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Premio Juan de Mariana 2026: Deirdre McCloskey y la importancia de la ideología

Por Gustavo Morales Alonso

Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid

El Instituto Juan de Mariana ha concedido su Premio a una Trayectoria Ejemplar en Defensa de la Libertad 2026 a la economista e historiadora estadounidense Deirdre McCloskey. Se trata de un reconocimiento especialmente significativo, no solo por la enorme influencia académica de la premiada, sino porque pocas autoras han contribuido tanto como ella a replantear una de las grandes preguntas de la economía: ¿por qué unas sociedades prosperan mientras otras permanecen estancadas?

Cartel del premio. Fuente: Instituto Juan de Mariana.

La ceremonia de entrega estuvo marcada por una idea que apareció una y otra vez en las intervenciones de los distintos participantes: la prosperidad no puede explicarse únicamente por el capital, la tecnología o las instituciones. Detrás del desarrollo económico existe también un componente moral y cultural que determina la capacidad de una sociedad para innovar, comerciar y progresar.

El director del Instituto Juan de Mariana, Manuel Llamas, abrió el acto con un mensaje optimista sobre el estado actual de las ideas de la libertad. A su juicio, el liberalismo vive un momento de renovado interés intelectual y social. Sin embargo, advirtió también de que sus adversarios siguen contando con recursos prácticamente ilimitados, precisamente porque esos recursos proceden de los propios contribuyentes.

A continuación intervino Javier Fernández-Lasquetty, quien presentó a la galardonada destacando uno de los aspectos centrales de su pensamiento: el capitalismo no es únicamente un mecanismo eficiente para producir riqueza. Es, sobre todo, un logro moral basado en la dignidad de las personas y en las virtudes que hacen posible la cooperación voluntaria entre individuos libres.

Javier Fernández-Lasquetty durante su encomio a la premiada.

Ese mismo hilo fue retomado posteriormente por Gabriel Calzada. En su intervención recordó que la explicación del progreso económico no puede reducirse a la acumulación de capital físico. La verdadera diferencia entre unas sociedades y otras reside en los valores que permiten florecer al comercio, al emprendimiento y a la innovación. Calzada ilustró esta idea mediante diversas referencias al Siglo de Oro español, recordando la influencia intelectual de Juan de Mariana incluso en autores aparentemente alejados de la economía, como Lope de Vega, y evocando también la estrecha relación que mantuvo con Francisco de Quevedo. Estas referencias pusieron de manifiesto que las ideas económicas forman parte de un contexto cultural mucho más amplio, donde literatura, filosofía y pensamiento político dialogan constantemente.

Gabriel Calzada durante su encomio a la premiada.

No es casual que ese sea precisamente el eje de la obra de McCloskey.

Durante décadas, buena parte de la economía trató de explicar el desarrollo recurriendo a factores como la acumulación de capital, la inversión, los recursos naturales o las instituciones políticas. McCloskey no niega la importancia de todos ellos. Pero sostiene que ninguno basta para explicar el fenómeno más extraordinario de la historia económica: el Gran Enriquecimiento (The Great Enrichment), el espectacular aumento del nivel de vida experimentado por Occidente desde finales del siglo XVIII.

La premiada durante su discurso de recepción del premio.

Su tesis es que ese cambio solo puede entenderse cuando la sociedad comienza a conceder dignidad y libertad al comerciante, al inventor, al empresario y, en definitiva, a la persona corriente capaz de mejorar su entorno mediante la creatividad y el intercambio voluntario.

  • Las ideas importan.
  • Las palabras importan.
  • El respeto social importa.

Cuando una sociedad deja de despreciar la actividad empresarial y empieza a considerarla honorable, millones de personas encuentran incentivos para innovar. El resultado no es únicamente un aumento de la riqueza, sino una auténtica transformación de las condiciones de vida.

Gabriel Calzada haciendo entrega del premio a Deirdre McCloskey. Fuente: Instituto Juan de Mariana.

Esta tesis distingue a McCloskey incluso de otras corrientes liberales. Frente a quienes consideran que las instituciones son la explicación definitiva del desarrollo, ella insiste en que las instituciones son condición necesaria, pero no suficiente. Antes debe existir un cambio cultural que legitime la libertad económica y la creatividad individual.

La propia McCloskey resumió esta idea durante su intervención final con una frase tan sencilla como provocadora:

“Institutions don’t do it.”

Las instituciones, por sí solas, no lo hacen.

Con ello no pretendía negar su importancia, sino recordar que detrás de cualquier institución siempre existen personas, creencias y valores que la sostienen.

Otro de los momentos más llamativos de su intervención llegó cuando definió el liberalismo como adultism. En su opinión, una sociedad liberal trata a los ciudadanos como adultos responsables, capaces de tomar decisiones por sí mismos y asumir sus consecuencias. Los sistemas paternalistas, por el contrario, consideran a los ciudadanos como menores de edad permanentes que necesitan tutela constante por parte del Estado. Así, el liberalismo se convierte en la única filosofía que trata a las personas como adultos. Todas las demás filosofías, en mayor o en menor grado, nos tratan como niños, al extrapolar la figura de familia tutelada y dirigida por los padres al Estado. Cosa no menor, pues distorsiona la figura de la familia para buscar la validez de que una persona (o un “comité de expertos”) sea la tomadora de decisiones en la sociedad.

McCloskey aprovechó también la ocasión para anunciar la publicación de su próximo libro, prevista para septiembre de 2026 bajo el título Equality of Permission, una nueva reflexión sobre la igualdad entendida como igualdad de libertad para emprender, crear y desarrollar proyectos vitales propios.

Conceder el Premio Juan de Mariana a Deirdre McCloskey supone reconocer una trayectoria intelectual que ha ampliado considerablemente el horizonte de la economía. Su obra recuerda que el crecimiento económico no depende únicamente de modelos matemáticos, indicadores estadísticos o reformas institucionales. También depende de las ideas que una sociedad transmite sobre la dignidad, la libertad y el valor moral de quienes crean, comercian, innovan y emprenden.

Quizá esa sea, precisamente, la principal lección del acto celebrado en Madrid: las sociedades prosperan cuando aprenden a confiar en las personas.

No queremos terminar esta entrada sin mencionar que, además del autor del post, se pudo ver por allí al economista peruano Clemente Zamora, y a los Reig (José y Luis), hijos respectivamente de Joaquín y Luis Reig, los traductores originales de Mises y Hayek, respectivamente. Esas traducciones fueron las primeras al castellano de estos autores, y aún hoy son las que están disponibles en Unión Editorial.

De izquierda a derecha: José Reig (hijo de Joaquín, traductor de Mises), Clemente Zamora, Gustavo Morales y Luis Reig (hijo de Luis, traductor de Hayek).

Martín de Azpilcueta: el dinero, el tiempo y el precio justo

Azpilcueta en la llamada Escuela de Salamanca

Martín de Azpilcueta (1491–1586), conocido como el Doctor Navarro, ocupa un lugar central en lo que convencionalmente denominamos Escuela de Salamanca. Formado en derecho canónico y teología moral, desarrolló su actividad intelectual entre las universidades de Alcalá, Salamanca y Coimbra, y ejerció además una notable influencia práctica como consejero jurídico y moral en cuestiones de gran relevancia política y económica.

Desde la perspectiva económica, Azpilcueta no fue un economista en sentido moderno, ni pretendió construir una teoría económica autónoma. Sin embargo, sus reflexiones sobre el dinero, el precio, el interés y el comercio anticiparon con notable claridad conceptos que hoy consideramos fundamentales en el análisis económico. Su aportación resulta especialmente relevante porque introduce un enfoque dinámico y realista del valor, alejándose de concepciones puramente normativas o estáticas.

Martín de Azpilcueta, el Doctor Navarro, paseando enfrente del Castello Sant’Angello en sus últimos días en Roma.

Como ocurre con otros autores de la segunda escolástica, Azpilcueta no formó parte de una escuela económica formal. No obstante, su obra constituye una pieza esencial del entramado intelectual que permitió el tránsito desde la reflexión moral medieval hacia una comprensión más moderna de los fenómenos económicos.

Si Francisco de Vitoria estableció los fundamentos filosófico-jurídicos de la Escuela de Salamanca y Domingo de Soto los aplicó a los problemas sociales concretos, Martín de Azpilcueta dio un paso más al analizar con precisión el funcionamiento del dinero, el precio y el crédito en una economía en transformación.

Contexto histórico e intelectual

Azpilcueta vivió en un momento de profundas transformaciones económicas. El siglo XVI fue testigo de la expansión del comercio internacional, del auge de las ferias europeas, del desarrollo del crédito y, de manera decisiva, de la llegada masiva de metales preciosos procedentes de América. Estos cambios alteraron de forma radical las relaciones económicas tradicionales y plantearon problemas inéditos para la teología moral y el derecho.

El marco intelectual en el que se mueve Azpilcueta es el de la segunda escolástica, caracterizada por la recuperación del aristotelismo tomista y su aplicación a los nuevos problemas sociales y económicos. Frente a una visión puramente especulativa, estos autores se esfuerzan por analizar la realidad tal como se presenta, incorporando la experiencia histórica y la observación empírica.

Azpilcueta destaca dentro de este contexto por su atención al funcionamiento efectivo de los mercados y por su voluntad de explicar fenómenos económicos complejos sin recurrir exclusivamente a argumentos de autoridad.

Economía, moral y análisis de la realidad

Uno de los rasgos distintivos del pensamiento de Azpilcueta es su forma de integrar la reflexión moral con el análisis económico. Para él, la economía no puede separarse de la ética, pero ello no implica ignorar las leyes propias del intercambio, del dinero o del mercado.

Su aproximación parte de una constatación fundamental: las acciones económicas responden a incentivos, expectativas y condiciones concretas. Por tanto, el juicio moral debe tener en cuenta cómo funcionan realmente los procesos económicos, y no solo cómo deberían funcionar en abstracto.

Este enfoque le permite abordar cuestiones como el precio justo, el valor del dinero o el interés de forma mucho más sofisticada que la tradición medieval anterior. En lugar de imponer precios o valores desde criterios externos, Azpilcueta presta atención a la escasez, la abundancia, el riesgo y la utilidad percibida por los agentes económicos.

El dinero y la teoría cuantitativa: una aportación decisiva

La contribución más conocida de Azpilcueta al pensamiento económico se encuentra en su Comentario resolutorio de cambios (1556), donde analiza el funcionamiento del dinero y los tipos de cambio en el contexto de la expansión comercial europea.

Azpilcueta observa que el dinero no tiene el mismo valor en todos los lugares ni en todos los momentos. Allí donde el dinero es abundante, su valor disminuye, y los precios de los bienes tienden a subir. Por el contrario, en los lugares donde el dinero es escaso, su valor aumenta y los precios son más bajos. Esta constatación empírica le lleva a formular lo que hoy podemos interpretar como una formulación temprana —aunque no sistemática— de la relación entre la cantidad de dinero en circulación y el nivel general de precios.

Su análisis resulta particularmente innovador porque vincula explícitamente la inflación europea del siglo XVI con la llegada masiva de oro y plata desde América. Azpilcueta no se limita a describir el fenómeno, sino que ofrece una explicación causal que conecta la cantidad de dinero en circulación con el nivel general de precios.

Además, introduce una dimensión comparativa al señalar que el valor del dinero depende también del lugar. El mismo dinero puede tener distinto poder adquisitivo en España, Francia o Italia, en función de su abundancia relativa y de las condiciones económicas locales.

Este análisis del dinero tiene implicaciones directas sobre su concepción del precio, que no puede entenderse al margen de las condiciones monetarias y del contexto del intercambio.

El precio justo y el papel del mercado

En continuidad con su análisis del dinero, Azpilcueta desarrolla una concepción del precio justo que se aparta de enfoques rígidos o autoritarios. Para él, el precio justo no es un número fijo determinado por la autoridad ni por el coste de producción, sino aquel que resulta del intercambio libre en el mercado bajo condiciones normales, reflejando la estimación común de los participantes.

El mercado, entendido como el conjunto de intercambios voluntarios entre compradores y vendedores, se convierte así en el principal mecanismo de determinación del precio. Factores como la escasez, la abundancia, la urgencia de la necesidad o el riesgo asumido influyen legítimamente en el precio sin que ello implique injusticia.

Esta visión supone un avance notable respecto a concepciones anteriores, ya que reconoce implícitamente el papel de la oferta y la demanda. El precio justo emerge de la interacción social y no de un cálculo abstracto impuesto desde fuera.

Interés, tiempo y legitimidad del crédito

Otra aportación clave de Azpilcueta se encuentra en su tratamiento del interés. Frente a la condena genérica de la usura heredada de la tradición medieval, introduce una distinción fundamental entre el préstamo estéril y las operaciones financieras ligadas al comercio y al riesgo.

Azpilcueta reconoce que el tiempo tiene valor económico. Prestar dinero implica renunciar a su uso durante un periodo determinado, asumir riesgos y perder oportunidades alternativas. Por ello, en determinadas circunstancias, el cobro de un interés puede ser moralmente legítimo, especialmente cuando compensa riesgos, costes u oportunidades perdidas.

Este reconocimiento del valor del tiempo y del riesgo anticipa elementos esenciales de la teoría moderna del capital y del crédito. Sin abandonar el marco moral cristiano, Azpilcueta contribuye a normalizar el uso del crédito en una economía cada vez más compleja y comercial.

Azpilcueta y el pilar filosófico-jurídico de la Escuela de Salamanca

Desde una perspectiva más amplia, el pensamiento de Azpilcueta se inserta en el pilar filosófico-jurídico de la Escuela de Salamanca. Sus reflexiones sobre el dinero, el precio y el contrato se apoyan en una concepción del derecho natural que reconoce la racionalidad de los individuos y la legitimidad de sus acuerdos voluntarios.

El respeto a la propiedad privada, la validez moral de los contratos libremente pactados y la centralidad de la conciencia individual son elementos constantes en su obra. Esta base jurídica y moral permite comprender por qué sus análisis económicos no derivan en un relativismo ético, sino en una defensa de un orden económico fundado en la libertad responsable.

Conclusión. La modernidad económica de Azpilcueta

Martín de Azpilcueta representa uno de los pasos más firmes hacia una comprensión moderna de la economía dentro de la tradición escolástica. Su análisis del dinero, su concepción del precio justo y su tratamiento del interés muestran una notable sensibilidad hacia los mecanismos reales del mercado.

Sin formular una teoría económica sistemática, sentó bases conceptuales que serían desarrolladas siglos después por la economía clásica. Su obra demuestra que la reflexión económica moderna no surge en ruptura total con la tradición moral, sino también como una evolución interna de la misma.

Por ello, Azpilcueta ocupa un lugar central en la historia del pensamiento económico y confirma la relevancia de la Escuela de Salamanca como antecedente intelectual de la economía moderna. Con Azpilcueta se completa así el recorrido iniciado por Vitoria y desarrollado por Soto, mostrando cómo una misma tradición intelectual es capaz de abarcar desde los principios del derecho natural hasta el análisis concreto de los fenómenos económicos más complejos.

Domingo de Soto y la economía moral de la Escuela de Salamanca

Justicia, pobreza y límites de la regulación

Introducción: de los principios a los problemas sociales

Si Francisco de Vitoria estableció los fundamentos filosóficos y jurídicos de la Escuela de Salamanca, Domingo de Soto fue quien los llevó con mayor decisión al terreno de los problemas sociales concretos. En su obra, las grandes ideas sobre derecho natural, dignidad humana y límites del poder se traducen en reflexiones sobre la pobreza, el salario, la asistencia a los necesitados y la legitimidad de la intervención pública.

Este artículo continúa la serie dedicada a la Escuela de Salamanca desde una perspectiva económica. No se trata de presentar a Domingo de Soto como un economista en sentido moderno, sino como un pensador que analizó racionalmente los efectos sociales de las normas, las políticas y las decisiones individuales. En un tiempo de profundas transformaciones económicas, Soto se preguntó qué exige la justicia cuando la buena intención del gobernante choca con la libertad de las personas y con el funcionamiento real de la sociedad.

Domingo de Soto representado por IA enfrente de la escalera del convento de San Esteban que se financió con sus publicaciones.

La Escuela de Salamanca y la economía moral de la acción humana

Como ya se ha señalado en el artículo dedicado a Vitoria, la Escuela de Salamanca no constituye una escuela económica en sentido estricto. Sin embargo, sus autores desarrollaron una reflexión coherente sobre el orden social a partir del derecho natural y de la teología moral. Joseph Schumpeter reconoció en ellos a pioneros del análisis económico moderno, precisamente porque supieron estudiar fenómenos como el valor, el intercambio o el dinero sin reducirlos a decisiones arbitrarias del poder.

Domingo de Soto encarna de forma ejemplar esta aproximación. Su obra no busca diseñar políticas públicas ni imponer esquemas ideales, sino evaluar moralmente las instituciones existentes y las prácticas sociales reales. La economía aparece así como un ámbito donde la justicia no puede imponerse por decreto sin generar efectos perversos. Esta sensibilidad hacia las consecuencias no intencionadas distingue a Soto dentro de la tradición salmantina.

Domingo de Soto: formación, Salamanca y experiencia institucional

Domingo de Soto nació en Segovia en 1494 y se formó inicialmente en la Universidad de Alcalá antes de completar sus estudios en París, donde entró en contacto con el tomismo renovado que también influyó decisivamente en Vitoria. Ingresó en la orden dominica y, a su regreso a España, se integró en la Universidad de Salamanca, donde fue discípulo directo de Vitoria y posteriormente catedrático de Teología.

A diferencia de otros escolásticos, Soto no fue solo un académico. Participó activamente en la vida institucional de su tiempo. Fue teólogo en el Concilio de Trento y confesor del emperador Carlos V. Esta experiencia práctica marcó profundamente su pensamiento. Soto conocía de primera mano las tensiones entre los ideales morales y la acción política, entre la caridad cristiana y la tentación del paternalismo estatal.

Su obra más influyente, De iustitia et iure, refleja esta preocupación constante por aplicar los principios del derecho natural a situaciones concretas, evitando tanto el rigorismo abstracto como la complacencia con el poder.

Economía, salario y pobreza: una mirada realista

Uno de los aspectos más originales del pensamiento de Domingo de Soto es su análisis de la pobreza y de las políticas de asistencia. Estas cuestiones aparecen desarrolladas principalmente en su obra De iustitia et iure, donde aborda con detalle los problemas del salario, la mendicidad y la regulación desde la perspectiva del derecho natural. En un contexto de crecimiento urbano y aumento de la pobreza visible, Soto se preguntó cuál era el papel legítimo de la autoridad pública frente a los necesitados.

Soto defendió la obligación moral de ayudar al necesitado, pero fue prudente respecto al uso de la coacción. Aunque reconoce que la autoridad puede desempeñar un papel en la asistencia, insiste en que la caridad, para ser plenamente virtuosa, debe conservar un componente de libertad. Cuando el auxilio se convierte en imposición generalizada, corre el riesgo de debilitar los incentivos al trabajo y de generar dependencia. Esta preocupación por los efectos sociales de las buenas intenciones anticipa una lógica que hoy identificaríamos como el análisis de las consecuencias no intencionadas de la acción pública.

En relación con el salario, Soto sostuvo que su justicia no depende exclusivamente de una valoración moral abstracta, sino de las condiciones en las que se desarrolla el intercambio. El salario justo tiende a identificarse con el que resulta del acuerdo libre entre empleador y trabajador, siempre que no exista engaño ni coacción y que las condiciones del mercado no estén distorsionadas. La intervención sistemática de la autoridad para fijar salarios, aunque bienintencionada, puede alterar ese equilibrio y perjudicar precisamente a quienes pretende proteger.

Soto muestra aquí una comprensión notable del funcionamiento del orden económico. Reconoce que los precios y los salarios transmiten información sobre la escasez, la productividad y las preferencias, y que su manipulación arbitraria puede producir efectos indeseados como desempleo, informalidad o pobreza estructural. Sin formularlo en términos modernos, su análisis apunta a la complejidad del orden social y a los límites del diseño político en materia económica.

Pilar filosófico-jurídico: justicia, ley y límites de la regulación

Derecho natural y justicia distributiva

Como buen tomista, Domingo de Soto distingue cuidadosamente entre distintos tipos de justicia. La justicia conmutativa regula los intercambios entre particulares, mientras que la justicia distributiva se refiere al reparto de cargas y beneficios por parte de la comunidad política. Esta distinción es clave para su análisis económico.

Soto insiste en que la justicia distributiva no autoriza al gobernante a intervenir sin límites en la vida económica. El hecho de que el poder busque el bien común no legitima cualquier medio. La ley positiva debe respetar siempre el derecho natural y la libertad de las personas.

Ley, coacción y consecuencias no intencionadas

Uno de los aportes más relevantes de Soto es su sensibilidad hacia las consecuencias no previstas de la regulación. En sus análisis de las leyes contra la mendicidad o de las normas laborales, advierte que una legislación excesivamente rígida puede agravar los problemas que pretende resolver.

La coacción, incluso cuando persigue fines justos, puede desordenar la vida social si ignora la complejidad de las relaciones humanas. Esta idea conecta directamente con la visión salmantina del orden social como resultado de acciones libres coordinadas por normas generales, no como producto de un diseño centralizado.

Continuidad y diferencia con Vitoria

Si Vitoria puso el acento en los límites morales del poder en el plano internacional y político, Soto lo hizo en el ámbito social y económico. Ambos comparten la convicción de que la autoridad está sometida a la ley moral, pero Soto desciende un escalón más y examina cómo esa autoridad actúa sobre salarios, pobreza y regulación cotidiana.

Conclusión: Domingo de Soto y la prudencia institucional

Domingo de Soto representa una de las cumbres de la Escuela de Salamanca precisamente por su realismo. No idealiza ni al mercado ni al Estado. Reconoce la necesidad de la autoridad y la obligación moral de ayudar a los necesitados, pero advierte contra la tentación de sustituir la responsabilidad personal por la coacción legal.

Su pensamiento ofrece una lección que sigue siendo actual. Las políticas bienintencionadas no están exentas de costes, y la justicia no puede alcanzarse ignorando el funcionamiento del orden social. Al insistir en la libertad, en la prudencia y en los límites de la regulación, Soto contribuyó decisivamente a una tradición intelectual que entendió la economía como un fenómeno moral, pero no como un arte de ingeniería social.

En el próximo artículo de esta serie abordaremos la figura de Martín de Azpilcueta, el Doctor Navarro, cuyas reflexiones sobre el dinero y la inflación completan el tríptico fundamental de la Escuela de Salamanca desde la economía.

Francisco de Vitoria y los orígenes de la Escuela de Salamanca

Economía, derecho natural y límites del poder

Introducción: mirar la Escuela de Salamanca desde la economía

Cuando se menciona la Escuela de Salamanca, lo habitual es pensar en teología moral, en disputas escolásticas o en el debate sobre la conquista de América. Sin embargo, bajo ese marco doctrinal se desarrolló también una reflexión sorprendentemente moderna sobre la economía, el orden social y los límites del poder político. Esta serie de artículos se propone abordar a los autores salmantinos desde esa perspectiva, no como economistas en el sentido contemporáneo del término, sino como pensadores que analizaron racionalmente la acción humana en ámbitos como el intercambio, el valor, la propiedad, el dinero o la autoridad.

Antes de Adam Smith, antes de la Ilustración y antes de la economía como disciplina autónoma, estos autores ya se enfrentaban a problemas que hoy consideraríamos centrales. Qué hace justo un precio. Cuándo es legítimo el poder. Existen derechos previos al Estado. Puede la autoridad alterar impunemente el orden social. Francisco de Vitoria ocupa un lugar fundacional en este proceso. No tanto por sus aportaciones económicas directas, que existen, como por haber establecido el marco filosófico y jurídico que hizo posible esa reflexión.

¿Existió una Escuela de Salamanca de economía? Una etiqueta útil

La expresión Escuela de Salamanca aplicada a la economía plantea, desde el inicio, un problema conceptual. Joseph Schumpeter, en su Historia del análisis económico de 1954, reconoció sin ambages la notable coherencia intelectual de los escolásticos españoles del siglo XVI y los señaló como auténticos pioneros del pensamiento económico moderno. Destacó, en particular, su contribución a una doctrina del derecho natural que, sin abandonar el marco cristiano, permitió una reflexión racional y sistemática sobre cuestiones como el valor, la propiedad, el contrato, el dinero o el poder político.

Ahora bien, el propio Schumpeter introdujo una advertencia fundamental. Para él, estos autores no constituyen una escuela económica en sentido estricto. No cumplen algunos de los criterios que solemos exigir a una escuela de pensamiento. No existe un maestro económico con discípulos claramente identificables en esa materia. No hay un sistema económico cerrado y formalizado. Tampoco órganos específicos de difusión comparables a los que aparecerán más tarde con la economía política clásica.

Esta objeción es importante y conviene asumirla sin complejos. Los autores de Salamanca no escribían tratados de economía ni pretendían fundar una nueva disciplina. Su punto de partida era la teología moral y el derecho natural, y desde ahí analizaban problemas muy concretos de la vida social. El comercio, la moneda, la usura, los salarios, la pobreza, la conquista, la autoridad política. Hacían economía, aunque no la llamaran así, porque reflexionaban sobre las consecuencias de la acción humana en contextos de libertad, escasez y conflicto.

Pese a ello, la historiografía ha terminado aceptando el término Escuela de Salamanca como una etiqueta útil. Ya en el siglo XX, autores como José Larraz en 1946 (en el discurso de recepción como académico de Ciencias Morales y Políticas) y Marjorie Grice Hutchinson en 1952 (en su libro “La escuela de Salamanca”) consolidaron esta denominación como una suerte de marca intelectual que permite agrupar, de forma sintética, las notables contribuciones de estos pensadores. También se han propuesto otras expresiones, como segunda escolástica o escuela ibérica de la paz, pero Escuela de Salamanca ha prevalecido por su claridad y poder evocador.

Aceptada en este sentido amplio, la expresión no designa una doctrina económica homogénea, sino un clima intelectual compartido. El uso de la razón para analizar el orden social, la afirmación de límites morales al poder y la convicción de que existen normas de justicia anteriores a cualquier decisión política. Francisco de Vitoria fue quien estableció ese marco.

Francisco de Vitoria: formación, método y llegada a Salamanca (1526)

Francisco de Vitoria se formó en la Universidad de París, uno de los grandes centros intelectuales de la Europa del momento. De allí trajo a España una renovada lectura de Santo Tomás de Aquino, basada en la confianza en la razón natural y en la posibilidad de comprender racionalmente el orden moral. Frente a corrientes más voluntaristas o decisionistas, Vitoria defendió que la ley no es un puro mandato de la autoridad, sino una ordenación racional orientada al bien común.

En 1526, hace ahora 500 años, llegó a la Universidad de Salamanca para ocupar la cátedra de Prima de Teología. Ese momento, del que ahora se cumple el quinto centenario, marcó el inicio de una etapa decisiva. Desde Salamanca, Vitoria formó a toda una generación de discípulos y convirtió la teología moral en una herramienta para analizar los grandes problemas políticos, jurídicos y sociales de su tiempo. Su método no era abstracto ni especulativo. Partía de la realidad, de los conflictos concretos, y los sometía a un examen racional riguroso.

Francisco de Vitoria por Daniel Vázquez Diaz, 1957. Objeto nº 1960.4.1. Smithsonian American Art Museum

Economía antes del Estado: mercado, precio justo y orden social

Aunque Francisco de Vitoria no escribió tratados económicos en sentido estricto, sus reflexiones sobre el comercio, los intercambios y el precio ocupan un lugar relevante dentro de su obra teológica, en particular en sus Lecciones universitarias, es decir, en sus comentarios a la Suma Teológica de Tomás de Aquino (II-II, cuestiones 77 y 78), que han sido reconstruidos a partir de apuntes de alumnos. Como en otros ámbitos de su pensamiento, Vitoria no parte de construcciones abstractas, sino de problemas reales que surgen en una sociedad en rápida transformación. La expansión del comercio, la circulación monetaria, el contacto entre pueblos y el crecimiento de los intercambios voluntarios.

En este contexto, Vitoria aborda la cuestión del precio justo, un tema central para la escolástica. Frente a la tentación de identificarlo con un valor objetivo fijado por la autoridad o determinado por criterios morales externos al mercado, sostiene que el precio justo es aquel que surge de la libre concurrencia entre compradores y vendedores. Siempre que no exista fraude, engaño o coacción, el precio acordado en el intercambio refleja una estimación razonable del valor del bien en ese contexto concreto.

Esta idea aparece formulada en sus Lecciones sobre la justicia y el intercambio, donde Vitoria insiste en que el valor no es una cualidad intrínseca de las cosas, sino que depende de la utilidad que los hombres les atribuyen y de las circunstancias del intercambio. De este modo, sin abandonar el marco moral cristiano, introduce una intuición clave para la economía moderna. El valor es necesariamente relacional y contextual.

Vitoria reconoce, además, que el mercado incorpora información dispersa que ninguna autoridad puede concentrar plenamente. El precio que emerge del intercambio libre sintetiza conocimientos, necesidades y expectativas de múltiples agentes, algo que escapa al control del legislador. Por ello, la intervención arbitraria en los precios no solo resulta injusta desde el punto de vista moral, sino también ineficaz desde el punto de vista social.

Estas reflexiones permiten entender por qué la Escuela de Salamanca será posteriormente identificada como un antecedente de la teoría subjetiva del valor y del concepto de orden espontáneo. En Vitoria, el orden económico no es un producto del diseño político, sino el resultado no intencionado de acciones humanas libres, encauzadas por normas morales generales como el respeto al contrato y a la propiedad.

Este enfoque resulta especialmente significativo porque se formula antes de la aparición del Estado moderno centralizado. La economía aparece así como un ámbito con lógica propia, anterior y en cierto sentido independiente del poder político. El papel de la autoridad no consiste en crear el orden económico, sino en respetarlo y proteger las condiciones morales que lo hacen posible.

Para finalizar, conviene precisar que estas reflexiones no se encuentran en las conocidas Relecciones, sino en sus Lecciones universitarias (comentarios a la Suma Teológica) que han llegado hasta nosotros a través de apuntes de alumnos, especialmente los de Francisco Trigo.

Pilar filosófico-jurídico: derecho natural y límites del poder

El derecho natural universal

El núcleo del pensamiento de Vitoria es su concepción del derecho natural. Todos los seres humanos, sin distinción de raza, cultura o nación, poseen dignidad y derechos por el mero hecho de ser racionales. El poder político, por tanto, tiene límites morales claros. La ley positiva solo es legítima si respeta la ley natural, y la autoridad no nace de la fuerza, sino del orden racional querido por Dios.

Relecciones de Indis (1539) y el ius gentium

Si en sus Lecciones universitarias desarrolla cuestiones relativas al intercambio, el precio o la justicia en los contratos, estas ideas alcanzan su expresión más conocida en las Relecciones de Indis de 1539. En ellas, Vitoria sostuvo que los indígenas de América no eran bárbaros ni salvajes, sino auténticos sujetos de derecho, con capacidad de propiedad y autogobierno. Rechazó la conquista basada en la superioridad cultural o religiosa y formuló los principios de un ius gentium válido para todos los pueblos.

El debate sobre los indios

El debate entre Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda simboliza este momento fundacional. Frente a la justificación de la conquista en nombre de la civilización, Las Casas defendió la libertad y la dignidad de los indígenas. La teología moral salmantina se convirtió así en un freno intelectual al poder imperial y en el germen de la reflexión moderna sobre los derechos humanos.

Conclusión: Vitoria, cinco siglos después

Francisco de Vitoria no fue un revolucionario ni un ideólogo moderno. Fue algo más profundo. Un pensador que afirmó, con una claridad inusual para su tiempo, que el poder debe someterse a la razón y a la justicia. Al establecer un marco de derecho natural universal, hizo posible una reflexión económica, jurídica y política basada en la libertad humana.

Cinco siglos después de su llegada a Salamanca, su legado sigue siendo incómodo y actual. En un mundo donde el poder tiende a expandirse y a redefinir los derechos por decreto, Vitoria recuerda que la dignidad humana no la concede el Estado y que el orden social no puede construirse al margen de la razón moral. En los próximos artículos de esta serie veremos cómo sus discípulos, Domingo de Soto y Martín de Azpilcueta, desarrollaron estas intuiciones en los ámbitos de la justicia social, la pobreza, el dinero y la inflación.