contribuciones del artículo:

Morales-Alonso, G. (2024). Winter is Coming: A Tale of Two Futures – Entrepreneurial State
or Creative Destruction? Innovation Economics Frontiers, 27(2), 86-97.
doi.org/10.36923/ief.v2712.256

Este es el primer apartado de la serie, el segundo se publicará próximamente.

El 15 de agosto de 1971, el presidente Richard Nixon anunció al mundo que Estados Unidos suspendía la convertibilidad del dólar en oro. Ese día, conocido como el Nixon Shock, marcó un antes y un después en la historia económica moderna: el patrón oro quedaba definitivamente atrás y comenzaba una nueva era, que el economista Philipp Bagus ha bautizado como la Era de la Inflación. Desde entonces, los gobiernos y los bancos centrales han tenido libertad absoluta para emitir dinero sin el respaldo de un bien tangible, lo que ha abierto la puerta a una creciente manipulación del sistema monetario.

Durante décadas, las consecuencias de este cambio estructural se han ido acumulando de forma silenciosa. Pero en los últimos años, especialmente tras la crisis del COVID-19, el problema ha estallado a la vista de todos: una inflación descontrolada, un endeudamiento público masivo y una economía mundial que se tambalea. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Y más importante aún: ¿hay salida?

El regreso de la inflación: cuando el dinero se vuelve humo

En verano de 2024, cuando se redacta el artículo que resumimos aquí, los principales bancos centrales del mundo llevan más de dos años tratando de frenar la inflación con medidas de endurecimiento monetario sin precedentes recientes. La Reserva Federal, por ejemplo, subió los tipos de interés en junio de 2022 en 75 puntos básicos, la mayor subida desde 1994. El objetivo era claro: lograr un “aterrizaje suave” que controlara los precios sin provocar una recesión.

En los mercados, el optimismo ha regresado. El S&P 500, que cayó un 20% en 2022, recuperó terreno con subidas superiores al 24% en 2023 y un 12% adicional hasta mediados de 2024. Pero debajo de esta apariencia de estabilidad se esconde una pregunta inquietante: ¿y si los culpables de esta inflación fueran precisamente quienes ahora intentan combatirla?

Las raíces del problema: imprimir dinero como solución universal

Aunque la inflación tiene múltiples causas —desde cuellos de botella en las cadenas de suministro hasta políticas fiscales expansivas o la transición energética—, conviene aplicar el principio de Pareto y centrarse en los factores que explican la mayor parte del fenómeno. En este sentido, conviene recuperar la famosa sentencia del Premio Nobel Milton Friedman: “La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”.

No es una idea nueva. Ya en 1556, el teólogo y economista navarro Martín de Azpilcueta observó cómo la llegada masiva de oro y plata desde América hacía subir los precios de los bienes en España. Lo mismo ocurre hoy: si aumenta la cantidad de dinero en circulación más rápido que la producción de bienes y servicios, los precios inevitablemente suben.

Para entender este proceso, es útil observar los principales agregados monetarios que utiliza la Reserva Federal:

  • Base Monetaria (Monetary Base): incluye el dinero físico (billetes y monedas) más las reservas que los bancos comerciales mantienen en el banco central. Es la base sobre la que se construye todo el sistema monetario.
  • M2: es un agregado más amplio que incluye la base monetaria más los depósitos a corto plazo, las cuentas de ahorro y otros instrumentos financieros líquidos.

Desde la crisis financiera de 2008, ambos agregados han crecido a un ritmo vertiginoso. La base monetaria, que en 2008 rondaba el billón de dólares, supera los 6 billones en 2024. Y el M2 ha pasado de 7,5 billones a más de 20,7 billones en ese mismo periodo. En otras palabras, el 80% de los dólares existentes hoy se han creado en los últimos 15 años.

Expansión monetaria del dólar americano (Morales-Alonso, 2024).

Los triángulos de la expansión monetaria

Este fenómeno se puede representar gráficamente mediante dos “triángulos de expansión monetaria”, que ilustran el ritmo creciente al que se ha creado dinero:

  1. El primer triángulo cubre el periodo entre 2008 y 2013, en el que la base monetaria creció 3 billones de dólares.
  2. El segundo, aún más empinado, corresponde al periodo 2020-2022, durante el cual se inyectaron otros 2,5 billones en apenas dos años, como respuesta a los confinamientos y los planes de estímulo por la pandemia.
Triángulos de expansión monetaria (Morales-Alonso, 2024).

Estas cifras no son simples datos técnicos. Tienen consecuencias reales: distorsionan los precios, incentivan el endeudamiento irresponsable, crean burbujas en los mercados de activos (como la vivienda o la bolsa) y erosionan el poder adquisitivo de los ciudadanos. En última instancia, generan una ilusión de prosperidad que es insostenible.

Podemos preguntarnos, ¿cómo han cambiado las cosas desde el 2024? Como se puede ver en la siguiente figura, la base monetaria se ha estabilizado desde 2024, debido a la preocupación de la Reserva Federal por el control de la inflación.

Base monetaria 2008-2025 (Federal Reserve, 2025).

El espejo roto de los bancos centrales

Ante el repunte inflacionario de 2021-2022, los bancos centrales han reaccionado con un endurecimiento monetario que recuerda al aplicado por Paul Volcker en los años 80. Sin embargo, existe una diferencia fundamental: entonces se partía de un sistema mucho más sólido. Hoy, en cambio, la economía mundial está montada sobre una montaña de deuda pública y privada que necesita tipos bajos para no derrumbarse.

Por eso, muchos economistas advierten que estamos atrapados en una especie de callejón sin salida: subir tipos puede controlar la inflación, pero amenaza con provocar una recesión o una crisis de deuda; mantenerlos bajos alimenta nuevas burbujas y castiga el ahorro.

El propio sistema monetario se ha convertido en una trampa que dificulta cualquier salida ordenada. Como decía Friedrich Hayek, los errores del pasado imponen los límites del presente.

¿Y ahora qué?

La tesis de este artículo es clara: la inflación que hoy sufrimos es, en buena parte, el resultado directo de las políticas monetarias aplicadas en las últimas décadas. La expansión descontrolada del dinero ha erosionado la estabilidad del sistema, y ahora los mismos actores que lo causaron intentan contener sus efectos sin afrontar las causas.

Pero esto es solo una parte del problema. Una crisis monetaria de gran escala requiere no solo malas decisiones desde los bancos centrales, sino también una fiscalidad irresponsable, algo que abordaremos en la segunda parte de este análisis.

De momento, conviene recuperar una idea esencial: la estabilidad del dinero no es solo un asunto técnico, sino también moral y político. El dinero sano no solo preserva el valor de nuestros ahorros; también limita el poder del Estado, al obligarlo a financiarse de forma transparente, mediante impuestos visibles y aprobados democráticamente, y no a través de la inflación oculta.

Conclusión: volver a un dinero sano es volver a la libertad

El dinero sano —el que no puede ser manipulado a voluntad por gobiernos o bancos centrales— es uno de los pilares de la civilización occidental. Permite la cooperación entre personas con fines distintos, facilita el ahorro, el cálculo económico y el emprendimiento. Y sobre todo, protege al ciudadano frente a los excesos del poder político.

El camino hacia una nueva estabilidad exige repensar desde la raíz el sistema monetario actual. Eso implica reconocer los errores, reducir drásticamente la creación artificial de dinero y recuperar principios fundamentales como la responsabilidad fiscal, la transparencia y el respeto a la propiedad privada. Solo así podremos evitar una crisis de proporciones históricas y construir una economía más sólida y libre.

El trabajador frente al Estado: una lectura libertaria de Friedman hoy

En el capítulo 8 de Libertad de elegir, Milton y Rose Friedman dedican su atención al trabajador. Pero no lo hacen desde la óptica habitual de quienes reclaman más protección estatal o derechos colectivos. Por el contrario, defienden que lo que realmente empodera al trabajador no son las leyes bienintencionadas ni los decretos del gobierno, sino la libertad individual y el dinamismo del mercado. Es una tesis que, décadas después, sigue siendo provocadora y profundamente vigente.

La promesa de la libertad individual

Los Friedman parten de una convicción esencial: el trabajo es una manifestación de la libertad personal. La posibilidad de elegir dónde trabajar, qué aprender, con quién asociarse y qué riesgos asumir es parte de lo que nos hace seres libres y responsables. En una economía abierta, los trabajadores no están atrapados en estructuras fijas, sino que pueden moverse, adaptarse y prosperar.

Frente a esto, muchas políticas públicas bienintencionadas han ido limitando esa libertad. Bajo la excusa de proteger al trabajador, el Estado ha terminado imponiendo normas que en la práctica lo excluyen o lo infantilizan. Esta contradicción es central en el análisis de los Friedman.

El salario mínimo: una trampa para los más débiles

Uno de los ejemplos más claros es el del salario mínimo. A primera vista, establecer un sueldo mínimo obligatorio parece una medida solidaria. ¿Quién podría oponerse a que los trabajadores ganen más? Pero como tantas veces sucede en economía, las consecuencias no intencionadas superan a las buenas intenciones.

Friedman lo explica con claridad: imponer un salario mínimo por encima del nivel que ciertos empleadores están dispuestos a pagar no elimina la pobreza, sino que elimina empleos. Y no cualquier empleo, sino precisamente aquellos que podrían ocupar los trabajadores con menos cualificación, los más jóvenes, los inmigrantes o quienes dan sus primeros pasos en el mercado laboral.

Lo que hace el salario mínimo es expulsar del sistema a quienes más necesitan una oportunidad. En vez de ganar experiencia, establecer relaciones laborales y progresar poco a poco, se les impide trabajar directamente. Así, una política diseñada para protegerlos acaba condenándolos al paro estructural o a la economía sumergida.

Desde esta perspectiva, la verdadera justicia social no consiste en fijar precios desde un despacho, sino en permitir que el mercado genere oportunidades reales para todos. No se trata de resignarse a que algunos ganen poco, sino de abrir caminos para que puedan mejorar. Como bien decían los Friedman, “el salario mínimo es una ley que dice: si no tienes la productividad suficiente, no tienes derecho a trabajar”.

Licencias profesionales: ¿garantía de calidad o barrera gremial?

Otro de los aspectos más discutidos del capítulo es la crítica a las licencias profesionales. En muchos países, incluido España, ciertas actividades están reservadas exclusivamente a quienes poseen un título oficial o están colegiados. Se dice que esto protege al consumidor, pero ¿es siempre así?

Los Friedman cuestionan esta lógica. En muchos casos, estas licencias no responden a una necesidad real de seguridad o calidad, sino a la presión de los grupos profesionales organizados para limitar la competencia. Es decir, no están pensadas para proteger al consumidor, sino para proteger al productor.

Impedir que alguien ejerza como arquitecto, economista o terapeuta por no tener una licencia específica es una forma de cerrar el mercado y excluir a potenciales innovadores. Los efectos son conocidos: servicios más caros, menor diversidad de enfoques y un freno al dinamismo social.

Una solución liberal: libertad de elección y certificación voluntaria

Ahora bien, no se trata de rechazar toda forma de control o estándar profesional. Desde una perspectiva liberal, la clave está en la opcionalidad. ¿Por qué no permitir que existan certificaciones privadas y que el cliente elija si quiere contratar a alguien certificado o no? ¿Por qué obligar a todos a pagar por licencias estatales cuando podrían convivir múltiples sistemas de garantía?

La propuesta es sencilla: el que quiera una licencia, que la obtenga voluntariamente, como señal de calidad frente al mercado. Pero no se debe impedir que quien no la tenga, pero cuente con la confianza de sus clientes, pueda ejercer también.

Así, en lugar de un sistema cerrado y coercitivo, tendríamos un entorno de libertad informada, donde los estándares se ganan su prestigio por méritos, no por decreto. Esto estimularía la innovación, la competencia y la verdadera responsabilidad profesional.

Reservas de actividad: una forma moderna de extractivismo institucional

Aunque Friedman no utilizaba estos términos, su crítica a las licencias profesionales puede leerse hoy a la luz del marco teórico de Acemoglu, Robinson y Johnson, autores de referencia en economía institucional. Para ellos, el desarrollo económico depende en gran medida del tipo de instituciones que rigen una sociedad: inclusivas, que abren oportunidades a todos, o extractivas, que concentran el poder y limitan la competencia para beneficiar a unos pocos.

Las reservas de actividad que blindan ciertos sectores profesionales son un caso claro de institución extractiva. No permiten competir en igualdad de condiciones, sino que preservan privilegios de casta bajo la apariencia de estándares técnicos. Y como toda institución extractiva, acaban empobreciendo al conjunto de la sociedad, aunque beneficien temporalmente a un grupo reducido.

Friedman lo intuía claramente cuando denunciaba que muchos colegios profesionales actuaban como gremios medievales disfrazados de organismos técnicos. El lenguaje cambia, pero la lógica es la misma: limitar quién puede trabajar, con qué condiciones y a qué precio.

Un mensaje que sigue vigente

En tiempos donde se vuelve a hablar de controles de precios, de reforzar las licencias estatales o de subir el salario mínimo como solución mágica, conviene recuperar el mensaje de los Friedman: no hay libertad económica sin libertad laboral, y no hay progreso para el trabajador sin un mercado abierto, competitivo y libre de coerciones estatales innecesarias.

Proteger al trabajador no significa decirle lo que puede o no puede hacer. Significa darle poder para decidir, para elegir, para probar, para aprender y para crecer. Y ese poder, en última instancia, sólo se garantiza en un entorno de libertad.


Friedman frente a la hiperregulación: ¿quién protege realmente al consumidor?

1. La tesis de Friedman sobre la regulación

En el capítulo 7 de Libertad de Elegir, titulado “¿Quién protege al consumidor?”, Milton y Rose Friedman plantean una tesis provocadora: la regulación estatal, lejos de proteger al consumidor, a menudo lo perjudica, frenando la innovación, elevando los costes y restringiendo la libertad de elección. En su lugar, los Friedman proponen un sistema basado en la competencia, la transparencia y la responsabilidad individual.

El punto de partida es simple pero poderoso: cuando el Estado asume la tarea de proteger al consumidor, lo hace sustituyendo su juicio por el de burócratas, que no enfrentan ni los incentivos ni las consecuencias de sus decisiones. Peor aún, al concentrar poder regulador, se abre la puerta a la captura del regulador por intereses privados, generando una ilusión de protección que beneficia a unos pocos y perjudica al resto.

Los Friedman no defienden la ausencia de reglas, sino la existencia de reglas generales que garanticen la información veraz y el cumplimiento de contratos, pero sin caer en el paternalismo ni en el intervencionismo detallista.

Friedman y la regulación

2. ¿Qué pasa con los “free riders” cercanos al poder?

Uno de los argumentos habituales a favor de la regulación es que hay empresas que, sin supervisión, podrían aprovecharse de los consumidores. Pero Friedman advierte que el verdadero problema surge cuando esos aprovechados no actúan en el mercado, sino en los pasillos del poder.

Cuando el Estado se convierte en el árbitro de qué productos se pueden vender, cómo deben producirse o qué licencias son necesarias, crea incentivos para que ciertos grupos empresariales busquen capturar al regulador, obteniendo favores, subvenciones, barreras de entrada o información privilegiada. Es el fenómeno conocido como rent-seeking o “búsqueda de rentas”, que convierte al empresario innovador en empresario político.

En este contexto, los “free riders” ya no son pequeños oportunistas del mercado, sino grandes corporaciones con acceso al poder, que utilizan la regulación para bloquear la competencia, manipular precios o garantizarse beneficios a costa del consumidor.

La solución que proponen los Friedman no es más regulación, sino menos poder discrecional en manos del Estado. En un entorno de libertad económica, las empresas compiten por ofrecer mejores productos al mejor precio, no por influir en las reglas del juego. Así, el consumidor se convierte en el verdadero árbitro, no el burócrata ni el político de turno.


3. ¿Cómo se protege al consumidor en un mercado sin exceso de regulación?

Una de las preguntas clave que plantea el capítulo es: ¿cómo garantizar la seguridad o la calidad de los productos sin una maraña de normas? Los Friedman responden con una combinación de libertad, transparencia y responsabilidad legal.

Por ejemplo, en el caso de las medicinas, critican con fuerza el papel de la FDA en Estados Unidos. Aunque reconocen la necesidad de ciertas garantías básicas, denuncian que los procesos largos y costosos para aprobar medicamentos retrasan tratamientos que podrían salvar vidas. Además, estas exigencias favorecen a grandes farmacéuticas con recursos suficientes para navegar la burocracia, mientras marginan a pequeños innovadores.

Friedman sugiere un modelo donde las agencias como la FDA puedan certificar productos, pero sin prohibir su venta. Así, médicos y pacientes podrían elegir, con información clara, y asumir los riesgos de manera consciente. La competencia entre certificadoras privadas, los seguros, los tribunales y la reputación actuarían como mecanismos de control más eficaces que la regulación centralizada.

Algo similar ocurre en otros ámbitos, como la seguridad vial o la alimentación: si los consumidores tienen acceso a información fiable y pueden elegir entre opciones, las empresas tienen incentivos a ofrecer calidad y seguridad, so pena de perder clientes o ser demandadas por daños.

Marzo de 2025 – Diego Sánchez de la Cruz frente al Parlamento de los Diputados con la legislación aprobada en tan solo dos meses.

4. La lucha contra la hiperregulación: de Madrid a Buenos Aires

En la actualidad, el debate sobre la hiperregulación está más vivo que nunca. Dos ejemplos recientes lo ilustran con claridad: la Comunidad de Madrid y el gobierno de Javier Milei en Argentina.

En Madrid, el equipo del Director General de Economía Juan Manuel López Zafra ha promovido iniciativas para reducir trabas burocráticas y simplificar normativas, bajo la idea de que menos regulación significa más dinamismo, más empleo y más competencia. De hecho, está en preparación una Ley contra la Hiperregulación, que se presentará en la Asamblea de Madrid en los próximos meses. Desde la liberalización de horarios comerciales hasta la reducción de licencias, el gobierno de la Comunidad de Madrid lleva apostando por una agenda de libertad económica que, aunque criticada por sectores intervencionistas, ha tenido resultados económicos notables.

En Argentina, Milei ha llevado esta lógica al extremo con su “motosierra” regulatoria. Su enfoque, directamente inspirado por las ideas de Friedman y Hayek, busca desmantelar el entramado de privilegios, licencias, controles de precios y regulaciones que asfixian al sector productivo argentino. Aunque enfrenta enormes resistencias, su mensaje cala en una ciudadanía harta de un Estado ineficaz que regula mucho y soluciona poco.

Ambos casos comparten una premisa: el exceso de regulación no protege al ciudadano, sino que lo empobrece y lo hace dependiente del poder político. Friedman, sin duda, aplaudiría estos intentos por devolver protagonismo al mercado y a la libertad individual.


5. ¿Y si el Estado decide protegernos de nosotros mismos? Del airbag al coche autónomo

Una cuestión más profunda que plantea el capítulo es: ¿debe el Estado protegernos incluso de nuestras propias decisiones? Friedman responde con un claro no.

Un ejemplo clásico es el del airbag obligatorio. Aunque su intención es aumentar la seguridad, Friedman sostiene que obligar a todos a pagar por ese dispositivo elimina la libertad de elección. Si el airbag solo protege al conductor, ¿por qué imponerlo por ley? ¿No bastaría con que se informe al comprador de su existencia y eficacia, y que decida si quiere asumir el coste?

El problema de fondo es que, si se acepta el principio de que el Estado puede protegerte de ti mismo, no hay límite a lo que puede regular: podría prohibirse el alcohol, las comidas grasas, el alpinismo o incluso conducir por cuenta propia.

Este debate se actualiza hoy con la conducción autónoma. ¿Debe el Estado obligarnos a usar solo coches autónomos si estos son más seguros? Desde la lógica friedmaniana, la respuesta sería no: lo correcto es permitir su desarrollo y competencia, pero no imponerlos ni prohibir la conducción humana, salvo que haya externalidades claras sobre terceros.

En todo caso, el rol del Estado sería el de establecer reglas claras de responsabilidad en caso de accidentes, y garantizar la veracidad de la información. El resto debe dejarse al juicio de los individuos y a la evolución del mercado.


Conclusión

El capítulo 7 de Libertad de Elegir no solo es una crítica lúcida a la regulación excesiva; es una defensa firme de la libertad como mejor garantía de protección al consumidor. Friedman nos invita a desconfiar del paternalismo estatal, a identificar los intereses ocultos tras la regulación, y a confiar más en los mecanismos descentralizados del mercado.

En un mundo donde la hiperregulación amenaza con sofocar la innovación y la responsabilidad individual, la voz de Friedman resuena con más fuerza que nunca. Desde Madrid hasta Buenos Aires, la batalla por la libertad económica sigue vigente. La pregunta sigue siendo la misma: ¿quién protege realmente al consumidor?

Friedman en la escuela: libertad, lengua y elección

1. Alternativas en la educación primaria y secundaria

La organización de la educación primaria y secundaria varía ampliamente entre países, especialmente en su grado de centralización. A un extremo se encuentra Francia, con un modelo estatal centralizado; al otro, experiencias más descentralizadas o incluso orientadas al mercado, como en algunos estados de EE.UU..

  • Francia: el Estado define un currículo nacional único y controla directamente la formación del profesorado, los libros de texto y la organización escolar.
  • España: aunque el Ministerio de Educación fija ciertos contenidos básicos, las Comunidades Autónomas tienen competencias amplias para adaptar currículos, definir lenguas vehiculares y gestionar centros. En el País Vasco o Cataluña, la educación se convierte en instrumento de identidad.
  • EE.UU.: no existe un currículo nacional. La educación depende de distritos escolares locales. Algunos estados (como Florida o Arizona) permiten sistemas de charter schools y vouchers para elegir escuela pública o privada.
  • Reino Unido: combina escuelas públicas gestionadas por autoridades locales con academias (financiadas públicamente pero autónomas) y free schools (similares a las charter).
  • Italia: tiene un modelo centralizado en contenidos, aunque con creciente presencia de escuelas privadas subvencionadas. Hay una histórica tensión entre la educación estatal y la católica.
  • Alemania: modelo federal. Cada Land (estado federado) organiza su sistema educativo. Existe pluralidad de modelos según el Land.

Estos enfoques reflejan visiones distintas sobre el papel del Estado: garante universal, proveedor directo, o simplemente financiador.


2. Una mirada al modelo francés

El sistema educativo francés se consolidó tras la Revolución, pero alcanzó su forma moderna con las leyes de Jules Ferry (1881-1882), que establecieron la gratuidad, laicidad y obligatoriedad escolar. El objetivo era claro: formar ciudadanos republicanos.

El Estado central diseña el currículo, homologa los libros, define los exámenes nacionales y forma al profesorado. La lengua de instrucción es el francés, sin excepción. Los valores laicos y republicanos son eje vertebrador.

Este modelo ha sido eficaz para garantizar cohesión nacional, movilidad social y una formación homogénea. Pero también ha tenido un coste: la erosión de las lenguas y culturas regionales (bretón, corso, occitano, vasco), y la imposibilidad de adaptar la escuela a contextos locales.


3. La no neutralidad de la educación

Aunque se presente como universal y objetiva, la educación no es neutra. Transmite valores, narrativas históricas y una determinada visión del mundo.

El contraste entre el País Vasco francés y español es ilustrativo:

  • En el lado francés, la educación pública ha invisibilizado la lengua vasca y debilitado la identidad vasca. No hay enseñanza en euskera en la escuela pública.
  • En el lado español, gracias a las competencias autonómicas, existen modelos bilingües e incluso totalmente en euskera. La escuela se convierte en vehículo de identidad.

El resultado es palpable: el nacionalismo vasco es marginal en Francia, pero mayoritario en Euskadi. La educación estatal centralizada ha moldeado una identidad nacional única, mientras que la descentralización ha permitido pluralidad.


4. La mirada de Friedman

Milton y Rose Friedman, en “Libertad de elegir”, defienden que el Estado debe financiar pero no proveer directamente la educación. Proponen un sistema de vouchers o cheques escolares: cada familia recibe una cantidad fija para gastar en la escuela que elija, pública o privada.

Ejemplo:

  • Supongamos que el coste medio de escolarizar a un niño en la escuela pública es de 5.000 euros anuales.
  • Bajo el sistema de vouchers, cada familia recibiría un cheque de 5.000 euros por hijo.
  • Una familia con dos hijos (Ana y Lucas) podría:
    • Mantenerlos en la escuela pública actual.
    • O llevarlos a un colegio privado que cobre, por ejemplo, 4.800 euros/año. En este caso, no tendría que abonar nada extra.
    • Si el colegio cuesta 6.000 euros, la familia abonaría la diferencia: 1.000 euros anuales por niño.

Este sistema empodera a las familias y obliga a los centros a competir por atraer alumnos.


5. Ejemplos de utilización de vouchers

  • Suecia: desde 1992 aplica un sistema de vouchers que permite elegir entre escuelas públicas y privadas. Las escuelas deben aceptar a todos los alumnos y no cobrar extra. Ha aumentado la diversidad y competencia.
  • Chile: lo introdujo en los años 80. Permitió una explosión de escuelas privadas subvencionadas. Sin embargo, se generaron desigualdades entre escuelas.
  • Estados Unidos: varios estados (como Wisconsin, Indiana, Arizona) tienen programas de vouchers o cuentas de ahorro educativo. La evidencia es mixta: mejora en satisfacción de familias, pero resultados académicos dispares.
  • Países Bajos: sistema mixto donde el 70% de los alumnos asiste a escuelas privadas subvencionadas. El Estado financia, pero no gestiona la mayoría de centros.

6. Pros y contras de los vouchers

Pros:

  • Mayor libertad de elección para las familias.
  • Incentiva la mejora continua de los centros.
  • Favorece la innovación pedagógica.
  • Permite una mejor adaptación a preferencias culturales o religiosas.

Contras:

  • Posible “captura de subsidios”: escuelas que elevan sus precios para absorber todo el voucher.
  • Riesgo de segregación escolar por nivel socioeconómico.
  • Dificultad de regulación y control de calidad.
  • Puede debilitar la red de escuelas públicas en zonas rurales o desfavorecidas.

Una dimensión habitualmente ignorada en el debate sobre la organización educativa es el problema de agencia que surge cuando los propios docentes o sus representantes acceden a órganos de decisión sobre políticas educativas. Al igual que ocurre en otros ámbitos del sector público, los incentivos no siempre están alineados con el interés general. En muchos casos, las decisiones tienden a favorecer estructuras que aumentan el número de plazas, reducen la exigencia evaluativa o consolidan modelos que garantizan estabilidad laboral, más allá de su eficacia pedagógica.

Esta dinámica puede derivar en un crecimiento endógeno del sistema educativo, no necesariamente vinculado a mejoras en los resultados ni a la adaptación a las demandas sociales o culturales. Por ejemplo, se crean nuevas especialidades, se complejizan normativas y se dificulta la entrada de innovaciones ajenas al sistema. El sistema de vouchers propuesto por Friedman introduce un contrapeso a esta tendencia: al poner el poder de decisión en manos de las familias, obliga a los centros —públicos y privados— a responder a las preferencias reales, no solo a las dinámicas internas de sus plantillas o sindicatos.

7. Conclusiones

La educación no es solo una herramienta de formación, sino también de construcción identitaria. El caso del País Vasco ilustra las consecuencias de los distintos modelos educativos: en el lado francés, la centralización ha apagado voces culturales locales; en el lado español, la descentralización ha dado lugar a una potente recuperación lingüística y cultural.

Sin embargo, incluso en España, el debate sigue abierto. ¿Qué pasa con aquellas familias que desearían una educación en castellano en comunidades donde predomina otra lengua oficial? ¿Y con aquellas en el País Vasco francés que quisieran escolarizar a sus hijos en euskera, pero no encuentran oferta pública?

Un sistema de vouchers como el propuesto por Friedman podría ofrecer una solución: si hay demanda real, surgirían centros que respondieran a ella. No habría imposición desde arriba, sino libertad desde abajo. Las familias podrían elegir en qué idioma, con qué valores y bajo qué proyecto educativo quieren formar a sus hijos.

Lejos de debilitar la cohesión social, esta diversidad permitiría que cada comunidad cultural, lingüística o religiosa se sintiera respetada. Y al mismo tiempo, introduciría competencia y eficiencia en un sistema que hoy, en muchos casos, se encuentra anquilosado.

La propuesta de Friedman no es una panacea, pero sí una invitación a repensar cómo garantizamos una educación de calidad, plural y verdaderamente libre.

Terminamos esta entrada del blog recordando las palabras que dedicó el catedrático Jesús Huerta de Soto a Javier Milei durante la concesión del Premio Juan de Mariana 2024: “Sueño con un mundo, en el que los burócratas no laven el cerebro de nuestros hijos ni los consideren propiedad del Estado”.

Los comuneros castellanos, esos protolibertarios

“Mil quinientos veintiuno, y en abril para más señas, en Villalar ajustician a quien justicia pidieran”. Estos versos de Luis López Álvarez, inmortalizados por el Nuevo Mester de Juglaría, resuenan con fuerza cada 23 de abril, especialmente hoy, 24 de abril de 2025, cuando se cumplen 503 años de la derrota de los comuneros en Villalar. Esta fecha no solo marca una derrota militar, sino el ocaso de una revolución que, de haber triunfado, podría haber cambiado el rumbo de la historia de España.

La revuelta de los comuneros de Castilla fue, en su origen, una insurrección civil de carácter urbano y burgués. Impulsada por la pequeña burguesía castellana y el incipiente poder industrial textil, representa uno de los primeros intentos en Europa de limitar el poder absoluto del monarca y fortalecer la soberanía de las ciudades. En este sentido, se anticipa en más de dos siglos a la Revolución Francesa y a la independencia de Estados Unidos.

Juan Bravo tomando Tordesillas a caballo, representado como un héroe civil. Esta imagen remite al momento simbólico en que las Comunidades se organizan como poder alternativo al del rey.

El contexto histórico es fundamental para entender el surgimiento del movimiento comunero. Tras la muerte de Isabel la Católica en 1504, Castilla vive una transición dinástica complicada. El nuevo rey, Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, apenas habla castellano y llega a la península con un séquito de flamencos que ocupan cargos claves, despertando recelo entre las élites locales. Su intención de lograr la corona del Sacro Imperio Romano Germánico provoca nuevas cargas fiscales que las ciudades castellanas consideran abusivas.

En ese momento, Castilla había experimentado una transformación social importante. La baja nobleza y la clase media urbana, alimentada por los beneficios del comercio y la industria textil, aspiraban a una mayor participación en el gobierno del reino. Pero sus expectativas chocaban con el poder de instituciones extractivas como la Mesta, que monopolizaba la exportación de lana en detrimento de la producción local.

Representación simbólica de la revuelta como un levantamiento civil de las ciudades castellanas contra el absolutismo y la Mesta.

La chispa definitiva fue la negativa de las Cortes a conceder nuevos impuestos al rey en las sesiones de 1520, y el manifiesto de los frailes de Salamanca, que sentó las bases ideológicas del movimiento comunero. La idea de “Comunidad” como sujeto político, que englobaba a ciudadanos, municipios y representantes locales, cristalizó como alternativa al modelo centralista y absolutista.

El liderazgo de la revuelta cayó sobre tres figuras: Juan de Padilla (Toledo), Juan Bravo (Segovia) y Francisco Maldonado (Salamanca), que encarnaban el ideal de resistencia cívica frente a la opresión real. Organizaron una Junta en Tordesillas y formaron un ejército popular. Durante meses, lograron controlar importantes enclaves del centro de Castilla.

María Pacheco en Toledo, representada como una mujer frágil pero decidida, liderando la resistencia tras la ejecución de su esposo, Juan de Padilla.

Sin embargo, la entrada en escena de los campesinos, sublevados contra sus señores, alteró la naturaleza de la revuelta. Lo que comenzó como una defensa del interés urbano se contaminó con tintes de guerra feudal. Este giro restó apoyos clave, como los de Burgos o del clero, que regresaron al bando del rey.

La batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521, fue el principio del fin. La caballería real, apoyada por la nobleza y con ventaja estratégica, aniquiló al ejército comunero. Los tres líderes fueron capturados y ejecutados al día siguiente. La derrota significó no solo la disolución del sueño comunero, sino el inicio de un proceso de recentralización autoritaria.

Pero en Toledo, María Pacheco, viuda de Padilla, mantuvo viva la llama de la resistencia durante meses. Su determinación, pese a su frágil salud, es uno de los grandes símbolos de la rebeldía castellana contra la tiranía.

La derrota comunera tuvo consecuencias profundas. El poder de la Mesta salió reforzado, la industria textil fue arrasada y la posibilidad de un modelo político basado en la representación urbana fue suprimida por siglos. Castilla entró en una lenta decadencia económica, mientras el poder absolutista se consolidaba.

Desde una visión libertaria, los comuneros representan un precedente histórico de enorme valor simbólico. No fueron meros rebeldes medievales, sino precursores de la autodeterminación ciudadana. En sus escritos, proclamas y acciones se intuyen los gérmenes de una modernidad que no florecería hasta mucho después, cuando otras naciones rompieron sus cadenas absolutistas.

Hoy, cuando se cumplen 503 años de aquella derrota, cabe recordar su legado como una lucha por la libertad, la justicia fiscal, la representación política y el respeto a las comunidades. Los comuneros de Castilla no fueron vencidos en vano: sembraron una semilla que, aunque sofocada por la historia oficial, sigue germinando en la memoria colectiva.

Que el ejemplo de Bravo, Padilla, Maldonado y Pacheco siga inspirando la búsqueda de una sociedad más justa, libre y representativa.

Nacidos iguales: una reflexión sobre la libertad y la desigualdad

Introducción

En el quinto capítulo de Libertad de elegir, titulado “Nacidos iguales”, Milton y Rose Friedman abordan una de las cuestiones más polémicas del debate político y económico: la igualdad. Frente a la idea extendida de que la desigualdad es un problema que debe ser corregido por el Estado, los Friedman sostienen que la igualdad más importante es la igualdad ante la ley y la libertad para aprovechar las oportunidades, no la igualdad de resultados.

Milton Friedman caracterizado en Venice Beach.

Libertad positiva y negativa: el dilema de la igualdad

Desde las primeras páginas, los autores enfatizan que la búsqueda de la igualdad material a través de la intervención gubernamental tiende a socavar la libertad. Este argumento se basa en la distinción entre libertad positiva y libertad negativa, conceptos fundamentales en la filosofía política que fueron desarrollados por Isaiah Berlin.

  • La libertad negativa implica la ausencia de restricciones externas: ser libre significa que nadie impide mis acciones.
  • La libertad positiva se entiende como la capacidad real de alcanzar ciertos fines, lo que a menudo se traduce en la necesidad de una acción estatal para garantizar recursos mínimos.

Así, Friedman sostiene que lo importante es la libertad negativa. Más aún, defiende que, cuando el Estado se centra en promover la libertad positiva, lo hace a costa de la libertad negativa, restringiendo la autonomía individual mediante impuestos, regulaciones y redistribución de riqueza.

El error de centrarse en los resultados

El capítulo también ilustra, de manera sencilla pero contundente, la falacia de buscar la igualdad de resultados. Friedman compara la desigualdad económica con la desigualdad de talentos.

Es evidente que no todos nacemos con las mismas capacidades para la música, el deporte o las matemáticas. Si aplicáramos el mismo criterio que algunos defienden para la riqueza, deberíamos suprimir las escuelas de música para jóvenes talentosos o prohibir que los más dotados en un ámbito aprovechen sus habilidades. Por absurdo que parezca, la lógica de “nivelar” lleva a este tipo de consecuencias.

En lugar de centrarnos en las diferencias de resultado, Friedman insiste en que debemos fijarnos en el proceso: si las reglas del juego son justas y permiten a todos competir en igualdad de condiciones, entonces las desigualdades que surjan son naturales y aceptables. Lo contrario sería un intento de ingeniar artificialmente una sociedad sin diferencias, lo que inevitablemente conduce a la restricción de la libertad.

Un debate encendido: las gafas ideológicas

La discusión que sigue a la exposición del capítulo en la serie televisiva Free to Choose es una de las más acaloradas de toda la serie. Enfrenta a economistas, políticos y académicos con posturas irreconciliables sobre la igualdad y el papel del Estado.

La razón de este intenso debate radica en que cada contertulio analiza la realidad con unas “gafas ideológicas” distintas. Quienes ven la desigualdad como un fallo moral tienden a enfatizar la necesidad de redistribución. Por otro lado, aquellos que priorizan la libertad entienden que el intervencionismo es más peligroso que la propia desigualdad económica. El choque es inevitable porque no se discute un problema técnico, sino una cuestión de valores.

Conclusión: libertad por encima de igualdad

Friedman concluye con una frase que se ha convertido en una de las más citadas de su pensamiento: “Una sociedad que ponga la igualdad por encima de la libertad no tendrá ninguna de las dos. Una sociedad que ponga la libertad por encima de la igualdad tendrá un alto grado de ambas.”

Su mensaje es claro: si queremos prosperidad, movilidad social y autonomía, la libertad debe ser la prioridad. Intentar igualar los resultados a la fuerza solo conduce a menos libertad y, paradójicamente, a sociedades más desiguales y menos justas.

Este capítulo, con su profundidad y su capacidad para desafiar supuestos comunes, sigue siendo de enorme relevancia hoy. Nos recuerda que, antes de dejarnos llevar por el deseo de corregir desigualdades, debemos preguntarnos si lo hacemos a costa de la libertad. Porque, como advierte Friedman, una vez que se empieza a sacrificar la libertad en nombre de la igualdad, es difícil recuperar ambas.