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#hoyleemos: “Las ratas” de Miguel Delibes

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“En la taberna, por el contrario, había cierta animación. Una desnuda bombilla derramaba su luz amarillenta sobre las mesas. Frutos, el Jurado, jugaba en la del fondo su interminable partida de dominó con Virgilín Morante, el marido de la señora Clo, que canturreaba maquinalmente y subrayaba los finales de estrofa golpeando el tablero con las fichas.

Dijo el Pruden apenas les vio:
— Malvino, pon un vaso para el Ratero.

Era un hecho  anómalo, pues el Pruden tenía fama de mezquino. Pero el Pruden esta noche parecía soliviantado. Tomó al Nini nerviosamente por el pescuezo y le explicó confusamente algo sobre un plan de regadío de que hablaba el diario y que alcanzaría hasta el pueblo. Dijo impulsivamente al niño, según sentaba en el banco del fondo:
— Date cuenta, Nini, si llueve como si no. Cuando el Pruden quiera agua no tiene más que levantar la compuerta y ya está. ¿Te das cuenta? Dejaremos de vivir aperreados mirando al cielo todo el día de Dios.

Se hizo una larga pausa. Tan sólo se sentían los golpes de las fichas de dominó y, enlazándoles, el reiterado estribillo de Virgilín Morante. Al cabo, dijo el Centenario con su voz chillona desde la esquina opuesta:
— Si los planes hicieran cundir los trigos, a estas horas no quedaría sitio en las paneras.

Se abrió otra pausa. El Pruden miraba fijamente al Nini, pero el Nini no despegó los labios. Dijo con sorna, un hombre con los hombros encogidos, en la mesa inmediata.
— Pon dos vasos. Antes de que llegue al agua vamos a terminar con el vino.

Fuera era ya oscuro y una luna glauca y enfermiza asomó tras el Cerro Colorado y fue elevándose lánguidamente sobre un cielo alto, extrañamente mineralizado.” 

Las ratas / Miguel Delibes —  Ed. Austral
Las ratas en Wikipedia
Las ratas en las Bibliotecas UPM

#hoyleemos: “Los santos inocentes” de Miguel Delibes

  “¡señorito, por sus muertos, no tire!

no pudo reportarse, cubrió al pájaro con el punto de mira, lo adelantó y oprimió el gatillo y, simultáneamente a la detonación, la grajilla dejó en el aire una estela de plumas negras y azules, encogió las patas sobre sí misma, dobló la cabeza, se hizo un gurruño, y se desplomó, dando volteretas, y, antes de llegar al suelo, ya corría el Azarías ladera abajo, los ojos desorbitados, regateando entre las jaras y la montera, la jaula de los palomos ciegos bamboleándose ruidosamente en su costado, chillando,

     ¡es la milana, señorito! ¡me ha matado a la milana!

y el señorito Iván tras él, a largas zancadas, la escopeta abierta, humeante, reía,

     será imbécil, el pobre,

como para sí, y, luego elevando el tono de voz,

     ¡no te preocupes,  Azarías, yo te regalaré otra!

pero el Azarías, sentado orilla una jara, en el rodapié, sostenía el pájaro agonizante entre sus chatas manos, la sangre caliente y espesa escurriéndole entre los dedos, sintiendo, al fondo de aquel cuerpecillo roto, los postreros, espaciados, latidos de su corazón, e inclinado sobre  él, sollozaba mansamente,

     milana bonita, milana bonita…

Los santos inocentes / Miguel Delibes — Ed. Destino
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Los santos inocentes en las Bibliotecas UPM

Fallece Miguel Delibes. Gracias Don Miguel por “su palabra”

Éste que  escribe, se levantó hoy temprano y en su rutina diaria conectó  la radio para tratar de acelerar con ello su progresivo despertar. Mal despertar el de este viernes 12 de marzo de 2010, pues la primera noticia que llegó a nuestros oídos fue  la del  fallecimiento del escritor Miguel Delibes.

Un amigo me dijo en su día que todo tiene un por qué. Según él, hasta el simple hecho de salir de  casa y tomar un camino u otro, tiene su motivo. Si a muchos nos encanta leer y nos atraen los libros, es gracias a escritores, a “contadores de historias” como Miguel Delibes. Poco esfuerzo le supuso a nuestro profesor de literatura del colegio o del instituto convencernos de la calidad de la palabra de don Miguel.  Castellano y cazador, pocos autores han descrito como él su maravillosa y dura tierra. Para quienes tenemos la suerte de conocerla,  obras como “El camino”, “Cinco horas con Mario”, “Las ratas”, “El hereje” o la emotiva “Los santos inocentes” nos parecen en muchos de sus párrafos, fotografías de aquellos campos y pueblos, retratos casi perfectos de sus gentes.

La palabra, las palabras de nuestro rico idioma están ahí para que todo aquel que quiera las use, las mezcle, como si de una receta culinaria se tratara, pero permítanme hoy, expresar aquí mi humilde opinión: nadie como don Miguel ha sabido combinarlas mejor.

Gracias Don Miguel por “su palabra”.

Miguel Delibes en las Bibliotecas UPM
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