
18 de marzo de 2026
por Beatriz Álvarez Arias
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18 de marzo de 2026
por Beatriz Álvarez Arias
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29 de diciembre de 2025
por Beatriz Álvarez Arias
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En nuestro país, a Victoria Mary ‘Vita’ Sackville-West se la conoce sobre todo por su relación con Virginia Woolf. Lo cual resulta injusto pues, aparte de amante y musa, fue una reconocida literata. Y también, y esto es lo que nos interesa aquí, una prestigiosa especialista en floricultura autora de libros tales como A Joy of Gardening (1958).
Señora con sombrero rojo (William Strang, 1918), óleo para el que posó Vita. CC BY-NC-ND 4.0. Creditos: Glasgow Life Museums. Fuente: Art UK. Nieta de una bailarina andaluza y un noble inglés, esta mujer anticonvencional siempre llevó a gala sus orígenes españoles.

Aunque casada, Vita escandalizó a la sociedad bienpensante por sus romances lésbicos. Una de sus amantes fue la escritora Virginia Woolf, quien se inspiró en ella para crear al protagonista de Orlando. Publicada en 1928, esta obra ha sido definida como ‘la carta de amor más larga y encantadora de la literatura’1 . En la imagen, portada de la primera edición del libro. CC Public Domain Mark 1.0. Universal. Autor: Edward McKnight Kauffer. Fuente: Wikimedia Commons.

Vista aérea de los jardines del Castillo de Sissinghurst (Kent). Diseñados por Vita y su marido, que adquirieron la propiedad en los años treinta, hoy se cuentan entre los más famosos de Gran Bretaña. CC BY-SA 2.0. Autor: Andrew Curtis (2024). Fuente: Geograph Britain and Ireland.
Bibliografía
Lady Desidia (2020). El jardín secreto de Virginia Woolf. Lundwerg. Barcelona.
Sackville-West, V. (1958). A Joy of Gardening: A Selection for Americans. Harper & Brothers. New York.
Woolf, V. (1928). Orlando: A Biography. The Hogarth Press. London.
7 de diciembre de 2025
por Beatriz Álvarez Arias
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De gran porte (puede alcanzar entre 4-5 m), el abacá o cáñamo de Manila (Musa textilis Née) es una hierba originaria de Filipinas y las Molucas1 que ha sido usada desde hace siglos como fuente de fibra.

Plantación de abacá. CC BY-SA 4.0. Autor: ViancaAlfarb. Fuente: Wikimedia Commons. Perteneciente a la misma familia botánica (Musaceae) que el plátano (Musa x paradisiaca L.), planta a la que se parece mucho, el abacá vive en zonas cálidas, lluviosas y de hasta 1.200 m de altitud2.
La primera mención a los textiles de abacá se la debemos al jesuita español Ignacio Francisco Alcina, quien llegó a las Bisayas en el s. XVII. Este explicó en sus escritos que tras limpiar, secar y golpear las fibras obtenidas de los peciolos de sus hojas, los indígenas las clasificaban según su grosor y calidad en tres tipos: lapnison, tinagsa y nipiz o magamay. De ellos, el lapnison se utilizaba para elaborar cuerdas y cobertores y la tinagsa, para pagar tributos y confeccionar prendas de vestir de uso diario. En cuanto al nipiz, esta clase era la más apreciada y la materia prima de una tela considerada de lujo3.

Chaqueta de abacá procedente de la isla de Mindanao. Fue donada por el coleccionista José Rinzal al Museum für Völkerkunde (hoy Ethnologisches Museum) en 1888. CC BY-SA 4.0. Crédito: Staatliche Museen zu Berlin, Ethnologisches Museum / Martin Franken.

Flores de sinamay y muestra de este material pertenecientes a la colección etnobiológica de la autora. El sinamay –uno de los tejidos que se obtienen del abacá- es muy ligero y moldeable por lo que sirve para hacer tocados, adornos y cintas. Fotografía: Autora.
Bibliografía
Castro, S. (1990). Nipis, a Philippine Fabric. In: ‘Nipis’: an exhibition of Philippine fabrics organized by the Museum Division, November 23-December 29, 1990: 11-27. Intramuros Administration. Manila.
13 de julio de 2025
por Beatriz Álvarez Arias
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La piña –Ananas comosus (L.) Merr., Bromeliaceae– fue cultivada desde la antigüedad en la América Tropical (su lugar de origen) y el Caribe1 debido a las propiedades medicinales y al delicioso gusto de su fruto2, que pronto llamaría la atención de los primeros europeos llegados al Nuevo Mundo. Entre otros del mismísimo Cristóbal Colón, quien la descubriría en la isla antillana de Guadalupe según consta en la crónica de su segundo viaje. Un texto en el que explica como el sabor y el aroma de esta fruta ‘asombró y dejó maravillados’ tanto a él como a sus hombres3.

Naturaleza muerta con una piña (George Walter Harris, c.1886).
Russell-Cotes Art Gallery & Museum. CC BY-NC-ND 4.0. Fuente: Art UK.
Todo apunta a que los responsables de la temprana difusión de la piña fueron los portugueses4 , que recogían la fruta en Brasil5 para llevarla como alimento y antiescorbútico en sus expediciones marítimas. Fue así como introdujeron la planta en 1502 en la recién descubierta Santa Elena6, poco después en el este de África7 y c. 15508 en la costa oeste de la India. Zona de Asia desde la que se propagaría hasta China9.
En la actualidad, la piña es una de las plantas tropicales más cultivadas a nivel mundial. Y no solo por su sabroso y nutritivo fruto. También porque sus hojas son un excelente recurso textil.

A Filipinas la piña llegó a finales del s. XVI con los españoles y enseguida se popularizó entre los nativos, aunque no solo por su fruto. Y es que, en cuanto estos se percataron de que las hojas de la planta producen delicadísimas fibras de alta calidad no dudaron en utilizarlas para elaborar bellísimos tejidos de lujo. En la imagen, vista completa (izquierda) y detalle (derecha) de tapete propiedad de la autora. Marfileñas o cremosas, lustrosas, translúcidas y muy ligeras, las telas de piña pronto empezaron a adornarse con maravillosos bordados. Fotografías: Autora.
Bibliografía
Debnath, S. (2016). Pineapple Leaf Fibre-A Sustainable Luxury and Industrial Textiles. In: Gardetti, M.A. & S.S. Muthu (eds), Handbook of Sustainable Luxury Textiles and Fashion 2. EFEPP (Environmental Footprints and Eco-design of Products and Processes). Springer. Singapore.
Montinola, L. (2005). Piña, la reina de los tejidos filipinos. In: V.V. A.A., La piña. El tejido del Paraíso: 56-69. Madrid Vive la Moda, IFEMA (Feria de Madrid). Madrid.
Nobre de Carvalho, T. (2023). From the Americas to the Philippines. The travels of the pineapple: a sixteenth-century globe trotter. Relaciones: Estudios de Historia y Sociedad 44(174): 53-89.
Rohrbach, K.G., F. Leal & G.C. D’Eeckenbrugge (2022). History, Distribution and World Production. In: Bartholomew, D.P., R.E. Paull & K.G. Rohrbach (eds.), The Pineapple : Botany, Production and Uses: 1-12. CABI. Wallingford.
2 de enero de 2025
por Beatriz Álvarez Arias
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La llegada a occidente de ejemplares (vivos y conservados) de especies exóticas, la aparición de colecciones públicas de historia natural y la proliferación de publicaciones científicas ilustradas suscitaron en la Inglaterra victoriana un gran interés por la naturaleza, en general, y por la fauna y la flora propias de tierras lejanas, en particular. Algo que en el caso de aquellos animales y plantas especialmente bellos quedaría reflejado en la moda y las artes suntuarias. Esto es lo que sucedería con ciertos insectos y también, con los colibríes. Diminutas avecillas americanas famosas por lo vistoso de su plumaje, que muchas veces presenta brillo metálico o es iridiscente.

Los colibríes de Gould o el nacimiento de una fascinación
En Inglaterra los colibríes fueron conocidos por el gran público gracias a John Gould. Consumado taxidermista, Gould fue el más reputado ornitólogo victoriano y un gran amante de estos pajaritos. Tanto que llegó a reunir unos 1.500 ejemplares, disecados en posturas realistas, de alrededor de 320 especies de los mismos3. Lo cual, si tenemos en cuenta que existen 373 especies de colibríes, nos permite hacernos una idea de lo completa que era esta colección.
En 1851, durante la Gran Exposición de Londres, Gould presentó sus colibríes en los Regent Park Zoological Gardens. Allí serían contemplados por multitud de personas. Entre otras por John Ruskin y Charles Dickens quien, ante la hermosura de los pájaros, diría:
‘Quienes han conseguido un ejemplar considerado único son mirados con la misma clase de envidia admirativa que rodea al propietario de un auténtico Correggio’4.
En cuanto al crítico de arte, la muestra lo dejó tan impactado que llegó a afirmar:
‘Si me hubiera dedicado a las aves, podría haber producido algo que valiera la pena’5.
Por supuesto, la muestra de Gould también recibiría la visita del príncipe Alberto y de la reina Victoria, quien escribiría posteriormente en su diario:
‘ … es imposible imaginar algo tan hermoso como estos pequeños colibríes, su variedad, y el extraordinario brillo de sus colores’6.
La aportación de Gould a la Gran Exposición no solo estuvo relacionada con la taxidermia. Excelente ilustrador científico, el editor y pionero de la ornitología llevó a la muestra algunas de las 360 litografías que incluiría en su magnífica A Monograph of the Trochilidae, or Family of Humming-Birds (Una monografía de los Trochilidae, o familia de los colibríes)7. Dibujadas y coloreadas a mano por Gould y su asistente Henry Richter, estas estampas imitaban con sorprendente realismo el colorido y la brillantez propios de las plumas de los colibríes mediante una técnica recién patentada8 que implicaba aplicar aceites transparentes y panes de oro y plata y además, llevar a cabo lavados de color9.
Exhibidas en la sección de bellas artes de la Gran Exposición, las ilustraciones de Gould contribuyeron a aumentar aún más la atracción que los victorianos sentían por las avecillas11. Una fascinación que daría lugar a la colibrimanía o fiebre del colibrí. Curioso fenómeno que dejaría huella en la moda12 y la joyería británicas.


Joyas emplumadas
Muy cotizadas actualmente, las joyas victorianas se caracterizan, además de por sus diseños y por los procedimientos seguidos en su fabricación, por la gran variedad de materiales con los que fueron elaboradas16. Algunos de ellos, como el oro, la plata y el platino, las gemas, el nácar y las perlas, el coral, el esmalte, … , siguen siendo utilizados. Otros, sin embargo, nos parecen hoy insólitos e incluso macabros. Este es el caso de los cabellos y dientes humanos. Y también, el de ciertos animales que, debido a su atractivo y novedad, resultaban de lo más sugestivos. Por ejemplo, los colibríes.

Pendientes hechos con dos cabezas de colibríes disecadas montadas en oro. Gran Bretaña, c. 1865. Dominio Público. Fuente: The Metropolitan Museum of Art.
Aunque siniestro, el uso de cabezas y plumas de colibrí como sustitutas de las piedras preciosas no dejaba de tener su lógica. Y es que, estas ‘gemas vivas’, ‘gemas voladoras’17, ‘gemas emplumadas’18 o ‘gemas del sol’19 semejantes a diamantes20, rubíes, topacios e incluso a esmeraldas y con un plumaje que desafiaba toda descripción21 eran realmente:
“ … joyas en sí mismas, sus colores se comparaban a los de las piedras preciosas: como escribió un periodista, cuando miraban sus cabezas ‘no parecían otra cosa que un recorte de papel llameante engastado por un joyero bajo un fragmento de cristal tallado rojo, y sus pechos eran como de crisoprasa y sus alas de sardónice, de color pardo rosado … ’”22.


Las joyas con plumas y cabezas de colibrí estuvieron muy de moda entre los años 1860 y 188025. En Inglaterra el primero en fabricarlas fue Harry Emanuel, proveedor de la Casa Real y uno de los tratantes de diamantes londinenses más importantes26.
Hijo de un joyero especializado en marfil cuyo negocio heredó en 1855, Emanuel registró una patente con fecha de 5 de julio de 1865 que establecía un método para producir creaciones de joyería totalmente novedosas:
‘Emanuel, H. Especificación de Harry Emanuel, Adornos para uso personal. Patente británica. No. 1779 (1865)’.
‘Para este propósito confecciono una montura con oro, plata, u otro material metálico o rígido, por fundición, corte u otro procedimiento, y de cualquier forma deseada; a esta le pego plumas o plumaje27 de pájaros, prefiriendo aquellos que son famosos por sus variados efectos de color y luz; las fijo por medio de goma laca, u otra masilla o pegamento, o sustancia adhesiva, con la que se obtenga una firme sujeción. El conjunto puede ser rematado con gemas u otra ornamentación deseada28’.
Pese a que Emanuel no lo indica en su patente, hoy sabemos que las cabezas de colibrí que usaba en sus joyas eran tratadas con polvo o solución de arsénico y también que no se les extraían los cráneos. Lo cual quiere decir que compatibilizó su método con las técnicas taxidérmicas tradicionales29. Por otro lado, sustituía los picos por otros de metal30 y sentía predilección por los machos de colibrí rubí y probablemente, de esmeralda rabicorta.

Las creaciones de Emanuel (pendientes, collares y broches que en ocasiones se vendían combinados) no tardarían en ser descubiertas por la prensa femenina. Así, en su número de 26 de agosto de 1865 The Queen, The Ladies’ Newspaper and Court Chronicle informó de que una:
‘novedad en joyería es un par de cabezas de colibríes engarzadas en unos pendientes, cuyas plumas cambian de color y brillan más bellamente que cualquier gema’31.
Y poco después de esto (concretamente, en septiembre de 1865) la misma publicación describió un demiparure (semiconjunto) de broche y pendientes con cabezas de colibríes expuesto en el establecimiento del prestigioso joyero32.
Aparte de Emanuel, otras dos afamadas firmas inglesas elaboraron alhajas a partir de colibríes. Estas fueron Ward & Co. y A. Boucard, las cuales presentaron en la Exposición Internacional de Londres de 1872 una serie de piezas, nacidas de la unión entre la taxidermia y la orfebrería, que fueron consideradas ‘ejemplos de belleza’33.
Tan sofisticadas como frágiles, las joyas fabricadas con colibríes llegaron a ser muy apreciadas por las damas más acaudaladas. Y no solamente por su valor estético. También porque podían servirse de ellas para hacer alarde de su elevado estatus social. En parte porque eran artículos de lujo. Y en parte porque su uso estaba ineludiblemente ligado a un estilo de vida ocioso. Al fin y al cabo lucirlas sin dañarlas era totalmente incompatible con realizar cualquier trabajo productivo34.
Víctimas de la moda
Como era de esperar, la creciente popularidad de las joyas con plumas y cabezas de colibríes contribuyó a fomentar la caza indiscriminada de estas aves. Una práctica que las convirtió en literalmente fashion victims al ponerlas en peligro de extinción. Lo cual no es de extrañar si se tiene en cuenta que en Londres, ‘la Meca mundial de los asesinos de la pluma’ según el zoólogo William Hornaday35, se vendieron solo en 1888 unas 400.000 pieles de estos pajaritos36.
Por suerte para los colibríes, y para el resto de las aves masacradas por culpa de las modas, a mediados de la década de los 1870 surgieron numerosas protestas contra su utilización para el adorno personal37. Entre ellas las del ornitólogo Alfred Newton, que con su carta publicada en el número de 28 de enero de 1876 de The Times38, se convirtió en uno de los pioneros de un movimiento que desembocaría en la creación de una de la principales organizaciones conservacionistas del mundo: la Royal Society for the Protection of Birds.
Bibliografía
Anonymous (1851). The feast of the humming-birds. Punch, or the London Charivari 20: 229.
Authority of the Royal Commision (1851). Official catalogue of the Great exhibition of the works of industry of all nations 1851. Spicer Brothers Wholesale Stationers. London.
Gere, C. (1972). Victorian jewellery design. Kimber. London.
Gere, C. & J. Rudoe (2010). Jewellery in the age of Queen Victoria: a mirror to the world. The British Museum Press. London.
Goodrich, S.G. (1875). Johnson’s natural history, comprehensive, scientific, and popular, illustrating and describing the animal kingdom, with its wonders and curiosities, from man, through all the divisions, classes, and orders, to the animalcules in the drop of water; showing the habits, structure, and classification of animals, with their relations to agriculture, manufactures, commerce, and the arts II. A.J. Johnson & Son. New York.
Gould, J. (1861a). A Monograph of the Trochilidae, or Family of Humming-Birds I-V. John Gould. London.
Gould, J. (1861b). An introduction to the Trochilidae or family of humming-birds. Taylor and Francis. London.
Hale, S.J. (1863). Fashions. Godey’s Lady’s Book and Magazine 67: 196-198.
Royal Society for the Protection of Birds (1911). Feathers and Facts: a reply to the feather-trade, and review of facts with reference to the persecution of birds for their plumaje. The Royal Society for the Protection of Birds. London.
Rundell, K. (2022). Consider the Hummingbird. London Review of Books 44(21).
Siskg1 (2012). John Gould’s hummingbirds–a Victorian obsession. Special Collections and Archives of Cardiff University Library: Showcasing Research Resources.
Sofer, G. (2009). Investigation of a Victorian ornithological adornment. Conservation Journal 57.
Soth, A. (2020). Cabinet of Curiosities: Insect Jewelry of the Victorian Era. JSTOR Daily 16.
Souder, W. (2013). How Two Women Ended the Deadly Feather Trade. Smithsonian Magazine.
Syperek, P.K.C. (2015). Jewels of the Natural History Museum: Gendered aesthetics in South Kensington c. 1850-1900. University College of London. London.
Tolini, M. (2022). ‘Beetle Abominations’ and Birds on Bonnets: Zoological Fantasy in Late-Nineteenth-Century Dress. Nineteenth-Century Art Worldwide: a journal of nineteenth-century visual culture 1(1).
V&A Museum (2003). Earring. V&A Museum Collections.
V&A Museum (2007). Earring. V&A Museum Collections.
Volpi, M.C. (2016). The Exotic West: The Circuit of Carioca Featherwork in the Nineteenth Century. Fashion Theory 20(2): 127-151.
Wallace, A.R. (1877). Humming-Birds. The Fortnightly Review 22 (New Series): 773-791.
8 de octubre de 2024
por Beatriz Álvarez Arias
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Corría el s. VII a. de C. cuando en la isla griega de Lesbos nació una niña destinada a la inmortalidad. Aquella damita recibió el nombre de Safo y, bendecida por las musas, llegaría a convertirse en una de las grandes figuras de la lírica de la antigüedad.
Para muchos Safo es, simple y llanamente, la poetisa del amor entre mujeres. Para mí es algo más: la ferviente devota de Afrodita que cantó a la sensualidad y al deseo, a la melancolía y las flores. Especialmente a la rosa, símbolo de la diosa a la que veneró.
‘Yacerás muerta, y de ti no quedará ningún recuerdo en los tiempos a venir, pues no tienes tu parte de las rosas de Pieria. Vagarás desapercibida por la mansión de Hades, entre las sombras de los muertos’.
‘ . . . cantan tu noche de boda y la de la novia de cuerpo de violeta’.
‘Como la manzana dulce que enrojece en lo alto de una rama, en lo alto más alto, y se la dejan los cosechadores; o no, no se la dejan, Es que no pueden alcanzarla’. ‘Como el Jacinto que en el monte los pastores aplastan con los pies, y la flor púrpura en el suelo . . . ’.

‘Safo y Erinna en un jardín en Mytilene’ (Simeon Solomon, 1864). Fuente: Tate.
Bibliografía
Todos los poemas incluidos en esta entrada han sido tomados de:
Safo (2017). No creo poder tocar el cielo con las manos. Poesía portátil. Penguin Random House. Barcelona.
29 de junio de 2024
por Beatriz Álvarez Arias
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‘Esas muñecas articuladas de madera de todos los tamaños, desde bebés de media pulgada de largo hasta madres de familia de dos pies de alto, cuya tez siempre se les quitaba cuando les lavábamos la cara, son las nativas de esta tierra’1.
Situado en el norte de Italia (concretamente, en los imponentes Dolomitas), Val Gardena nunca fue un paraíso agrícola. Sin embargo, a cambio contaba (y sigue contando) con frondosos bosques de coníferas. Entre ellas, de pino cembro o pino suizo (Pinus cembra L., Pinaceae). Árbol cuya madera2 fue durante siglos un recurso natural de vital importancia para las humildes familias gardenesas, pues con ella elaboraban los juguetes que, junto con las imágenes sagradas, hicieron posible su subsistencia en un lugar donde la vida tenía poco de fácil.

Ilustración de la obra Veitch’s manual of the ‘Coniferæ’3 en la que aparece representado un ejemplar de pino cembro. Fuente: BHL.
En el s. XVII las gentes de Val Gardena ya se dedicaban al comercio ambulante, siendo conocidas por sus encajes típicos, bordados y artículos de mercería4. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que, si vendían los sencillos juguetes de madera que hacían en invierno y que a veces cambiaban por comida o herramientas, podrían mantener a sus generalmente numerosos hijos y además empezar a ahorrar pequeñas sumas de dinero. De ahí que familias enteras, mujeres y niños incluidos5, comenzaran a fabricar en serie, muchas veces especializándose en un solo tipo de juguete, los osos, caballos, muñecos, etc. que las amas de casa (primero) y los mercaderes (después) ofrecían durante el verano en ferias y mercados. Inicialmente locales luego de media Europa, ya que los emprendedores comerciantes gardeneses no tardarían en apañárselas para atravesar las fronteras de su aislado valle y llegar a lugares tan alejados de su tierra como es Rusia.
Al principio los juguetes de Val Gardena eran poco variados y muy simples, hasta el punto de que o no se pintaban o se enviaban a Baviera para aplicarles color, pues los artesanos desconocían las técnicas de tinción de la madera. Pero poco a poco se sofisticaron, aparecieron nuevos modelos y empezaron a pintarse de colores brillantes. En cualquier caso, los animalitos, muñecos, figuritas, soldaditos, marionetas, peonzas, balancines, juegos, . . . , que tan cuidadosamente elaboraban los gardeneses tuvieron un gran éxito incluso en el extranjero. Especialmente, cierta muñeca que llegó a hacerse muy popular. La llamada muñeca de Val Gardena o muñeca Grödner Tal (por el nombre alemán del valle, que perteneció al Imperio austrohúngaro hasta 1920). Una simpática figura femenina con cintura de avispa y boquita de piñón, conocida erróneamente como muñeca holandesa debido a que entraba en Estados Unidos vía los puertos neerlandeses (principalmente, el de Ámsterdam).

Izquierda: Isabella, muñeca gardenesa moderna. En la actualidad este juguete se hace de encargo, considerándose pieza de coleccionista. Fotografía: Autora. Derecha: La muñeca holandesa (1926). Uno de los dos cuadros, el otro data de 1914, que Mark Gertler dedicó a este juguete. Gertler fue un pintor británico relacionado con el Círculo de Bloomsbury. Fuente: Brighton and Hove Museums.
Bibliografía
Álvarez, B.T. (2024). Etnobotánica lúdica. La muñeca ‘gardenesa’, un juguete de origen forestal e importancia económica. Revista de Folklore 508: 61-66.
Edwards, A.B. (1873). Untrodden Peaks and Unfrequented Valleys: A Midsummer Ramble in the Dolomites. Longman’s, Green and Co. London.
Kent, A.H. (1900). Veitch’s manual of the ‘Coniferæ’, containing a general review of the order; a synopsis of the species cultivated in Great Britain; their botanical history, economic properties, place and use in arboriculture, etc., etc. A new and greatly enlarged edition. James Veitch & Sons. Chelsea.
Marabini, B. & Cultural Association Rus’ (2018). Il giocattolo di legno in Val Gardena e in Russia. Department for External Economic and International Relations of Moscow, Adler, Entdecke Bad die Zeit Kissingen, Museum Gherdëina, Dolomites-Val Gardena. Trento.
27 de junio de 2024
por Beatriz Álvarez Arias
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De origen italiano y sobrino del famoso Dr. Polidori, sufrido médico de Lord Byron y autor de culto para los amantes de la literatura vampírica, el británico Dante Gabriel Rossetti fue, sin duda alguna, el más carismático de los integrantes del movimiento prerrafaelita. Una vanguardia artística que, surgida en la Inglaterra victoriana, se atrevió a desafiar a la Royal Academy of Arts con el fin de devolver al arte británico la autenticidad que veía en los pintores italianos anteriores a Rafael1.
Provocador, bohemio y vividor, Rossetti fue un seductor nato que si por algo se caracterizaba era por su tendencia a mantener relaciones con sus modelos. Especialmente con aquellas que como Annie Miller, Fanny Cornforth o Jane Burden, la esposa de su amigo William Morris, posaban de forma asidua para él. Sin embargo, la mujer que marcaría la vida de nuestro hombre no sería ninguna de estas sino una esbelta pelirroja, tan bella como frágil, que respondía al nombre de Elizabeth Siddal y que hoy puede ser considerada como la musa rossettiana por excelencia.

Elizabeth Siddal (Dante Gabriel Rossetti, 1850–1865). CC BY-NC-ND. © The Fitzwilliam Museum.
Siddal conoció a los prerrafaelitas en 18492. Fue entonces cuando Lizzie (así la llamaban cariñosamente) dejó la sombrerería en la que trabajaba como ayudante y pasó a ser la modelo preferida de, entre otros, Holman Hunt, Millais y, por supuesto, Rossetti, con quien terminaría casándose.
Por desgracia para Elizabeth, su matrimonio no fue precisamente feliz pues su marido no solo le fue infiel en repetidas ocasiones sino que además la desatendió. A consecuencia de esto su salud, ya de por sí delicada, se fue deteriorando poco a poco hasta que finalmente, en 1861, sufrió un aborto espontáneo3. Este hecho la sumió en una profunda depresión que la conduciría al suicidio un año después4. Presa de los remordimientos, Rossetti no tardaría en empezar a pintar la que puede considerarse su obra maestra: la fascinante Beata Beatrix. Un cuadro con el que inmortalizaría a Lizzie, de cuya muerte siempre se sentiría culpable.

Beata Beatrix (Dante Gabriel Rossetti, c. 1864–70). CC BY-NC-ND 4.0. © Tate.
Inspirado en la Vita nuova, obra de Dante en la que este se lamenta por la pérdida de su amada, Beata Beatrix representa, en realidad, a Elizabeth Siddal, a la que Rossetti identifica con Beatrice Portinari, en el instante de su muerte. Ataviada de rojo y verde (los colores de la vestimenta de Beatrice en el Paraíso, según la Divina Comedia)5, Lizzie, cuya ambigua expresión tiene tanto de mística como de orgásmica, es contemplada desde el fondo del lienzo por dos figuras enfrentadas que, alzándose delante del Ponte Vecchio (no olvidemos que, en teoría, la escena de este cuadro se desarrolla en Florencia)6, se corresponden respectivamente con:
– Dante (‘es decir, el propio Rossetti’)7, que viste de oscuro.
– La personificación del amor, la cual, además de llevar una larga túnica roja, aparece rodeada por un halo y con una llama en la mano izquierda.
Inquietante donde las haya, Beata Beatrix es una obra plena de simbolismo. Así, aunque en principio pueda creerse que el reloj de sol (dorado, como el astro que lo dirige) está ahí para indicar la hora del fallecimiento de Beatrice (las nueve), la verdadera finalidad del mismo es anunciar el suicidio de Elizabeth y proclamar la inexorabilidad del tiempo8. En cuanto al siniestro pájaro rojo que lleva en el pico una flor blanca de adormidera, este es en realidad un ‘mensajero de la muerte’ (Rossetti dixit)9 que entrega a Lizzie la fuente del preparado con el que se quitaría la vida: el láudano.

Adormidera (Papaver somniferum L., Papaveraceae). Fuente: BHL. Sus frutos producen el opio, la base del láudano. Solución alcohólica, en principio medicinal, que debido a sus propiedades narcóticas hacía que aquel que la ingería en dosis superiores a las recomendadas viviera ‘una especie de sueño contemplativo’10. Una experiencia que Rossetti, a juzgar por la atmósfera onírica de Beata Beatrix, debió conocer de primera mano.
Tras la muerte de su esposa, y torturado por el recuerdo de esta, Dante Gabriel Rossetti, ‘el más simbolista de los prerrafaelistas’11, no solo perdería su famoso atractivo. También caería en el alcoholismo y la drogadicción, hundiéndose en una grave depresión que le llevaría a intentar suicidarse. Aunque no antes de haber ordenado la macabra exhumación del cuerpo de Elizabeth que, según cuenta la leyenda, estuvo rodeada de hechos extraños . . . Pero esa es otra historia y como tal, será contada en otro momento.
Bibliografía
Birchall, H. (2010). Prerrafaelitas. Taschen. Köln.
Crepaldi, G. (2000). Prerrafaelistas. La discreta elegancia del siglo XIX inglés. ArtBook. Electa Bolsillo. Electa. Madrid.
Cuéllar, C.A. (2006). El Prerrafaelismo y su influencia en la creación contemporánea. Debats 22. Institució Alfons el Magnànim. Valencia.
Gibson, M. (2006). El simbolismo. Taschen. Köln, London, Los Angeles, Madrid, Paris, Tokyo.
Hilton, T. (1993). Los prerrafaelitas. El mundo del arte 22. Ediciones Destino, Barcelona.
Rivera, D. & C. Obón (1991). La guía de INCAFO de las plantas útiles y venenosas de la Península Ibérica y Baleares (excluidas medicinales). Las guías verdes de INCAFO. INCAFO. Madrid.
23 de mayo de 2024
por Beatriz Álvarez Arias
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Diez de abril de 1815. En la isla indonesia de Sumbawa el volcán Tambora entra violentamente en erupción arrojando a la atmósfera tal cantidad de polvo, cenizas y gases venenosos que el sol queda parcialmente nublado. Debido a esto, en el hemisferio norte del planeta se produce un cambio climático que sería el responsable de que 1816 sea hoy recordado como el año sin verano. Y también, de que Europa y Norteamérica se vieran azotadas por una hambruna que mató a miles de personas.
Fue precisamente en ese momento de oscuridad, clave en la historia del romanticismo, cuando el poeta británico Lord Byron tuvo que dejar definitivamente su país debido a sus últimos escándalos. Pero no lo hizo solo sino junto con su médico, el Dr. Polidori. Un joven erudito aspirante a escritor.
Tras viajar durante varios meses por el continente europeo, Byron llegaría a Suiza a principios del verano de 1816. Una vez allí alquilaría un palacete a orillas del lago Lemán con idea de pasar una temporada: la hoy legendaria Villa Diodati.

Vista de Villa Diodati según grabado anónimo de 1850. Fuente: Amsterdam Museum.
No mucho después de instalarse en su nueva casa, Byron recibiría la visita de Percy Shelley y su jovencísima amante, Mary. Culta e intelectualmente precoz, la hoy conocida como Mary Shelley se fugó a los diecisiete años con el poeta y ensayista debido al rechazo que suscitaba su relación con este, pues Shelley era un hombre casado y padre de familia.
Por culpa del mal tiempo, Byron y sus compañeros no pudieron disfrutar de las actividades al aire libre durante días. Días en los que el grupo de bohemios permaneció recluido en Villa Diodati, dedicándose a leer y conversar sobre temas filosóficos y científicos. Especialmente sobre la por entonces de moda teoría del galvanismo y, más concretamente, sobre si era posible devolver la vida mediante la electricidad.
Una noche tormentosa en la que los miembros del Círculo Diodati leían en voz alta cuentos de fantasmas, Byron propuso un reto a sus camaradas: que cada uno de ellos escribiera una historia de terror. Cosa que estos, predispuestos como estaban por lo lúgubre de la velada y el alcohol y el láudano que habían escanciado a placer, aceptaron.

Adormidera (Papaver somniferum L., Papaveraceae). Fuente: gallica.bnf.fr / BnF. Sus frutos producen el opio, la base del láudano. Una solución alcohólica, en principio medicinal, que debido a sus propiedades narcóticas hacía que aquel que la ingería en dosis superiores a las recomendadas viviera ‘una especie de sueño contemplativo’1. De ahí que, pese a su toxicidad y carácter adictivo, fuera muy consumida por los artistas y bohemios del pasado.
Olvidados por sus musas, ni Shelley ni Byron lograron acabar relato alguno. No así Mary y Polidori quienes, animados por el poeta, comenzarían respectivamente Frankenstein (1818) y El vampiro (1819). Dos obras consideradas de culto por los amantes de la literatura de terror.
Parece ser que Miss Shelley concibió a su monstruo inspirada por las discusiones que mantuvo con Byron y su esposo sobre:
‘ . . . la naturaleza del principio vital, y la posibilidad de que se llegase a descubrir tal principio y conferirlo a la materia inerte’2.
Pero también y, sobre todo, a un inquietante sueño que tuvo una noche y que describió así:
‘Vi –con los ojos cerrados, pero con aguda visión mental-, vi al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al ser que había ensamblado. Vi al horrendo fantasma de un hombre tendido, y luego, por obra de algún ingenio poderoso, le vi manifestar signos de vida, y agitarse con movimiento torpe y semivital’3.
En cuanto a Polidori, parece ser que concibió a Lord Ruthven, su vampiro, teniendo en mente a Byron. Un hombre atractivo e irresistiblemente seductor, pero también cínico y amoral, que gozaba inmensamente cuando mortificaba a su pobre e hipersensible médico. Quien, por cierto, tuvo que soportar que su pequeña joya fuera atribuida por muchos al sádico de su jefe.

Izquierda: Mary Shelley (Richard Rothwell, c. 1831-1840); NPG 1235. © National Portrait Gallery, London. Derecha: Victor Frankenstein observa los primeros movimientos de su criatura (Theodor von Holst, 1831). Fuente: Wellcome Collection.

John William Polidori (F.G. Gainsford, c. 1816); NPG 991. © National Portrait Gallery, London.
Bibliografía
Polidori, J.W. (1819). The Vampyre; A Tale. Sherwood, Neely, and Jones. London.
Rivera, D. & C. Obón (1991). La guía de INCAFO de las plantas útiles y venenosas de la Península Ibérica y Baleares (excluidas medicinales). Guías verdes de INCAFO 7. INCAFO. Madrid.
Shelley, M. (1818). Frankenstein; or, The modern Prometheus. Three volumes. Lackington, Hughes, Harding, Mavor, & Jones. London
Shelley, M. (2015). Frankenstein. Nórdica Libros. Madrid.
11 de mayo de 2024
por Beatriz Álvarez Arias
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Perteneciente a la familia de las papaveráceas y prima hermana de la amapola (Papaver rhoeas L.), planta a la que se parece mucho, la adormidera (P. somniferum L.) se caracteriza porque sus frutos producen un jugo lechoso (látex) que, una vez extraído y secado, se conoce como opio.

Izquierda: adormidera. Autor: George Chemilevsky. Fuente: Wikimedia Commons. Derecha: opio en bruto. Autor: Erik Fenderson. Fuente: Wikimedia Commons.
Rico en alcaloides (especialmente en morfina, un potente analgésico y sedante que fue llamado así por Morfeo, el dios griego de los sueños), el opio, que ha sido conocido por sus propiedades narcóticas desde la más remota antigüedad, era el componente principal del láudano. Una tintura alcohólica inventada, según la tradición, por el médico, alquimista y astrólogo Paracelso cuya fórmula magistral exacta es hoy un misterio1.

Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, más conocido como Paracelso. Grabado de Theodor de Bry (s. XVI). Fuente: Wellcome Collection.
En 1660 el médico británico Thomas Sydenham ideó el láudano que llevaba su nombre. Este preparado se componía de 1 libra de vino de Málaga, 2 onzas de opio, 1 onza de azafrán (Crocus sativus L., Iridaceae) y una dracma de canela (Cinnamomum verum J. Presl, Lauraceae) y clavo [Syzygium aromaticum (L.) Merr. & L.M. Perry, Myrtaceae] en polvo2. Una vez juntos, estos ingredientes se cocían a fuego lento y al baño maría durante 2 o 3 días. Cuando el líquido resultante tenía la consistencia necesaria, se filtraba y se guardaba3.

Botella para láudano de Sydenham. Este medicamento, que durante más de dos siglos se vendió sin ningún tipo de restricciones, fue usado para calmar cualquier tipo de dolor (incluso el producido por enfermedades terminales como el cáncer). Y también, para tratar la ansiedad y el insomnio y como antitusivo y antidiarreico4. Fuente de la imagen: Science Museum Group Collection.
Aunque el láudano fue inventado con fines terapéuticos (de hecho llego a ser considerado una panacea5), lo cierto es que con el tiempo acabaría encontrando otras aplicaciones que distaban mucho de ser medicinales. Y es que, sus propiedades narcóticas hacían que la persona que lo ingería en dosis superiores a las recomendadas viviera ‘una especie de sueño contemplativo’6. De ahí que, pese a su toxicidad y carácter adictivo, artistas plásticos y poetas como Byron, Shelley o Rossetti vieran en él una especie de néctar divino capaz de proporcionarles la tan deseada inspiración.

Izquierda: Lord Byron (Richard Westall, 1813); NPG 4243. © National Portrait Gallery, London. Derecha: Percy Bysshe Shelley (Amelia Curran, 1819); NPG 1234. © National Portrait Gallery, London.

Dante Gabriel Rossetti (Dante Gabriel Rossetti, 1847); NPG 857. © National Portrait Gallery, London.
Bibliografía
Collegium Regalis Medicorum Londinensium (1677). Pharmacopoeia. Londini.
Diniejko, A. (2022). Victorian Drug Use. The Victorian Web: literature, history, & culture in the age of Victoria.
Escohotado, A. (1998). Historia general de las drogas. Área de conocimiento: Humanidades. Alianza Editorial. Madrid.
Esteva, J. (2005). El opio. De la farmacopea a la prohibición. Offarm 24(10): 97-110.
Jaime, J.M. de (2011). Láudano de Rousseau. Universidad CEU Cardenal Herrera: Epónimos Científicos.
Rivera, D. & C. Obón (1991). La guía de INCAFO de las plantas útiles y venenosas de la Península Ibérica y Baleares (excluidas medicinales). Guías verdes de INCAFO 7. INCAFO. Madrid.