Hay preguntas que parecen sencillas, pero que en realidad esconden grandes desafíos. ¿Cómo es posible que todavía se desperdicien alimentos mientras hay personas que los necesitan? ¿Por qué seguimos tirando comida que podría aprovecharse? ¿Qué podemos hacer cada uno de nosotros para cambiar esa realidad?
Durante este curso, el Banco de Alimentos de Cantabria ha trabajado para que estas preguntas lleguen a las aulas y formen parte de la reflexión de los más jóvenes. A través de 16 charlas y talleres de sensibilización, la entidad ha alcanzado a 973 alumnos de 13 centros educativos, acercando la realidad del hambre, el desperdicio alimentario y la importancia de la solidaridad a escolares de toda la comunidad autónoma.
Estas actividades, desarrolladas gracias a la implicación de tres voluntarios del Banco de Alimentos de Cantabria, han permitido que niños, niñas y jóvenes descubran que detrás de cada alimento hay recursos, esfuerzo y oportunidades que no deberían desperdiciarse.
Como parte de este trabajo educativo, los participantes plasmaron sus reflexiones en el Concurso de Dibujo del Programa CORAL, bajo el lema “Contra el desperdicio alimentario; por una alimentación justa, saludable y sostenible”. Y fue precisamente a través de sus dibujos donde surgieron algunas de las reflexiones más sorprendentes de toda la edición.
Los trabajos seleccionados por el jurado demostraron que la creatividad puede convertirse en una poderosa herramienta de concienciación.
Emma Muñoz Vela, del CEIP Cisneros, propuso una comparación tan sencilla como impactante: “He querido representar que la humanidad ha podido llegar a la luna, pero todavía no hemos conseguido el despilfarro 0%”. Una reflexión que invita a pensar en los grandes avances logrados por la sociedad y en los retos que aún quedan por afrontar.
Martina Fernández Gutiérrez, del CEIP Antonio Robinet, puso el foco en el valor de cada alimento a través de una imagen cotidiana convertida en símbolo: una manzana tirada a la basura después de apenas dos mordiscos. Su mensaje recordaba que aquello que para algunos pasa desapercibido puede ser un bien enormemente valioso para quienes carecen de recursos. Como ella misma resumió: “La comida es oro”
Por su parte, Lia Vergara Sarango, del Colegio PP Escolapios-Calasanz, centró su propuesta en la empatía y la importancia de compartir. Su dibujo recordaba que ayudar a quienes más lo necesitan comienza por comprender su situación y ponerse en su lugar. Porque la solidaridad no solo consiste en dar, sino también en entender.

La selección de los trabajos ganadores correspondió a un jurado formado por Pedro Sobrado, voluntario del Banco de Alimentos de Cantabria, y Antonio Gómez Gutiérrez, secretario de la Junta Directiva de la entidad. Su labor no fue sencilla, ya que tuvieron que valorar propuestas cargadas de creatividad, sensibilidad y compromiso con los valores que promueve el programa.
Más allá de los dibujos premiados, esta iniciativa ha permitido que cientos de escolares reflexionen sobre el desperdicio alimentario y comprendan que pequeñas decisiones cotidianas pueden generar grandes cambios. Cada charla, cada actividad y cada dibujo han contribuido a construir una mirada más consciente sobre el valor de los alimentos y la responsabilidad compartida de aprovecharlos.
Los centros educativos participantes en las actividades de sensibilización han sido CEIP Agapito Cagiga de Revilla de Camargo, CEIP El Haya de Castañeda, Colegio Antares de Reinosa, CEIP La Inmaculada de Isla, IES Foramontanos de Cabezón de la Sal, IES Astillero, Colegio Escolapios Villacarriedo, CEIP Monte Corona, IES Santa Cruz de Castañeda, Colegio La Salle, Colegio Torrevelo-Peñalabra, Colegio San Roque-Los Pinares, CEIP Pedro Velarde, Colegio Aguanaz y CEIP José María Pereda.
Desde la Cátedra Bancos de Alimentos queremos expresar nuestro agradecimiento al Banco de Alimentos de Cantabria y a todas las personas que han formado parte de esta iniciativa. Gracias a la implicación de centros educativos, docentes, familias, alumnado y voluntariado, los valores de la solidaridad, el compromiso y el aprovechamiento de los alimentos continúan llegando a las aulas y dejando huella en las nuevas generaciones.
Porque, a veces, las preguntas más importantes no las hacen los expertos. Las hacen los niños. Y escucharlas puede ser el primer paso para construir un futuro con menos desperdicio y más solidaridad.
El valor de un alimento no se mide por lo que cuesta, sino por la oportunidad que representa para quien lo necesita.
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