Fali Molina. 2021

El mayor reto al que se ha enfrentado la humanidad es hacer sostenible su presencia en este planeta. La población crece exponencialmente. En un horizonte de 30 años, en menos de un siglo, habremos multiplicado por 5 la población y su esperanza de vida en más de un 60%. El crecimiento poblacional se concentra, principalmente, en los países en vías de desarrollo donde existe un abultado retraso en los logros sociales frente al primer mundo.

En paralelo, la demanda de recursos en el planeta se incrementa más rápido que el propio aumento de la población. En la actualidad cada hombre o mujer consumen 4 veces más energía que hace 50 años. Áreas desarrolladas como Europa requieren de más del doble de recursos alimenticios o materias primas de la que es capaz de generar por sí misma. Europa supera ampliamente su huella ecológica y su biocapacidad, y así depende de los recursos de otros países. Esta dependencia comenzó a principios de los años 70 y continúa creciendo de un modo sostenido desde entonces. (Global Footprint Network. 2019). Buscando un ideal del bienestar de la humanidad estamos tensando las capacidades de proveer recursos del sistema tierra.

Veamos este contexto de presión desde la perspectiva del impacto. En el ámbito científico existe un consenso generalizado sobre el hecho de que una multitud de variables ambientales observadas y medidas, han empezado a evolucionar fuera del espectro de variabilidad natural de los últimos 10.000 años. De este consenso también se admite cada vez más el uso de la expresión “época antropocena” para especificar que esa evolución anormal es de origen humano.

En este contexto, hablar de desarrollo sostenible va más allá de pensar en un cambio cosmético basado en energías renovables y economía de la recuperación, la reutilización o del reciclaje. Para poder cambiar el mundo, debemos llevar acabo una revolución de las ideas, un cambio radical y sistemático en la visión y funcionamiento del planeta. Para ello es necesario cambiar el enfoque que tenemos sobre las cosas, empezando por cambiar alguno de los errores que tenemos a la hora de percibir la realidad que define nuestro mundo.

Mediante la observación precisa que nos facilitan los satélites sabemos que hemos alterado las condiciones naturales en dos tercios de la superficie terrestre. El hombre ha sustituido los ecosistemas preexistentes, parcial o completamente, por un sistema humano. Podemos añadir a este hecho que, en menos de cinco décadas, hemos reducido la vida salvaje un 68 por ciento sobre la faz de la tierra. ¿Qué especies han presionado para cubrir este nicho? En la actualidad el 99 por ciento de la biomasa mamífera sobre la faz de la tierra son hombres o animales para el consumo humano. Yá sólo el 1% suponen esta vida salvaje.

El concepto de desarrollo requiere de ese cambio de enfoque, necesita de una redefinición que desvincule la posesión de cosas, el consumo, del bienestar. Los términos y significados vinculados al progreso han de ser otros para que sea sostenible nuestra presencia en el planeta, para que nuestros hijos no hereden el espejismo de una sociedad que pudo ser más justa y acaben luchando por necesidades básicas como el agua o los alimentos. Debemos elegir si queremos seguir impulsando un modelo de desarrollo que tiene como resultado una depredación acelerada que nuestro hábitat, o ser coherentes con lo que vemos y sabemos. Hemos de elegir un camino, y ambos enfoques son excluyentes entre sí. Si elegimos ser coherentes, partiendo de este punto, nuestro reto es redefinir la relación del hombre con el hombre y de éste con lo que le rodea.

La economía global, basada en la economía del consumo, considera la riqueza, fundamentalmente, en su dimensión material. El conocimiento y el intelecto se considera un bien pasivo que sustenta el crecimiento económico. Por ello, el conocimiento, entendido como la investigación y el desarrollo, está al servicio de una acelerada innovación que, en gran medida, acrecenta el consumo de lo innecesario, lo efímero y perecedero. La innovación, se nos muestra como la solución, pero en la actualidad es parte del problema.

Para cambiar el mundo, hay que enfrentarse a él de otra manera. La especialización ha sido la base formativa universitaria en los últimos 100 años y nos ha posibilitado obtener un conocimiento más concreto, especializado, de las partes que configuran el gran puzzle del que formamos parte. Pero el todo es más que las partes que lo forman. La nave espacial sobre la que volamos, la tierra, no tiene manual y necesita de una visión integral para manejarla. La única manera de abordar cualquiera de los grandes retos ambientales y sociales a los que nos enfrentamos es tener un enfoque global de ese reto, desde una visión holística. Es aquí donde nuestro modelo actual universitario falla.

El aprendizaje se basa en comprender la multitud de variables que intervienen en un problema y en cómo, a través de el trabajo en equipo, se puede llegar a resolver. En la actualidad requerimos de un modelo educativo que cultive la capacidad estratégica de los estudiantes. Quienes se forman han de desarrollar la habilidad de integrar, y hacer transcender, múltiples fuentes de conocimiento. La combinación de ciencias, matemáticas, física, química, conjugadas con las artes y humanidades, nos permiten una mejor comprensión del propósito del desarrollo la tecnología y la ingeniería.

Ser un especialista no está en contra de recibir una formación general, no disciplinar. Los especialistas pueden, y deben, surgir de una formación orientada a desarrollar la capacidad adaptativa del hombre. Esto se logra mediante una formación experiencial inmersiva: formar al alumno desde su participación en retos reales de la sociedad. La sociedad demanda soluciones y financia su resolución desde dentro de los organismos vinculados a la docencia e investigación , en colaboración con otros. La suma de experiencias, de conocimientos adquiridos, supone el inicio del viaje de la formación continua por la que transcurrirá la carrera profesional de un individuo.

Para facilitar que los estudiantes sean especialistas no se requiere de un itinerario académico cerrado, sino los conocimientos necesarios de partida, las competencias técnicas y humanas, para atender y resolver una necesidad de la sociedad. Este es el punto de partida de un especialista. La sociedad, las empresas y las organizaciones demandan nómadas del aprendizaje y el conocimiento, personas con habilidades para aprender, para conocerse a sí mismos, interactuar de una manera eficiente con otros y para observar su entorno de un modo crítico, constructivo y amable.

Hay mucho que hacer desde fuera de las disciplinas. El propósito del conocimiento se produce por encima de los límites disciplinares. Todo está conectado de alguna manera. Para entender realmente lo que está pasando a nuestro alrededor tenemos que empezar abandonando sus partes y en su lugar debemos trabajar desde el todo, hasta llegar a los detalles. No hay nada de lo que uno hace o consume que no afecte en diferentes grados a nuestro entorno cercano y lejano. Este enfoque, desde la formación especializada se aborda de un modo deficiente. Por ello, la formación universitaria debe de poseer un enfoque general, y ramas concretas, orientadas al estudio del comportamiento de sistemas completos, los cuales no se pueden predecir por el comportamiento de ninguna de sus partes por separado.

Puede parecer imposible lo necesario: parar. Parar, pensar de una manera alternativa y aprender a vivir y relacionarnos con nosotros y nuestro entorno de una modo diferente. Para resolver los retos a los que nos enfrentamos no requerimos de grandes avances en el conocimiento. No necesitamos mayor especialización, necesitamos entender el impacto de nuestras conductas de consumo y poner la innovación en manos del decrecimiento. Por ejemplo, sabemos cómo aislar adecuadamente nuestra casas desde hace más de 60 años y seguimos sin hacerlo adecuadamente. Más del 30% de la energía que consumimos está relacionada con la ineficiencia energética de las viviendas. Otro ejemplo, La línea de costa ya sabemos que es un espacio vivo que necesita adaptarse permanentemente a la variabilidad climática. No necesitamos ahondar más en ello pues una obviedad, y sabemos que ocupar y tratar de inmovilizar la costa es un absurdo ambiental, técnico y legal. Aún así, nos empeñamos en ello, mientras cortamos la fuente de sedimentos regulando los ríos y desarrollamos nuevas inversiones orientadas a dominar un espacio que requiere estar vivo y ser móvil.

Este mundo de cambios acelerados en el que estamos instalados es de tal inmediatez que no permite el detenimiento. Necesitamos pararnos, pero parece ser un agravio a nuestro entorno universitario y para el modelo económico que sopla las velas del bienestar. Nos hayamos en una carrera hacia la innovación impulsada por especialistas sin un propósito global explícito y consensuado. Quizás ha llegado el momento de encontrar las herramientas para coordinarnos y focalizar el potencial de desarrollo e innovación de todas las disciplinas en mantener la nave tierra a flote, mantenerla dirigida a un mejor rumbo.


Fali Molina Sánchez

Fali Molina Sánchez

Nota Bibliográfica y profesional del autor. -Rafael Molina Sánchez, Fali, es Docente, investigador, coach de equipos y curioso. Ha centrado su actividad técnica en la gestión de riesgos en contexto marítimo, portuario y costero mediante el desarrollo de nuevas técnicas de medida, predicción basadas en inteligencia artificial, y herramientas para el apoyo a la decisiones. Observador del mar, en la actualidad está impulsando el desarrollo sostenible desde la transformación de las personas, los equipos y las organizaciones mediante el desarrollo de las competencias blandas en el contexto universitario.

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