Archivo por meses: febrero 2010

#hoyleemos: “La joven de la perla” de Tracy Chevalier

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“Me gustaba dormir en el desván. No había ninguna escena de la crucifixión colgada al pie de la cama que me inquietase. No había ningún cuadro; tan solo el olor a limpio del aceite de linaza y al azmicle de los pigmentos de tierra. Me gustaba la vista de la iglesia nueva y la tranquilidad del lugar. Nadie subía allí salvo él. Las niñas no me visitaban como hacían a veces en el sótano, ni rebuscaban a escondidas entre mis cosas. Allí me sentía sola, encaramada en lo alto de la bulliciosa casa, capaz de verlo todo desde lejos.

Casi como él.

Sin embargo, lo mejor de todo era que podía pasar más tiempo en el estudio. A veces me envolvía con una manta y bajaba sin hacer ruido a altas horas de la noche cuando la casa estaba en silencio. Contemplaba a la luz de una vela el cuadro en el que él estaba trabajando, o abría un postigo un poco para dejar entrar la luz de la luna. A veces me quedaba sentada en una de las sillas con cabezas de león que había junto a la mesa y apoyaba los codos en el tapete azul y robjo que la cubría. Me imaginaba luciendo el corpiño amarillo y negro y las perlas, sujetando una copa de vino, sentada a la mesa enfrente de él.

No obstante, había una cosa que no me gustaba del desván. No me gustaba estar encerrada por la noche.

Maria Thins había devuelto la llave a su hija, y Cataharina empezó a ocuparse de abrir y cerrar la puerta. Debía de parecerle que ejercía alguna clase de control sobre mí. No le hacía gracia que yo estuviera en el desván: significaba que estaba más cerda de él, de un sitio al que a ella no le permitían entrar y por el que yo podía deambular libremente.

Debía de ser duro para una esposa aceptar un acuerdo como aquel…”

La joven de la perla / Tracy Chevalier — Ed. DeBOLS!LLO
La joven de la perla en Wikipedia
La joven de la perla en las Bibliotecas UPM 

#hoyleemos: “A sangre fría” de Truman Capote

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“Claro que la imaginación siempre puede abrir cualquier puerta, girar la llave y dejar paso al terror. El martes al alba, unos cazadores de faisanes procedentes de Colorado, forasteros ignorantes del desastre ocurrido en el lugar, se quedaron atónitos ante el espectáculo que presentaba Holcomb desde su coche: las ventanas iluminadas, casi todas las ventanas de casi todas las casas, y en las habitaciones, inundadas de luz, se veían gentes completamente vestidas, familias enteras que se habían pasado la noche entera en estado de alerta, vigilando, escuchando. ¿De qué tenían miedo?

– Puede que vuelva a ocurrir — era la usual respuesta, con algunas variaciones.

No obstante, una mujer, una maestra, observó:

– La impresión que nos hubiese causado el crimen no hubiera sido tan tremenda si no se hubiese tratado justamente de los Clutter. De alguien menos admirado que ellos, menos próspero y seguro. Pero es que esa familia representaba todo cuanto la gente de por acá realmente valora y respeta. Y que una cosa así les haya podido suceder precisamente a ellos…, bueno, es como si nos dijeran que no existe Dios. Hace que la vida carezca de sentido. Creo que la gente se halla más que asustada, profundamente deprimida.

Otra razón, la más simple, la más desagradable, era que aquella tranquila comunidad de buenos vecinos y amigos de toda la vida, se vio de pronto enfrentada con la insólita experiencia de tener que desconfiar unos de otros. Razonablemente, creían que el aesino era uno de ellos y tods, hasta el último hombre, compartían la opinión que Arthur Clutter, hermano del finado, adelantara a los periodistas reunidos en el vestíbulo  de un hotel de Garden City el 17 de noviembre:

– Apuesto que cuando se aclare esto, comprobaremos que lo hizo alguien que no está ni a diez millas de aquí.

Aproximadamente a seiscientos kilómetros al este de donde se hallaba Arthur Clutter en ese momento, dos jóvenes compatían un reservado en el Eagle Buffet, un restaurante de Kansas City. Uno de ellos, de cara alargada y con un gato azul tatuado en la mano derecha, había engullido varios emparedados de ensaladilla de pollo y ahora miraba codiciosamente lo que su compañero tenía delante: una hamburguesa intacta y un vaso de root beer en el que tres aspirinas se iban disolviendo.

– Chico, Perry — dijo Dick–, veo que no quieres esa hamburguesa. Me la comeré yo.

Perry empujó el plato al otro lado de la mesa:

– ¡Cristo! ¿Es que no puedes dejar que me concentre?
– No necesitas leerlo cincuenta veces.

Aludía a un artículo en primera plana del Star de Kansas City del 17 de noviembre. Bajo el título de “Hay escasos indicios en el cuádruple asesinato”…

A sangre fría / Truman Capote — Ed. Anagrama
A sangre fría en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N CAP asa