Archivo de la categoría: nosólotécnica

#hoyleemos: “Drácula” de Bram Stoker

.
“Comencé a frotarme los ojos y a pellizcarme para ver si estaba despierto. Todo parecía una horrible pesadilla, y esperaba despertar repentinamente y encontrarme en casa con el amanecer pujando por entrar a través de las ventanas y descubrir que sólo me sentía como me había sentido tantas veces después de un día demasiado atareado. Pero mi cuerpo respondió a la prueba del pinchazo y mis ojos no se engañaban. Me encontraba realmente despierto y entre los Cárpatos. Lo único que podía hacer era tener paciencia y esperar el amanecer.

Cuando acababa de llegar a esa conclusión escuché unos pasos pesados que se aproximaban detrás de la gran puerta y vi a través de las hendiduras el brillo de una luz que se acercba. Entonces oí un ruido metálico de cadenas y el rechinar de cerronos macizos al abrirse. Se oyó una llave girar con un fuerte chirrido debido a la falta de uso y la gran puerta se abrió.

Dentro había un anciando alto, totalmente afeitado excepto un bigote blanco, y vestido de negro de los pies a la cabeza, sin una mínima mancha de color por ninguna parte. Llevaba en su mano una lámpara antigua de plata en la cual ardía la llama sin chimenea ni fanal de ningún tipo, que formaba largas y agitadas sombras al destellar en la corriente de aire de la puerta abierta.

El anciano me animó a entrar haciendo un gesto cortés con su mano derecha y diciendo en un inglés excelente, pero con una extraña entonación:

— ¡Bienvenido a mi casa! ¡Pase y póngase cómodo!

No se movió ni hizo nada para venir a mi encuentro, sino que se mantuvo quieto como una estatua como si su gesto de bienvenida le hubiese convertido en piedra. Sin embargo, en el instante en que comencé a traspasar el umbral me movió impulsivamente hacia delante, sacó su mano y sujetó la mía con una fuerza que me hizo encoger de dolor. El hecho de que parecía fría como el hielo no alivió este efecto –parecía más la mano de un muerto que la de un hombre vivo–. Luego volvió a decir:

— Bienvenido a mi casa. Siéntase a su gusto. ¡Y deje algo de la felicidad que trae!…”

 

Drácula / Bram Stoker — Edimat libros
Drácula en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N STO dra

#hoyleemos: “Lituma en los Andes” de Mario Vargas Llosa

.
“Cuando vio aparecer a la india en la puerta de la choza, Lituma adivinó lo que la mujer iba a decir. Y ella lo dijo, pero en quechua, mascullando y soltando un hilito de saliva por las comisuras de su boca sin dientes.

— ¿Qué dice, Tomasito?
— No le entendí bien, mi cabo.

El guardia se dirigió a la recién llegada, en quechua también, indicándole con las manos que hablara despacio. La india repitió esos sonidos indiferenciables que a Lituma le hacían el efecto de una música bárbara. Se sintió, de pronto, muy nervioso.

— ¿Qué anda diciendo?
— Se le ha perdido el marido –murmuró su adjunto–. Hace cuatro días, parece.
— Y ya van tres –balbuceó Lituma, sintiendo que la cara se le llenaba de sudor–. Puta madre.
— Qué vamos a hacer, pues, mi cabo.
— Tómale la declaración. — Un escalofrío subió y bajó por la espina dorsal de Lituma–. Que te cuente lo que sepa.
— Pero qué está pasando aquí –exclamó el guardia civil–. Primero el mudito, después el albino. Ahora uno de los capataces de la carretera. No puede ser, pues, mi cabo.

No podía, pero pasaba, y por tercera vez. Lituma imaginó las caras inexpresivas, los ojitos glaciales con que lo observaría la gente de Naccos, los peones del campamento, los indios comuneros, cuando fuera a preguntarles si sabían el paradero del marido de esta mujer y sintió el desconsuelo y la impotencia de las veces que intentó interrogarlos sobre los otros desaparecidos: cabezas negando, monosílabos, miradas huidizas, bocas y ceños fruncidos, presentimiento de amenzazas. Sería lo mismo esta vez.

Tomás había comenzado a interrogar a la mujer; iba tomando notas en una libreta, con un lápiz mal tajado que, de tanto en tanto, se mojaba en la lengua. “Ya los tenemos encima a los terrucos”, pensó Lituma. “Cualquier noche vendrán.” Era también una mujer la que había denunciado la desaparición del albino: madre o esposa, nunca lo supieron. El hombre había salido a trabajar, o de trabajar, y no había llegado a su destino. Pedrito bajó al pueblo a comprar una botella de cerveza para los guardias y nunca regresó. Nadie los había visto, nadie había notado en ellos miedo, aprensión, enferemedas, antes de que se esfumaran. ¿Se los habían tragado los cerros, entonces? Después de tres semanas, el cabo Lituma y el guardia Tomás Carreño seguían tan en la luna como el  primer día. Y, ahora, un tercero. La gran puta. Lituma se limpió las manos en el pantalón…”

Lituma en los Andes / Mario Vargas LLosa – Ed. Austral
Lituma en los Andes en Wikipedia
Disponible en la sección NO Sólo Técnica. Sig. 82N VAR lit 

#hoyleemos: “Lo mejor que le puede pasar a un cruasán” de Pablo Tusset

.
“Una vez en las galerías, me metí en la primera butic que encontré con aspecto de tener ropa informal para un tipo de treinta y muchos, con mujer y dos hijos, ático de 150 metros cuadrados en lo alto de la calle Numancia y Bestia Negra en el garaje. La única dependienta que estaba libre me vio entrar como el torero al que le sueltan un Miura de seiscientos kilos: el chicle que estaba mascando se le quedó inmovilizado entre las mandíbulas. Impávido, comprobé con toda la discreción que pude que no se me hubiera bajado la bragueta y me fui hacia ella sin importarme que puerilmente tratara de simular que no me había visto poniéndose a buscar algo bajo el mostrador.

— Hola. Necesito camisas, pantalones y zapatos.
— ¿Camisas, pantalones…?
— Y zapatos.

En cuanto comprendió que ya nada la libraría de mí dejó de jugar al escondite.

— ¿Cómo quería las camisas?
— Grandes.
— Grandes… ¿Ve alguna que le guste?

Me señalaba una pared, recorrida en toda su longitud por estantes llenos de camisas. Vi un grupito de ellas de colores lisos, bastante llamativos, rojo, esmeralda, violeta, también gris y negro… Me gustaron. Eran del tipo que uno esperaba que llevaran los gánsters de “Guys and Dolls”.

— Me gustan ésta. ¿Son grandes?
— Eh…, hay tallas grandes, sí. ¿De qué color?
— Ponme una de cada.

Se quedó parada un momento a medio camino de los estantes, pero no se atrevió a llevarme la contraria y se limitó a escoger una de cada e ir amontonándolas sobre su mano derecha.

— Hay nueve diferentes…
— Muy bien: pues nueve. ¿Seguro que son grandes?
— XXL: es lo más grande que nos llega…
— Bueno; ahora necesito dos pares de pantalones.
— Dos pares… Si quiere miar los que tenemos…

Me señaló la pared contraria, donde alternaban los jeans de colores apilados sobre estanterías con cortes más serios que se exponían colgados en perchas. No soporto los jeans, no encuentra uno hueco para meter dentro la barriga. Además tiendo a los accesos de priapismo, y si no llevas el pijo perfectamente colocado las reccciones resultan  muy molestas, con los vaqueros. Así que me fui hacia las perchas y me entretuve en los modelos que parecían más holgados, de algodón y algo acrílico. Señalé unos gris marengo y otros gris perla que combinaban bien con cualquiera de las camisas.

— Como éstos pero de mi talla, por favor.
— Qué talla tiene…
Ni flauers…”

 

Lo mejor que le puede pasar a un cruasán / Pablo Tusset — Ed. Booket
Lo mejor que le puede pasar… en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N TUS mej