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#hoyleemos: “La hoguera de las vanidades” de Tom Wolfe

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“Volvió la esquina, y allí estaba: la sala de compraventa de bonos de Pierce¬Pierce. Era un amplísimo espacio, de unos dieciocho por veinticuatro metros, pero con el mismo aplastante techo de dos metros y medio de altura, que parecía pesar sobre la cabeza de quienes trabajaban allí. Un espacio opresivo con una iluminación deslumbrante, un montón de serpenteantes siluetas, y un considerable estruendo. La luz deslumbrante procedía de una pared de cristal orientada hacia el sur y que dominaba una panorámica del puerto, la estatua de la Libertad, Staten Island y las playas de Brooklyn y New Jersey. Las siluetas serpenteantes correspondían a los brazos y torsos de unos hombres bastante jóvenes, casi todos por debajo de los cuarenta años. Iban en mangas de camisa. Se movían muchísimo, agitada y sudorosamente en aquella hora temprana, y no dejaban de gritar. Sus gritos eran la causa del estruendo. Un estruendo producto de las voces de cultos jóvenes blancos dedicados a comprar y vender dinero a ladridos en el mercado de bonos.

— ¡Coge ese jodido teléfono, por favor! — le gritó un gordezuelo y sonrosado graduado de la promoción 1976 de Harvard a alguien que estaba un par de mesas más abajo. La sala era como la redacción de un periódico, sin tabiques de separación ni indicación alguna de niveles o categorías laborables. Todos aquellos jóvenes ocupaban mesas metálicas de color gris claro, y tenían ante sus ojos terminales de ordenador de un tono carne de ternera y con pantalla negra. En las pantallas iban saliendo filas y más filas de cifras y letras verde diodo…

…Había que ver de qué modo todos estos hijos de las grandes universidades, estos herederos de Jefferson, Emerson, Thoreau, William James, Frederick Jackson Turner…, y demás gigantes de la erudición norteamericana, de qué modo todos estos herederos de la lux y de la veritas acudían ahora en rebaño a Wall Street y a la sala de compraventa de bonos de Pierce & Pierce… ¡Cómo circulaban las historias de sus triunfos por todas las universidades! Si un graduado no ganaba 250.000 dólares anuales al cabo de cinco años de trabajo allí, sólo podía ser porque se trataba de un tipo absolutamente estúpido o absolutamente perezosos. Esa era la voz que corría por las universidades. A los treinta años se alcanzaba el medio millón anual, y ésa era una cifra tope sólo para los mediocres. Si a los cuarenta años no habías llegado al millón, eras un tímido o un incompetente. ¡Ahora o nunca!…

 

La hoguera de las vanidades / Tom Wolfe — Ed. Anagrama
La hoguera de las vanidades en las Bibliotecas UPM
La hoguera de las vanidades en Wikipedia

#hoyleemos: “La fiesta del chivo” de Mario Vargas Llosa

 

“Le bastó entrar al despacho, chocar los tacos y anunciarse con la voz más marcial que pudo sacar de su garganta — “¡Teniente segundo García Guerrero, a la orden, Excelencia!”– para sentirse electrizado. “Pase”, dijo la aguda voz del hombre que, sentado en el otro extremo de la habitación, ante un escritorio forrado de cuero rojo, escribía sin alzar la cabeza. El joven dio unos pasos y permaneció firme, sin mover un músculo ni pensar, viendo los cabellos grises alisados con esmero y el impecable atuento –chaqueta y chaleco azul, camisa blanca de inmaculado cuello y puños almidonados, corbata plateada sujeta con una perla– y sus manos, sujetando una hoja de papel que la otra cubría con trazos rápidos, de tinta azul. En la izquierda, alcanzó a ver el anillo con la piedra preciosa tornasolada que, según los supersticiosos, era un amuleto que, de joven, cuando, como miembro de la Guardia Constabularia, perseguía a los “gavilleros” sublevados contra el ocupante militar norteamericano, le dio un brujo haitiano, asegurándole que mientras no se la quitara sería invulnerable al enemigo.

— Una buena hoja de servicios, teniente –lo oyó decir.
— Muchas gracias, Excelencia.

La cabeza plateada se movió y aquellos ojos grandes, fijos, sin brillo y sin humor, buscaron los suyos. “Yo nunca he tenido miedo en la vida”, confesó después el muchacho a Salvador. “Hasta que me cayó encima esa mirada, Turco” Es verdad. Como si me escarbara la conciencia.” Hubo un largo silencio, mientras aquellos ojos examinaban su uniforme, su correaje, sus botones, su corbata, su quepis. Amadito comenzó a sudar. Sabía que el menor descuido indumentario provocaba al Jefe un disguto tal que podía irrumpir en violentas recriminaciones.

— Esa hoja de servicios tan buena no puede mancharla casándose con la hermana de un comunista. En mi gobierno no se juntan amigos y enemigos.
Hablaba con suavidad, sin quitarle de encima la mirada taladrante. Pensó que en cualquier momento la chillona vocecita soltaría un gallo.
— El hermano de Luisa Gil es uno de esos subversivos del 14 de Junio. ¿Lo sabía?
— No, Excelencia.
— Ahora lo sabe –se aclaró la garganta, y, sin cambiar de tono, añadió–: Hay muchas mujeres en este país. Búsquese otra.
— Sí, Excelencia.
Lo vio hacer un signo de asentimiento, dando por terminada la entrevista.
— Permiso para retirarme, Excelencia.

Hizo sonar los tacos y saludó. Salió con paso marcial, disimulando la zozobra que lo embargaba…

La fiesta del chivo / Mario Vargas Llosa — Ed. Alfaguara
La fiesta del chivo en las Bibliotecas UPM
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#hoyleemos: “Sunset Park” de Paul Auster

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“Durante casi un año ya, viene tomando fotografías de cosas abandonadas. Hay como mínimo dos servicios al día, a veces hasta seis o siete, y siempre que entra con sus huestes en otro domicilio, se enfrenta con las cosas, los innumerables objetos desechados por las familias que se han marchado. Los ausentes han huido a toda prisa, avergo nzados, confusos, y seguro que dondequiera que habiten ahora (si es que han encontrado un lugar para vivir y no han acampado en la calle) sus nuevas viviendas son más pequeñas que los hogares que han perdido. Cada casa es una historia de fracaso –de insolvencia e impago, deudas y ejecución de hipoteca– y él se ha propuesto documentar los últimos persistentes rastros de esas vidas desperdigadas con objeto de demostrar que las familias desaparecidas estuvieron allí una vez, que los fantasmas de gente que nunca verá ni conocerá siguen presentes en los desechos esparcidos por sus casas vacías.

Sacar la basura, llaman a ese trabajo, y él forma parte de un equipo de cuatro personas empleado por la Compañía Inmobiliaria Dunbar, que subcontrata sus servicios de “mantenimiento de viviendas” a los bancos de la zona que ahora son los dueños de las propiedades en cuestión. En las extensas llanuras del sur de Florida abundan esas estructuras huérfanas, y como a los bancos les interesa volverlas a vender cuanto antes, hay que limpiar, arreglar y preparar las casas desalojadas para enseñárselas a los posibles compradores. En un mundo que se viene abajo, abrumado por la ruina económica e implacables privaciones en incesante aumento, sacar la basura es uno de los pocos negocios florecientes en la zonas. Sin duda tiene suerte de haber encontrado ese trabajo. No sabe cuánto tiempo podrá seguir aguantándolo, pero el salario es bueno, y en un país en donde cada vez escasea más el empleo, seguro que es una buena ocupación…”

 

Sunset Park / Paul Auster — Ed. Anagrama
Paul Auster en Wikipedia
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