Que España no es un país marítimo es evidente. La ignorancia de la importancia del mar en la vida de las personas y de los países alcanza no solo a los habitantes del interior sino también a otros más en contacto con la costa, y digo la costa porque el mar es otra cosa.
Hay que tener en cuenta la propia naturaleza humana. Los hombres y por supuesto también las mujeres, somos animales terrestres y ese es nuestro hábitat natural. La mar es un medio hostil, que necesita grandes medios para ser colonizado. Sin embargo puede ser una gran fuente de recursos si se sabe explotar. El marisqueo y la pesca litoral se pueden considerar como una continuación de la caza y la recolección terrestre.

El uso de la mar como vía de comunicación es muy posterior y se establece por un motivo, la necesidad de deshacerse de excedentes, bien de población, porque la tierra no la puede alimentar, bien por el exceso de producción de bienes que es conveniente cambiar por otros más escasos. Es decir se basa en la colonización y en el comercio. Mientras la tierra nos da alimento y abrigo la gente se hace sedentaria y no se lanza a la aventura. La facilidad de moverse sobre el agua, una vez que se dispone de medios, y su capacidad de llevar volúmenes mucho mayores que por los medios terrestres, hace todo lo demás.
Tenemos múltiples ejemplos. En el Mediterráneo, el Egipto de los Tolomeos era, antes de Roma, la potencia dominante y rica. Sin embargo no se expandió como lo hicieron fenicios y griegos, habitantes de tierras pobres. Roma es recordada y admirada por su red de calzadas, de planificación y diseño realmente moderna, por sus victorias en las guerras púnicas, sin embargo no se considera que la primera guerra púnica se ganó mediante la construcción de una flota y la invasión de Hispania por Escipion en la segunda fue una operación anfibia. La consolidación del imperio de Augusto se consiguió en la batalla naval de Antium y la romanización de Bretaña se debió a la primera de las dos únicas invasiones exitosas de las islas británicas. Lo que se recuerda de Julio César es la guerra de las Galias. Todo esto sin tener en cuenta el avance en el transporte marítimo romano, con la aparición del primer contenedor normalizado, el ánfora que servía para llevar aceite, vino, trigo o garum indistintamente. Roma se mantenía por el trigo de África del norte, transportado por mar, por supuesto. Todo esto esta oscurecido por las conquistas terrestres y la colonización del mundo antiguo, realmente asombrosa. Evidentemente Roma era una potencia “mentalmente terrestre”. Nosotros somos romanos.
Este comportamiento es diametralmente opuesto al de los nórdicos, vikingos, que vivían en tierras más inhóspitas, se recuerdan por sus navegaciones por los mares del norte pero mucho menos por sus redes comerciales terrestres, que llegaban hasta Constantinopla.
Si cambiamos de hemisferio, en la América precolombina no se conoce ninguna hazaña naval, por mucho que se quiera mitificar a la Kon-tiki. Sin embargo en el otro extremo de Pacifico los polinesios, habitantes de pequeñas islas desarrollaron embarcaciones y métodos de navegación verdaderamente admirables.
El concepto chino de ser el centro de la tierra y su fertilidad, hicieron que se cortaran “de oficio” sus primeros intentos de expansión marítima.
Inglaterra, isla y aislada era consciente de la necesidad del mar para su existencia y por tanto se volcó el país, no solo el gobierno, en el desarrollo de una marina mercante y de “ataque más que de guerra” para defender sus intereses, sin hablar de la Navigation Act de Cromwell.
Si vemos el desarrollo del segundo imperio británico y del ruso, ambos hacia oriente, Rusia lo hace por tierra, conquistando Siberia hasta el pacifico, Gran Bretaña lo hace por mar, por el sur pero con el mismo destino. Queda claro quien es una potencia terrestre y cual una marítima.
Portugal es técnicamente y políticamente una isla y por tanto, una vez terminada su reconquista, se echa a la mar, costeando las tierras conocidas en busca del moluco. Algo parecido hace la corona de Aragón a partir de Jaime I, entrar en el Mediterráneo, tomando las Baleares, Cerdeña, Sicilia y hasta Atenas y Neopatria, incluso ajustándole las cuentas al Basileo de Constantinopla.
Castilla tardó doscientos cincuenta años más en acabar su reconquista, fundamentalmente terrestre, aunque en la conquista de Sevilla y en el cierre del estrecho participara la flota del Cantábrico, hecho bastante olvidado.
Este fin de la reconquista coincide con la constitución de los estados modernos, acabando con el sistema político, feudal, de la edad Media. Es decir, volvemos al poder centralizado de Roma. La iniciativa pasa a la corona y pierde fuerza la iniciativa privada. Colon tarda muchísimo en convencer a varias monarquías de sus ideas y sale adelante pactando con los Reyes Católicos, en cuyo nombre actúa. Nada parecido a la Mayflower, operación hecha por los puritanos, para huir precisamente de esa monarquía que los perseguía.
El descubrimiento de América no cambio en absoluto la mentalidad de Castilla y por extensión de España. Todo estaba reglamentado y controlado, había que pedir permiso para todo, son numerosas las injerencias en las actuaciones de sus adelantados, empezando por Colón y siguiendo por Hernán Cortes, Pizarro y otros muchos.
Esta organización, Casa de Contratación de Sevilla y luego Cádiz, monopolio del comercio de Indias, fue modélica técnica y administrativamente hablando, pero impidió que todo el país se volcara en ella, hasta que Carlos III abrió todos los puertos de la monarquía a ese comercio, cuando ya era demasiado tarde. Pura Roma.
Prueba de esa falta de mentalidad marítima, es la fama de los tercios de Flandes frente a la marginación de las flotas de indias y su éxito, mal que le pese a la propaganda de Hollywood. Parece que España perdió siempre en la mar, mito que fomentamos de tal manera que el himno de la Armada se remonta a Lepanto para citar una victoria. Todos conocemos al Duque de Alba o la rendición de Breda, pero si preguntamos por Legazpi o Urdaneta nos dirán que son una estación del metro de Madrid o un portero del Osasuna. Los ejemplos serian infinitos, ahora nos acordamos de Elcano y la vuelta al mundo, sobre todo para exaltar a Magallanes y recalcar que era portugués .En el campo científico es mucho más conocido el capitán Cook que Malaspina y así sucesivamente.
Creo que queda demostrado que histórica y culturalmente no somos marítimos. Pero no solo esto nos condiciona, sino también la geografía. Presumimos de que tenemos no sé cuantos miles de kilómetros de costa, pero no reparamos que en su mayor parte es una costa hostil, playas y acantilados, y en muy pocos sitios, rías gallegas, bahía de Cádiz, o entre islas, se presta a que las comunicaciones locales se realicen sistemáticamente por mar. Este uso cotidiano es lo que familiariza a la población con el mar. Nada que ver con las costas formadas por estuarios de ríos navegables o fiordos o incluso marismas, de otros países.
Cuando hemos llegado a tener un nivel económico que permite acceder a la navegación de recreo, en vez de favorecerla, nos dedicamos a aplicarle toda una burocracia de títulos, reglamentos, inspecciones, papeleo y policía de tráfico para cazar a los infractores. Olvidarse de las leyes del mar y aplicar las terrestres, o sea, Roma otra vez.
Así no hay manera de que el niño conozca, practique, disfrute y por tanto quiera a la mar y todo lo que representa y la tenga presente a lo largo de su vida y lo trasmita a las siguientes generaciones.
Pascual Pery Paredes
Catedrático Emérito de la UPM

Un artículo brillante, provocador y necesario, que plantea con acierto la escasa interiorización del mar en la cultura española. Sin embargo, conviene matizar algunas generalizaciones: existen tradiciones marítimas regionales muy arraigadas, avances recientes en política marítima y un contexto contemporáneo más dinámico de lo que sugiere el texto. La tesis es poderosa, pero quizá excesivamente homogénea. El debate está abierto: ¿Qué significa hoy ser un país marítimo y quién debe construir ese vínculo?