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#hoyleemos: “A sangre fría” de Truman Capote

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“Claro que la imaginación siempre puede abrir cualquier puerta, girar la llave y dejar paso al terror. El martes al alba, unos cazadores de faisanes procedentes de Colorado, forasteros ignorantes del desastre ocurrido en el lugar, se quedaron atónitos ante el espectáculo que presentaba Holcomb desde su coche: las ventanas iluminadas, casi todas las ventanas de casi todas las casas, y en las habitaciones, inundadas de luz, se veían gentes completamente vestidas, familias enteras que se habían pasado la noche entera en estado de alerta, vigilando, escuchando. ¿De qué tenían miedo?

– Puede que vuelva a ocurrir — era la usual respuesta, con algunas variaciones.

No obstante, una mujer, una maestra, observó:

– La impresión que nos hubiese causado el crimen no hubiera sido tan tremenda si no se hubiese tratado justamente de los Clutter. De alguien menos admirado que ellos, menos próspero y seguro. Pero es que esa familia representaba todo cuanto la gente de por acá realmente valora y respeta. Y que una cosa así les haya podido suceder precisamente a ellos…, bueno, es como si nos dijeran que no existe Dios. Hace que la vida carezca de sentido. Creo que la gente se halla más que asustada, profundamente deprimida.

Otra razón, la más simple, la más desagradable, era que aquella tranquila comunidad de buenos vecinos y amigos de toda la vida, se vio de pronto enfrentada con la insólita experiencia de tener que desconfiar unos de otros. Razonablemente, creían que el aesino era uno de ellos y tods, hasta el último hombre, compartían la opinión que Arthur Clutter, hermano del finado, adelantara a los periodistas reunidos en el vestíbulo  de un hotel de Garden City el 17 de noviembre:

– Apuesto que cuando se aclare esto, comprobaremos que lo hizo alguien que no está ni a diez millas de aquí.

Aproximadamente a seiscientos kilómetros al este de donde se hallaba Arthur Clutter en ese momento, dos jóvenes compatían un reservado en el Eagle Buffet, un restaurante de Kansas City. Uno de ellos, de cara alargada y con un gato azul tatuado en la mano derecha, había engullido varios emparedados de ensaladilla de pollo y ahora miraba codiciosamente lo que su compañero tenía delante: una hamburguesa intacta y un vaso de root beer en el que tres aspirinas se iban disolviendo.

– Chico, Perry — dijo Dick–, veo que no quieres esa hamburguesa. Me la comeré yo.

Perry empujó el plato al otro lado de la mesa:

– ¡Cristo! ¿Es que no puedes dejar que me concentre?
– No necesitas leerlo cincuenta veces.

Aludía a un artículo en primera plana del Star de Kansas City del 17 de noviembre. Bajo el título de “Hay escasos indicios en el cuádruple asesinato”…

A sangre fría / Truman Capote — Ed. Anagrama
A sangre fría en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N CAP asa

#hoyleemos: “1984” de George Orwell

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Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que importaba verdaderamente era la Policía del Pensamiento.

A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro del radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído…”

1984 /George Orwell –Ed. Destino
1984 en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N ORW mil 

#hoyleemos: “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde

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– ¿No le gusta a usted? — esclamó Hallward, un poco extrañado del silencio del joven, que no comprendía.

– Naturalmente que le gusta — dijo lord Herny–. ¿A quién no le gustaría? Es una de las cosas más grandes del arte moderno. Le daré a usted por él lo que desee. Necesito tenerlo.
– No me pertenece, Harry.
– ¿A quién le pertenece?
– A Dorian naturalmente –contestó el pintor.
– Afortunado mortal.
-¡Qué triste es! –murmuraba Dorian con los ojos fijos todavía en su retrato–. ¡Qué triste! Me volveré viejo, horrible, espantoso. Pero ese retrato permanecerá siempre joven. No será nunca más viejo que en este día de junio… ¡Si ocurriera al contrario, si fuera yo siempre joven, y si este retrato envejeciese! ¡Por eso, por eso lo daría todo! ¡Sí, no hay nada en el mundo que no diera yo! ¡Por ello daría hasta mi alma!
– Difícilmente le gustaría a usted tal arreglo, Basilio –exclamó lord Henry–. Sería más bien una mala suerte para su obra.
– Me opondría terminantemente, Harry –dijo Hallward.

Dorian Gray se volvió a mirarle.

– Lo creo así, Basilio. Ama usted más a su arte que a sus amigos. Soy para usted no más que una de sus figuras de bronce. Escasamente más, me atrevería a afirmar.

El pintor le miró con asombro. Era tan raro oír hablar así a Dorian. ¿Qué había sucedido? Parecía muy enojado. Su rostro estaba sonrojoadao, y sus mejillas, encendidas.

– Sí –continuó–, soy para usted menos que su Hermes de marfil o que su Fauno de plata. A ellos los amará usted siempre. ¿Por cuánto tiempo me querrá a mí? Hasta mi primera arruga supongo. Ahora sé que cuando pierde uno su belleza lo pierde todo. Su obra de usted me lo ha enseñado. Lord Henry Wotton tiene completa razón. La juventud es lo único que vale. Cuando note que envejezco me mataré.

Hallward palideció y le cogió la mano.

-¡Dorian, Dorian! –exclamó–. No hable usted así. Nunca he tenido un amigo como usted, ni lo volveré a tener nunca. No va a sentirse celoso de las cosas materiales, ¿verdad? Es usted superior a cualquiera de ellas.

– Siento celos de todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de mi retrato pintado por usted. ¿Por qué ha de conserva él lo que yo perderé? Cada instante que pasa me arrebata algo y le da algo a él. ¡Oh, si pudiera ser a la inversa! ¡Si el retrato pudiese envejecer y yo permanecer tal como soy ahora! ¿Por qué ha pintado usted esto? ¡Algún día se burlará de mí, se burlará horriblemente!

Sus ojos se llenaron de lágrimas abrasadoras; retorcíase las manos, y de pronto se arrojó sobre el diván y sepultó su cara en los almohadones, como si rezase…

El retrato de Dorian Gray/ Oscar Wilde — Ed. Austral
El retrato de Dorian Gray en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N WIL ret