La cultura del crecimiento y los dilemas del progreso
El Nobel de Economía 2025 ha reconocido a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por sus contribuciones al entendimiento de cómo la innovación impulsa el crecimiento económico. Con este galardón, el Comité ha querido premiar una visión amplia y humanista del progreso: la que combina historia económica, teoría formal y reflexión sobre las condiciones culturales que hacen posible el avance.

Tras el reconocimiento del año 2024 a Acemoglu y Robinson por su trabajo sobre las instituciones inclusivas, este nuevo Nobel parece continuar esa línea, pero desplazando el foco: de las estructuras políticas que favorecen el desarrollo a la energía creativa que las sociedades libres son capaces de liberar cuando el conocimiento circula y la experimentación no se castiga.
Joel Mokyr y la cultura del crecimiento
El historiador económico Joel Mokyr ha dedicado su obra a responder una pregunta fundamental: ¿por qué Europa experimentó la Revolución Industrial antes que otras civilizaciones igualmente avanzadas? Su respuesta no se basa en la acumulación de capital o en las instituciones políticas, sino en algo más sutil: una “cultura del crecimiento”.
Según Mokyr, el progreso moderno surgió cuando las sociedades europeas desarrollaron un entorno intelectual donde la razón, la curiosidad y la discusión crítica reemplazaron al dogma. Distingue entre dos tipos de conocimiento: el proposicional, propio de la ciencia —saber por qué las cosas funcionan—, y el prescriptivo, propio de la técnica —saber cómo hacerlas funcionar—. La revolución industrial fue el resultado de la sinergia entre ambos, facilitada por la existencia de una clase de técnicos, ingenieros y empresarios capaces de traducir la teoría en práctica.
Pero todo esto solo fue posible dentro de una sociedad abierta, donde los innovadores podían actuar con autonomía y los errores no se castigaban con represión. En ese sentido, Mokyr ve la revolución científica y la burguesa como dos caras de una misma moneda: ambas liberaron la mente y la acción humana. Sin libertad intelectual, concluye, no hay progreso duradero.
“A society that has ceased to concern itself with the progress of the past will soon lose belief in its capacity to progress in the future”
Joel Mokyr
Aghion y Howitt: la economía de la destrucción creativa
Los economistas Philippe Aghion y Peter Howitt llevaron al terreno formal lo que Schumpeter había intuido hace un siglo: el crecimiento económico no es un proceso acumulativo, sino una sucesión de innovaciones que destruyen lo viejo para dar paso a lo nuevo.
En su modelo de destrucción creativa, cada avance tecnológico impulsa la productividad, pero también deja obsoletas industrias y ocupaciones. El progreso, por tanto, genera ganadores y perdedores. Y precisamente ahí aparece el problema político: los perdedores del cambio tienden a organizarse para frenarlo, presionando por regulaciones, subsidios o privilegios que protejan lo establecido.
Aghion y Howitt sostienen que, para que la innovación sea sostenible, las sociedades necesitan un equilibrio entre dinamismo y protección: permitir la disrupción, pero ofrecer redes de seguridad que amortigüen sus costes. De ese modo, los desplazados por el cambio no se convierten en enemigos del progreso.
Su posición se sitúa entre dos polos: lejos del “Estado emprendedor” que promueve Mariana Mazzucato, pero también distante del laissez-faire absoluto. Defienden un Estado que no dirija la innovación, sino que la sostenga indirectamente al garantizar estabilidad, competencia y movilidad.
“My dream capitalism is a capitalism that would be as innovative as America’s and as inclusive as the Danish system. And I think it’s possible”
Philippe Aghion
“New technologies are brought in by disruptive outsiders who are interested in shaking up the status quo. But if they succeed in doing that, they become the status quo. And they are very resistant to people who want to do that instead of them”
Peter Howitt
Un Nobel en continuidad (y contraste) con el de 2024
El premio de 2024, otorgado a Acemoglu y Robinson, destacó el papel de las instituciones inclusivas para generar prosperidad. En ese sentido, el Nobel de 2025 mantiene una línea de continuidad: el progreso económico depende del marco institucional y cultural en que se desarrolla.
Sin embargo, introduce un matiz importante. Mientras Acemoglu y Robinson explicaban por qué unas naciones prosperan y otras no, Mokyr, Aghion y Howitt explican cómo se produce el progreso una vez existen condiciones institucionales adecuadas. El foco pasa del diseño institucional a la dinámica interna del cambio tecnológico y cultural.
En cierto modo, el Comité ha querido subrayar que sin innovación las instituciones inclusivas se estancan, pero sin instituciones libres la innovación se apaga. Es una forma de recordar que la libertad no solo protege los derechos, sino que alimenta la creatividad que los sostiene.
Las objeciones desde la Escuela Austriaca
Desde la óptica de la Escuela Austriaca de Economía, algunos economistas, como el profesor Miguel Ángel Alonso Neira, han planteado matices relevantes al entusiasmo general.
En primer lugar, señalan que la innovación no ocurre en un vacío: necesita propiedad privada, estabilidad jurídica y cooperación voluntaria. Sin esos pilares, el riesgo se distorsiona y el espíritu emprendedor se debilita.
En segundo lugar, advierten del excesivo formalismo matemático de los modelos de Aghion y Howitt, que corren el riesgo de abstraerse de la acción humana concreta. Para los austríacos, el conocimiento relevante es disperso, subjetivo y no puede agregarse en ecuaciones sin perder su esencia.
Y, por último, subrayan la falta de atención al crédito y a los ciclos económicos: los grandes booms tecnológicos, si se financian artificialmente con expansión monetaria, pueden degenerar en crisis.
Estas objeciones no buscan restar mérito al Nobel, sino recordar que el progreso genuino no se planifica ni se modeliza por decreto, sino que surge del libre descubrimiento empresarial en un entorno institucional sano.
Conclusión: el progreso como equilibrio frágil
El Nobel de 2025 celebra la capacidad humana para innovar, pero también recuerda que cada avance implica destrucción y conflicto. La historia del crecimiento económico no es una línea ascendente, sino una serie de rupturas y adaptaciones que exigen sociedades abiertas, resilientes y dispuestas a tolerar el cambio.
Mokyr, Aghion y Howitt ofrecen así una lección profundamente actual: el progreso no es automático ni gratuito, sino un equilibrio frágil entre libertad, conocimiento y cohesión social.
En una época marcada por la automatización, la inteligencia artificial y las tensiones entre innovación y protección, su mensaje resuena con fuerza:
“El futuro no se planifica: se descubre, se debate y, a veces, se construye sobre las ruinas del pasado.”







