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#hoyleemos: “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway

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“Era un viejo que pescaba solo en una barca en la corriente del Golfo y llevaba ochenta y cuatro días sin coger un pez. Durante los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado, los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente “salao”, que es la peor forma del infortunio, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que en la priemra semana cogió tres buenos peces. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su barca vacía, y siempre se acercaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía la bandera de la derrota permanente.

El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Sus mejillas mostraban las pardas manchas del beningo cáncer de piel que en el mar tropical produce el sol con sus reflejos. Estas manchas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las profundas cicatrices que causa la manipulación de los cabos al faenar con peces grandes. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto.

Todo en él era viejo, salvo sus ojos…” 

El viejo y el mar / Ernest Hemingway — Ed. DeBOLSILLO
El viejo y el mar en Wikipedia
El viejo y el mar en las Bibliotecas UPM
 

#hoyleemos: “El cartero de Neruda” de Antonio Skármeta

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— ¡Metáforas, hombre!
— ¿Qué son esas cosas?

El poeta puso una mano sobre el hombro del muchacho.

— Para aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir una cosa comparándola con otra.
— Deme un ejemplo.

Neruda miró su reloj y suspiró.

— Bueno, cuando tú dices que el cielo está llorando. ¿Qué es lo que quieres decir?
— ¡Qué fácil! Que está lloviendo.
— Bueno, eso es una metáfora.
— Y ¿por qué, si es una cosa tan fácil, se llama tan complicado?
— Porque los nombres no tienen nada que ver con la simplicidad o complicidad de las cosas. Según tu teoría, una cosa chica que vuela no debiera tener un nombre tan largo como mariposa. Piensa que elefante tiene la misma cantidad de letras que mariposa y es mucho más grande y no vuela –concluyó Neruda exhausto. Con un resto de ánimo, le indicó a Mario el rumbo hacia la caleta. Pero el cartero tuvo la prestancia de decir:

— ¡P`tas que me gustaría ser poeta!
— ¡Hombre! En Chile todos son poetas. Es más original que sigas siendo cartero. Por lo menos caminas mucho y no engordas. En Chile todos los poetas somos guatones.

Neruda retomó la manilla de la puerta, y se disponía a entrar, cuando Mario mirando el vuelo de un pájaro invisible, dijo:

— Es que si fuera poeta podría decir lo que quiero.
— ¿Y qué es lo que quieres decir?
— Bueno, ése es justamente el problema, Que como no soy poeta, no puedo decirlo.

El vate se apretó las cejas sobre el tabique de la nariz.

— ¿Mario?
— ¿Don Pablo?
— Voy a despedirme y a cerrar la  puerta.
— Sí, don Pablo.
— Hasta mañana.
— Hasta mañana.

Neruda detuvo la mirada sobre el resto de las cartas, y luego entreabrió el portón. El cartero estudiaba las nubes con los brazos cruzados sobre el pecho… 

El cartero de Neruda / Antonio Skármeta — Ed. DeBOLS!LLO
El cartero de Neruda en Wikipedia
El cartero de Neruda en las Bibliotecas UPM

#hoyleemos: “La naranja mecánica” de Anthony Burgess

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“Los cuatro estábamos vestidos a la última moda, que en esos tiempos era un par de pantalones de malla negra muy ajustada, y el viejo molde de la jalea, como le decíamos entonces, bien apretado a la entrepierna, bajo la nalga, cosa de protegerlo, y además con una especie de dibujo que se podía videar batante bien si le daba cierta luz; el mío era una araña, Pete tenía una ruca (es decir, una mano), Georgie una flor muy vistosa y el pobre y viejo Lerdo una cosa bastante fiera con un litso (quiero decir, una cara) de payaso, porque el Lerdo no tenía mucha idea de las cosas y era sin la más mínima duda el más obtuso de los cuatro. Además, llevábamos chaquetas cortas y ajustadas a la cintura, sin solapas, con esos hombros muy abultados (les decíamos plechos) que eran una especie de parodia de los verdaderos hombros anchos. Además, hermanos míos, usábamos  esas corbatas de un blanco sucio que parecían de puré o cartófilos aplastados, como si les hubieran hecho una especie de dibujo con el tenedor. Llevábamos el pelo no demasiado largo, y calzábamos botas jorochós para patear…”

 

La naranja mecánica / Anthony Burgess — Ed.booket
La naranja mecánica en Wikipedia
La naranja mecánica en las Bibliotecas UPM