Fuente: The Economist
El reciente compromiso de los países desarrollados de 10 mil millones de dólares para impulsar la expansión de las energías renovables en África es una buena noticia, pero estos fondos deben ser gastados sabiamente con el fin de ofrecer capacitación y empoderamiento en lugar de sólo energía, afirma Aaron Leopold, representante mundial de energía en Practical Action.
Durante las negociaciones climáticas recientes en París, la Unión Europea, Suecia y los países del G7 se comprometieron conjuntamente a recaudar al menos 10 mil millones de dólares para expandir las energías renovables en África en los próximos cinco años como parte de la Iniciativa de Energía Renovable de África. Esto es claramente una buena noticia, pero este fondo debe ser gastado sabiamente para financiar un cambio verdaderamente transformador.
En un principio puede parecer lógico que la mayor parte de todo ese dinero deba ser gastado en grandes proyectos de infraestructura eléctrica. Sin embargo, las mejoras más radicales en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) se ven en niveles de consumo que son un 10% la media de la mayoría de los países de la OECD. Por lo tanto, si el objetivo de fondo es mejorar la vida, el sustento y el bienestar general, lo que se necesita es que este fondo apoye muchas pequeñas inversiones en distintas pequeñas empresas proveedoras de servicio.
Históricamente, los proyectos de infraestructura en África se han dirigido a desarrollar líneas de transmisión “sobre las cabezas” de los ciudadanos de África (ya que estos no pueden pagar por el servicio disponible). Sin embargo, estamos en un período de cambios rápidos y una nueva generación de empresarios están creando distintos modelos de provisión de servicio innovadores que hacen posible la asequibilidad para estos ciudadanos. Empresas como la keniata M-Kopa, que vende unos 15.000 sistemas solares domésticos al mes, proporcionan energía que realmente ahorra su dinero a los clientes a largo plazo y mejora sus vidas al mismo tiempo alimentando iluminación, ventiladores, teléfonos móviles, sistemas de entretenimiento e incluso refrigeración. Estas empresas entienden que todas estas personas, sin importar su nivel de ingresos, están dispuestas a pagar por cosas que mejoren sus vidas. Y cuando no se tiene la electricidad en absoluto, es la primera pequeña cantidad de acceso a la energía la que conlleva la mejora más radical en la calidad de vida en general.
Estas empresas, además, crean puestos de trabajo: la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) estima que la industria del acceso a la energía puede ofrecer 4 millones de puestos de trabajo para 2030. En otro análisis, el Programa Ambiental de las Naciones Unidas (PNUMA) estima que la industria de la iluminación off-grid puede crear más de 500.000 puestos de trabajo en tan solo la región de África occidental. Esto es significativamente más empleo de lo que los modelos tradicionales de provisión de servicio pueden ofrecer.
Es alentador que los donantes y financiadores sean cada vez más conscientes de esta realidad. Sin embargo, en opinión de Aaron Leopold , estos deben apoyar la construcción de un ecosistema donde pequeños proveedores de servicios puedan existir, en lugar de apoyar a empresas concretas con programas de incubación y financiación a menudo tediosamente lentos . Se necesitan políticas y reformas de la regulación, minimizar el riesgo de cambio de divisa, concienciación de políticos y consumidores, garantizar la calidad de los productos (algunos productos baratos ya están afectando seriamente la confianza en este mercado floreciente), y reformar los aranceles de importación.
Si este fondo de 10 mil millones es gastado sabiamente en aprender cómo agregar pequeños proyectos reduciendo los riesgos asociados a estas pequeñas empresas de servicios energéticos descentralizados, podría servir para financiar no sólo energía, sino poder para África.