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Blog de la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de la UPM. ¡Noticias y libros!

#hoyleemos: “Una balsa de piedra camino de Haití” de José Saramago

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El Servicio de Biblioteca de la UPM, al cual pertenecemos, ha adquirido 20 ejemplares (uno por centro) del título “Una balsa de piedra camino de Haití“. Esta edición del Nobel portugués tiene un carácter benéfico, ya que lo recaudado por este  libro será donado íntegramente a la Cruz Roja Internacional para el auxilio de las víctimas del terremoto de Haití”.

El ejemplar destinado en esta Biblioteca, se incorporará a la sección NO Sólo Técnica”.Así empieza “Una balsa de piedra…”:

Cuando Joana Carda hizo una raya en el suelo con la vara de negrillo, todos los perros de Cerbère empezaron a ladrar, llevando el pánico y el terror a sus habitantes, pues se creía desde los tiempos más antiguos que, al ladrar allí animales caninos que siempre habían sido mudos, estaría pronto a extinguirse el mundo universal. Sobre cómo se había formado la arraigada superstición, o convicción firme, que es, en muchos casos, la expresión alternativa paralela, nadie hoy recuerda nada, aunque, por obra y fortuna de aquel conocido juego de oír el cuento y repetirlo con aire nuevo, las abuelas francesas solían distraer a sus nietos con la fábula de que, en aquel mismo lugar, comuna de Cerbère, departamento de los Pirineos Orientales, ladró, en eras griegas y mitológica, un can de tres cabezas que al dicho nombre de Cerbero respondía se lo llamaba el barquero Caronte, su contratante. Otra cosa que tampoco se sabe es por qué mutaciones orgáncias habrá pasado el famoso y altisonante cánido hasta llegar a la mudez histórica y comprobada de sus descendientes de una sola cabeza, degenerados. No obstante, y este punto de la historia pocos lo ignoran, sobre todo si pertenecen a la vieja generación, el Cancerbero, que así en nuestra lengua se escribe y debe decirse, guardaba terriblemente la entrada del infierno…”

“Una balsa de piedra” / José Saramago — Ed. Alfaguara y Fundación José Saramago
José Saramago en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N SAR bal

#hoyleemos: “La joven de la perla” de Tracy Chevalier

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“Me gustaba dormir en el desván. No había ninguna escena de la crucifixión colgada al pie de la cama que me inquietase. No había ningún cuadro; tan solo el olor a limpio del aceite de linaza y al azmicle de los pigmentos de tierra. Me gustaba la vista de la iglesia nueva y la tranquilidad del lugar. Nadie subía allí salvo él. Las niñas no me visitaban como hacían a veces en el sótano, ni rebuscaban a escondidas entre mis cosas. Allí me sentía sola, encaramada en lo alto de la bulliciosa casa, capaz de verlo todo desde lejos.

Casi como él.

Sin embargo, lo mejor de todo era que podía pasar más tiempo en el estudio. A veces me envolvía con una manta y bajaba sin hacer ruido a altas horas de la noche cuando la casa estaba en silencio. Contemplaba a la luz de una vela el cuadro en el que él estaba trabajando, o abría un postigo un poco para dejar entrar la luz de la luna. A veces me quedaba sentada en una de las sillas con cabezas de león que había junto a la mesa y apoyaba los codos en el tapete azul y robjo que la cubría. Me imaginaba luciendo el corpiño amarillo y negro y las perlas, sujetando una copa de vino, sentada a la mesa enfrente de él.

No obstante, había una cosa que no me gustaba del desván. No me gustaba estar encerrada por la noche.

Maria Thins había devuelto la llave a su hija, y Cataharina empezó a ocuparse de abrir y cerrar la puerta. Debía de parecerle que ejercía alguna clase de control sobre mí. No le hacía gracia que yo estuviera en el desván: significaba que estaba más cerda de él, de un sitio al que a ella no le permitían entrar y por el que yo podía deambular libremente.

Debía de ser duro para una esposa aceptar un acuerdo como aquel…”

La joven de la perla / Tracy Chevalier — Ed. DeBOLS!LLO
La joven de la perla en Wikipedia
La joven de la perla en las Bibliotecas UPM 

#hoyleemos: “A sangre fría” de Truman Capote

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“Claro que la imaginación siempre puede abrir cualquier puerta, girar la llave y dejar paso al terror. El martes al alba, unos cazadores de faisanes procedentes de Colorado, forasteros ignorantes del desastre ocurrido en el lugar, se quedaron atónitos ante el espectáculo que presentaba Holcomb desde su coche: las ventanas iluminadas, casi todas las ventanas de casi todas las casas, y en las habitaciones, inundadas de luz, se veían gentes completamente vestidas, familias enteras que se habían pasado la noche entera en estado de alerta, vigilando, escuchando. ¿De qué tenían miedo?

– Puede que vuelva a ocurrir — era la usual respuesta, con algunas variaciones.

No obstante, una mujer, una maestra, observó:

– La impresión que nos hubiese causado el crimen no hubiera sido tan tremenda si no se hubiese tratado justamente de los Clutter. De alguien menos admirado que ellos, menos próspero y seguro. Pero es que esa familia representaba todo cuanto la gente de por acá realmente valora y respeta. Y que una cosa así les haya podido suceder precisamente a ellos…, bueno, es como si nos dijeran que no existe Dios. Hace que la vida carezca de sentido. Creo que la gente se halla más que asustada, profundamente deprimida.

Otra razón, la más simple, la más desagradable, era que aquella tranquila comunidad de buenos vecinos y amigos de toda la vida, se vio de pronto enfrentada con la insólita experiencia de tener que desconfiar unos de otros. Razonablemente, creían que el aesino era uno de ellos y tods, hasta el último hombre, compartían la opinión que Arthur Clutter, hermano del finado, adelantara a los periodistas reunidos en el vestíbulo  de un hotel de Garden City el 17 de noviembre:

– Apuesto que cuando se aclare esto, comprobaremos que lo hizo alguien que no está ni a diez millas de aquí.

Aproximadamente a seiscientos kilómetros al este de donde se hallaba Arthur Clutter en ese momento, dos jóvenes compatían un reservado en el Eagle Buffet, un restaurante de Kansas City. Uno de ellos, de cara alargada y con un gato azul tatuado en la mano derecha, había engullido varios emparedados de ensaladilla de pollo y ahora miraba codiciosamente lo que su compañero tenía delante: una hamburguesa intacta y un vaso de root beer en el que tres aspirinas se iban disolviendo.

– Chico, Perry — dijo Dick–, veo que no quieres esa hamburguesa. Me la comeré yo.

Perry empujó el plato al otro lado de la mesa:

– ¡Cristo! ¿Es que no puedes dejar que me concentre?
– No necesitas leerlo cincuenta veces.

Aludía a un artículo en primera plana del Star de Kansas City del 17 de noviembre. Bajo el título de “Hay escasos indicios en el cuádruple asesinato”…

A sangre fría / Truman Capote — Ed. Anagrama
A sangre fría en Wikipedia
Disponible en la sección No Sólo Técnica. Sig. 82N CAP asa