“Su casa — lo que quedaba de ella — estaba oscura y fría, así que el muchachito se pasaba la mayor parte del tiempo sentado en el bordillo de la acera al abrigo de una pared soleada, donde hacía un poco más de calor. Se pasaba horas, allí sentado, todos los días, soñando con comida. Delante de su casa, una bomba había abierto un enorme agujero. Lo habían rellenado en parte, pero seguí siendo un agujero, y un día llegó por la calle aquella una camioneta cargada de carbón. El conductor no vio el cráter a tiempo y el vehículo se metió en él, ¡Kerbang! Se produjo un tremendo barquinazo y cayó al suelo mucho carbón. Pero la camioneta no se detuvo. Se perdió en la curva siguiente, y por unos instantes no hubo más que una calle vacía donde el sol alumbraba una alfombra de carbón. Un pedacito había llegado rodando hasta quedar cerca del pie del muchacho. Y de pronto, como si alguien hubiera dado la señal, se abrieron las puertas a todo lo largo de la calle y empezaron a salir hombres y mujeres, más bien mujeres, a todo correr. El chico se quedó mirando, asombrado, mientras recogían los trozos de carbón en delantales y cestas, peleándose incluso entre ellas. El chico tapó con el pie el pedacito que yacía en el suelo junto a él y, más adelante, cuando todas habían vuelto a meterse en sus casas, se lo guardó en el bolsillo. Del comportamiento de aquellas mujeres había deducido que se trataba de algo muy valioso, aun sin tener ni idea de qué podía ser. Luego volvió la esquina y se lo sacó del bolsillo e intentó comérselo.”
Firmin / Sam Savage — Ed. booket
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