Por Gustavo Morales Alonso
Catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid
Hay películas que imaginan nuevas tecnologías. Otras imaginan nuevas formas de poder. Akira hace algo más inquietante: imagina qué ocurre cuando el poder de una persona crece mucho más deprisa que su capacidad para gobernarlo. Esta película de 1988 proviene del manga del mismo nombre, creados ambos por Katsuhiro Otomo. Tanto el manga como la película empiezan con la misma premisa, pero van separándose a medida que avanza la historia.
Pero tanto el manga como la película narran cómo Tetsuo Shima adquiere un poder excepcional, pero su capacidad de gobernarlo no crece a la vez. Recibe un poder casi ilimitado sin haber dejado de ser un adolescente inseguro, resentido y dependiente de la mirada de los demás. Su capacidad de intervenir sobre el mundo aumenta de forma súbita. Su capacidad para gobernarse a sí mismo, no.
En ese desfase se encuentra el núcleo filosófico de Akira. Y también una de las grandes preguntas de nuestro tiempo, y por eso creo que la película no nos habla de cómo se veía el futuro a final de los 80 (es fascinante pensar que Neo-Tokio y toda la acción post tercera guerra mundial suceden en 2019), sino que nos habla de problemas más profundos que pueden perfectamente trasladarse a nuestro tiempo.
Así, cada generación recibe herramientas más poderosas que la anterior. La industrialización multiplicó la capacidad de producir; la energía nuclear, la de destruir; Internet amplió de manera extraordinaria la capacidad de comunicarnos, vigilarnos y movilizarnos; la IA está extendiendo nuestra capacidad de analizar, crear y decidir… pero ninguna de esas herramientas nos vuelve automáticamente más sabios. La técnica amplía el radio de nuestra acción, sí, pero no mejora necesariamente a la persona que actúa.
Ya exploramos una intuición semejante al analizar Tron: las tecnologías nunca son moralmente autónomas; amplifican las capacidades y las intenciones de quienes las utilizan. Akira lleva esa idea un paso más allá al preguntarse qué ocurre cuando el verdadero problema deja de ser la máquina y pasa a ser la persona que la controla.
Por eso Akira no es sólo una fantasía sobre poderes psíquicos. Es una parábola sobre el problema antropológico del progreso. Nos obliga a preguntarnos qué sucede cuando la potencia de nuestras herramientas aumenta con mucha más rapidez que la prudencia, la responsabilidad y el dominio de nosotros mismos.
En esta artículo propongo que la respuesta puede observarse en tres niveles: la persona, las instituciones y el conocimiento.
El primer límite: gobernarse a uno mismo
Tetsuo vive a la sombra de Kaneda. Kaneda es más seguro, más carismático y más respetado por el grupo. Tetsuo depende de él, pero al mismo tiempo le envidia, Tetsuo querría dejar de ser su protegido, demostrar que ya no necesita a nadie. Quiere que los demás dejen de verlo como el débil.
Cuando aparecen los poderes de Tetsuo, se podría pensar que desaparecería su inseguridad, pero sin embargo, la amplifica. Éste es uno de los grandes aciertos de Akira. El poder no transforma mágicamente a Tetsuo en otra persona, sino que hace visible lo que ya estaba dentro de él. Su resentimiento, su necesidad de reconocimiento y, sobre todo, su miedo a volver a ser insignificante adquieren ahora una capacidad material desmesurada.
Las herramientas no sustituyen al carácter, sino que lo proyectan. Una persona prudente puede emplear una tecnología poderosa para ampliar su capacidad de servicio, creación o cooperación. Una persona dominada por el miedo terminará utilizando esa misma herramienta para controlar, imponerse o eliminar aquello que percibe como una amenaza. El instrumento aumenta la escala de la acción, pero la dirección sigue dependiendo de quien actúa.
Antonio Escohotado insistía en que buena parte de la historia humana podía entenderse como una sucesión de respuestas al miedo. Frente a la incertidumbre, el ser humano busca refugios, salvadores o certezas absolutas. Sin embargo, la libertad comienza precisamente cuando dejamos de permitir que sea el miedo quien decida por nosotros. El coraje no consiste en no sentir miedo, sino en impedir que ocupe el lugar del juicio.
Eso es exactamente lo que Tetsuo nunca consigue. Cada nueva demostración de fuerza nace del temor a volver a ser débil. Cada acto de violencia pretende ocultar una inseguridad más profunda. Cuanto mayor es su poder, mayor es también su dependencia emocional de aquello que intenta negar. Ya no necesita la protección de Kaneda, pero sigue necesitando desesperadamente demostrar que ha dejado de necesitarla.
En mi último ensayo La persona singular, la libertad no consiste simplemente en carecer de obstáculos externos. Tampoco en disponer de una capacidad ilimitada para satisfacer cualquier deseo. Ser libre exige algo mucho más difícil: ser capaz de gobernarse a uno mismo.
De vuelta a la película, Tetsuo parece cada vez más libre porque ya nadie puede detenerlo. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Cuanto mayor es su poder, menor es su dominio sobre sí. Deja de obedecer al ejército, a los médicos y a Kaneda, pero se vuelve esclavo de sus impulsos, de su miedo y de su necesidad de reconocimiento. Puede hacer casi cualquier cosa, pero no puede decidir serenamente quién quiere ser.
Ésta es una distinción decisiva. La libertad exterior puede crecer mientras la libertad interior se derrumba. Podemos acumular medios, opciones y capacidades y, al mismo tiempo, perder la dirección de nuestra propia vida.
La persona singular no es la que puede hacerlo todo. Es la que ha aprendido a ordenar sus deseos, a mirar de frente sus miedos y a asumir la responsabilidad de sus decisiones. Porque el mayor peligro del poder nunca ha sido que nos permita hacer demasiado, sino que amplifique aquello que todavía no hemos aprendido a gobernar dentro de nosotros.
El segundo límite: contener a quienes mandan
Pero ninguna sociedad puede descansar únicamente en la virtud de sus miembros. Ésa es una de las grandes intuiciones de la tradición política occidental y, en particular, de la Escuela de Salamanca. Los seres humanos son capaces de prudencia y justicia, pero también de error, arbitrariedad y abuso. Por eso el poder debe estar limitado incluso cuando quienes lo ejercen afirman perseguir fines elevados.
En Akira, científicos, militares y políticos creen que pueden controlar fuerzas que apenas comprenden. El experimento está justificado por el progreso del conocimiento; el secreto, por la seguridad nacional; la vigilancia, por la prevención del caos. Y la violencia, por la necesidad de preservar el orden. Cada escalón de intervención parece razonable contemplado de manera aislada. Así, el golpe de estado del Coronel es visto en la película como algo sorprendentemente natural, es la salida lógica al atolladero en el que se encuentra en ese momento.
El resultado conjunto es una catástrofe. Pero el problema no reside sólo en que haya personas malvadas dentro del sistema: algunas actúan movidas por la ambición, cuando otras creen sinceramente estar evitando un desastre mayor. El problema es más profundo: han creado una estructura de poder que permite experimentar con seres humanos, ocultar información, suspender límites y decidir por todos en nombre de una necesidad superior.
La Escuela de Salamanca no construyó su pensamiento político sobre la hipótesis de gobernantes perfectos. Vitoria, Suárez o Mariana partían de la falibilidad del poder y de la precedencia de la comunidad sobre quienes la gobiernan. La autoridad no es una propiedad privada del príncipe. Está orientada al bien común y encuentra límites en la ley, la justicia y los derechos de las personas.
Juan de Mariana llevó esta lógica hasta sus últimas consecuencias. El rey que trata los bienes de sus súbditos como si fueran propios, que impone cargas sin consentimiento o que utiliza su posición en beneficio particular se aproxima a la figura del tirano. No basta con invocar la razón de Estado. El poder debe justificar sus actos y reconocer fronteras que no puede atravesar.
Neo-Tokio representa casi el reverso de este ideal: el ejército, la ciencia y la administración se consideran autorizados a actuar porque creen poseer un conocimiento superior y enfrentarse a riesgos que la población no podría comprender. Pero cuanto más se concentra el poder, más grave se vuelve cada error. Y cuanto más grave es el error, mayor es la tentación de ocultarlo y responder con una nueva concentración de poder.
El fracaso conduce a más intervención, sin advertir la fatal arrogancia en la que están cayendo. La intervención produce nuevos efectos imprevistos. Y esos efectos sirven como argumento para ampliar otra vez el control. La lección salmantina de Akira no es que debamos esperar gobernantes más sabios. Es que una sociedad libre necesita instituciones preparadas para el hecho de que los gobernantes nunca serán suficientemente sabios.
La virtud personal es necesaria. Los límites institucionales también. Una comunidad que confía toda su seguridad a la prudencia de quienes mandan ya ha renunciado a una parte esencial de su libertad.
El tercer límite: aceptar que no sabemos
Hay todavía un tercer nivel. Los personajes de Akira no sólo fracasan moralmente. Fracasan también porque no comprenden el sistema sobre el que pretenden intervenir.
Cada grupo posee una parte de la información. Los científicos conocen determinados aspectos del fenómeno; los militares, observan sus consecuencias estratégicas; los políticos, calculan los costes del desorden; los jóvenes de las bandas conocen las calles; los revolucionarios, perciben la corrupción del régimen y los niños sometidos a experimentos comprenden dimensiones que los adultos apenas intuyen.
Nadie posee el conjunto. Y, sin embargo, varios personajes actúan como si su fragmento de conocimiento les autorizara a dirigir la totalidad. Éste es el problema que la tradición austriaca, y más específicamente, Hayek, ha situado en el centro de la vida social. No vivimos en un mundo en el que toda la información relevante esté disponible para una mente central. El conocimiento se encuentra disperso entre millones de personas. Es parcial, cambiante, práctico y, con frecuencia, imposible de transmitir por completo.
Por eso Hayek insistió en que el principal problema económico no consiste sólo en asignar recursos, sino en utilizar un conocimiento que nadie posee en su totalidad. Los órdenes complejos no pueden dirigirse como una máquina sencilla.
Neo-Tokio es una ciudad de millones de decisiones, intereses, expectativas y reacciones. Cada intento de imponer sobre ella un plan completo provoca consecuencias que el planificador no había previsto. El sistema responde, se adapta y genera nuevas interacciones.
Lo mismo sucede con Tetsuo. Los científicos lo tratan como un objeto de laboratorio. Miden capacidades, administran sustancias y vigilan constantes. Pero no pueden aislar su poder de su biografía, su carácter, sus relaciones y sus temores. Creen estar manipulando una variable y descubren demasiado tarde que han intervenido sobre una persona entera.
La arrogancia epistemológica consiste precisamente en eso: confundir aquello que puede medirse con todo aquello que importa. La Escuela Austriaca suele presentarse como una teoría del mercado. Pero es también una teoría de la humildad. Nos recuerda que no sabemos suficiente para dirigir desde arriba la vida de los demás y que las instituciones sociales deben permitir el aprendizaje, la experimentación y la corrección de errores.
Los precios, la propiedad, la competencia y la responsabilidad no son simples mecanismos técnicos. Son formas de coordinar conocimientos dispersos y de evitar que el error de una sola persona se convierta en el error obligatorio de toda la sociedad.
En Akira, por el contrario, el error se centraliza: un pequeño grupo decide experimentar, otro decide ocultarlo, otro intenta controlar sus consecuencias… la concentración del poder y la concentración de la ignorancia avanzan juntas. No es que nadie sepa nada. Es que cada cual sabe mucho menos de lo que cree.
Técnica, instituciones y persona
Los tres niveles se encuentran finalmente en un mismo punto:
- La técnica amplía lo que podemos hacer.
- Las instituciones determinan quién puede hacerlo, bajo qué límites y con qué responsabilidades.
- El carácter decide para qué se hace.
Pero una sociedad civilizada necesita los tres. La innovación sin personas capaces de gobernarse puede amplificar la vanidad, el resentimiento y la violencia. La virtud sin instituciones puede ser derrotada por quienes no la poseen. Y las instituciones sin humildad epistemológica pueden transformarse en grandes máquinas de imposición construidas sobre conocimientos incompletos. ¿Cómo está cada actor en este “ranking de virtudes”?
- Tetsuo fracasa en el primer nivel. No puede gobernarse.
- Neo-Tokio fracasa en el segundo. No puede limitar a quienes concentran el poder.
- Los científicos y militares fracasan en el tercero. No reconocen los límites de su conocimiento.
La catástrofe no nace, por tanto, de una única causa. Es el resultado de un triple desfase: demasiado poder para una persona inmadura, demasiada autoridad para instituciones sin límites y demasiada confianza para quienes apenas comprenden lo que tienen entre manos.
Ésta es la razón por la que la película Akira conserva hoy toda su fuerza. La película no nos pide que temamos una tecnología concreta. Nos pide que desconfiemos de la idea de que el progreso técnico puede sustituir al progreso humano. Podemos fabricar máquinas más rápidas, sistemas más inteligentes y armas más poderosas. Podemos ampliar la producción, la información y la capacidad de intervenir sobre el mundo.
Pero ninguna de esas conquistas responde por sí sola a la pregunta decisiva: qué clase de personas seremos cuando las utilicemos. La modernidad suele preguntarse qué nuevas tecnologías deberíamos desarrollar. Akira plantea una cuestión más incómoda: qué clase de personas debemos llegar a ser para poder vivir con ellas.
Si Matrix nos invitaba a reflexionar sobre nuestra capacidad para distinguir la verdad de la ilusión, Akira desplaza la pregunta hacia otro terreno igualmente decisivo: una vez conocida la realidad, ¿poseemos la madurez necesaria para ejercer el poder que la técnica pone en nuestras manos?
La respuesta exige los tres niveles.
- Personas capaces de gobernarse a sí mismas.
- Instituciones capaces de limitar el poder de cualquiera.
- Y una sociedad suficientemente humilde para aceptar que nadie posee el conocimiento necesario para dirigirla desde arriba.
El progreso técnico nunca ha sido el único cuello de botella de la civilización. El cuello de botella decisivo es antropológico. Las herramientas cambian con rapidez. La persona, mucho más despacio.
Cuando ambas velocidades dejan de acompasarse, aparecen crisis que después describimos como tecnológicas, económicas o políticas, aunque su origen se encuentre en algo mucho más antiguo: la dificultad del ser humano para manejar un poder mayor que su sabiduría.



















