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Historias del COVID: Guadalupe G, COVID 2020 y 40 años de universidad en España

Posted on 22 junio 202022 junio 2020

Guadalupe G es profesora titular de universidad. Se jubilará este verano tras una carrera de casi 40 años. Tenía alguna duda al respecto y valoraba retrasar el momento uno o dos cursos, pero la incertidumbre que la crisis post-COVID trae a los futuros pensionistas ha disipado esas dudas.

Durante estos 40 años en la universidad, Guadalupe G ha sido testigo de la transformación que ha experimentado el sistema universitario español al tiempo que evolucionaba la sociedad que lo acoge, sustenta y a la que proporciona personas formadas en multitud de campos. Guadalupe G trabajó fuera de la universidad un tiempo corto después de terminar sus estudios pero volvió pronto a ella para hacer investigación a través de un doctorado, financiado mediante una beca de Formación de Personal Investigador. Fue una de las primeras convocatorias de este tipo de becas, las cuales han sido un factor crucial de modernización de la universidad española durante este periodo democrático, permitiendo la formación de jóvenes doctores con una financiación escasa pero estable, con objetivos bien definidos (dado que están ligadas a proyectos del Plan Nacional de I+D) y con poca carga docente.

Guadalupe G hizo su tesis en un grupo en el que no se publicaban artículos en revistas internacionales. Tras el doctorado se centró en la docencia, en los proyectos en los que se trabajaba en el grupo, y obtuvo su plaza de titular de universidad como se obtenían entonces esas plazas (con la Ley de Reforma Universitaria, 1983), con tribunales con fuerte presencia local, y sin procesos externos de acreditación de los candidatos. Guadalupe G entendía que las cosas se deberían hacer de otra manera, pero así eran entonces, en una fase de enorme crecimiento del sistema universitario. También entendía, y entiende, que publicar sobre lo que uno investiga es una parte crucial de lo que es el trabajo en la universidad y, al contrario que otros que como ella apenas han publicado, respeta y aprecia a sus colegas que dedican esfuerzo a estas tareas investigadoras, y reconoce que son estos colegas los que han colocado a España entre los países con mayor producción científica (el undécimo en este momento de acuerdo a Nature[1]).

Guadalupe G cree que España debería aspirar a tener tres o cuatro universidades entre las cien mejores del mundo, pero valora al mismo tiempo que tenga a muchas de las públicas entre las mil mejores[2], por encima de países como Francia o Canadá, por ejemplo. Guadalupe G piensa, como José María Sanz Serna[3], uno de los científicos españoles más respetados a nivel internacional y que fue rector de la Universidad de Valladolid, que a pesar de las voces extremistas que a menudo se oyen en los medios sobre la supuesta proverbial mediocridad del sistema universitario patrio, España no debe dar bandazos, impulsada por esas voces extremistas, en lo que respecta a la legislación universitaria, sino buscar consensos que permitan reformar y mejorar lo que tenemos.

Guadalupe G siguió su carrera académica con un perfil bajo en investigación aunque muy razonable en acciones de transferencia vía proyectos, y también en gestión, liderando procesos de creación de titulaciones, y llegando a ser directora de departamento y subdirectora de centro, siempre con un trato excepcional con profesores, estudiantes y personal de administración y servicios. 

Con esta biografía tras de sí, abordaba este cuatrimestre, su último, coordinando e impartiendo dos interesantes asignaturas de máster. Y apareció el COVID. En medio de incertidumbres sobre el marco legal en el que se debían realizar las actividades docentes y de evaluación sin clases ni exámenes presenciales, Guadalupe G entendió que este proceso de migración a Internet debía hacerse tratando de integrar y motivar a los estudiantes para que fuesen parte ganadora del mismo. Entendió también que el proceso debía de realizarse garantizando su calidad dado que los titulados en España (veterinarios, abogados, médicos, arquitectos, biólogos, ingenieros, etc) adquieren competencias profesionales plenas una vez conseguida la titulación. Por tanto, había que mitigar el riesgo de que potenciales iniciativas de plagio facilitadas por la virtualidad del proceso estuviesen socavando la calidad de las actividades de evaluación.

Gestionar todas estas realidades les han supuesto a Guadalupe G y a muchos otros profesores que han sido conscientes del reto un esfuerzo adicional tremendo y los ha obligado a dejar de lado temporalmente sus restantes labores de investigación y transferencia. Al tiempo que ha tenido que reinventarse con aplicaciones de videoconferencia y docencia a distancia, con las que no contaba a pocos meses de su jubilación, Guadalupe G también ha tenido que observar la incompetencia y desidia de determinados colegas, inaceptables en general pero mucho más en la situación de emergencia en la que se encuentra el país que les paga.

Más allá de la universidad, la sociedad española se enfrenta ahora al reto de afrontar una incipiente crisis económica y la previsible crisis social asociada. La universidad debe ser una palanca para ayudar al país a salir de ellas, contribuyendo a la formación de profesionales, a la competitividad de las empresas y a enriquecer el debate público. Hay que exigirle que lo haga pero también hay que darle recursos para ello e introducir reformas que la agilicen y la hagan más eficaz y transparente.  A quien esto escribe, y al que le quedan 20 años de profesor, le gustaría vivir reformas de ese tipo, que permitan por ejemplo la internacionalización de nuestros departamentos. Cambios relativamente sencillos como habilitar mecanismos de acreditación rigurosos y exigentes pero muy rápidos para la categoría de profesor ayudante doctor, que corresponde a la fase de méritos más fácilmente evaluables al tiempo que de mayor movilidad personal (a ella suelen optar los jóvenes doctores), ayudarían mucho a ello. Sin embargo la parálisis que uno observa en acciones de mejora de este tipo es muy preocupante.

Ayer fue la última clase de Guadalupe G, la cual realizó en modo tutoría a través de una plataforma de videoconferencia. Los estudiantes le hicieron multitud de preguntas comentando los diferentes temas y ejercicios y problemas asociados, con vistas a una prueba de evaluación que tendrá lugar estos días. La tutoría terminó con un aplauso de agradecimiento. A mí se me escapó una lágrima. Guadalupe G me confesó que a ella también.

Guadalupe G es un personaje ficticio.

Antonio Souto Iglesias es profesor titular en la Universidad Politécnica de Madrid. Firman también: Ricardo Abad Arroyo, Alicia Cantón Pire, Ignacio Díez de Ulzurrun, Leonardo Fernández Jambrina, Leo Miguel González Gutiérrez, Fabricio Macià Lang, Rafael Molina Sánchez, Luis Pérez Rojas y Juan Miguel Sánchez Sánchez. Todo ellos dedican este artículo a Ricardo Zamora Rodríguez.


[1] https://www.natureindex.com/country-outputs/generate/All/global/All/score

[2] http://www.shanghairanking.com/ARWU-Statistics-2019.html

[3] Sanz Serna, J.M., 2010, “Medio siglo de reformas en la Universidad, ¿hemos acabado?”  en Propuestas para la Reforma de la Universidad Española.

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