Los comuneros castellanos, esos protolibertarios

“Mil quinientos veintiuno, y en abril para más señas, en Villalar ajustician a quien justicia pidieran”. Estos versos de Luis López Álvarez, inmortalizados por el Nuevo Mester de Juglaría, resuenan con fuerza cada 23 de abril, especialmente hoy, 24 de abril de 2025, cuando se cumplen 503 años de la derrota de los comuneros en Villalar. Esta fecha no solo marca una derrota militar, sino el ocaso de una revolución que, de haber triunfado, podría haber cambiado el rumbo de la historia de España.

La revuelta de los comuneros de Castilla fue, en su origen, una insurrección civil de carácter urbano y burgués. Impulsada por la pequeña burguesía castellana y el incipiente poder industrial textil, representa uno de los primeros intentos en Europa de limitar el poder absoluto del monarca y fortalecer la soberanía de las ciudades. En este sentido, se anticipa en más de dos siglos a la Revolución Francesa y a la independencia de Estados Unidos.

Juan Bravo tomando Tordesillas a caballo, representado como un héroe civil. Esta imagen remite al momento simbólico en que las Comunidades se organizan como poder alternativo al del rey.

El contexto histórico es fundamental para entender el surgimiento del movimiento comunero. Tras la muerte de Isabel la Católica en 1504, Castilla vive una transición dinástica complicada. El nuevo rey, Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, apenas habla castellano y llega a la península con un séquito de flamencos que ocupan cargos claves, despertando recelo entre las élites locales. Su intención de lograr la corona del Sacro Imperio Romano Germánico provoca nuevas cargas fiscales que las ciudades castellanas consideran abusivas.

En ese momento, Castilla había experimentado una transformación social importante. La baja nobleza y la clase media urbana, alimentada por los beneficios del comercio y la industria textil, aspiraban a una mayor participación en el gobierno del reino. Pero sus expectativas chocaban con el poder de instituciones extractivas como la Mesta, que monopolizaba la exportación de lana en detrimento de la producción local.

Representación simbólica de la revuelta como un levantamiento civil de las ciudades castellanas contra el absolutismo y la Mesta.

La chispa definitiva fue la negativa de las Cortes a conceder nuevos impuestos al rey en las sesiones de 1520, y el manifiesto de los frailes de Salamanca, que sentó las bases ideológicas del movimiento comunero. La idea de “Comunidad” como sujeto político, que englobaba a ciudadanos, municipios y representantes locales, cristalizó como alternativa al modelo centralista y absolutista.

El liderazgo de la revuelta cayó sobre tres figuras: Juan de Padilla (Toledo), Juan Bravo (Segovia) y Francisco Maldonado (Salamanca), que encarnaban el ideal de resistencia cívica frente a la opresión real. Organizaron una Junta en Tordesillas y formaron un ejército popular. Durante meses, lograron controlar importantes enclaves del centro de Castilla.

María Pacheco en Toledo, representada como una mujer frágil pero decidida, liderando la resistencia tras la ejecución de su esposo, Juan de Padilla.

Sin embargo, la entrada en escena de los campesinos, sublevados contra sus señores, alteró la naturaleza de la revuelta. Lo que comenzó como una defensa del interés urbano se contaminó con tintes de guerra feudal. Este giro restó apoyos clave, como los de Burgos o del clero, que regresaron al bando del rey.

La batalla de Villalar, el 23 de abril de 1521, fue el principio del fin. La caballería real, apoyada por la nobleza y con ventaja estratégica, aniquiló al ejército comunero. Los tres líderes fueron capturados y ejecutados al día siguiente. La derrota significó no solo la disolución del sueño comunero, sino el inicio de un proceso de recentralización autoritaria.

Pero en Toledo, María Pacheco, viuda de Padilla, mantuvo viva la llama de la resistencia durante meses. Su determinación, pese a su frágil salud, es uno de los grandes símbolos de la rebeldía castellana contra la tiranía.

La derrota comunera tuvo consecuencias profundas. El poder de la Mesta salió reforzado, la industria textil fue arrasada y la posibilidad de un modelo político basado en la representación urbana fue suprimida por siglos. Castilla entró en una lenta decadencia económica, mientras el poder absolutista se consolidaba.

Desde una visión libertaria, los comuneros representan un precedente histórico de enorme valor simbólico. No fueron meros rebeldes medievales, sino precursores de la autodeterminación ciudadana. En sus escritos, proclamas y acciones se intuyen los gérmenes de una modernidad que no florecería hasta mucho después, cuando otras naciones rompieron sus cadenas absolutistas.

Hoy, cuando se cumplen 503 años de aquella derrota, cabe recordar su legado como una lucha por la libertad, la justicia fiscal, la representación política y el respeto a las comunidades. Los comuneros de Castilla no fueron vencidos en vano: sembraron una semilla que, aunque sofocada por la historia oficial, sigue germinando en la memoria colectiva.

Que el ejemplo de Bravo, Padilla, Maldonado y Pacheco siga inspirando la búsqueda de una sociedad más justa, libre y representativa.

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