Rafael Jaén Sánchez. Estudiante Master de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos (UPM)
A menudo, cuando pensamos en grandes obras públicas, lo primero que nos viene a la mente son grúas, asfalto y estructuras que se imponen sobre el paisaje. Sin embargo, la ingeniería más humana es precisamente aquella que no se ve. Al proyectar una carretera o una vía de tren, la opción más sencilla y económica suele ser construir sobre la superficie, pero esa “facilidad” tiene un precio invisible que terminamos pagando todos: la fragmentación de nuestra vida cotidiana. Una barrera de hormigón en medio de un barrio no solo separa calles; separa personas, rompe el comercio local y nos roba el horizonte.

La superficie es el lugar donde ocurre la vida: donde los niños juegan, donde paseamos y donde se construyen nuestras casas. Cuando permitimos que una infraestructura lineal ocupe ese espacio de forma permanente, estamos “hipotecando” el futuro de la ciudad. Una vía en superficie es un espacio muerto, un terreno que ya no podrá ser un parque, una guardería o una plaza. Soterrar estas obras es, en realidad, un acto de generosidad con las próximas generaciones. Se trata de devolverles el suelo para que ellos decidan qué quieren hacer con él, en lugar de dejarles una cicatriz de cemento que les obligue a vivir de espaldas a la otra mitad de su ciudad.
Las malas prácticas en planificación suelen nacer de mirar solo el Excel y no el mapa. Elegir el trazado en superficie para ahorrar hoy significa condenar al entorno al ruido, a la contaminación y al aislamiento mañana. Por el contrario, la buena práctica es la que entiende que la infraestructura debe estar al servicio de la gente, y no al revés. Las soluciones compatibles con un desarrollo sano son aquellas que “apilan” funciones: el transporte rápido y los suministros por debajo, y la vida urbana por encima. Es la diferencia entre una ciudad que se siente como un laberinto de muros y una que se siente como un hogar abierto y conectado.

En última instancia, el éxito de un plan territorial no debería medirse por los kilómetros de hormigón construidos, sino por la cantidad de espacio que logramos mantener libre para las personas. El subsuelo nos ofrece la oportunidad de ocultar lo que es funcional para proteger lo que es vital. Al elegir el camino subterráneo, no solo estamos optimizando el área disponible; estamos eligiendo una ciudad más amable, más unida y, sobre todo, mucho más viva.