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Parque Jurásico (1993): teoría del caos, arrogancia tecnológica e incertidumbre radical

Por Gustavo Morales Alonso

Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

En recuerdo de Sam Neill (1947 – 2026)

En una de las escenas más recordadas de Parque Jurásico, Jeff Goldblum explica la teoría del caos mientras deja caer una gota de agua sobre la mano de Laura Dern. La trayectoria del agua es imprevisible. No porque sea azarosa, sino porque pequeñas variaciones alteran el resultado final. La escena dura apenas unos segundos, pero contiene la tesis filosófica de toda la película.

Parque Jurásico no es solo una historia de dinosaurios descontrolados. Es una reflexión sobre la fragilidad del orden cuando creemos haber domesticado la complejidad. Es también una advertencia contra la ilusión de control absoluto, una ilusión que conecta tanto con Caos y orden de Escohotado como con Incertidumbre radical de King y Kay. E incluso con la idea de que es posible un control absoluto sobre una institución como el dinero, en una distopía que nos acerca peligrosamente a la Matrix.

Goldblum y la prudencia epistemológica

El personaje de Goldblum no está defendiendo que el mundo sea caótico en el sentido vulgar del término. No dice que todo sea azar. Lo que sugiere es más inquietante. Existen sistemas deterministas que, en la práctica, no son predecibles. Sistemas donde una mínima variación en las condiciones iniciales genera trayectorias divergentes imposibles de anticipar con precisión.

Eso es la teoría del caos. No niega el orden. Niega nuestra capacidad de abarcarlo completamente.

El parque cree estar gestionando riesgos. Calcula probabilidades de fallo eléctrico. Diseña protocolos de seguridad. Establece redundancias. Pero confunde riesgo con algo más profundo. En términos de King y Kay, está operando en un mundo de incertidumbre radical. No solo no conoce las probabilidades. Ni siquiera puede enumerar todos los escenarios posibles.

Goldblum no propone parálisis. Propone prudencia. Propone reconocer que cuando trabajamos con sistemas complejos, la predicción tiene límites y la arrogancia es peligrosa.

Attenborough y el fuego de los dioses

Richard Attenborough encarna algo distinto. No es un villano. Es un soñador. Es un empresario visionario que ha logrado lo imposible. Ha devuelto la vida a criaturas extinguidas hace millones de años. Ha construido un parque que parece una maravilla tecnológica.

Richard Attenborough, el millonario y visionario creador del Parque Jurásico. Fuente: Filmaffinity.com

Pero su gesto es profundamente prometeico. Ha quitado el fuego a los dioses. Ha tomado una fuerza que parecía reservada a la naturaleza y la ha convertido en espectáculo, en producto, en experiencia comercializable.

Como Prometeo, no actúa por maldad. Actúa por entusiasmo. Cree que está regalando algo extraordinario al mundo. Cree que la tecnología puede domesticar cualquier fuerza si se aplican suficientes protocolos y suficiente ingeniería. Ya analizamos en Tron que la tecnología no posee una moral propia: amplifica las intenciones de quienes la utilizan. Parque Jurásico añade una segunda advertencia: incluso cuando las intenciones son nobles, los sistemas complejos pueden responder de formas que ningún diseñador había previsto.

Ahí está la tragedia. No en la ambición, sino en la convicción de que el diseño técnico puede anticiparlo todo. El parque está concebido como una máquina. Pero no es una máquina. Es un ecosistema.

Escohotado insistía en que todo orden rígido acumula tensiones. Cuanto más cerrado y centralizado es un sistema, más frágil se vuelve ante perturbaciones imprevistas. El parque depende de la electricidad, de un centro de control, de protocolos estrictos. Cuando uno de esos nodos falla, el sistema entero colapsa.

El problema no es jugar a ser Dios. El problema es creer que la divinidad puede programarse.

Laura Dern entre el entusiasmo y la advertencia

Laura Dern ocupa una posición fascinante. No es la cínica escéptica que encarna Goldblum, ni la figura prometeica que representa Attenborough. Se sitúa entre ambos.

Al principio comparte el asombro. Cree en la ciencia. Se emociona ante el logro biológico. No rechaza el proyecto por principio. Pero a medida que el sistema empieza a fallar, su posición se desplaza.

Laura Dern, una científica que quiere creer, junto con Alan Grant. Fuente: Filmaffinity.com

No abandona la ciencia. Abandona la ilusión de control total. Comprende que el problema no es la investigación, sino la pretensión de dominio absoluto.

En cierto modo, Dern representa una síntesis posible. Una ciencia consciente de sus límites. Una exploración que acepta la complejidad en lugar de negarla. Si Attenborough simboliza la hybris y Goldblum la advertencia, Dern encarna la transición hacia la prudencia.

Su evolución es moral y también epistemológica. Es el reconocimiento de que el conocimiento no equivale al control.

Orden frágil y caos malinterpretado

En Caos y orden, Escohotado analiza la tensión permanente entre la tendencia a organizar y la tendencia a desbordar cualquier organización. El orden absoluto es una ficción. Todo sistema que pretende eliminar completamente la contingencia termina generando vulnerabilidades ocultas.

El parque no cae por exceso de caos. Cae por exceso de confianza en el orden. Por creer que la eliminación de la reproducción natural, el control genético y la vigilancia centralizada bastan para neutralizar la dinámica evolutiva.

La vida encuentra una manera. La famosa frase de Goldblum no es poética. Es estructural. Los sistemas vivos son adaptativos. Interactúan. Evolucionan. Generan comportamientos emergentes que ningún diseñador puede prever en su totalidad.

La centralización convierte el fallo en sistémico. La optimización reduce márgenes de seguridad. La confianza excesiva en el modelo debilita la capacidad de respuesta ante lo imprevisto.

Frente al entusiasmo prometeico de Hammond y la prudencia teórica de Malcolm, Alan Grant (Sam Neill) representa una tercera actitud. No pretende controlar la naturaleza, sino comprenderla. Su conocimiento no nace del diseño, sino de la observación. No intenta imponer un plan sobre un sistema complejo, sino adaptarse continuamente a la información que ese sistema le proporciona. Es una forma de inteligencia mucho más cercana al descubrimiento que a la planificación.

Alan Grant (Sam Neill, DEP) maravillándose en el descubrimiento mediante la observación. Fuente: Filmaffinity.com

Incertidumbre radical y arrogancia moderna

King y Kay distinguen entre riesgo e incertidumbre radical. En el riesgo podemos asignar probabilidades. En la incertidumbre radical no sabemos siquiera qué eventos podrían ocurrir.

El parque funciona como si estuviera en un mundo de riesgo. Pero en realidad opera en un mundo donde las interacciones biológicas, humanas y tecnológicas generan combinaciones imposibles de enumerar de antemano.

No es que fallaran los cálculos. Es que el tipo de problema no era calculable en ese sentido.

Aquí la película adquiere una dimensión contemporánea. Vivimos rodeados de modelos predictivos, algoritmos y sistemas de gestión que prometen anticiparlo todo. Desde la biotecnología hasta la inteligencia artificial, la tentación prometeica sigue viva.

Parque Jurásico no es una advertencia contra la ciencia. Es una advertencia contra la arrogancia del diseño total. Contra la idea de que basta con más datos, más computación y más protocolos para domesticar cualquier complejidad. Como ocurría también en Akira, el verdadero problema nunca es la tecnología en sí misma. El peligro aparece cuando el poder técnico crece más deprisa que la prudencia de quienes lo ejercen. En una película ese poder adopta la forma de ingeniería genética; en la otra, de capacidades casi ilimitadas. En ambas, el desenlace depende menos de las herramientas que del carácter de las personas.

Goldblum no pide detener el progreso. Pide reconocer límites. Attenborough no es malvado. Es excesivamente confiado. Dern no renuncia al conocimiento. Aprende a desconfiar de la omnipotencia.

La gota de agua sigue cayendo sobre la mano. No es caótica en el sentido vulgar. Pero tampoco es plenamente predecible. Entre el orden absoluto y el caos absoluto se despliega el espacio real en el que vivimos.

Y tal vez esa sea la verdadera lección de la película. No que la vida sea ingobernable, sino que gobernarla como si fuera una máquina simple es el error más peligroso de todos.

Caos y orden – Antonio Escohotado

Complejidad, modelos y el error de confundir racionalidad con control

Por Gustavo Morales Alonso

Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

En el día que Antonio Escohotado cumpliría 85 años, 8 de julio de 2026

Introducción. Cuando las sociedades no fallan por ignorancia, sino por exceso de certeza

Cuando una sociedad atraviesa crisis económicas, políticas o institucionales, la explicación más habitual apunta a la falta de racionalidad. Se habla de votantes mal informados, de mercados dominados por el pánico o de decisiones públicas erráticas. Frente a esta interpretación tan extendida, Caos y orden de Antonio Escohotado (primera edición, 1999) propone una inversión incómoda. El problema no es la ausencia de razón, sino la confianza excesiva en modelos racionales que ignoran la complejidad del mundo real.

Portada de Caos y Orden.

El libro plantea una tesis de fondo clara. Las sociedades no fracasan porque piensen poco, sino porque creen demasiado en esquemas simplificados que funcionan bien en el papel, pero mal en sistemas complejos. A partir de ahí, el ensayo se articula en dos grandes movimientos. En la primera parte, Escohotado recurre a la ciencia para mostrar los límites de la predicción y del control. En la segunda, traslada esa lección a la economía y a la política.

Esta crítica conecta de forma natural con la advertencia de Hayek contra el racionalismo constructivista, desarrollada en un artículo previo sobre Individualismo verdadero y falso, aunque aquí el camino de entrada no es la teoría social, sino la ciencia contemporánea.

Parte I. La ciencia descubre límites a la predicción

La primera parte del libro puede leerse como un recorrido por algunos de los descubrimientos científicos más perturbadores del siglo XX. Edward Lorenz mostró que sistemas deterministas podían ser extremadamente sensibles a las condiciones iniciales. Pequeñas diferencias al comienzo conducen a trayectorias radicalmente distintas, haciendo imposible la predicción a largo plazo aunque las leyes sean conocidas.

Representación del atractor de Lorenz, la famosa figura en forma de mariposa que representa un sistema determinista con alto grado de sensibilidad a las condiciones iniciales, es decir, un ejemplo clásico de caos determinista conocido como atractor extraño. Fuente: Wikimedia Commons.

Benoît Mandelbrot fue más allá al revelar que muchas formas naturales no se ajustan a la geometría clásica. Los fractales muestran orden, pero un orden irregular, autosimilar y no reducible a figuras simples. Michael Barnsley sorprendió aún más al demostrar que patrones complejos como la hoja de un helecho pueden surgir a partir de reglas muy sencillas aplicadas de forma iterativa y aparentemente caótica.

La hoja de helecho de Barnsley. Fuente: Wikimedia Commons.

Finalmente, Ilya Prigogine introdujo la idea de estructuras disipativas. Sistemas abiertos, lejos del equilibrio, que generan orden precisamente gracias al flujo de energía y a la inestabilidad. El orden ya no aparece como excepción, sino como resultado natural de la complejidad.

La famosa reacción Belousov-Zhabotinsky (BZ). Fuente: Stephen Morris from Toronto, Canada, CC BY 2.0 https://creativecommons.org/licenses/by/2.0, via Wikimedia Commons

El mensaje común es claro. El caos no equivale a desorden puro. Muchos sistemas generan patrones estables sin necesidad de un diseñador externo. El comportamiento global no se deduce linealmente de las reglas locales, y la pretensión de control total se revela ilusoria.

De la física a una lección epistemológica

A partir de estos ejemplos científicos, Caos y orden da un paso más profundo. La cuestión ya no es solo técnica, sino epistemológica. Incluso cuando conocemos las leyes que rigen un sistema, eso no garantiza que podamos predecir su evolución. En sistemas complejos, el conocimiento es siempre parcial y contextual.

La incertidumbre deja de ser un defecto del método o una carencia humana. Se convierte en una propiedad estructural del sistema. El error aparece cuando se ignora este límite y se actúa como si la realidad fuera plenamente gobernable mediante modelos.

Aquí se perfila ya la tesis central del libro. El problema no es usar modelos, sino creer que agotan la realidad. Cuando el mapa sustituye al territorio, la racionalidad se transforma en una fuente de fragilidad.

Parte II. Economía, finanzas y política bajo la lupa de la complejidad

En la segunda parte del libro, Escohotado traslada esta lección a la economía y a la política. El cambio de registro puede sorprender, pero responde a la misma lógica. Los modelos financieros dominantes, como el CAPM o Black-Scholes, se apoyan en supuestos de equilibrio, normalidad y racionalidad agregada que simplifican enormemente el comportamiento real de los mercados.

Estos modelos no son inútiles. Funcionan en determinados contextos y para ciertos fines. El problema surge cuando se toman como descripciones completas de sistemas que son no lineales, adaptativos y profundamente dependientes de expectativas cambiantes. La economía real no se comporta como un laboratorio controlado.

Lo mismo ocurre en el ámbito político. La agregación de preferencias individuales mediante votaciones no garantiza resultados coherentes ni estables. Pequeñas variaciones pueden alterar de forma significativa los resultados colectivos. No se trata de una crítica moral a la democracia, sino de una advertencia estructural. La racionalidad individual no se traduce automáticamente en racionalidad colectiva.

Aquí emerge con claridad la tesis de fondo del libro. Las sociedades fracasan cuando confunden racionalidad con control. Cuando creen que modelos elegantes permiten gobernar sistemas complejos sin efectos secundarios. El error no está en pensar, sino en pensar que ya se ha pensado lo suficiente.

Esta crítica entronca directamente con la tradición liberal escéptica. Como en el individualismo verdadero de Hayek, el reconocimiento de la ignorancia no destruye el orden social, sino que lo hace posible.

Qué tipo de libro es Caos y orden

Caos y orden no es un manual científico, aunque se apoya en la ciencia. Tampoco es un tratado técnico de economía, aunque dialogue críticamente con sus modelos. Es, ante todo, un ensayo de teoría del conocimiento aplicado a la sociedad.

Desde el punto de vista intelectual, el libro tiene un carácter marcadamente liberal. Desconfía del control central y del diseño total. Es también escéptico, porque insiste una y otra vez en los límites del conocimiento humano. Y tiene un tono claramente trágico, en el sentido clásico. No promete soluciones definitivas ni armonía final. No ofrece consuelo, sino advertencias.

Este enfoque resulta incómodo en una época acostumbrada a soluciones técnicas y narrativas optimistas. El libro no dice cómo gobernar mejor, sino por qué gobernar demasiado confiando en modelos simplificados suele salir mal.

Caos, orden espontáneo y una revancha intelectual pendiente

Conviene cerrar con una aclaración importante. A menudo se afirma que la teoría del caos contradice la idea de orden espontáneo, porque todo tendería al desorden por efecto de la entropía. Esta interpretación es errónea. La teoría del caos no niega el orden. Niega el control total y la previsibilidad perfecta.

El orden espontáneo no es un orden estático ni diseñado. Es un orden dinámico, emergente y adaptativo. Exactamente el tipo de orden que describen Lorenz, Mandelbrot, Barnsley o Prigogine. Lejos de contradecirlo, la teoría del caos refuerza la intuición de que el orden más robusto surge sin planificación central.

La entropía no implica que todo se disuelva en aleatoriedad. Implica que el orden impuesto desde fuera es frágil. Los sistemas abiertos generan estructura precisamente gracias a la interacción libre de sus componentes.

Desde esta perspectiva, caos y orden no son opuestos. El caos es la condición de posibilidad de un orden que no depende de la arrogancia del diseñador. Entender esto no solo es una lección científica, sino también una lección política y moral. Quizá la más incómoda de todas.

Premio Juan de Mariana 2026: Deirdre McCloskey y la importancia de la ideología

Por Gustavo Morales Alonso

Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

El Instituto Juan de Mariana ha concedido su Premio a una Trayectoria Ejemplar en Defensa de la Libertad 2026 a la economista e historiadora estadounidense Deirdre McCloskey. Se trata de un reconocimiento especialmente significativo, no solo por la enorme influencia académica de la premiada, sino porque pocas autoras han contribuido tanto como ella a replantear una de las grandes preguntas de la economía: ¿por qué unas sociedades prosperan mientras otras permanecen estancadas?

Cartel del premio. Fuente: Instituto Juan de Mariana.

La ceremonia de entrega estuvo marcada por una idea que apareció una y otra vez en las intervenciones de los distintos participantes: la prosperidad no puede explicarse únicamente por el capital, la tecnología o las instituciones. Detrás del desarrollo económico existe también un componente moral y cultural que determina la capacidad de una sociedad para innovar, comerciar y progresar.

El director del Instituto Juan de Mariana, Manuel Llamas, abrió el acto con un mensaje optimista sobre el estado actual de las ideas de la libertad. A su juicio, el liberalismo vive un momento de renovado interés intelectual y social. Sin embargo, advirtió también de que sus adversarios siguen contando con recursos prácticamente ilimitados, precisamente porque esos recursos proceden de los propios contribuyentes.

A continuación intervino Javier Fernández-Lasquetty, quien presentó a la galardonada destacando uno de los aspectos centrales de su pensamiento: el capitalismo no es únicamente un mecanismo eficiente para producir riqueza. Es, sobre todo, un logro moral basado en la dignidad de las personas y en las virtudes que hacen posible la cooperación voluntaria entre individuos libres.

Javier Fernández-Lasquetty durante su encomio a la premiada.

Ese mismo hilo fue retomado posteriormente por Gabriel Calzada. En su intervención recordó que la explicación del progreso económico no puede reducirse a la acumulación de capital físico. La verdadera diferencia entre unas sociedades y otras reside en los valores que permiten florecer al comercio, al emprendimiento y a la innovación. Calzada ilustró esta idea mediante diversas referencias al Siglo de Oro español, recordando la influencia intelectual de Juan de Mariana incluso en autores aparentemente alejados de la economía, como Lope de Vega, y evocando también la estrecha relación que mantuvo con Francisco de Quevedo. Estas referencias pusieron de manifiesto que las ideas económicas forman parte de un contexto cultural mucho más amplio, donde literatura, filosofía y pensamiento político dialogan constantemente.

Gabriel Calzada durante su encomio a la premiada.

No es casual que ese sea precisamente el eje de la obra de McCloskey.

Durante décadas, buena parte de la economía trató de explicar el desarrollo recurriendo a factores como la acumulación de capital, la inversión, los recursos naturales o las instituciones políticas. McCloskey no niega la importancia de todos ellos. Pero sostiene que ninguno basta para explicar el fenómeno más extraordinario de la historia económica: el Gran Enriquecimiento (The Great Enrichment), el espectacular aumento del nivel de vida experimentado por Occidente desde finales del siglo XVIII.

La premiada durante su discurso de recepción del premio.

Su tesis es que ese cambio solo puede entenderse cuando la sociedad comienza a conceder dignidad y libertad al comerciante, al inventor, al empresario y, en definitiva, a la persona corriente capaz de mejorar su entorno mediante la creatividad y el intercambio voluntario.

  • Las ideas importan.
  • Las palabras importan.
  • El respeto social importa.

Cuando una sociedad deja de despreciar la actividad empresarial y empieza a considerarla honorable, millones de personas encuentran incentivos para innovar. El resultado no es únicamente un aumento de la riqueza, sino una auténtica transformación de las condiciones de vida.

Gabriel Calzada haciendo entrega del premio a Deirdre McCloskey. Fuente: Instituto Juan de Mariana.

Esta tesis distingue a McCloskey incluso de otras corrientes liberales. Frente a quienes consideran que las instituciones son la explicación definitiva del desarrollo, ella insiste en que las instituciones son condición necesaria, pero no suficiente. Antes debe existir un cambio cultural que legitime la libertad económica y la creatividad individual.

La propia McCloskey resumió esta idea durante su intervención final con una frase tan sencilla como provocadora:

“Institutions don’t do it.”

Las instituciones, por sí solas, no lo hacen.

Con ello no pretendía negar su importancia, sino recordar que detrás de cualquier institución siempre existen personas, creencias y valores que la sostienen.

Otro de los momentos más llamativos de su intervención llegó cuando definió el liberalismo como adultism. En su opinión, una sociedad liberal trata a los ciudadanos como adultos responsables, capaces de tomar decisiones por sí mismos y asumir sus consecuencias. Los sistemas paternalistas, por el contrario, consideran a los ciudadanos como menores de edad permanentes que necesitan tutela constante por parte del Estado. Así, el liberalismo se convierte en la única filosofía que trata a las personas como adultos. Todas las demás filosofías, en mayor o en menor grado, nos tratan como niños, al extrapolar la figura de familia tutelada y dirigida por los padres al Estado. Cosa no menor, pues distorsiona la figura de la familia para buscar la validez de que una persona (o un “comité de expertos”) sea la tomadora de decisiones en la sociedad.

McCloskey aprovechó también la ocasión para anunciar la publicación de su próximo libro, prevista para septiembre de 2026 bajo el título Equality of Permission, una nueva reflexión sobre la igualdad entendida como igualdad de libertad para emprender, crear y desarrollar proyectos vitales propios.

Conceder el Premio Juan de Mariana a Deirdre McCloskey supone reconocer una trayectoria intelectual que ha ampliado considerablemente el horizonte de la economía. Su obra recuerda que el crecimiento económico no depende únicamente de modelos matemáticos, indicadores estadísticos o reformas institucionales. También depende de las ideas que una sociedad transmite sobre la dignidad, la libertad y el valor moral de quienes crean, comercian, innovan y emprenden.

Quizá esa sea, precisamente, la principal lección del acto celebrado en Madrid: las sociedades prosperan cuando aprenden a confiar en las personas.

No queremos terminar esta entrada sin mencionar que, además del autor del post, se pudo ver por allí al economista peruano Clemente Zamora, y a los Reig (José y Luis), hijos respectivamente de Joaquín y Luis Reig, los traductores originales de Mises y Hayek, respectivamente. Esas traducciones fueron las primeras al castellano de estos autores, y aún hoy son las que están disponibles en Unión Editorial.

De izquierda a derecha: José Reig (hijo de Joaquín, traductor de Mises), Clemente Zamora, Gustavo Morales y Luis Reig (hijo de Luis, traductor de Hayek).

La estrategia y el ejercicio de la función empresarial en la firma

Por Artur Marion Ceolin

Doctor en Ciencias Sociales y Jurídicas por la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y Fellow del Instituto Mises Brasil

Este artículo es una síntesis de la tesis doctoral “Strategy, Entrepreneurship, and the Firm”, defendida y aprobada con evaluación sobresaliente cum laude el 6 de febrero de 2026 en la Universidad Rey Juan Carlos. El objetivo central de la tesis, así como de este artículo, es discutir cómo la fuerza del emprendimiento sí se materializa y guía las actividades de la firma mediante la estrategia empresarial. La estrategia emerge como un mecanismo de organización y gobernanza del poder de decisión en torno al uso del capital en la producción. 

Introducción

Al analizar el ejercicio de la función empresarial en los mercados, generalmente se reconoce que esta constituye una fuerza fundamental para la creación de la firma. No obstante, una vez establecida la firma, la conversación suele desplazarse hacia un paradigma administrativo, relegando el emprendimiento a un segundo plano en dicha conversación.

Esta transición es problemática, porque el emprendimiento, como función ejercida en los mercados, no desaparece, sino que se mantiene como una función clave dentro de la firma para coordinar los activos heterogéneos bajo un plan de producción. La coordinación de activos es una actividad de carácter fundamentalmente empresarial (Lachmann, 1947, 1956; Salerno, 2008).

Entonces, si la función empresarial es fundamental en los mercados, ¿por qué muchas teorías de la firma la relegan a un segundo plano? En este contexto, los enfoques tradicionales, basados en un marco positivista, encuentran dificultades para comprender el papel esencialmente creativo que desempeñan los empresarios, especialmente en la organización de los activos económicos.

De manera alternativa, la Escuela Austríaca de Economía fundamenta su enfoque en una comprensión más amplia de la naturaleza del individuo y de su comportamiento en los mercados (Mises, 1998; Huerta de Soto, 2010). En este contexto, la función empresarial, en un sentido amplio, se considera una característica intrínseca de la acción humana (Huerta de Soto, 2010).

Representación esquemática del empresario. Autor: Artur Marion Ceolin.

Los empresarios, en este sentido, son quienes, subjetivamente, crean nuevas oportunidades de beneficio. Emplean su subjetividad para contrastar el estado actual de los factores con el especulado futuro del mercado (Rothbard, 2004). De esta manera, no solo organizan los procesos productivos, sino que también generan nuevo conocimiento empresarial (Huerta de Soto, 2010).

La función empresarial y la organización de la producción

Para entender el papel de la estrategia como manifestación del emprendimiento en la firma, primero es crucial comprender qué es la función empresarial. Esta función se refiere a la capacidad de las personas para generar oportunidades de ganancia mediante la organización de recursos económicos (Huerta de Soto, 2010).

La acción está orientada a alcanzar los objetivos del agente. El individuo decide cómo coordinar los recursos disponibles para alcanzar sus objetivos subjetivos (Mises, 1998). Estos arreglos productivos también son subjetivos, ya que el capital no tiene un uso predeterminado, sino que depende de los planes de producción de los empresarios en circunstancias específicas (Huerta de Soto, 2006).

Los individuos, basándose en su comprensión subjetiva de la economía y en la especulación sobre hechos futuros, estructuran sus planes de acción. En estos planes, el papel de los recursos varía según el rol que desempeñan en los diferentes planes de acción y de producción, desarrollados en un contexto de incertidumbre (Rothbard, 2004).

En resumen, los recursos carecen de un valor objetivo por sí mismos: es la acción de los hombres empresarios la que les asigna valor subjetivo (Bylund & Packard, 2022). Por lo tanto, los recursos no son inherentemente productivos, sino que adquieren valor mediante los planes de los individuos (Huerta de Soto, 2006).

Huerta de Soto (2010) fortalece esta idea al destacar que la perspicacia es una habilidad creativa que permite imaginar de forma productiva el futuro y generar oportunidades subjetivas de beneficios. Además, Foss y Klein (2012) perfeccionan la comprensión del juicio empresarial al demostrar que se ejerce en las decisiones de asignación de recursos en contextos de incertidumbre.

Representación de la organización empresarial de la firma. Autor: Artur Marion Ceolin.

Es importante entender que estas no son características opuestas, sino que se complementan: la perspicacia proporciona la base creativa para la acción, mientras que el juicio la concreta mediante decisiones específicas. Su empleo culmina en la organización de la producción, en la que los empresarios coordinan procesos productivos concretos.

Como resultado de su deliberación, el empresario establece un tipo específico de arreglo que modernamente llamamos firma. Esta estructura actúa como un mecanismo contractual y funcional para organizar diversos activos y coordinar la división del trabajo en condiciones de incertidumbre, con el objetivo de lograr un uso coherente de los recursos.

El papel de la firma

La firma surge como resultado de la función empresarial y constituye la estructura que permite coordinar diversas acciones en torno a un objetivo específico. (Hayek, 1964, 1973). En la firma, el empresario puede delegar y coordinar el ejercicio del poder de juicio, lo que permite una gestión global de los procesos productivos y la asignación de diversos recursos según el plan de producción.

En este sentido, la firma habilita al empresario para ir más allá de sus límites personales e institucionaliza su perspicacia y poder de juicio. El enfoque austríaco permite comprender las firmas no como unidades mecánicas, sino como arreglos creativos organizados bajo control empresarial. La firma se convierte en el centro donde la acción empresarial se estructura y se proyecta hacia el futuro.

La firma se define por su función de organizar y mantener de manera continua el ejercicio de la función empresarial. Es en la firma donde el empresario no solo concibe, sino que también implementa de manera cohesionada el uso de recursos heterogéneos, estructurando la división del trabajo. La firma cumple un papel imprescindible para que el empresario delegue la toma de decisiones sin perder la coherencia con su propósito. Es su extensión institucional, un espacio en el que la perspicacia y el juicio se integran en estructuras productivas.

Así, si la función empresarial es tan crucial en los mercados, también debe reflejarse en la firma. Es decir, la función empresarial no se limita a la creación de empresas, sino que también se evidencia en su organización y en sus procesos productivos. La firma surge como una estructura fundamental que permite al empresario gestionar la producción en un sistema capitalista.

La estrategia empresarial, en este sentido, se presenta como la manifestación de la función empresarial en la organización (Marion Ceolin, 2025). A través de la estrategia, considerada el mecanismo general de coordinación del poder de decisión en la firma, los empresarios pueden gestionar el uso de los bienes de capital en los procesos, asignando recursos y dividiendo tareas. Es mediante la estrategia empresarial que el empresario logra estructurar los recursos de manera cohesionada y contextualmente adecuada.

El papel de la estrategia en la firma

La concepción dominante de estrategia suele percibirse como una disciplina predictiva, tecnocrática y orientada a la medición para predicción, en la que los directivos se consideran técnicos sociales capacitados (Marion Ceolin, 2025). Por otro lado, en el enfoque austríaco (Marion Ceolin, 2025), la estrategia busca gestionar la incertidumbre mediante la integración de los diversos juicios del empresario, alineando las actividades operativas con el propósito empresarial.

La estrategia puede definirse como la organización del ejercicio del juicio empresarial dentro de la firma. Es, en esencia, la manifestación organizativa de la función empresarial, la guía para que la perspicácia y el juicio se conviertan en la utilización de recursos y en mecanismos de gobernanza. La estrategia orienta el juicio empresarial y coordina su ejercicio entre los distintos miembros de la firma. En suma, es un proceso dinámico en el que la función empresarial guía la organización de los arreglos productivos.

Así, la estrategia nunca es algo externo al emprendimiento, sino que forma parte del contexto específico de la firma. La estrategia articula el propósito y la perspectiva de la firma con sus actividades productivas. Además, garantiza que las decisiones de los empleados estén alineadas con el propósito de la firma y con su perspectiva macro para coordinar las acciones.

Representación de la estrategia en la firma. Autor: Artur Marion Ceolin.

En resumen, la estrategia consiste en el arreglo activo de juicios empresariales que, de forma dinámica y eficiente, permiten alcanzar los objetivos de la empresa. De este modo, la formulación y definición de una estrategia en la firma están estrechamente vinculadas a la organización de los poderes derivados de la función empresarial.

La integración del conocimiento empresarial también muestra cómo la estrategia organiza el uso del conocimiento por parte de los individuos dentro de una estructura, facilitando a las empresas emplearlo en la producción. De este modo, este mecanismo permite que los actores empleen su conocimiento específico, manteniendo siempre una cohesión orientada al propósito empresarial establecido.

Conclusiones

La función empresarial no se agota con la creación de la firma ni con la explotación inicial de oportunidades de beneficio. Por el contrario, su ejercicio continúa siendo esencial una vez que la firma emerge. La producción capitalista exige algo más que la mera intuición de una posibilidad de ganancia: requiere la coordinación continua de recursos heterogéneos, la división del trabajo y la orientación de múltiples decisiones en contextos de incertidumbre.

La firma, entonces, debe como el arreglo institucional funcional mediante el cual la acción empresarial adquiere continuidad y capacidad de proyección en el tiempo. La firma hace posible que una visión subjetiva sobre los usos futuros de los recursos se convierta en una estructura concreta de coordinación, en la que distintos individuos puedan actuar de manera complementaria. En este sentido, la firma amplía el alcance del empresario más allá de sus límites personales, institucionalizando su capacidad para organizar la producción.

Sobre esta base, la estrategia constituye la forma específica en que la función empresarial se ejerce en la firma. Es por medio de la estrategia que el empresario orienta el uso de los recursos, organiza la división del trabajo, alinea decisiones particulares con un propósito común y coordina el ejercicio del juicio derivado. La estrategia permite, precisamente, que la acción empresarial no se disuelva en la complejidad organizativa, sino que conserve dirección, coherencia y sentido productivo dentro de la firma.

Representación del nuevo modelo de formación de estrategia. Autor: Artur Marion Ceolin.

El argumento desarrollado en este artículo permite reinterpretar la estrategia desde una perspectiva genuinamente empresarial. La estrategia surge como el mecanismo mediante el cual dicha función se materializa, se distribuye y se mantiene activa en la estructura productiva. Desde esta óptica, la estrategia no es externa al emprendimiento ni un complemento posterior a la fundación de la firma, sino la expresión interna de la propia función empresarial en el ámbito organizativo.

Referencias

Bylund, P., & Packard, M. (2022). Subjective value in entrepreneurship. Small Business Economics 58, 1243–1260.

Foss, NJ & Klein, PG. (2012). Organizing Entrepreneurial Judgment: A New Approach to the Firm.

Hayek, FA. (1964). Kinds of Order in Society. New Individualism Review 1 (3).

______. (1973). Law, Legislation, and Liberty Vol. 1 Rules and Orders.

Huerta de Soto, J. (2010). Socialism, Economic Calculation and Entrepreneurship.

______. (2006). Money, Bank Credit, and Economic Cycles.

Lachmann, L. (1947). Complementary and Substitution in the Theory of Capital. Economica 14 (54), 108-119.

______. (1956). Capital and Its Structure.

Marion Ceolin, A. (2025). Strategy as a Judgmental Arrangement to Organize Productive Processes. Academy of Management Proceedings 2025.

Mises, L. (1998). Human Action – Scholars Edition.

Rothbard, M. (2004). Man, Economy, and State with Power and Market.

Salerno, J. (2008). The Entrepreneur: Real and Imagine. Quarterly Journal of Austrian Economics 11, 188-207.

Martín de Azpilcueta: el dinero, el tiempo y el precio justo

Azpilcueta en la llamada Escuela de Salamanca

Martín de Azpilcueta (1491–1586), conocido como el Doctor Navarro, ocupa un lugar central en lo que convencionalmente denominamos Escuela de Salamanca. Formado en derecho canónico y teología moral, desarrolló su actividad intelectual entre las universidades de Alcalá, Salamanca y Coimbra, y ejerció además una notable influencia práctica como consejero jurídico y moral en cuestiones de gran relevancia política y económica.

Desde la perspectiva económica, Azpilcueta no fue un economista en sentido moderno, ni pretendió construir una teoría económica autónoma. Sin embargo, sus reflexiones sobre el dinero, el precio, el interés y el comercio anticiparon con notable claridad conceptos que hoy consideramos fundamentales en el análisis económico. Su aportación resulta especialmente relevante porque introduce un enfoque dinámico y realista del valor, alejándose de concepciones puramente normativas o estáticas.

Martín de Azpilcueta, el Doctor Navarro, paseando enfrente del Castello Sant’Angello en sus últimos días en Roma.

Como ocurre con otros autores de la segunda escolástica, Azpilcueta no formó parte de una escuela económica formal. No obstante, su obra constituye una pieza esencial del entramado intelectual que permitió el tránsito desde la reflexión moral medieval hacia una comprensión más moderna de los fenómenos económicos.

Si Francisco de Vitoria estableció los fundamentos filosófico-jurídicos de la Escuela de Salamanca y Domingo de Soto los aplicó a los problemas sociales concretos, Martín de Azpilcueta dio un paso más al analizar con precisión el funcionamiento del dinero, el precio y el crédito en una economía en transformación.

Contexto histórico e intelectual

Azpilcueta vivió en un momento de profundas transformaciones económicas. El siglo XVI fue testigo de la expansión del comercio internacional, del auge de las ferias europeas, del desarrollo del crédito y, de manera decisiva, de la llegada masiva de metales preciosos procedentes de América. Estos cambios alteraron de forma radical las relaciones económicas tradicionales y plantearon problemas inéditos para la teología moral y el derecho.

El marco intelectual en el que se mueve Azpilcueta es el de la segunda escolástica, caracterizada por la recuperación del aristotelismo tomista y su aplicación a los nuevos problemas sociales y económicos. Frente a una visión puramente especulativa, estos autores se esfuerzan por analizar la realidad tal como se presenta, incorporando la experiencia histórica y la observación empírica.

Azpilcueta destaca dentro de este contexto por su atención al funcionamiento efectivo de los mercados y por su voluntad de explicar fenómenos económicos complejos sin recurrir exclusivamente a argumentos de autoridad.

Economía, moral y análisis de la realidad

Uno de los rasgos distintivos del pensamiento de Azpilcueta es su forma de integrar la reflexión moral con el análisis económico. Para él, la economía no puede separarse de la ética, pero ello no implica ignorar las leyes propias del intercambio, del dinero o del mercado.

Su aproximación parte de una constatación fundamental: las acciones económicas responden a incentivos, expectativas y condiciones concretas. Por tanto, el juicio moral debe tener en cuenta cómo funcionan realmente los procesos económicos, y no solo cómo deberían funcionar en abstracto.

Este enfoque le permite abordar cuestiones como el precio justo, el valor del dinero o el interés de forma mucho más sofisticada que la tradición medieval anterior. En lugar de imponer precios o valores desde criterios externos, Azpilcueta presta atención a la escasez, la abundancia, el riesgo y la utilidad percibida por los agentes económicos.

El dinero y la teoría cuantitativa: una aportación decisiva

La contribución más conocida de Azpilcueta al pensamiento económico se encuentra en su Comentario resolutorio de cambios (1556), donde analiza el funcionamiento del dinero y los tipos de cambio en el contexto de la expansión comercial europea.

Azpilcueta observa que el dinero no tiene el mismo valor en todos los lugares ni en todos los momentos. Allí donde el dinero es abundante, su valor disminuye, y los precios de los bienes tienden a subir. Por el contrario, en los lugares donde el dinero es escaso, su valor aumenta y los precios son más bajos. Esta constatación empírica le lleva a formular lo que hoy podemos interpretar como una formulación temprana —aunque no sistemática— de la relación entre la cantidad de dinero en circulación y el nivel general de precios.

Su análisis resulta particularmente innovador porque vincula explícitamente la inflación europea del siglo XVI con la llegada masiva de oro y plata desde América. Azpilcueta no se limita a describir el fenómeno, sino que ofrece una explicación causal que conecta la cantidad de dinero en circulación con el nivel general de precios.

Además, introduce una dimensión comparativa al señalar que el valor del dinero depende también del lugar. El mismo dinero puede tener distinto poder adquisitivo en España, Francia o Italia, en función de su abundancia relativa y de las condiciones económicas locales.

Este análisis del dinero tiene implicaciones directas sobre su concepción del precio, que no puede entenderse al margen de las condiciones monetarias y del contexto del intercambio.

El precio justo y el papel del mercado

En continuidad con su análisis del dinero, Azpilcueta desarrolla una concepción del precio justo que se aparta de enfoques rígidos o autoritarios. Para él, el precio justo no es un número fijo determinado por la autoridad ni por el coste de producción, sino aquel que resulta del intercambio libre en el mercado bajo condiciones normales, reflejando la estimación común de los participantes.

El mercado, entendido como el conjunto de intercambios voluntarios entre compradores y vendedores, se convierte así en el principal mecanismo de determinación del precio. Factores como la escasez, la abundancia, la urgencia de la necesidad o el riesgo asumido influyen legítimamente en el precio sin que ello implique injusticia.

Esta visión supone un avance notable respecto a concepciones anteriores, ya que reconoce implícitamente el papel de la oferta y la demanda. El precio justo emerge de la interacción social y no de un cálculo abstracto impuesto desde fuera.

Interés, tiempo y legitimidad del crédito

Otra aportación clave de Azpilcueta se encuentra en su tratamiento del interés. Frente a la condena genérica de la usura heredada de la tradición medieval, introduce una distinción fundamental entre el préstamo estéril y las operaciones financieras ligadas al comercio y al riesgo.

Azpilcueta reconoce que el tiempo tiene valor económico. Prestar dinero implica renunciar a su uso durante un periodo determinado, asumir riesgos y perder oportunidades alternativas. Por ello, en determinadas circunstancias, el cobro de un interés puede ser moralmente legítimo, especialmente cuando compensa riesgos, costes u oportunidades perdidas.

Este reconocimiento del valor del tiempo y del riesgo anticipa elementos esenciales de la teoría moderna del capital y del crédito. Sin abandonar el marco moral cristiano, Azpilcueta contribuye a normalizar el uso del crédito en una economía cada vez más compleja y comercial.

Azpilcueta y el pilar filosófico-jurídico de la Escuela de Salamanca

Desde una perspectiva más amplia, el pensamiento de Azpilcueta se inserta en el pilar filosófico-jurídico de la Escuela de Salamanca. Sus reflexiones sobre el dinero, el precio y el contrato se apoyan en una concepción del derecho natural que reconoce la racionalidad de los individuos y la legitimidad de sus acuerdos voluntarios.

El respeto a la propiedad privada, la validez moral de los contratos libremente pactados y la centralidad de la conciencia individual son elementos constantes en su obra. Esta base jurídica y moral permite comprender por qué sus análisis económicos no derivan en un relativismo ético, sino en una defensa de un orden económico fundado en la libertad responsable.

Conclusión. La modernidad económica de Azpilcueta

Martín de Azpilcueta representa uno de los pasos más firmes hacia una comprensión moderna de la economía dentro de la tradición escolástica. Su análisis del dinero, su concepción del precio justo y su tratamiento del interés muestran una notable sensibilidad hacia los mecanismos reales del mercado.

Sin formular una teoría económica sistemática, sentó bases conceptuales que serían desarrolladas siglos después por la economía clásica. Su obra demuestra que la reflexión económica moderna no surge en ruptura total con la tradición moral, sino también como una evolución interna de la misma.

Por ello, Azpilcueta ocupa un lugar central en la historia del pensamiento económico y confirma la relevancia de la Escuela de Salamanca como antecedente intelectual de la economía moderna. Con Azpilcueta se completa así el recorrido iniciado por Vitoria y desarrollado por Soto, mostrando cómo una misma tradición intelectual es capaz de abarcar desde los principios del derecho natural hasta el análisis concreto de los fenómenos económicos más complejos.

Domingo de Soto y la economía moral de la Escuela de Salamanca

Justicia, pobreza y límites de la regulación

Introducción: de los principios a los problemas sociales

Si Francisco de Vitoria estableció los fundamentos filosóficos y jurídicos de la Escuela de Salamanca, Domingo de Soto fue quien los llevó con mayor decisión al terreno de los problemas sociales concretos. En su obra, las grandes ideas sobre derecho natural, dignidad humana y límites del poder se traducen en reflexiones sobre la pobreza, el salario, la asistencia a los necesitados y la legitimidad de la intervención pública.

Este artículo continúa la serie dedicada a la Escuela de Salamanca desde una perspectiva económica. No se trata de presentar a Domingo de Soto como un economista en sentido moderno, sino como un pensador que analizó racionalmente los efectos sociales de las normas, las políticas y las decisiones individuales. En un tiempo de profundas transformaciones económicas, Soto se preguntó qué exige la justicia cuando la buena intención del gobernante choca con la libertad de las personas y con el funcionamiento real de la sociedad.

Domingo de Soto representado por IA enfrente de la escalera del convento de San Esteban que se financió con sus publicaciones.

La Escuela de Salamanca y la economía moral de la acción humana

Como ya se ha señalado en el artículo dedicado a Vitoria, la Escuela de Salamanca no constituye una escuela económica en sentido estricto. Sin embargo, sus autores desarrollaron una reflexión coherente sobre el orden social a partir del derecho natural y de la teología moral. Joseph Schumpeter reconoció en ellos a pioneros del análisis económico moderno, precisamente porque supieron estudiar fenómenos como el valor, el intercambio o el dinero sin reducirlos a decisiones arbitrarias del poder.

Domingo de Soto encarna de forma ejemplar esta aproximación. Su obra no busca diseñar políticas públicas ni imponer esquemas ideales, sino evaluar moralmente las instituciones existentes y las prácticas sociales reales. La economía aparece así como un ámbito donde la justicia no puede imponerse por decreto sin generar efectos perversos. Esta sensibilidad hacia las consecuencias no intencionadas distingue a Soto dentro de la tradición salmantina.

Domingo de Soto: formación, Salamanca y experiencia institucional

Domingo de Soto nació en Segovia en 1494 y se formó inicialmente en la Universidad de Alcalá antes de completar sus estudios en París, donde entró en contacto con el tomismo renovado que también influyó decisivamente en Vitoria. Ingresó en la orden dominica y, a su regreso a España, se integró en la Universidad de Salamanca, donde fue discípulo directo de Vitoria y posteriormente catedrático de Teología.

A diferencia de otros escolásticos, Soto no fue solo un académico. Participó activamente en la vida institucional de su tiempo. Fue teólogo en el Concilio de Trento y confesor del emperador Carlos V. Esta experiencia práctica marcó profundamente su pensamiento. Soto conocía de primera mano las tensiones entre los ideales morales y la acción política, entre la caridad cristiana y la tentación del paternalismo estatal.

Su obra más influyente, De iustitia et iure, refleja esta preocupación constante por aplicar los principios del derecho natural a situaciones concretas, evitando tanto el rigorismo abstracto como la complacencia con el poder.

Economía, salario y pobreza: una mirada realista

Uno de los aspectos más originales del pensamiento de Domingo de Soto es su análisis de la pobreza y de las políticas de asistencia. Estas cuestiones aparecen desarrolladas principalmente en su obra De iustitia et iure, donde aborda con detalle los problemas del salario, la mendicidad y la regulación desde la perspectiva del derecho natural. En un contexto de crecimiento urbano y aumento de la pobreza visible, Soto se preguntó cuál era el papel legítimo de la autoridad pública frente a los necesitados.

Soto defendió la obligación moral de ayudar al necesitado, pero fue prudente respecto al uso de la coacción. Aunque reconoce que la autoridad puede desempeñar un papel en la asistencia, insiste en que la caridad, para ser plenamente virtuosa, debe conservar un componente de libertad. Cuando el auxilio se convierte en imposición generalizada, corre el riesgo de debilitar los incentivos al trabajo y de generar dependencia. Esta preocupación por los efectos sociales de las buenas intenciones anticipa una lógica que hoy identificaríamos como el análisis de las consecuencias no intencionadas de la acción pública.

En relación con el salario, Soto sostuvo que su justicia no depende exclusivamente de una valoración moral abstracta, sino de las condiciones en las que se desarrolla el intercambio. El salario justo tiende a identificarse con el que resulta del acuerdo libre entre empleador y trabajador, siempre que no exista engaño ni coacción y que las condiciones del mercado no estén distorsionadas. La intervención sistemática de la autoridad para fijar salarios, aunque bienintencionada, puede alterar ese equilibrio y perjudicar precisamente a quienes pretende proteger.

Soto muestra aquí una comprensión notable del funcionamiento del orden económico. Reconoce que los precios y los salarios transmiten información sobre la escasez, la productividad y las preferencias, y que su manipulación arbitraria puede producir efectos indeseados como desempleo, informalidad o pobreza estructural. Sin formularlo en términos modernos, su análisis apunta a la complejidad del orden social y a los límites del diseño político en materia económica.

Pilar filosófico-jurídico: justicia, ley y límites de la regulación

Derecho natural y justicia distributiva

Como buen tomista, Domingo de Soto distingue cuidadosamente entre distintos tipos de justicia. La justicia conmutativa regula los intercambios entre particulares, mientras que la justicia distributiva se refiere al reparto de cargas y beneficios por parte de la comunidad política. Esta distinción es clave para su análisis económico.

Soto insiste en que la justicia distributiva no autoriza al gobernante a intervenir sin límites en la vida económica. El hecho de que el poder busque el bien común no legitima cualquier medio. La ley positiva debe respetar siempre el derecho natural y la libertad de las personas.

Ley, coacción y consecuencias no intencionadas

Uno de los aportes más relevantes de Soto es su sensibilidad hacia las consecuencias no previstas de la regulación. En sus análisis de las leyes contra la mendicidad o de las normas laborales, advierte que una legislación excesivamente rígida puede agravar los problemas que pretende resolver.

La coacción, incluso cuando persigue fines justos, puede desordenar la vida social si ignora la complejidad de las relaciones humanas. Esta idea conecta directamente con la visión salmantina del orden social como resultado de acciones libres coordinadas por normas generales, no como producto de un diseño centralizado.

Continuidad y diferencia con Vitoria

Si Vitoria puso el acento en los límites morales del poder en el plano internacional y político, Soto lo hizo en el ámbito social y económico. Ambos comparten la convicción de que la autoridad está sometida a la ley moral, pero Soto desciende un escalón más y examina cómo esa autoridad actúa sobre salarios, pobreza y regulación cotidiana.

Conclusión: Domingo de Soto y la prudencia institucional

Domingo de Soto representa una de las cumbres de la Escuela de Salamanca precisamente por su realismo. No idealiza ni al mercado ni al Estado. Reconoce la necesidad de la autoridad y la obligación moral de ayudar a los necesitados, pero advierte contra la tentación de sustituir la responsabilidad personal por la coacción legal.

Su pensamiento ofrece una lección que sigue siendo actual. Las políticas bienintencionadas no están exentas de costes, y la justicia no puede alcanzarse ignorando el funcionamiento del orden social. Al insistir en la libertad, en la prudencia y en los límites de la regulación, Soto contribuyó decisivamente a una tradición intelectual que entendió la economía como un fenómeno moral, pero no como un arte de ingeniería social.

En el próximo artículo de esta serie abordaremos la figura de Martín de Azpilcueta, el Doctor Navarro, cuyas reflexiones sobre el dinero y la inflación completan el tríptico fundamental de la Escuela de Salamanca desde la economía.

Lección de economía: la bicicleta y enfoque gasto.

Por Clemente Zamora

*Este breve artículo fue escrito al culminar un ciclo académico. Lima, 2024.

Básicamente en todo nuestro accionar, día a día, estamos aplicando economía. Todos. Y no sólo es exclusivo para aquellos que la estudian académicamente o la aplican profesionalmente.

Y aquí les cuento mi historia…

Un día tomé mi bicicleta para ir a clases. Me vino esa idea y lo decidí de la nada: midiendo imperfectamente los riesgos, el tiempo, la distancia, los baches, la cultura vehicular que reina en nuestro Perú; y con todo, armé mi mochila, puse en ella la ropa propia para el dictado de clases, adelanté el despertador unos minutos, me puse un buzo, los mitones, lentes para la garúa, desempolvé la bici y emprendí la marcha.

Salió todo muy bien. Nunca hice una tardanza. Llegaba temprano a la universidad, aseguraba la bici, me cambiaba de ropa, y aún tenía 15 minutos de holgura para empezar la clase. Con el paso de las semanas me sentía mejor, más saludable, con mejor ánimo, con más energía, perdí peso. Dormía mejor, entendía las cosas que leía con mayor rapidez, me sentía cada vez más fuerte.

Y aquí viene la lección. Mi calidad de vida subió rápidamente. Incrementé mis niveles de bienestar. Esto es economía me dije. Estoy haciendo economía: me siento mejor, estoy mejor. Sin embargo, este salto sustancial de satisfacción no vino acompañado de ningún gasto adicional, más que el darle mantenimiento a la bici, o reparar un pinchazo en la llanta delantera.

Mi satisfacción no podría ser medida cuantitativamente, no había registro del nivel de utilidad que me estaba reportando mi nueva rutina. Es más, ya no renové la membresía del gimnasio, dejé de comprar gasolina para el carro, reduje mi consumo de luz para cargar la moto eléctrica. Y eso no es todo, a la vez que mi salud mejora, se reduce la probabilidad de que adquiera medicinas (en este invierno no he cogido ningún resfriado) y servicios médicos, me alejo de una condición de obesidad, y mejoro mi sistema cardiovascular.

Mi acción, mi rutina, esta que ha incrementado mi calidad de vida, genera por contra un menor consumo de productos que hubiera adquirido de no haberla tomado, un lunes por la noche, de un día que ya no recuerdo. Paradójicamente, aún se tiene como doctrina económica, no el bienestar de los seres humanos, sino la medición de un montón de números que se acumulan, se agrupan y se suman, así y sin mayor análisis.

Economía es acción humana. En muchos momentos de nuestra vida, caminamos los pasos que nos marca Ludwig von Mises, es casi como si nos mirase.

Economía es acción humana, actuamos buscando bienestar, y las valoraciones nos las hacemos cada uno. La información que vamos creando son infinitas: cada uno de nosotros somos un universo de información. No pretendamos alcanzar un conocimiento que nos es imposible por naturaleza. Jugar a ser dioses trae consecuencias desastrosas. Vivamos con humildad, reconociendo que cada ser humano es único e irrepetible, y pretender amoldarlos en nuestro modelo sólo demuestra una fatal arrogancia.

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Francisco de Vitoria y los orígenes de la Escuela de Salamanca

Economía, derecho natural y límites del poder

Introducción: mirar la Escuela de Salamanca desde la economía

Cuando se menciona la Escuela de Salamanca, lo habitual es pensar en teología moral, en disputas escolásticas o en el debate sobre la conquista de América. Sin embargo, bajo ese marco doctrinal se desarrolló también una reflexión sorprendentemente moderna sobre la economía, el orden social y los límites del poder político. Esta serie de artículos se propone abordar a los autores salmantinos desde esa perspectiva, no como economistas en el sentido contemporáneo del término, sino como pensadores que analizaron racionalmente la acción humana en ámbitos como el intercambio, el valor, la propiedad, el dinero o la autoridad.

Antes de Adam Smith, antes de la Ilustración y antes de la economía como disciplina autónoma, estos autores ya se enfrentaban a problemas que hoy consideraríamos centrales. Qué hace justo un precio. Cuándo es legítimo el poder. Existen derechos previos al Estado. Puede la autoridad alterar impunemente el orden social. Francisco de Vitoria ocupa un lugar fundacional en este proceso. No tanto por sus aportaciones económicas directas, que existen, como por haber establecido el marco filosófico y jurídico que hizo posible esa reflexión.

¿Existió una Escuela de Salamanca de economía? Una etiqueta útil

La expresión Escuela de Salamanca aplicada a la economía plantea, desde el inicio, un problema conceptual. Joseph Schumpeter, en su Historia del análisis económico de 1954, reconoció sin ambages la notable coherencia intelectual de los escolásticos españoles del siglo XVI y los señaló como auténticos pioneros del pensamiento económico moderno. Destacó, en particular, su contribución a una doctrina del derecho natural que, sin abandonar el marco cristiano, permitió una reflexión racional y sistemática sobre cuestiones como el valor, la propiedad, el contrato, el dinero o el poder político.

Ahora bien, el propio Schumpeter introdujo una advertencia fundamental. Para él, estos autores no constituyen una escuela económica en sentido estricto. No cumplen algunos de los criterios que solemos exigir a una escuela de pensamiento. No existe un maestro económico con discípulos claramente identificables en esa materia. No hay un sistema económico cerrado y formalizado. Tampoco órganos específicos de difusión comparables a los que aparecerán más tarde con la economía política clásica.

Esta objeción es importante y conviene asumirla sin complejos. Los autores de Salamanca no escribían tratados de economía ni pretendían fundar una nueva disciplina. Su punto de partida era la teología moral y el derecho natural, y desde ahí analizaban problemas muy concretos de la vida social. El comercio, la moneda, la usura, los salarios, la pobreza, la conquista, la autoridad política. Hacían economía, aunque no la llamaran así, porque reflexionaban sobre las consecuencias de la acción humana en contextos de libertad, escasez y conflicto.

Pese a ello, la historiografía ha terminado aceptando el término Escuela de Salamanca como una etiqueta útil. Ya en el siglo XX, autores como José Larraz en 1946 (en el discurso de recepción como académico de Ciencias Morales y Políticas) y Marjorie Grice Hutchinson en 1952 (en su libro “La escuela de Salamanca”) consolidaron esta denominación como una suerte de marca intelectual que permite agrupar, de forma sintética, las notables contribuciones de estos pensadores. También se han propuesto otras expresiones, como segunda escolástica o escuela ibérica de la paz, pero Escuela de Salamanca ha prevalecido por su claridad y poder evocador.

Aceptada en este sentido amplio, la expresión no designa una doctrina económica homogénea, sino un clima intelectual compartido. El uso de la razón para analizar el orden social, la afirmación de límites morales al poder y la convicción de que existen normas de justicia anteriores a cualquier decisión política. Francisco de Vitoria fue quien estableció ese marco.

Francisco de Vitoria: formación, método y llegada a Salamanca (1526)

Francisco de Vitoria se formó en la Universidad de París, uno de los grandes centros intelectuales de la Europa del momento. De allí trajo a España una renovada lectura de Santo Tomás de Aquino, basada en la confianza en la razón natural y en la posibilidad de comprender racionalmente el orden moral. Frente a corrientes más voluntaristas o decisionistas, Vitoria defendió que la ley no es un puro mandato de la autoridad, sino una ordenación racional orientada al bien común.

En 1526, hace ahora 500 años, llegó a la Universidad de Salamanca para ocupar la cátedra de Prima de Teología. Ese momento, del que ahora se cumple el quinto centenario, marcó el inicio de una etapa decisiva. Desde Salamanca, Vitoria formó a toda una generación de discípulos y convirtió la teología moral en una herramienta para analizar los grandes problemas políticos, jurídicos y sociales de su tiempo. Su método no era abstracto ni especulativo. Partía de la realidad, de los conflictos concretos, y los sometía a un examen racional riguroso.

Francisco de Vitoria por Daniel Vázquez Diaz, 1957. Objeto nº 1960.4.1. Smithsonian American Art Museum

Economía antes del Estado: mercado, precio justo y orden social

Aunque Francisco de Vitoria no escribió tratados económicos en sentido estricto, sus reflexiones sobre el comercio, los intercambios y el precio ocupan un lugar relevante dentro de su obra teológica, en particular en sus Lecciones universitarias, es decir, en sus comentarios a la Suma Teológica de Tomás de Aquino (II-II, cuestiones 77 y 78), que han sido reconstruidos a partir de apuntes de alumnos. Como en otros ámbitos de su pensamiento, Vitoria no parte de construcciones abstractas, sino de problemas reales que surgen en una sociedad en rápida transformación. La expansión del comercio, la circulación monetaria, el contacto entre pueblos y el crecimiento de los intercambios voluntarios.

En este contexto, Vitoria aborda la cuestión del precio justo, un tema central para la escolástica. Frente a la tentación de identificarlo con un valor objetivo fijado por la autoridad o determinado por criterios morales externos al mercado, sostiene que el precio justo es aquel que surge de la libre concurrencia entre compradores y vendedores. Siempre que no exista fraude, engaño o coacción, el precio acordado en el intercambio refleja una estimación razonable del valor del bien en ese contexto concreto.

Esta idea aparece formulada en sus Lecciones sobre la justicia y el intercambio, donde Vitoria insiste en que el valor no es una cualidad intrínseca de las cosas, sino que depende de la utilidad que los hombres les atribuyen y de las circunstancias del intercambio. De este modo, sin abandonar el marco moral cristiano, introduce una intuición clave para la economía moderna. El valor es necesariamente relacional y contextual.

Vitoria reconoce, además, que el mercado incorpora información dispersa que ninguna autoridad puede concentrar plenamente. El precio que emerge del intercambio libre sintetiza conocimientos, necesidades y expectativas de múltiples agentes, algo que escapa al control del legislador. Por ello, la intervención arbitraria en los precios no solo resulta injusta desde el punto de vista moral, sino también ineficaz desde el punto de vista social.

Estas reflexiones permiten entender por qué la Escuela de Salamanca será posteriormente identificada como un antecedente de la teoría subjetiva del valor y del concepto de orden espontáneo. En Vitoria, el orden económico no es un producto del diseño político, sino el resultado no intencionado de acciones humanas libres, encauzadas por normas morales generales como el respeto al contrato y a la propiedad.

Este enfoque resulta especialmente significativo porque se formula antes de la aparición del Estado moderno centralizado. La economía aparece así como un ámbito con lógica propia, anterior y en cierto sentido independiente del poder político. El papel de la autoridad no consiste en crear el orden económico, sino en respetarlo y proteger las condiciones morales que lo hacen posible.

Para finalizar, conviene precisar que estas reflexiones no se encuentran en las conocidas Relecciones, sino en sus Lecciones universitarias (comentarios a la Suma Teológica) que han llegado hasta nosotros a través de apuntes de alumnos, especialmente los de Francisco Trigo.

Pilar filosófico-jurídico: derecho natural y límites del poder

El derecho natural universal

El núcleo del pensamiento de Vitoria es su concepción del derecho natural. Todos los seres humanos, sin distinción de raza, cultura o nación, poseen dignidad y derechos por el mero hecho de ser racionales. El poder político, por tanto, tiene límites morales claros. La ley positiva solo es legítima si respeta la ley natural, y la autoridad no nace de la fuerza, sino del orden racional querido por Dios.

Relecciones de Indis (1539) y el ius gentium

Si en sus Lecciones universitarias desarrolla cuestiones relativas al intercambio, el precio o la justicia en los contratos, estas ideas alcanzan su expresión más conocida en las Relecciones de Indis de 1539. En ellas, Vitoria sostuvo que los indígenas de América no eran bárbaros ni salvajes, sino auténticos sujetos de derecho, con capacidad de propiedad y autogobierno. Rechazó la conquista basada en la superioridad cultural o religiosa y formuló los principios de un ius gentium válido para todos los pueblos.

El debate sobre los indios

El debate entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda simboliza este momento fundacional. Frente a la justificación de la conquista en nombre de la civilización, Las Casas defendió la libertad y la dignidad de los indígenas. La teología moral salmantina se convirtió así en un freno intelectual al poder imperial y en el germen de la reflexión moderna sobre los derechos humanos.

Conclusión: Vitoria, cinco siglos después

Francisco de Vitoria no fue un revolucionario ni un ideólogo moderno. Fue algo más profundo. Un pensador que afirmó, con una claridad inusual para su tiempo, que el poder debe someterse a la razón y a la justicia. Al establecer un marco de derecho natural universal, hizo posible una reflexión económica, jurídica y política basada en la libertad humana.

Cinco siglos después de su llegada a Salamanca, su legado sigue siendo incómodo y actual. En un mundo donde el poder tiende a expandirse y a redefinir los derechos por decreto, Vitoria recuerda que la dignidad humana no la concede el Estado y que el orden social no puede construirse al margen de la razón moral. En los próximos artículos de esta serie veremos cómo sus discípulos, Domingo de Soto y Martín de Azpilcueta, desarrollaron estas intuiciones en los ámbitos de la justicia social, la pobreza, el dinero y la inflación.

La marea está cambiando: el capítulo 10 de Libertad de elegir

Tal fecha como hoy, 16 de noviembre, pero de 2006 fallecía el Premio Nobel de Economía Milton Friedman. Con motivo de esta fecha, retomamos su obra más conocida, Libertad de Elegir, que hemos ido desmenuzando en este blog en los últimos años. En ella, el capítulo 10 titulado “The Tide Is Turning” (La marea está cambiando) cierra la obra con una nota de esperanza y advertencia. Friedman y su esposa Rose sostienen que después de décadas de políticas de expansión estatal y planificación, estaba emergiendo una reacción intelectual y política hacia la libertad económica. No se trata de un triunfo total, sino de una posibilidad: una fiebre de insatisfacción con el “gran gobierno” que podría abrir espacio para reformas de mercado.

Las ideas centrales del capítulo

  1. La reacción contra la expansión estatal

Friedman observa que cuando los gobiernos no logran los resultados prometidos —cuando los controles no alivian los problemas, los programas sociales no funcionan eficientemente, la burocracia crece— el descontento público crece. Esa reacción puede traducirse electoralmente.

  1. Los intereses concentrados versus los difusos

Uno de los temas recurrentes es que los beneficiarios de programas estatales son grupos organizados (intereses concentrados) que presionan por mantener el statu quo, mientras que los perjudicados están dispersos y no actúan colectivamente. Esto hace que muchas políticas intervencionistas persistan más allá de su utilidad económica.

  1. No basta con crítica, hacen falta institucionales reformas

Friedman no sólo insta a cambiar opiniones, sino a proponer reformas concretas: limitar el poder del Estado mediante constituciones, redefinir derechos económicos, desmantelar controles de precios y salarios, liberar mercados básicos.

  1. Advertencia: no es automático ni irreversible

La “marea” puede revertirse. Las fuerzas del estatismo pueden recuperarse si los ciudadanos no consolidan las reformas. Lo que cambia lentamente puede revertirse rápidamente.


Friedman y su momento histórico: Reagan, Thatcher y más allá

Cuando Friedman escribió Free to Choose en 1980, ya estaba sintiendo ese cambio en el aire. En Estados Unidos, la crisis de los años setenta —alta inflación, estancamiento, intervencionismo creciente— había ido socavando la confianza en el Estado como solución. En Gran Bretaña, el Partido Laborista había estado en el poder con políticas intervencionistas durante décadas; Margaret Thatcher emergió (1979) con un programa de liberalización que resonaba con muchas de las ideas de Friedman.

La influencia de Friedman en esas políticas es reconocida: sus ideas fortalecieron la corriente monetarista que sostenía que el control del dinero era esencial, y su crítica al exceso del Estado acompañó la ola ideológica que Thatcher y Reagan utilizaron para justificar recortes, privatizaciones y liberalizaciones.

No obstante, esas reformas no fueron puras traducciones de Friedman: tuvieron matices políticos y pragmáticos. Por ejemplo, en Estados Unidos, Reagan no eliminó totalmente programas sociales, sino que buscó ajustar y contener. En el Reino Unido, Thatcher enfrentó resistencia de sindicatos fuertes y tuvo que jugar políticamente con concesiones parciales. Pero esas políticas sí marcaron un viraje claro: ya no era políticamente imposible proponer reformas de mercado como tema legítimo.


Estonia, Mart Laar y el experimento liberal post-soviético

Una de las historias más inspiradoras de “marea liberal” está en Europa del Este, y especialmente en Estonia bajo Mart Laar. Laar, primer ministro estonio en los años noventa justo tras la independencia de la URSS, comentó que el único libro de economía que había leído fue Free to Choose de Friedman.

Durante su primer gobierno (1992-94), Laar impulsó reformas radicales: privatización rápida, liberalización comercial, eliminación de subsidios, establecimiento de un impuesto plano, estabilización monetaria, eliminación de controles de precios.

Los resultados fueron notables: alta inflación inicial, sí, pero seguida de crecimiento sostenido, atracción de inversión extranjera, transformación tecnológica y gradual convergencia con Occidente. Estonia pasó de ser parte del bloque soviético a uno de los países más dinámicos de Europa.

Este caso ilustra algo que Friedman plantea: el cambio liberal no tiene que esperar a condiciones ideales, sino que puede iniciarse incluso en contextos adversos si hay voluntad política y respaldo intelectual.


Schwarzenegger, Friedman y la práctica política liberal

Arnold Schwarzenegger, en su autobiografía Total Recall, relata que admiraba a Milton Friedman y su visión de la libertad.

El gobernadorSchwarzenegger recibiendo a Milton Friedman.

Como gobernador de California (2003–2011), Schwarzenegger impulsó recortes administrativos, cierta liberalización regulatoria estatal, y buscó proyectar una imagen de “gobierno eficiente”. Aunque el contexto estatal en EE. UU. limita lo que un gobernador puede hacer frente al gobierno federal y al presupuesto, su interés por soluciones de mercado y su referencia a Friedman sirvieron como símbolo de que un político puede llevar ideas liberales al terreno práctico con visibilidad mediática.

Esta combinación de celebridad, visibilidad política y discurso liberal refuerza la potencia simbólica del liberalismo: si alguien que viene del cine puede invocar a Friedman como referente, eso derriba el estigma de que liberalismo es solo para académicos.


Friedman y Milei: herencia intelectual y política

Finalmente, al proyectar el pensamiento de Friedman hacia figuras como Javier Milei, encontramos un puente interesante entre las décadas de Friedman y las realidades latinoamericanas contemporáneas.

Milei cita frecuentemente la frase de Friedman:

“La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario”

Pero añade con su matiz fiscal: responsabiliza directamente al gasto estatal descontrolado. Esa síntesis no es idéntica a Friedman (quien era más prudente al apuntar reformas graduales), pero sí es un reconocimiento público del núcleo monetarista y liberal clásico.

Más aún: Milei encarna ese tipo de “vanguardia política” que Friedman aspiraba en The Tide Is Turning. Friedman pensaba que un cambio de opinión pública podía permitir que políticos audaces sostuvieran reformas liberales. Milei representa ese tipo audaz en un país con inflación crónica, deudas persistentes y Estado grande. Si logra consolidar sus reformas sin revertirlas, habrá hecho realidad la “marea liberal” que Friedman vislumbraba.

Sin embargo, debe evitar la trampa que Friedman advertía: que la marea liberal se revierta si no se construyen instituciones sólidas y límites constitucionales al Estado. Milei —y cualquier reformador liberal— necesita no solo ideas y entusiasmo, sino también esta arquitectura institucional para hacer que la marea que hoy sube no retroceda mañana.

Ciencia Explicada: Winter is coming II – El espejismo del Estado emprendedor: cómo la intervención política erosiona nuestra libertad

En los artículos Ciencia Explicada incluimos resúmenes de los artículos científicos publicados por los miembros del Grupo de Innovación Educativa Economía para Ingenieros /oikonomos/. En este artículo se resumen las contribuciones del artículo:

Morales-Alonso, G. (2024). Winter is Coming: A Tale of Two Futures – Entrepreneurial State
or Creative Destruction? Innovation Economics Frontiers, 27(2), 86-97.
doi.org/10.36923/ief.v2712.256

Este es el segundo apartado de la serie, el primero se ha publicado aquí.

Desde el shock de Nixon en 1971, cuando se abandonó la convertibilidad del dólar en oro, el mundo ha entrado en una era de inflación constante y creciente intervencionismo estatal. Tras analizar en la primera parte de este ensayo las causas monetarias de la crisis que se avecina, en esta segunda entrega exploramos las consecuencias de un Estado que ha asumido un protagonismo económico desmedido, debilitando la responsabilidad fiscal y socavando las libertades individuales.

La irresponsabilidad fiscal: una tragedia de los comunes

El endeudamiento público ha alcanzado niveles históricos. En 2007, la deuda del gobierno federal de Estados Unidos representaba el 62,2% del PIB. En 2024, esta cifra ha ascendido al 122,3%. Este aumento se vio amortiguado por un largo periodo de tipos de interés muy bajos, que llegó a su fin en 2022 con la subida de los tipos por parte de la Reserva Federal, marcando un punto de inflexión tras la crisis financiera de 2008 y la pandemia de COVID-19.

En este contexto de dinero barato, endeudarse no solo era posible, sino prácticamente inevitable. Incluso grandes corporaciones como Coca-Cola o PepsiCo multiplicaron su deuda por más de siete entre 2005 y 2020, ante la presión de competir en un mercado impulsado por el crédito fácil. Este comportamiento, generalizado y racional desde el punto de vista individual, se convierte en una tragedia colectiva. Así como en la “tragedia de los comunes” descrita por Garrett Hardin, cada actor busca su beneficio inmediato sobreexplotando un recurso compartido (en este caso, la capacidad de endeudamiento), hasta agotar su sostenibilidad.

El caso del euro, analizado por Philipp Bagus en La tragedia del euro, muestra cómo esta lógica también opera a nivel supranacional. Los países que comparten moneda tienen incentivos a gastar más y endeudarse, confiando en que otros pagarán la cuenta. Pero esta fuga hacia adelante también tiene límites: los rescates, la pérdida de confianza en la moneda y la aparición de tensiones sociales y políticas son algunas de sus consecuencias.

Durante la pandemia, algunos defendieron incluso la cancelación de la deuda emitida por los bancos centrales para afrontar la crisis sanitaria. Aunque el BCE rechazó esta posibilidad, el solo hecho de que se propusiera revela hasta qué punto se ha normalizado la idea de que el endeudamiento público no tiene consecuencias reales. El resultado ha sido un sistema en el que los ciudadanos disfrutan de niveles de vida financiados con deuda futura, es decir, con los impuestos de sus hijos y nietos.

El Estado salvador: entre la eficiencia burocrática y la servidumbre

El discurso dominante en muchas universidades, organismos internacionales y medios de comunicación sostiene que el Estado debe intervenir para corregir los fallos del mercado, reducir las desigualdades y planificar el futuro. Esta narrativa se ha visto reforzada por obras como El Estado emprendedor de Mariana Mazzucato o El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty. Ambos autores promueven una visión del Estado como actor indispensable para impulsar la innovación y garantizar la justicia social. Frente a ellos, Daniel Lacalle ha acuñado la idea de El Estado depredador.

Sin embargo, esta fe en la intervención estatal ignora una verdad fundamental: el conocimiento está disperso y ningún actor central puede conocer todas las circunstancias de tiempo y lugar necesarias para coordinar la economía de forma eficiente. Como advirtió Friedrich Hayek, confiar en que un grupo de burócratas, por bien intencionados que sean, pueda sustituir al mercado es caer en la “fatal arrogancia“. El Estado, como monopolista coercitivo en la legislación, la justicia o la emisión de dinero, tiende a generar ineficiencias, rigideces y pérdida de libertad.

La pandemia puso a prueba los límites de esta concepción. Las restricciones de derechos, el control centralizado de la información y las decisiones unilaterales de figuras como Anthony Fauci en EE. UU. demostraron que, bajo la excusa de la emergencia, es fácil caer en el pánico colectivo y justificar recortes de libertades fundamentales. Como han advertido autores como Bagus, Delanty o Koehler, este tipo de estatismo anti-libertad socava la base de una sociedad abierta.

Innovación, destrucción creativa y acción humana: el verdadero motor del progreso

Frente al espejismo del Estado emprendedor, la verdadera salida a la crisis reside en los individuos: los emprendedores que, con información contextual y capital propio, detectan oportunidades, innovan y generan empleo. La función empresarial descrita por Mises y desarrollada por autores como Kirzner y Schumpeter, es el motor de la destrucción creativa: un proceso por el cual lo viejo y obsoleto es reemplazado por lo nuevo y más eficiente.

Para que este proceso ocurra, es imprescindible eliminar las trabas que lo frenan. Eso implica liberalizar los mercados laborales, reducir la carga fiscal sobre el capital, y simplificar la regulación que asfixia la actividad económica. Cuando se permite a los emprendedores actuar libremente, se impulsa el crecimiento, la creación de empleo y la adaptación constante a las necesidades cambiantes de los consumidores.

La evidencia empírica respalda esta visión. Estudios como los de Aghion et al. (2013) muestran que la apertura comercial y la libertad económica se asocian con mayor crecimiento, especialmente en países pequeños. Asimismo, investigaciones recientes (Morales-Alonso et al. 2024) han vinculado la libertad económica con una mayor inclinación emprendedora.

Ahora bien, ¿qué relación existe entre desigualdad e innovación? Algunos, como Aghion, ven en la innovación una fuente de desigualdad. Pero esto confunde causa y efecto. Lo que genera desigualdad no es la innovación en sí, sino el sistema de patentes que otorga monopolios temporales, es decir, la intervención estatal. Además, la verdadera brecha entre ricos y pobres no está tanto en los ingresos salariales como en la capacidad de ahorrar, invertir y generar rentas del capital (Schäfer, 1999).

Por tanto, la solución no pasa por limitar el emprendimiento, sino por fomentar una economía donde el acceso al capital no esté condicionado por los privilegios estatales. El individuo libre, no el planificador central, es el protagonista del desarrollo.

Epílogo: volver a los fundamentos

En conclusión, el verdadero peligro no radica en la inestabilidad del mercado, sino en la arrogancia de creer que el Estado puede sustituirlo. La libertad económica, el respeto a la acción humana y la promoción de la destrucción creativa son los pilares de una sociedad próspera. Cederlos en nombre de la seguridad o la equidad no solo empobrece a las futuras generaciones, sino que amenaza las bases mismas de la civilización occidental.

La alternativa al desastre no es más regulación, sino más libertad. Frente al invierno que se avecina, necesitamos una primavera de responsabilidad individual, libertad emprendedora y disciplina fiscal. El reloj corre. Y la historia nos está observando. No es debido a la mala suerte que cada vez vivas peor, sino debido a las malas políticas.

Encontramos muchas de estas ideas en este vídeo de DAX sobre la increíble canción de Oliver Anthony: