Archivo de la categoría: libros

#hoyleemos: “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury

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“Era estupendo quemar. Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos, cómo cambiaban. Con la boca de latón en sus puños, con aquella gigantesca pitón escupiendo su queroseno venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director orquestando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los jirones y las ruinas tiznadas de la historia. Con su simbólico casco, en el que aparecía grabado el número 451,  firme sobre su impasible cabeza y sus ojos convertidos en una llama anaranjada ante el pensamiento de lo que iba a ocurrir, encendió el deflagrador y la casa quedó rodeada por un fuego devorador que inflamó el cielo del atardecer con colores rojos, amarillos y negros. El hombre avanzó entre un enjambre de luciérnagas. Le apetecía mucho acercar un malvavisco a la hoguera, como en el antiguo juego, mientras los libros, semejantes a palomas aleteantes, morían en el porche y en el jardín de la casa; mientras los libros se elevaban convertidos en torbellinos incandescentes y los aventaba el aire ennegrecido del incendio.

La sonrisa de Montag era la sonrisa feroz de los hombres chamuscados, obligados a retroceder por las llamas.

Sabía que, de vuelta en el cuartel de bomberos, se miraría pestañeando en el espejo: un negro de opereta, pintado con corcho ahumado. Luego, al irse a dormir, sentiría en la oscuridad la feroz sonrisa retenida aún por sus músculos faciales.

Esa sonrisa nunca desaparecería; hasta donde alcanzaba a recordar, nunca había desaparecido…”

Fahrenheit 451 / Ray Bradbury — Ed. DEBOLS!LLO
Fahrenheit 451 en Wikipedia
Disponible en la sección NO Sólo Técnica.  Sig. 82N BRA fah

#hoyleemos: “Los mares del Sur” de Manuel Vázquez Montalbán

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“EL METRO, CUALQUIER METRO, es un animal resignado a su esclavitud de subsuelo. Parte de esa resignación impregna los rostros aplazados de los viajeros, teñidos por una luz utilitaria, removidos levemente por el vaivén circular de la máquina aburrida. Recuperar el metro fue recuperar la sensación de joven fugitivo que contempla con menosprecio la ganadería vencida, mientras él utiliza el metro como un instrumento para llegar al esplendor en la hierba y la promoción. Recordaba su cotidiana sorpresa joven ante tanta derrota recién amanecida. Recordaba la conciencia de su propia singularidad y excelencia rechazando la náusea que parecía envolver la mediocre vida de los viajeros. Los veía como molestos compañeros de un viaje que para él era de ida y para ellos de vuelta. Veinte o veinticinco años después sólo era capaz de sentir solidaridad y miedo. Solidaridad con el viejo barbado de tres días y vestido con traje bicolor, con una mano enganchada al  skay pringoso de un portafolios lleno de letras’ protestadas. Solidaridad con las cúbicas mujeres samoyedas que amurcianaban una incoherente conversación sobre el cumpleaños de tía Encarnación. Solidaridad con tanto niño pobre y pulcro llegado tarde al obsoleto tren emancipador de la cultura. Ejercicios del lenguaje.Diccionario Anaya. Muchachas disfrazadas de Olivia Newton-John, en el supuesto caso de que Olivia se vistiera aprovechando las liquidaciones fin de temporada de grandes almacenes de extrarradio. Muchachos con máscara de chulos de discoteca y músculos de condenados al paro. Y a veces la reconfortante osamenta de un suhejecutivo de inmobiliaria con el coche averiado y el’ propósito de utilizar transportes públicos para adelgazar y ahorrar para medios whiskies de mediana calidad, servidos por un insuficiente camarero con caspa y uñas negras sin otro encanto que saber llamarle a tiempo don Roberto o señor Ventura. El miedo a ser todos victimas de un mediocre y fatal viaje de la pobreza a la nada…”

Los mares del Sur / Manuel Vázquez Montalbán — Ed.booket
Disponible en la sección NO Sólo Técnica.  Sig. 82N VAZ mar
Manuel Vázquez Montalbán en Wikipedia

#hoyleemos: “La trilogía de Nueva York” de Paul Auster

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Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables paso, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al moviemiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar. Y eso, más que nada, le daba cierta paz, un saludable vacío interior. El mundo estaba fuera de él, a su alrededor, delante de él, y la velocidad a la que cambiaba le hacía imposible fijar su atención en ninguna cosa por mucho tiempo. El movimiento era lo esencial , el acto de poner un pie delante del otro y permitirse seguir el rumbo de su propio cuerpo. Mientras vagaba sin propósito, todos los lugares se volvían iguales y daba igual dónde estuviese. En sus mejores paseos conseguía sentir que no estaba en ningún sitio. Y esto, en última instancia, era lo único que pendía a las cosas: no estar en ningún sitio. Nueva York era el ningún sitio que había construido a su alrededor y se daba cuenta de que no tenía la menor intención de dejarlo nunca más.”

La trilogía de Nueva York / Paul Auster – Ed. Anagrama
La trilogía de Nueva York en las Bibliotecas UPM
Paul Auster en Wikipedia