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#hoyleemos: “El guardián entre el centeno” de J.D.Salinger

 

– ¿Qué? -le dije-. Saca la boca de ahí. No te entiendo.
– Que a ti nunca te gusta nada.

Aquello me deprimió aún más.

– Hay cosas que me gustan. Claro que sí. No digas eso. ¿Por qué lo dices?
– Porque es verdad. No te gusta ningún colegio, no te gusta nada de nada. Nada.
– ¿Cómo que no? Ahí es donde te equivocas. Ahí es precisamente donde te equivocas. ¿Por qué tienes que decir eso?-le dije. ¡Jo! ¡Cómo me estaba deprimiendo!
– Porque es la verdad. Di una sola cosa que te guste.
-¿Una sola cosa? Bueno.

Lo que me pasaba es que no podía concentrarme. A veces cuesta muchísimo trabajo.

– ¿Una cosa que me guste mucho? -le pregunté.

No me contestó. Estaba hecha un ovillo al otro lado de la cama, como a mil millas de distancia.

– Vamos, contéstame -le dije-. ¿Tiene que ser una cosa que guste mucho,  o basta con algo que me guste un poco?
– Una cosa que te guste mucho.
– Bien -le dije. Pero no podía concentrarme. Lo único que se me ocurría eran aquellas dos monjas que iban por ahí pidiendo con sus cestas. Sobre todo la de las gafas de montura de metal.  Y un chico que había conocido en Elkton Hills. Se llamaba James Castle y se negó a retirar lo que había dicho de un tío insoportable, un tal Phil Stabile. Un día había comentado con otros chicos que era un creído, y uno de los amigos de Stabile le fue corriendo con el cuento. Phil Stabile se presentó con otros seis hijoputas en su cuarto, cerraron la puerta con llave y trataron de obligarle a que retirarra lo dicho, pero Castle se negó. Le dieron una paliza tremenda. No les diré lo que le hicieron porque es demasiado repugnante, pero el caso es que Castle siguió sin retractarse. Era un tío delgadísimo y muy débil, con unas muñecas que parecían lápices. Al final, antes de desdecirse, prefirió tirarse por la ventana…

Pues no se me ocurría nada más.”

 

El guardián entre el centeno / J.D. Salinder – Alianza Editorial
El guardián entre el centeno en Wikipedia
Disponible en la sección NO Sólo TécnicaSig. 82N SAL gua

#hoyleemos: “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera

 

“Después de cuatro años pasados en Ginebra, Sabina se fue a vivir a París y no era capaz de recuperarse de la melancolía. Si alguien le hubiera preguntado qué le había pasado, no habría encontrado palabras para explicarlo.

Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. ¿Pero qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandonarlo. ¿La persiguió él? ¿Se vengó? No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser.

Hasta ahora, los momentos de traición la llenaban de excitación y de alegría, porque ante ella se abría un camino nuevo y, al final de éste, la nueva aventura de una traición. ¿Pero qué sucederá si ese camino se acaba un buen día? Uno puede traicionar a los padres, al marido, al amor, a la patria, pero cuando ya no hay ni padres, ni marido, ni amor, ni patria, ¿qué queda por traicionar?

Sabina sentía a su alrededor el vacío. Pero ¿qué sucedería si ese vacío fuese precisamente el objetivo de todas sus traiciones?

Por supuesto, hasta ahora no había sido consciente de ello: el objetivo hacia el cual se precipita el hombre queda siempre velado. La muchacha que desea casarse, desea algo totalmente desconocido para ella. El joven que persigue la gloria no sabe qué es la gloria. Aquello que otorga sentido a nuestra actuación es siempre algo totalmente desconocido para nosotros. Sabina tampoco sabía qué objetivo se ocultaba tras su deseo de traicionar. ¿Es su objetivo la insoportable levedad del ser? Al abandonar Ginebra se le acercó considerablemente…”

 

La insoportable levedad del ser / Milan Kundera —  Ed. Tusquets
La insorportable levedad del ser en Wikipedia
Disponible en la sección NO Sólo TécnicaSig. 82N KUN ins

#hoyleemos: “La colmena” de Camilo José Cela

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– Ande, largo. 
— Adiós, muchas gracias; es usted muy amable. 
— Nada. Váyase por ahí. Aquí no lo queremos ver más. 

El camarero procura poner voz seria, voz de respeto. Tiene un marcado deje gallego que quita violencia, autoridad, a sus palabras, que tiñe de dulzor su seriedad. A los hombres blandos, cuando desde fuera se eles empuja a la acritud, les tiembla un poquito el labio de arriba; parece como si se lo rozara una mosca invisible. 
— Si quiere, le dejo el libro. 
— No; lléveselo. 

Martín Marco, paliducho, desmedrado, con el pantalón desflecado y la americana raída, se despide del camarero llevándose la mano al ala de su triste y mugriento sombrero gris. 
— Adiós, muchas gracias; es usted muy amable. 
— Nada. Váyase por ahí. Aquí no vuelva a arrimar. 

Martín Marco mira para el camarero; quisiera decir algo hermoso.
— En mí tiene usted un amigo. 
— Bueno. 
— Yo sabré corresponder. 

Martín Marco se sujeta sus gafas de cerquillo de alambre y rompe a andar. A su lado pasa una muchacha que le resulta una cara conocida. 
— Adiós. 

La chica lo mira durante un segundo y sigue su camino. Es una jovencita y muy mona. No va bien vestida. Debe de ser una sombrerera; las sombrereras tienen todas un aire casi distinguido; así como las buenas amas de cría son pasiegas y las buenas cocineras; vizcaínas, las buenas queridas, las que se pueden vestir bien y llevarlas a cualquier lado, suelen ser sombrereas. 

Martín Marco tira lentamente por el bulevar abajo, camino de Santa Bárbara. El camarero se para un instante en la acera, antes de empujar la puerta. 
— ¡Va sin un real! 

Las gentes pasan apresuradas, bien envueltas en sus gabanes, huyendo del frío. Martín Marco, el hombre que no ha pagado el café y que mira la ciudad como un niño enfermo y acosado, mete las manos en los bolsillos del pantalón. Las luces de la plaza brillan con un resplandor hiriente, casi ofensivo. 

Don Roberto González, levantando la cabeza del grueso libro de contabilidad, habla con el patrón. 
— ¿Le sería a usted igual darme tres duros a cuenta? Mañana es el cumpleaños de mi mujer… 

La Colmena/ Camilo José Cela — Ed. Cátedra
La colmena en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N CEL col