Todas las entradas de: Biblioteca ETSI Industriales UPM

Acerca de Biblioteca ETSI Industriales UPM

Blog de la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de la UPM. ¡Noticias y libros!

#hoyleemos: “Luna de lobos” de Julio LLamazares

.
Don Manuel mira a Ramiro con ojos desorbitados. Un sudor frío y pegajoso atraviesa su rostro cuando éste le dice:

– Aquel hombre estaba herido. Aquel hombre era mi hermano y le pidió que le escondiera aquí, en su casa.
– Yo no podía hacer eso, Ramiro — contesta el cura, definitivamente acorralado–. Yo no podía esconderle. Me comprometía a mí.
– Y le entregó a sus perseguidores para que le remataran.

El cura ya no puede seguir defendiéndose, ni siquiera hablando. Sus manos, aferradas al borde de la mesa, parecen sarmientos blancos. Y sus labios helados tiemblan en un una oración como hojas de sangre.

-¡Levántese! ¡Levántese y deje de rezar, que no le va a servir de nada!

Por las calles de La Llánava, sólo los perros y la luna están despiertos. Los perros nos despiden con sus ladridos a las afueras del pueblo. Pero la luna continúa con nosotros dispuesta a no abandonarnos en toda la noche. Don Manuel camina en silencio, con la mirada en el suelo y las manos hundidas en la sotana, como un fantasma extraño que se alejase hacia el río. Ramiro y yo, uno por cada lado del camino, le seguimos a corta distancia sin dejar de apuntarle con nuestras armas. Ya junto al río, el cura tuerce por el sendero que sube entre chopos hasta la pontona vieja. Una, dos revueltas más bordeando los últimos prados, sobre la orillla misma, y a nuestro encuentro sale la campa de Remolina.

– ¿Aquí?

Don Manuel asiente con la cabeza.

Contemplo la pradera negra y húmeda, brotada de berros. Los chopos proyectan sus sombras solemnes sobre ella. El río baja a su lado con un profundo bramido. El equilibrio de la noche es tan perfecto que nada podría hacer pensar que Juan esté enterrado ahí, bajo la hierba. Bajo esta misma hierba que Ramiro y yo hemos pisado tantas veces, tantas noches, bajando hacia La Llánava.

Don Manuel permanece en silencio junto a nosotros.

– Arrodíllese — le dice Ramiro.

Ha arrancado, en un gesto inesperado, una rama de espino y la ha clavado en el suelo como si fuera una cruz. Don Manuel se resiste a obedecer. Teme seguramente que en esa postura, de rodillas, indefenso, cumplamos nuestra amenaza y le demos el tiro de gracia.

-¡Arrodíllese! –grita Ramiro–. ¡Arodíllese y rece, hijo de puta! ¡Ahí hay un hombre enterrado, no un perro!

La brisa azota con suavidad las espadañas y las ramas de los chopos. Ahoga un instante el bramido del río. En el centro de la campa, una luna lejana y fría ilumina la figura del cura, arrodillado frente a la rama de espino, y la pistola que le apunta fijamente a la cabeza.

Luna de lobos / Julio Llamazares — Ed. booket
Julio Llamazares en las Bibliotecas UPM

#hoyleemos: “Saber perder” de David Trueba

.
“Días atrás se encerró con Osembe y dos chicas más, una recién llegada de Guatemala con un trasero enorme y unos preciosos ojos tristes y una valenciana, a la que ya conoció el primer día, y que le explicó que era la más antigua del chalet. Se acababa de aumentar los pechos y los exhibía firmes, plásticos, y se derramaba champagne por ellos durante la fiesta que organizaron. Leandro se fijó en el crucifijo de ella, dorado, tan fuera de lugar que resultaba cómico en esa nada solemne ceremonia que se alargó casi tres horas. Desnudo entre aquella carne en plenitud, acariciado por manos distintas, voces susurrantes de tres continentes, sonrisas limpias, se creyó por un instante rey del mundo. Vaciaba su copa sobre la piel de las chicas y luego lamía sus cuerpos. Borracho y algo febril, Leandro salió al frío de la calle, convencido de que la espiral que lo engullía era una reacción contra la vida moderada y formal que había llevado. Esa tarde pagó el exceso con la tarjeta de crédito. Tres días después recibió la llamada de su banco. Una voz femenina de heladora amabilidad le dijo que los fondos habían sido cubiertos por la entidad, aunque superaban su saldo, por lo que era urgente que pasara por la oficina para reponer las cantidades. Era casi la hora de cierre y en voz muy baja. Leandro respondió, mañana mismo, mañana mismo iré.

Leandro aguarda en la fila frente a la caja mientras una anciana trata de poner al día su cartilla, sin apenas vista, con confianza ciega en la amable señorita que le enuncia el saldo. El director de la sucursal toca el hombro de Leandro y le saluda con cordialidad postiza. Lo invita a su despacho y al ofrecerle una silla dirige una señal a otra de las empleadas. Hablan de la Navidad cercana, del clima, de la sierra al parecer ya cubierta de nieve, mientras Leandro piensa que, de ser un animal, el director sería un mosquito, desconfiado y nervioso. Cuando pregunta a Leandro por su mujer, la conversación se torna grave. Mal, la verdad, no sé si sabe que se partió la cadera hace un mes… Vaya por Dios, no sabía nada, ¿cómo se encuentra? Pues bastante floja, dice Leandro, y deja que la pausa se alargue, la recuperación está siendo tan larga y problemática.

Leandro le explica que Aurora tiene que volver a aprender a andar, como si fuera un niño, pero que las fuerzas no le responden. El otro día se empeñó en incorporarse pero fue incapaz. No puede sostenerse.  El médico que la visitó aquella mañana quiso ser tranquilizador. Es un proceso normal, necesita reposo. Pero Aurora se vino abajo, esa misma tarde le susurró a Leandro, sería mejor que me muriera ahora. Leandro la tomó la mano y le acarició la cara. Le habló durante largo rato y eso pareció animarla.

La empleada posa ante los ojos del director un extracto de los últimos movimientos de la cuenta de Leandro. La alarma que se dibuja en los ojos del director es desactivada por Leandro. Mi mujer se está muriendo, mi obligación es gastar hasta la última peseta de mis ahorros en todo aquello que le alargue la vida o que por lo menos la ayude a no sufrir. El director hace notar la salida casi constante de dinero de cajeros automáticos, los cargos excesivos en la tarjeta de crédito. Leandro no dice mucho, tan sólo nombra enfermeras, medicamentos caros, segundas opiniones en clínicas privadas. No dice putas, masajes, baños de espuma, caricias pagadas…”

Saber perder / David Trueba — Ed. Anagrama
Saber perder en las Bibliotecas UPM
David Trueba en Wikipedia

#hoyleemos: “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole

El blog de la Biblioteca de Industriales, “la silla de parar las prisas” inicia este curso 2009-2010 como acabó el anterior, es decir, recomendando lecturas para que entre clase y clase, entre examen y examen, desconectéis un poco. En este caso, es un auténtico placer presentaros a quienes no lo conocéis, a uno de los personajes más curiosos de la literatura moderna: Ignatius Reilly. Revolucionario, vago, tragón sin límites, déspota… son algunos de los calificativos que se pueden utilizar para describir al  protagonista de esta divertidísima novela a la que se puede aplicar sin duda el apelativo de “clásica”. Disfrutadla.

.
“Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso. Las orejeras verdes, llenas de unas grandes orejas y pelo sin cortar y de las finas cerdas que brotaban de las mismas orejas, sobresalían a ambos lados como señales de giro que indicasen dos direcciones a la vez. Los labios, gordos y bembones, brotaban protuberantes bajo el tupido bigote negro y se hundían en sus comisuras, en plieguecitos llenos de reproche y de restos de patatas fritas. En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilley miraban a las demás personas que esperban bajo el reloj junto a los grandes almacenes D. H. Holmes, estudiando a la multidud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto.

Ignatius vestía, por su parte, de un modo cómodo y razonable. La gorra de cazador le protegía contra los enfriamientos de cabeza. Los voluminosos pantalones de tweed eran muy duraderos y permitían una locomoción inusitadamente libre. Sus pliegues y rincones contenían pequeñas bolsas de aire rancio y cálido que a él le complacían muchísimo. La sencilla camisa de franela hacía innecesaria la chaqueta, mientras que la bufanda protegía la piel que quedaba expuesta al aire entre las orejeras y el cuello. Era un atuendo aceptable, según todas las normas teológicas y geométricas, aunque resultase algo abstruso, y sugería una rica vida interior…”

 La conjura de los necios / John Kennedy Toole — Ed. Anagrama
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N KEN con
La conjura de los necios en Wikipedia